El problema no está en lo que diga el papa durante su visita a España. El problema está en la sociedad que lo escucha: una cultura religiosa que ha aprendido a aplaudir el mensaje sin dejarse atravesar por él.
Una sociedad que conserva restos
La visita de León XIV a España llega envuelta en la solemnidad habitual: agenda oficial, actos multitudinarios, palabras sobre la paz, la pobreza, la dignidad humana, la inmigración. Todo eso sonará necesario. Pero el problema no está en lo que diga el papa. El problema está en la sociedad que lo escucha.
León XIV no llega a un país cristiano en sentido fuerte. Llega a una sociedad que conserva restos católicos pero que ha dejado de estar estructurada por una fe viva. Según el CIS, la identificación católica en España ha pasado del 90,5% en 1978 a algo más de la mitad hoy. Los católicos practicantes son ya una minoría clara. Entre los jóvenes de 18 a 24 años, el desplome es vertical: del 78% de católicos en 1990 al 28% en la actualidad.
España sigue teniendo símbolos católicos, procesiones, colegios, ceremonias. Pero eso no significa que siga siendo una sociedad cristiana en sentido fuerte. Significa otra cosa: que el catolicismo ha dejado de funcionar como cosmovisión total y sobrevive como inercia familiar, como identidad sociológica, como marca de respetabilidad.
Por eso el concepto más útil para entender esta visita no es «renacimiento religioso» ni «España católica». El concepto más preciso es otro: cristianismo zombi.
El cadáver que todavía camina
Emmanuel Todd y Hervé Le Bras acuñaron el término «catolicismo zombi» en Le mystère français para describir un fenómeno propio de las sociedades secularizadas: la religión muere como creencia viva, pero sus estructuras mentales, sus reflejos sociales y sus códigos de pertenencia siguen moviéndose después de muerta. Como un cadáver que todavía camina. Ya no hay fe profunda, ya no hay obediencia real al Evangelio. Pero queda la inercia. Queda la marca. Queda el gesto.
Ese es el primer zombi: el cultural. El de quienes ya no creen demasiado pero siguen utilizando el cristianismo como signo de pertenencia. Hablan de raíces cristianas, de civilización occidental, de familia y tradición. Pero no viven la fe como ruptura, sino como herencia. No como exigencia, sino como identidad. La identidad cristiana sobrevive incluso allí donde la fe ha desaparecido, convertida en bandera de orden y rechazo al extraño. El Evangelio pide acoger al extranjero; el cristianismo zombi usa las raíces cristianas para levantar fronteras morales contra él.
Pero hay que ir más lejos.
Hay otro zombi más incómodo: el católico practicante que cree, reza y va a misa, pero cuya fe no altera en nada su relación con la sociedad que sufre. No está muerto por falta de rito. Está muerto por falta de consecuencias.
Una persona puede ir a misa todos los domingos y seguir habitando perfectamente el mundo capitalista sin que su fe le obligue a preguntarse nada serio sobre la pobreza, la precariedad, la vivienda, la explotación o la humillación del inmigrante. La constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II llama a esto uno de los errores más graves de nuestro tiempo: el divorcio entre la fe que muchos profesan y su vida diaria. Si la fe no transforma la vida, si no modifica la relación con el dinero, el poder o la exclusión, entonces la fe se ha convertido en rito defensivo.
La anestesia moral del capitalismo
El capitalismo no tiene ningún problema con una religión reducida a identidad privada y cumplimiento ritual. Al contrario: le viene bien. Un cristianismo que predica caridad pero no justicia es perfectamente funcional. Permite dar limosna sin discutir la estructura que produce pobres. Permite hablar de compasión sin tocar la propiedad. La caridad, en este esquema, deja de ser una amenaza contra el orden injusto y se convierte en su anestesia moral.
Y la pregunta no es abstracta. El IX Informe FOESSA de Cáritas describe la España real: 4,3 millones de personas en exclusión social severa, un incremento del 52% desde 2007. El 47,5% de la población activa trabaja en condiciones de precariedad que no garantizan una vida segura. El 45% de los hogares en alquiler está en riesgo severo de exclusión. El 30% de la infancia vive en situación de pobreza. El origen familiar determina las oportunidades de vida de forma drástica.
No todo cristianismo es zombi
Conviene no caer en la generalización injusta. Cáritas Española, la Hermandad Obrera de Acción Católica, comunidades de base: estas redes demuestran que existe una fe capaz de mirar no solo los síntomas de la exclusión sino también sus causas. Cáritas no reparte limosna: sostiene informes sociales, programas de inserción, denuncia pública. Con 69.224 voluntarios y más de 400 millones de euros anuales, ha transitado del asistencialismo a una solidaridad transformadora que impugna las causas estructurales de la injusticia.
Precisamente porque ese cristianismo existe, la crítica al zombi es más dura. Ya no podemos decir que no hay alternativa. Hay cristianos que saben que la caridad sin justicia se convierte en tranquilizante. Hay cristianos que no separan altar y calle, liturgia y conflicto, oración y estructura social.
Por eso el problema no es el cristianismo en abstracto. El problema es su domesticación burguesa: el cristianismo convertido en forma de adaptación al orden, que no molesta, que no pregunta, que no incomoda a los propietarios ni a los gobiernos que recortan derechos.
El espejo incómodo de la visita
La agenda de León XIV en España refleja con precisión la geografía del dolor que el cristianismo zombi prefiere no mirar: el centro CEDIA para personas sin hogar, la prisión de Brians 1, el puerto de Arguineguín en la frontera migratoria canaria, el centro de acogida Las Raíces en Tenerife. Los sin techo, los presos, los migrantes: los cuerpos que la sociedad prefiere no ver.
Esa geografía convierte la visita en un espejo incómodo. Y ahí se revela la eficacia del cristianismo zombi: no en la falta de aplausos, sino en la capacidad de aplaudir esos gestos sin cambiar nada después. Se puede celebrar al papa y seguir votando contra los pobres. Se puede invocar la caridad y odiar al inmigrante. Se puede ir a misa cada domingo y no hacer absolutamente nada ante la sociedad que sufre.
¿Qué cambia?
El cristianismo zombi conserva la cáscara y abandona el núcleo. Conserva el rito, pero no la ruptura. Conserva la identidad, pero no la justicia. Conserva la compasión como sentimiento, pero no como conflicto contra las causas del sufrimiento.
No es el Evangelio como escándalo. Es el cristianismo como patrimonio. No es la fe como combate. Es la fe como señal de respetabilidad. No es Cristo expulsando a los mercaderes del templo. Es el templo haciendo las paces con los mercaderes y ofreciendo consuelo espiritual a quienes no tienen ninguna intención de cambiarlo.
León XIV estará en España hasta el 12 de junio. Después se va. ¿Qué cambia?




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