Rusia aprende de cada golpe de la OTAN, lanzado a través de Ucrania, y por eso lo neutraliza cada vez más rápido. La pérdida de efectividad de los ataques de drones en profundidad contra su territorio es solo un ejemplo — una de las razones, no la única, por las que está ganando.
La OTAN, a través de Ucrania, ha lanzado durante agosto de 2026 algunas de las mayores oleadas de drones desde el comienzo de la guerra. En una sola noche, centenares de aparatos fueron enviados contra Moscú y otras regiones rusas. La cifra parecía anunciar el desbordamiento definitivo de las defensas enemigas.
No ocurrió.
Según informó CBS News a partir de las declaraciones del alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, 637 drones fueron lanzados contra la capital y su región durante la gran incursión del 18 de agosto. Las autoridades rusas aseguraron haber derribado al menos 180 en el área moscovita y más de 150 sobre otras regiones. Son cifras rusas y, por tanto, no constituyen una verificación independiente. Pero los resultados observados permiten establecer lo esencial.
Hubo impactos, víctimas y daños materiales. Algunos drones alcanzaron instalaciones logísticas y provocaron incendios. Moscú, sin embargo, no quedó paralizada, los principales centros políticos y militares continuaron funcionando y la capacidad estratégica rusa no sufrió una alteración proporcional al volumen de medios empleados.
La cuestión no es si algún dron consiguió atravesar las defensas. Una protección absoluta no existe, y Rusia tampoco puede defender con la misma intensidad un territorio de más de diecisiete millones de kilómetros cuadrados. La cuestión es cuántos aparatos necesita lanzar la OTAN, a través de Ucrania, para conseguir cada impacto relevante.
La OTAN nunca había necesitado lanzar tanto, a través de Ucrania, para conseguir proporcionalmente tan poco.
Cuando cambia la definición del éxito
La constatación no procede únicamente de los partes rusos. También aparece en la manera en que Ucrania ha comenzado a explicar sus operaciones de largo alcance.
Kiev insiste ahora en que las grandes oleadas no deben evaluarse exclusivamente por los objetivos destruidos. También obligan a Rusia a activar radares, consumir interceptores, revelar posiciones y mantener sistemas antiaéreos alrededor de Moscú que podrían desplegarse cerca del frente.
En junio, Associated Press recogió unas declaraciones de Volodímir Zelenski en las que el presidente ucraniano presentaba como un éxito que Rusia estuviera trasladando defensas hacia Moscú y otros centros estratégicos, obligando al Kremlin a elegir qué territorios y objetivos proteger. También CBS News informó, citando a tres funcionarios ucranianos conocedores de las evaluaciones de inteligencia de Kiev, de que las oleadas pretendían agotar los interceptores rusos y forzar a Moscú a consumir munición que podría reservar para amenazas más importantes.
Ese desplazamiento constituye una admisión implícita: cuando el atacante empieza a justificar la campaña por el desgaste que provoca en vez de por lo que destruye, está reconociendo que penetrar los objetivos prioritarios de Moscú se ha vuelto mucho más difícil. Obligar a Rusia a defenderse no equivale a haber desbordado sus defensas.
Rusia aprende
La importancia de agosto no reside únicamente en la mejora de la protección de Moscú. El episodio muestra un mecanismo que se ha repetido a lo largo de la guerra: Rusia no aprende a contener a Ucrania, aprende a contener a la OTAN, que actúa a través de ella.
La OTAN, a través de Ucrania, introduce una innovación y sorprende a Rusia. Rusia recibe el golpe, identifica la vulnerabilidad y desarrolla una respuesta. La capacidad de la campaña no desaparece, pero comienza a perder eficacia, y Kiev debe aumentar el volumen o encontrar una nueva forma de penetración. El problema no es haber dejado de innovar. Es que cada innovación dispone de menos tiempo para cambiar el curso de la guerra.
Esa capacidad rusa para adaptarse no procede de una supuesta infalibilidad militar. Rusia no siempre anticipa las innovaciones ucranianas; con frecuencia necesita sufrirlas antes de responder. Su ventaja no consiste en no equivocarse, sino en poder resistir sus propios errores el tiempo suficiente para corregirlos. Michael Kofman explica en su estudio sobre la adaptación militar rusa, publicado por el Carnegie Endowment for International Peace, que las primeras respuestas rusas durante 2022 produjeron malos resultados, pero que, tras asumir una guerra convencional prolongada, la movilización parcial y el aumento de la producción industrial permitieron a Moscú desarrollar una capacidad real de aprendizaje, especialmente visible en las operaciones defensivas, los sistemas no tripulados y la guerra electrónica.
Esa ventaja se puede medir. Hace un año, en junio de 2026, los drones ucranianos alcanzaron dos veces la refinería de Kapotnya, una instalación que suministra hasta el 40% del combustible de Moscú, provocando incendios y disrupciones reales en el suministro. En agosto, con más del doble de aparatos lanzados en una sola noche, el resultado más notable es un almacén de Wildberries. El objetivo se ha degradado de infraestructura estratégica a infraestructura logística civil, mientras el volumen empleado se disparaba. Ese es el rendimiento decreciente, medido en lo que Ucrania consigue alcanzar, no solo en lo que dice sobre ello.
Rusia dispone de más territorio, una base industrial mayor y una capacidad de reposición muy superior. Puede perder una instalación, descubrir una vulnerabilidad y continuar combatiendo sin que ese retraso provoque el colapso de su posición. Esa capacidad de resistir funciona como un margen para el aprendizaje. La OTAN no dispone de ese margen: necesita que cada innovación, ejecutada a través de Ucrania, produzca resultados decisivos antes de que Rusia consiga adaptarse, y eso no está ocurriendo.
Las oleadas causan daños y obligan a movilizar defensas, pero Rusia impide que esos éxitos se acumulen hasta producir una transformación estratégica. Absorbe el primer golpe, corrige la vulnerabilidad y obliga a la OTAN a comenzar otro ciclo desde una posición más débil — un ciclo que también desgasta a Kiev, porque eleva el coste de cada nuevo ataque y reduce el rendimiento de los medios empleados.
Las oleadas de agosto muestran ese mecanismo con claridad. La OTAN, a través de Ucrania, sigue golpeando a Rusia, pero hasta el momento no le ha metido en ningún aprieto estratégico importante, porque Rusia aprende a contener cada golpe antes de que este cambie el curso de la guerra.




Comentarios
Publicar un comentario