Jameneí ya es más peligroso muerto que vivo

La muerte que Occidente no puede devolver
OPINIÓN · GEOPOLÍTICA · IRÁN

Jameneí puso su vida sobre la mesa y el funeral multitudinario devolvió a Occidente una verdad que no quería mirar: Irán no era una cáscara represiva sin pueblo, sino una comunidad política capaz de duelo, sacrificio y continuidad.

En un vistazo
La tesis: Occidente necesita monstruos para justificar su violencia. El funeral de Jameneí desmiente esa ficción sobre Irán.
La clave simbólica: con Baudrillard, la muerte de un líder no se cancela con más violencia: se convierte en una deuda que no se puede pagar.
El resultado: mataron al líder y fabricaron el mártir.

El enemigo necesario

Occidente necesita que sus enemigos sean moralmente monstruosos. No basta con que sean rivales estratégicos o Estados insubordinados: deben convertirse en figuras absolutas del mal. Solo así la violencia occidental puede presentarse como defensa, liberación o cirugía civilizadora.

Irán ocupa ese lugar desde hace décadas. No es un país hostil más: es el régimen fanático, la teocracia oscura, la amenaza irracional. Su maldad no se narra como rasgo de un sistema político, sino como esencia. Irán no hace el mal: Irán es el mal. Esa operación no es inocente. Sirve para que las sanciones sean presión democrática, los asesinatos selectivos sean defensa preventiva y los bombardeos sean estabilización regional. La demonización no describe al enemigo: prepara moralmente su destrucción.

El funeral rompe la ficción

El funeral de Ali Jameneí rompe esa ficción. No porque convierta a Irán en un país transparente ni resuelva sus contradicciones internas. La cuestión es más incómoda: el funeral muestra que el enemigo demonizado por Occidente no era una abstracción geopolítica ni una cáscara represiva suspendida en el vacío. Era también una comunidad política, con ritos, memoria, dolor y capacidad de transformar la muerte de su líder en un acontecimiento colectivo. Reuters describe grandes concentraciones durante una semana de ceremonias fúnebres, presentadas por las autoridades iraníes como demostración de apoyo a la República Islámica. The Guardian habla de millones de personas en la procesión de Teherán.

Una multitud no es una encuesta, pero es muy elocuente.

La propaganda occidental se mueve entre dos extremos. Si las calles se llenan contra un régimen enemigo, el pueblo ha hablado. Si se llenan para despedir a su líder, todo es manipulación, fanatismo o directamente imágenes generadas por inteligencia artificial. La multitud solo cuenta cuando confirma el relato. El error consiste en pensar que la presencia de propaganda anula la existencia de pueblo, como si las sociedades solo fueran verdaderas cuando se expresan en el lenguaje que Occidente reconoce como legítimo. Irán puede estar dividido y, al mismo tiempo, dolido por el asesinato de su líder. Puede haber represión y, al mismo tiempo, comunidad simbólica. La propaganda occidental no soporta esa complejidad porque necesita enemigos simples.

No es represión, es insubordinación

Detrás de esa simplificación hay un cálculo: Occidente no combate la represión, combate la insubordinación. Si combatiera la represión como principio, su mapa de alianzas sería insostenible. La brutalidad de los aliados se administra; la del enemigo se absolutiza. Irán es castigado no solo por lo que es, sino por no aceptar su lugar hacia fuera.

De cadáver a mártir

La muerte de Jameneí debe leerse desde ahí. Occidente pensó la operación en términos de eficacia: mando, sucesión, desestabilización. Pero Irán transmutó los cadáveres en algo más poderoso: en mártires.

Ese desplazamiento lo cambia todo. En términos militares, la muerte del líder puede presentarse como éxito. En términos simbólicos, se convierte en una deuda. El enemigo mata, pero no controla el significado de la muerte que produce. Un misil puede matar a un líder; no puede impedir que una comunidad convierta esa muerte en sacrificio.

El potlatch: la vida como don que no se puede devolver

Ahí Baudrillard resulta más útil que cualquier análisis estratégico. En El intercambio simbólico y la muerte, describe el potlatch: una institución de ciertas sociedades donde dar no es un gesto amable sino una forma de guerra. Quien entrega más obliga al otro a responder, y quien no puede igualar el don queda simbólicamente derrotado. Baudrillard lo recupera porque, frente a una sociedad moderna que reduce todo a cálculo y equivalencia, hay un don que no puede devolverse en ese mismo plano: la propia vida. Cuando lo entregado es la vida, no hay contraoferta posible. El adversario puede matar más, pero eso solo confirma la violencia que el muerto ya denuncia; no cancela la deuda, la agranda.

Jameneí pone su vida sobre la mesa. El funeral devuelve la apuesta.

El pago simbólico

El funeral no es solo despedida: es pago simbólico. Jameneí entrega el cuerpo del soberano; la multitud entrega el cuerpo político. Lo que desde fuera parece una decapitación se transforma desde dentro en una escena de cohesión. Occidente mata a un líder y descubre que no ha matado el vínculo.

Por eso el funeral deja sin argumentos al discurso más cómodo. No porque demuestre que todo Irán amaba a Jameneí, sino porque demuestra que Irán no era el vacío social que Occidente necesitaba imaginar. Atacar a un régimen descrito como aparato represivo es una cosa. Atacar a una comunidad capaz de llorar a su muerto, nombrarlo mártir y convertir el golpe en relato de resistencia es otra muy distinta.

Lo que Occidente no puede desmentir

Occidente puede discutir los números, sospechar de la espontaneidad, recordar la organización estatal. Todo eso puede formar parte de la escena, pero no la agota. La obsesión por demostrar que el funeral no fue enteramente libre revela una necesidad política: negar que haya existido algo más que manipulación.

Si hubo duelo, el enemigo no era solo una maquinaria represiva.
Si hubo sacrificio, la muerte no fue solo una baja estratégica.
Si hubo multitud, Occidente ya no puede seguir diciendo, sin matices, que Irán era un poder sin pueblo.

Un muerto propio funda memoria; un muerto enemigo es fanatismo. Esa es la regla moral de Occidente, y el funeral de Jameneí la rompe. No porque obligue a Occidente a amar a Irán, sino porque le impide seguir pensándolo como una abstracción demoníaca.

Una deuda imposible de pagar

El resultado es devastador para quienes creían que matar a Jameneí equivalía a debilitar sin resto al régimen. La operación pudo abrir incertidumbres sucesorias y golpear al aparato político, pero también produce una escena de consagración póstuma. Mataron al líder y fabrican el mártir. Destruyeron el cuerpo y fortalecen el signo.

Occidente sabe matar al enemigo. Lo que no siempre sabe es impedir que el enemigo muerto se vuelva más grande que el enemigo vivo. La historia está llena de ejemplos: Patrice Lumumba, asesinado en 1961, se convirtió en el símbolo de la independencia congoleña que sus asesinos querían enterrar con él. Salvador Allende, muerto en el bombardeo de La Moneda en 1973, terminó pesando más como mito que como presidente derrocado. Qasem Soleimani, asesinado por Estados Unidos en 2020, engrosó las filas de mártires que Irán invoca desde entonces. Jameneí se suma ahora a esa lista.

Esa es la lección del funeral. No que Irán sea bueno, ni que su régimen sea inocente. La cuestión es otra: Occidente había construido a Irán como monstruo para justificar su propia violencia, y el funeral mostró que detrás del monstruo había una comunidad política capaz de llorar, recordar, desafiar y continuar. Una comunidad con una moralidad propia, distinta de la occidental pero no por ello menos real, por la que sus miembros están dispuestos a sacrificarse y morir. Eso es lo que separa a un pueblo de una masa manejada: no la ausencia de manipulación, sino la existencia de una causa por la que morir de verdad.

Occidente quería demostrar que Irán estaba solo. El funeral de Jameneí mostró que no lo estaba.

Por eso esa muerte no se ha cerrado. Sigue circulando como deuda imposible de pagar.

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