Historia, memoria y Estado nación

Historia, memoria y Estado nación
OPINIÓN · HISTORIA · MEMORIA NACIONAL

Historia y memoria mantienen una relación conflictiva: la primera somete el pasado a examen crítico; la segunda lo reorganiza como fundamento de una identidad. Atenas demuestra que ese mecanismo es mucho más antiguo que el nacionalismo que lo sistematizó.

En un vistazo
La distinción: Pierre Nora separó historia y memoria: la primera somete el pasado a examen crítico; la segunda lo conserva y reorganiza como fundamento de identidad.
El mecanismo: Eric Hobsbawm mostró cómo el nacionalismo convirtió esa memoria en biografía colectiva mediante la invención de tradiciones.
La anterioridad: ese mecanismo es muy anterior al Estado nacional. Atenas ya lo practicaba siglos antes de que existiera nación alguna que institucionalizarlo.
La demostración: la Atenas democrática transformó a Harmodio y Aristogitón en autores simbólicos de una libertad que históricamente no habían conquistado.
La conclusión: la corrección de Tucídides sobrevive en los libros; el mito sobrevive en la plaza.

Conocer el pasado o justificar el presente

La historia científica y la historia que las naciones cuentan sobre sí mismas utilizan los mismos materiales, pero no persiguen el mismo objetivo.

La primera intenta averiguar qué ocurrió. Examina las fuentes, contrasta testimonios, discute interpretaciones y rectifica sus conclusiones cuando aparecen nuevas pruebas. La segunda busca producir identidad. Necesita ofrecer a la comunidad un origen, una continuidad, unos héroes, unos enemigos y una explicación moral de su existencia.

Pierre Nora estableció esta diferencia al separar historia y memoria. La historia es una reconstrucción crítica y siempre incompleta de lo que ya no existe. La memoria, en cambio, mantiene una relación viva y emocional con el pasado: selecciona aquello que permite al grupo reconocerse y lo dota de significado desde el presente.

La memoria nacional no es simplemente una historia mal hecha. Cumple otra función. Como advirtió Nora, la historia es perpetuamente sospechosa de la memoria: su misión es analizarla, desmitificarla y disolver su carácter sagrado. Por eso una refutación historiográfica puede modificar nuestro conocimiento de los hechos sin destruir la necesidad colectiva de seguir creyendo en una determinada versión.

La nación necesita olvidar

Ernest Renan llegó al centro del problema en su conferencia ¿Qué es una nación?, pronunciada en 1882. El olvido —e incluso el error histórico—, sostuvo, constituye un factor esencial para crear una nación. La investigación rigurosa puede convertirse por ello en un peligro para la identidad nacional: cuando estudia sus orígenes, descubre las violencias, imposiciones y conflictos que la narración colectiva necesita relegar.

Ninguna nación nace de una voluntad unánime ni avanza a través de los siglos como un sujeto consciente de su destino. Pero necesita imaginar que lo hizo. Para presentarse como una comunidad natural y coherente, debe convertir una sucesión de contingencias en una biografía y colocar su existencia actual como desenlace necesario de todo lo anterior.

Ese olvido no exige borrar completamente los hechos. Basta con alterar su jerarquía: elevar determinados acontecimientos a la condición de episodios fundacionales y relegar aquellos que contradicen la imagen que la comunidad quiere conservar de sí misma.

Eric Hobsbawm explicó cómo el Estado moderno sistematizó esta operación mediante la invención de la tradición. La escuela, los monumentos, las ceremonias y las conmemoraciones transforman una interpretación seleccionada del pasado en una continuidad aparentemente antigua y natural.

Renan identificó la necesidad del olvido. Hobsbawm mostró cómo ese olvido se convierte en tradición.

Los héroes que no liberaron Atenas

El nacionalismo moderno convirtió este mecanismo en una política de masas, pero no lo inventó. Atenas ofrece uno de sus antecedentes más reveladores.

En 514 antes de nuestra era, Harmodio y Aristogitón asesinaron a Hiparco, hermano de Hipias, gobernante de Atenas. La conspiración nació de un conflicto personal relacionado con el rechazo de Harmodio a Hiparco y la posterior afrenta sufrida por su familia, aunque los conspiradores también pretendieran atacar a los gobernantes y terminar con la tiranía.

El atentado fracasó. Hipias sobrevivió, continuó gobernando durante otros cuatro años y endureció la represión sobre la ciudad. La tiranía terminó en 510 antes de nuestra era, cuando una intervención espartana dirigida por el rey Cleómenes lo obligó a abandonar la ciudad.

La democracia tampoco nació automáticamente de aquella expulsión. Surgió después, durante el enfrentamiento entre Clístenes e Iságoras, la movilización del demos y las reformas políticas de 508 y 507 antes de nuestra era.

La secuencia resulta clara: Harmodio y Aristogitón no mataron al gobernante, no derribaron la tiranía y no fundaron la democracia. Esparta fue decisiva para expulsar a Hipias, mientras que el nuevo régimen nació de un proceso político posterior.

Sin embargo, la memoria democrática ateniense colocó a los dos tiranicidas en el origen de su libertad. Fueron celebrados como libertadores, recibieron honores y sus imágenes ocuparon un lugar privilegiado en el ágora. Las canciones populares asociaron su acción con la recuperación de la igualdad política.

Atenas no inventó a Harmodio y Aristogitón. Inventó el lugar que debían ocupar dentro de su historia.

La nueva democracia necesitaba una genealogía propia: una libertad conquistada por atenienses, nacida dentro de Atenas y pagada con sangre ateniense. La intervención extranjera podía permanecer registrada, pero debía quedar fuera del centro moral del relato. Cuando Esparta se convirtió después en la gran rival política y militar de Atenas, aquella versión adquirió todavía más utilidad.

La historia era compleja e incómoda. El mito era sencillo, heroico y políticamente útil.

El historiador y la estatua

Tucídides cuestionó aquella versión ya en la Antigüedad. En el libro sexto de su Historia de la guerra del Peloponeso, mostró que Hiparco no era el gobernante principal, reconstruyó el conflicto personal que había desencadenado la conspiración y recordó que el asesinato no terminó con la tiranía.

No negó que los conspiradores quisieran atacar al régimen. Negó que hubieran liberado Atenas.

La corrección histórica existía. El mito también. Y ambos convivieron.

Como ha mostrado Vincent Azoulay en su estudio sobre los tiranicidas, las estatuas de Harmodio y Aristogitón no funcionaban como una simple conmemoración. Convertían una interpretación política del pasado en una presencia permanente dentro de la vida pública. Colocadas en el ágora, enseñaban quién había liberado la ciudad y proponían un modelo de ciudadano dispuesto a defender activamente su libertad.

Cuando los persas ocuparon Atenas en 480 antes de nuestra era, se llevaron el primer grupo escultórico. Pocos años después, la ciudad instaló otro. Podían desaparecer las estatuas, pero la democracia ateniense no podía permitirse perder el relato que representaban.

Ahí se revela la desigualdad entre historia y memoria. Tucídides debía argumentar, aportar datos y discutir una creencia extendida. Las estatuas no necesitaban demostrar nada. Ocupaban la plaza y presentaban su interpretación como parte del propio paisaje de la ciudad.

El mito sobrevivió porque su función no era explicar cómo había terminado realmente la tiranía. Su función era demostrar que Atenas se había liberado a sí misma.

Las naciones se declaran protagonistas

Los Estados nacionales sistematizaron esa práctica. Las naciones construyen una biografía que justifica su existencia y las convierte en protagonistas de un relato de buenos y malos. En esa narración, la violencia propia suele ser defensiva o necesaria; la ajena, agresiva o irracional. Los héroes nacionales encarnan las virtudes colectivas, mientras los adversarios aparecen como enemigos exteriores o traidores internos.

La historia científica puede demostrar que los orígenes fueron menos heroicos, que las identidades cambiaron, que las fronteras se movieron y que muchas victorias dependieron de fuerzas exteriores. Pero sus conclusiones compiten con un relato aprendido desde la infancia, reproducido por las instituciones y vinculado emocionalmente con la pertenencia al grupo.

Atenas lo demostró hace dos mil quinientos años. Cuando la verdad histórica impide que una comunidad se atribuya su propia grandeza, no siempre es necesario borrarla. Puede conservarse en los libros y discutirse entre historiadores.

Basta con relegarla a la biblioteca y mantener la estatua en la plaza.

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