La Ley Mordaza no se toca

La Ley Mordaza no se toca
Análisis · Política · Opinión

El PP la aprobó. El PSOE prometió derogarla. Nadie lo ha hecho. La permanencia de la Ley Orgánica 4/2015 bajo gobiernos de distinto signo no es una incoherencia: es una confesión política sobre quién manda realmente cuando se trata de controlar la calle.

En un vistazo
La ley: La Ley Orgánica 4/2015 de protección de la seguridad ciudadana, conocida como Ley Mordaza, fue aprobada por el PP en plena resaca del 15M. Su función no es prohibir la protesta: es encarecerla.
La promesa incumplida: El PSOE lleva años prometiendo derogarla. No lo ha hecho. Los intentos de reforma han encallado sistemáticamente en los mismos puntos: pelotas de goma, devoluciones en caliente, sanciones por desobediencia, faltas de respeto a agentes.
El acuerdo tácito: PP y PSOE usan lenguajes opuestos —orden frente a prudencia institucional— pero coinciden en lo esencial: el Estado no renuncia a sus instrumentos de control sobre el espacio público.
El mecanismo: La ley desplaza el conflicto del terreno penal —con garantías— al administrativo sancionador. Multas, expedientes y presunción de veracidad policial. No presos políticos: desgaste silencioso.
La tesis: La no derogación no es una incoherencia del progresismo. Es la evidencia de que hay zonas del Estado que no entran en la alternancia. La Ley Mordaza no se toca porque el régimen no quiere tocarla.

Una ley de Estado, no una ley del PP

La llamada Ley Mordaza suele explicarse como una ley del Partido Popular. Una norma aprobada en 2015, en plena resaca del 15M, para proteger al Gobierno frente a la protesta social. Esa lectura es cierta, pero insuficiente. Porque si la Ley Mordaza fuera solo una ley del PP, un gobierno progresista la habría derogado cuando tuvo ocasión.

No lo ha hecho.

La ha criticado, prometido reformar, negociado, suavizado y administrado. Pero no la ha desmontado. Y ese detalle, aparentemente menor, es el argumento político más importante de este artículo.

La no derogación de la Ley Mordaza no revela solo una incoherencia del PSOE. Revela algo más profundo: hay zonas del Estado que no entran en la alternancia. Pueden cambiar los ministros, los discursos y la escenografía ideológica. Pero determinados instrumentos de control permanecen porque cumplen una función que ningún gobierno quiere perder.

La calle es una de esas zonas.

El régimen del 78 puede permitirse diferencias entre partidos en muchos campos: impuestos, política territorial, memoria democrática, feminismo, educación o retórica cultural. Pero cuando se trata de conservar capacidad de intervención sobre la protesta, la distancia se reduce. El PP lo formula con lenguaje de orden. El PSOE lo gestiona con lenguaje de prudencia. Uno habla de autoridad. El otro habla de equilibrio institucional. Pero el resultado práctico es el mismo: el Estado conserva sus herramientas de control sobre el espacio público.

Marzo de 2023. La ponencia de reforma decae en la Comisión de Interior del Congreso. Los puntos que bloquean el acuerdo: pelotas de goma, devoluciones en caliente, desobediencia, faltas de respeto a agentes.
Octubre de 2024. Acuerdo entre PSOE, Sumar y EH Bildu. Suaviza aspectos formales, pero mantiene las mismas conductas dentro del ámbito sancionador policial. Introduce la "retractación o disculpa" para eludir multas por faltas de respeto.
Primer semestre de 2026. La reforma sigue paralizada. Ese núcleo no ha cedido bajo ningún gobierno.

Cómo funciona: no prohibir, sino encarecer

Para entender por qué la ley resulta tan útil para el Estado, conviene mirar cómo funciona en la práctica, no en el debate parlamentario.

Su mecanismo principal no es la prohibición sino el encarecimiento. No necesita impedir formalmente una manifestación. Le basta con hacer que participar en ella pueda tener un coste económico, jurídico y psicológico. No necesita llenar cárceles. Le basta con llenar expedientes.

La ley desplaza el conflicto desde el terreno penal —donde hay garantías judiciales— hacia el administrativo sancionador. El acta policial goza de presunción de veracidad. El ciudadano queda obligado a defenderse desde una posición materialmente débil.

La multa es políticamente tan eficaz precisamente porque no convierte al sancionado en preso político. No provoca una gran reacción pública. No produce imágenes escandalosas. No exige un gran juicio. Funciona de manera más silenciosa: identifica, sanciona, desgasta, intimida y disuade.

Los datos permiten medir ese silencio.

86% de todas las sanciones (2015–2020) concentradas en solo tres artículos de la ley
57% del total de expedientes corresponde al artículo sobre drogas en la vía pública. Control territorial, no político
212 sanciones por manifestaciones sin comunicar en todo 2024. En todo el país. En todo el año

España acumula el 43% de todas las infracciones europeas por posesión o consumo de cannabis, superando a países con el doble de población. La ley no actúa principalmente sobre la protesta organizada: actúa sobre la vida cotidiana de quien menos margen tiene.

El dato de las 212 sanciones por manifestaciones no comunicadas es el más revelador. El Estado no necesita prohibir la protesta organizada porque ya la rodea por flancos laterales: desobediencia, resistencia, falta de respeto, grabación de agentes, ocupación del espacio público. La protesta sigue existiendo como derecho formal. Pero el individuo que protesta queda rodeado de riesgos administrativos.

Eso no es democracia plena. Es democracia administrada.

No es una rareza española: es una tendencia europea

Lo que hace más difícil ignorar este argumento es que no es un fenómeno exclusivamente español.

País Instrumento Lo que revela
Reino Unido Public Order Act 2023. Aprobada por los conservadores, mantenida por los laboristas En 2023, el 89% de intervenciones restrictivas iba contra el activismo ecológico. En 2026, el 83% va contra protestas propalestinas. El instrumento no cambia; cambia el objetivo
Alemania Investigación de Letzte Generation bajo el art. 129 del Código Penal: formación de organización criminal No hace falta un gobierno de extrema derecha para que avance la lógica securitaria. Basta con que el Estado redefina la desobediencia civil como amenaza
Francia Sainte-Soline, marzo de 2023: 5.200 granadas en dos horas, dos personas en coma, helicópteros médicos bloqueados 90 minutos No fue un exceso puntual. Fue una doctrina aplicada contra una protesta ecologista

El informe Rule of Law Report 2026 de Civil Liberties Union for Europe describe un declive acumulativo de las libertades civiles en la Unión Europea, y señala que la propia Comisión Europea omite sistemáticamente el derecho a la protesta pacífica en sus informes anuales. La convergencia no es casual. Es estructural.

La respuesta está en el deterioro del contrato social europeo. Durante décadas, las democracias liberales pudieron presentarse como sistemas capaces de integrar conflicto mediante bienestar, crecimiento y expectativas de futuro. Esa promesa está rota. La vivienda expulsa. El trabajo no garantiza vida digna. La juventud se sabe bloqueada. En ese contexto, los Estados anticipan conflicto y quieren conservar instrumentos para contenerlo cuando llegue.

El contraste con otras reformas lo confirma. Mientras la reforma garantista de la Ley Mordaza lleva años encallada, el Estado sí aprobó en 2026 la Ley Orgánica en materia de multirreincidencia, para endurecer la respuesta penal frente a delitos leves reiterados. La maquinaria institucional es torpe cuando se trata de devolver garantías y muy ágil cuando se trata de ampliar castigos.

Una confesión política

La no derogación de la Ley Mordaza no debe entenderse como un simple incumplimiento programático. Es una confesión política.

Muestra que la alternancia tiene límites. Que hay zonas donde el Estado se protege a sí mismo por encima de los discursos partidistas. Que el progresismo institucional puede prometer derechos en campaña y administrar coerción en el gobierno. Que PP y PSOE, con lenguajes opuestos y electorados distintos, coinciden en lo esencial cuando se trata de conservar la capacidad del Estado de controlar el espacio público.

Eso no es una acusación de conspiración. Es una descripción de función. Las instituciones no necesitan ponerse de acuerdo para preservar aquello que les resulta útil a todas. Les basta con no actuar.

La Ley Mordaza no se toca porque el Estado, en su núcleo, no quiere tocarla.

La pregunta que queda abierta no es si eso es democrático. La pregunta es si una democracia que se pertrecha cada vez más frente a su propia ciudadanía puede seguir llamándose así sin que la palabra pierda su contenido.

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