El rearme no salvará a Europa: los misiles no sustituyen al gas barato

El rearme no salvará a Europa
Opinión · Defensa · Energía

Readiness 2030, el plan de la UE para movilizar 800.000 millones de euros en gasto militar, se vende como reindustrialización. Ni la historia ni los datos de 2026 respaldan esa promesa.

En un vistazo
La tesis: el rearme europeo es una prima de seguro geopolítico, no una política de crecimiento.
El desenmascaramiento: dos de las tres corrientes que defienden el rearme como oportunidad económica están al servicio de una decisión ya tomada.
La prueba: la historia no registra un solo caso de rearme funcionando como motor de crecimiento en tiempos de paz.
El fondo real: Europa perdió competitividad por la ruptura de su modelo energético, no por fabricar pocos misiles.

Hay palabras que eximen de pensar. Industria es una de ellas. Por eso el giro europeo hacia el gasto militar no se presenta como lo que en realidad es —una respuesta de seguridad delirante, que nunca explica cómo se derrota militarmente a una potencia nuclear— sino como reindustrialización, innovación, empleo cualificado, autonomía estratégica. La Unión Europea no dice que aumenta su presupuesto de defensa: dice que está construyendo una política industrial.

El marco ya está fijado. La Comisión presentó en 2025 el Libro Blanco Readiness 2030 y el plan ReArm Europe, con el objetivo de movilizar hasta 800.000 millones de euros mediante la cláusula de escape fiscal y el instrumento SAFE. El gasto en defensa de los Estados miembros pasó de 343.000 millones de euros en 2024 a 381.000 millones en 2025, el 2,1% del PIB conjunto.

La pregunta no es si Europa se rearma —eso ya ocurre—. La pregunta es si ese rearme puede convertirse en motor de crecimiento en tiempos de paz. La respuesta corta es no. Y no lo dice solo la econometría: lo dice la historia, que no ofrece un solo caso en el que haya funcionado así.

Tres discursos, dos al servicio del sistema

El debate se divide en tres posiciones, pero solo una de ellas parte de un lugar neutral.

La prodefensa sostiene que el gasto militar genera empleo, investigación y derrame tecnológico civil. El argumento no es falso, pero rara vez viene de un lugar desinteresado: circula entre ministerios de Defensa, contratistas y consultoras que se benefician directamente del presupuesto que están defendiendo. Quien espera vender armas tiene un incentivo obvio para llamar a ese gasto innovación.

La institucional es más peligrosa porque no se presenta como propaganda, sino como sensatez de gobierno. Bruselas y los ejecutivos nacionales no analizan si rearmarse es una buena política económica: parten de que ya se ha decidido rearmarse —por Ucrania, por la frontera oriental, por la retirada relativa de EE. UU.— y, a partir de ahí, construyen un relato económico que hace aceptable una decisión ya tomada. No es análisis: es cobertura. La función de ese discurso es que una decisión geopolítica parezca también una oportunidad.

La crítica parte de otro sitio: el coste de oportunidad. Cada euro en defensa no va a sanidad, vivienda o transición energética. Y añade un matiz decisivo que el fetichismo industrial borra: no toda producción vale lo mismo. Una fábrica de trenes deja una capacidad civil reutilizable. Una fábrica de misiles deja disuasión y arsenal. Ambas suman al PIB. No ambas construyen bienestar.

Lo que la historia ya respondió

Aquí está el argumento que sostiene todo lo demás: la historia no registra ni un solo caso de rearme funcionando como motor de crecimiento en tiempos de paz. Solo hay dos precedentes de gasto militar masivo, y ninguno sirve como modelo para la Europa actual.

El primero es la Segunda Guerra Mundial, que sacó a EE. UU. de la Gran Depresión. Pero aquello fue economía de guerra total —racionamiento, reconversión industrial completa, control de precios, destrucción de todos los competidores— no una estrategia de crecimiento en un mercado abierto en tiempos de paz. El crecimiento posterior no vino de fabricar tanques indefinidamente, sino de la posición hegemónica que EE. UU. heredó al acabar la guerra.

El segundo es la URSS: un complejo militar-industrial formidable, sostenido absorbiendo a los mejores científicos e ingenieros del país, en perfecta coexistencia con una economía civil incapaz de abastecer bienes de consumo básicos. Se puede fabricar disuasión y no fabricar bienestar.

Si ni la guerra total ni la militarización extrema convirtieron el gasto en defensa en una fuente sostenible de prosperidad civil, no hay motivo para creer que lo hará una versión moderada, en tiempos de paz, dentro de un mercado abierto.

Europa no está en una economía de guerra total ni es la URSS. Por eso la comparación no es una equivalencia: es una advertencia. La ausencia de un tercer ejemplo no es casualidad: es la prueba de que la promesa que venden la corriente prodefensa y la institucional no tiene precedente que la respalde.

La evidencia empírica confirma la ausencia

Lo que hoy dicen los datos coincide con lo que dice la historia.

Coste fiscal (FMI, abril 2026): los booms de gasto militar en paz empeoran el déficit en 2,6 puntos de PIB y elevan la deuda en 7 puntos en tres años; en episodios de guerra, la deuda sube 14 puntos. El multiplicador ronda 1: no se genera más actividad de la que cuesta.
Fuga importadora (Draghi): entre 2022 y 2023, el 78% del gasto europeo en adquisiciones fue a proveedores externos, el 63% a contratistas estadounidenses. La cuota europea se ha recuperado parcialmente, hasta cerca del 52% según IISS y Bruegel, pero la dependencia en sistemas de alta tecnología sigue siendo severa.
Empleo (Garrett-Peltier, Costs of War): cada millón de dólares en defensa genera entre 6,9 y 8,3 empleos, frente a 12-17 en sanidad o energías limpias y hasta 26,7 en educación.
Innovación dual: la UE destina el 4,5% de su presupuesto de defensa a I+D, frente al 16% de EE. UU., y más del 80% del gasto europeo se va en comprar equipo ya existente, no en investigar.

La defensa es intensiva en capital, no en trabajo: crea empleo caro y concentrado, y compite por el talento técnico escaso que necesitan la transición energética y la digitalización industrial. Y el argumento de la innovación dual —GPS, internet, radares— funciona en un ecosistema como el estadounidense. En la UE, no es lo mismo financiar frontera tecnológica que rellenar arsenales.

El verdadero fallo estructural: la energía

Nada de esto explica por qué Europa perdió competitividad. La perdió porque se rompió el modelo que la sostenía: energía relativamente barata, vía gas ruso, que permitía a la industria —sobre todo la alemana— competir sin pagar el coste real de su seguridad.

La cuota rusa en las importaciones de gas por gasoducto cayó del 40% en 2021 al 6% en 2025; sumando GNL, Rusia ronda el 12%. La sustitución se hizo con GNL estadounidense, que en 2025 cubrió casi el 58% de las importaciones. Pero según un informe de ACER de julio de 2026, ni siquiera esa sustitución es limpia: pese a la prohibición progresiva del gas ruso en vigor desde marzo de 2026, las importaciones por gasoducto crecieron un 7% interanual entre enero y mayo, y el GNL ruso un 11% —empresas europeas acelerando compras antes de que el veto se cierre del todo. Ni siquiera con ley en la mano, Europa logra cortar limpio.

Y el resultado se paga en precio: según Draghi, las empresas europeas pagan el gas entre cuatro y cinco veces más caro que sus competidoras estadounidenses, y la electricidad entre dos y tres veces más. Ningún sistema antiaéreo reduce esa factura. Ninguna fábrica de blindados devuelve la ventaja de costes a la industria química alemana.

El rearme es un seguro, no una inversión

El rearme puede ser necesario. Puede ser la respuesta correcta a un mundo más peligroso. Pero no es, ni puede ser, una política de crecimiento: ni la historia registra un precedente de éxito en paz, ni los datos actuales del FMI, Draghi o Garrett-Peltier sugieren que esta vez sea distinto.

Uno paga un seguro para no arruinarse si llega la catástrofe, no para hacerse rico. El rearme europeo funciona igual: puede ser prudencia estratégica, pero no sustituye a una política económica sólida.

La pregunta que debería hacerse Europa no es si gastar más en defensa, sino qué se sacrifica al hacerlo y por qué se vende como oportunidad lo que en realidad es el precio de una vulnerabilidad que nadie quiere admitir.

Y hay algo más que el relato oficial pasa por alto: la desindustrialización europea es un proceso de décadas —deslocalización, encarecimiento energético, pérdida de mercados, envejecimiento de la base manufacturera—. Ningún plan, por bien financiado que esté, revierte eso en el horizonte de tres o cuatro años que maneja Readiness 2030. No se reconstruye por decreto lo que se erosionó durante veinte años. Una decisión de poder puede movilizar presupuesto de un día para otro; no puede fabricar, con la misma rapidez, la base industrial que ese presupuesto dice que va a resucitar.

La industria militar fabrica armas. No fabrica energía barata. No fabrica competitividad. Europa puede armarse. Lo que no puede es fingir que los misiles sustituyen al gas barato.

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