La inflación baja, el superávit brilla y el FMI aplaude. Mientras tanto, los jubilados, los asalariados y la industria pagan la cuenta. La macroeconomía de Milei no mejora a pesar del sufrimiento de la gente: mejora gracias a él. Y nadie ha dado una fecha para que termine.
Hay una forma de gobernar que se ha extendido por medio mundo: medir el éxito de un país en las pantallas de los mercados y no en la cesta de la compra. Si baja el riesgo país, si desaparece el déficit, si el Fondo Monetario Internacional aplaude, la economía "va bien". Que caiga el consumo, cierren fábricas o una familia no llegue a fin de mes queda relegado a "cuestión social": importante, pero secundaria. Argentina no es una anomalía dentro de esa tendencia. Es su versión más pura.
Porque la trampa de Javier Milei no consiste en maquillar los datos. Consiste en elegir cuáles cuentan. Y los que cuentan —inflación, superávit, riesgo país— no mejoran antes que la economía de las personas ni a pesar de ella. Mejoran gracias a su deterioro. La caída del consumo frena los precios. El recorte de pensiones y salarios fabrica el superávit. La precarización abarata el trabajo.
Lo que las familias pierden aparece, al otro lado de la contabilidad, como éxito del Gobierno.
No hay una macroeconomía brillante con costes sociales lamentables. Hay un mismo programa visto desde sus dos extremos: en uno, los acreedores que cobran; en el otro, los argentinos que pagan.
Los precios se frenan porque la gente no puede comprar
El gran argumento del oficialismo es cierto: la inflación de junio fue del 1,9 % mensual, la más baja en casi un año, cuando Milei recibió un país con los precios desbocados. Pero importa menos la cifra que el método. Los precios no se calmaron porque Argentina produzca más y mejor. Se calmaron, sobre todo, porque la gente compra menos. Las ventas de los supermercados llevan meses cayendo, y las de electrodomésticos se desplomaron un 12 % en lo que va de año. Cuando las familias no pueden pagar más, los comercios no pueden cobrar más. Así de simple.
Los sueldos cuentan la misma historia. Oficialmente, el salario medio empata con la inflación. Pero ese promedio es un espejismo: los trabajadores con contrato —del sector privado y del público— perdieron poder de compra, y la media solo se salva gracias al empleo informal, justo el más precario y el más difícil de medir.
No es lo mismo derrotar la inflación produciendo más que contenerla empobreciendo a quien consume.
El superávit tiene autores y tiene pagadores
El Estado argentino gasta hoy menos de lo que ingresa. La cifra es cierta. Lo revelador es cómo se consigue: mirando qué se paga siempre y qué se recorta siempre.
Los jubilados que menos cobran financian así el ahorro que el Gobierno exhibe como disciplina. Cuando algo se recorta siempre y otra cosa no se toca jamás, el orden de prioridades no es una interpretación: está escrito en las cuentas.
La deuda es sagrada; las necesidades de la gente, ajustables.
Crece la Argentina que exporta, se hunde la que vive de su gente
El Gobierno presume de que el país vuelve a crecer, y es verdad. Pero conviene mirar qué crece. La minería avanza a doble dígito mientras la industria textil se hunde casi un 20 % y, en el conjunto de las fábricas, cuatro de cada diez máquinas están paradas. Avanza la Argentina que extrae y exporta recursos; retrocede la que fabrica y vende a su propia gente.
Y ese daño no se deshace pulsando un botón. Una fábrica que cierra no reabre porque baje el riesgo país: sus técnicos se dispersan, sus proveedores pierden clientes, su experiencia se pierde. Aunque el consumo se recupere mañana, parte del aparato que debería atenderlo ya no existirá.
El paro no sube porque el empleo se degrada
El desempleo apenas se ha movido, y el Gobierno lo presenta como prueba de que el ajuste no destruyó trabajo. Lo que destruyó fue la calidad del trabajo. En un año se perdieron más de 32.000 empleos con contrato mientras el empleo informal absorbía a unos 404.000 trabajadores. Casi la mitad de los asalariados argentinos trabaja ya sin protección.
Quien pierde un empleo fijo y sobrevive con changas sigue contando como ocupado. Ha conservado un trabajo; ha perdido estabilidad, cobertura y, con frecuencia, ingresos. La informalidad se ha convertido en el colchón que esconde el deterioro. Y para el inversor esa precariedad hasta suma: abarata costes y silencia reclamaciones.
Otra vez, lo que empeora la vida de las personas mejora el atractivo del país ante los mercados.
La pobreza bajó. La fragilidad, no
Este dato hay que concederlo entero, porque esconderlo sería propaganda: la pobreza cayó al 28 %, su nivel más bajo desde 2018, y contribuyó a ello la ayuda por hijo, la única partida social que se salvó de la motosierra.
Ese detalle no desmiente la tesis; la precisa. El modelo no abandona a la población: la administra. Mantiene una red asistencial mínima y barata que evita el estallido, mientras derrite los ingresos de millones de jubilados y trabajadores con contrato. Suelo mínimo y techo bajo.
Porque salir de la pobreza estadística no es salir de la pobreza. A las familias que siguen debajo de la línea les falta un tercio de lo necesario para cubrir la canasta básica. Cuatro de cada diez niños argentinos siguen siendo pobres, y Unicef prevé que la cifra vuelva a subir este año. Una familia que supera la línea por unos pesos deja de contar como pobre, pero cualquier subida de tarifas, un despido o un imprevisto la devuelve al otro lado. Milei ha reducido la pobreza en las estadísticas; la fragilidad que fabrica pobres sigue intacta.
La libertad financiada por el Fondo (y por China)
Milei llegó denunciando décadas de dependencia. Su programa depende del FMI, que le prestó 20.000 millones de dólares y sigue liberando desembolsos. El propio Fondo calcula que Argentina debe devolver en dos años casi diez veces más divisas de las que ha logrado acumular. Eso no es solvencia: es respiración asistida. Y el salvavidas incluye otra ironía: la renovación del acuerdo de divisas con China. El presidente que llegó insultando al comunismo chino sostiene su estabilidad, en parte, con el banco central chino.
Los mercados celebran el ajuste porque el ajuste garantiza que cobrarán. Luego esa satisfacción se vende como "confianza en Argentina". Pero los mercados no confían en los argentinos: confían en que el Gobierno les obligará a pagar.
El modelo que se construye sobre las ruinas del anterior
¿Y qué se levanta mientras cae la economía de la gente? Un régimen de privilegios para las grandes inversiones —minería, petróleo, gas— que ya suma proyectos por 57.000 millones de dólares: impuestos rebajados y reglas garantizadas hasta por cuarenta años, equipos importados sin aranceles y libertad para dejar fuera del país los dólares que generen.
El problema no es explotar los recursos ni atraer inversión. Es el diseño: corporaciones que extraen riqueza argentina, importan su tecnología, tributan poco y guardan fuera las ganancias. Una economía de enclave que exporta mucho y arrastra poco. Puede crecer lo que se produce en Argentina sin que crezca la economía de los argentinos.
Por eso el hundimiento de la industria y del mercado interno no es el coste del modelo. Es el procedimiento por el que se implanta otro:
¿Hasta cuándo?
Concedamos incluso lo más difícil: la Argentina de 2023, al borde de la hiperinflación, necesitaba estabilizarse, y ninguna estabilización era indolora. Pero eso no responde a las dos preguntas que importan: quién paga el dolor y qué se construye con él. Milei eligió que pagaran los jubilados, los asalariados y la industria nacional, y no los acreedores. Y eligió construir una plataforma de extracción y exportación, no un país que fabrica.
Queda la última defensa: el sacrificio es transitorio, la prosperidad llegará. Es una promesa que lleva dos años y medio mudándose de fecha. Primero lo peor pasaría en meses; luego llegaría con el superávit; luego con la salida del cepo; ahora con las grandes inversiones. Cada hito se alcanza y el bienestar se aplaza al siguiente. Pregúntense algo simple: ¿ha dado Milei una fecha, una sola, verificable, en la que la gente vivirá mejor? No.
El sufrimiento tiene plazos abiertos; la deuda, vencimientos exactos.
No hace falta adivinar el futuro. Basta el historial: los mercados ya cobran hoy lo que a la población se le promete para mañana. Y no existe ningún mecanismo automático que convierta la renta minera o el aplauso del FMI en salarios, fábricas o servicios públicos. La riqueza no baja por gravedad. La espera no es un tránsito: es la disciplina.
Para quién funciona
Argentina es el laboratorio extremo de una época en la que gobernar se ha vuelto sinónimo de tranquilizar a los mercados. La distancia entre "la economía va bien" y "mi economía va mal" es hoy el fenómeno político central en medio mundo, y el combustible de todos los populismos que prometen escuchar a quienes las estadísticas no registran. La ironía argentina es total: Milei llegó al poder explotando esa distancia y gobierna agrandándola. El outsider antisistema aplicando, con más pureza que nadie, la ortodoxia del sistema.
Su programa puede estar logrando exactamente aquello para lo que fue concebido: pagar la deuda, disciplinar el trabajo, convertir el país en exportador de energía y minerales. No es un fracaso técnico. Es un fracaso nacional, porque esos objetivos no se definieron desde las necesidades de la sociedad argentina, sino desde las exigencias de quienes cobran.
Gobernar una nación no consiste en conseguir que los mercados confíen en ella. Consiste en conseguir que su gente pueda construir una vida dentro de ella.
La pregunta definitiva no es si la economía argentina funciona. Es para quién funciona. Y cuando un Gobierno necesita que las personas vivan peor —y esperen sin fecha— para que sus cifras luzcan mejor, no está salvando el país.
Está salvando a quienes viven de él.




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