La derrota económica norteamericana en 48 horas.

La guerra económica de Estados Unidos suma otro frente perdido: el de su propia deuda
Opinión · Economía · Estados Unidos

El Tesoro anunció un plan para demostrar que controla el coste de su deuda. El mercado lo desmontó en 48 horas. Esto es la radiografía de un cortafuegos que no ha funcionado, y de un gobierno que ya no tiene ninguna salida barata.

En un vistazo
El farol duró 48 horas: el Tesoro anunció que compraría más bonos para calmar al mercado. Los tipos de interés bajaron unas horas y volvieron a subir a donde estaban.
La medida no reduce la deuda: solo cambia de manos bonos viejos por dinero que el propio Estado ya tenía. La cantidad total que Estados Unidos debe sigue creciendo igual.
Washington está entre la espada y la pared: pedir prestado a treinta años sale caro, y pedir prestado a corto plazo obliga a devolver y renovar la deuda todo el tiempo. No hay salida gratis.
La factura ya es visible: Estados Unidos paga hoy más en intereses de su deuda que en todo su presupuesto de Defensa.
Conclusión: el problema no se ha resuelto, solo se ha aplazado, y cada vez habrá que renovarlo con más frecuencia y a un coste más incierto.

Un farol que duró unas horas

En mi anterior análisis, A Estados Unidos la guerra económica le va peor que la guerra de Irán, explicaba cómo el Tesoro estadounidense se había visto obligado a duplicar el tamaño máximo de sus recompras de deuda a largo plazo para frenar la escalada de los tipos de interés que paga por su deuda. Pues bien, el efecto calmante apenas ha durado unas horas.

Cuando un gobierno pide dinero prestado emitiendo bonos, el rendimiento de esos bonos es, en la práctica, el tipo de interés que paga por esa deuda. Tras el anuncio del 19 de agosto, el rendimiento del bono a treinta años cayó desde el 5,28% hasta el 5,19%. Dos sesiones después había regresado al entorno del 5,28%. El mercado escuchó al Tesoro, reaccionó durante unas horas y terminó devolviendo el precio de la deuda al punto de partida.

Según el comunicado del Departamento del Tesoro, las recompras ampliadas ni siquiera empezarán a ejecutarse hasta el 9 de septiembre. Todavía no ha fracasado su puesta en marcha material, pero sí su primera función, que era política: tranquilizar al mercado y demostrar que Washington conserva capacidad suficiente para controlar lo que le cuesta financiarse. Los inversores han juzgado insuficiente la medida antes incluso de que empiece.

Una intervención que confiesa debilidad

Para entender por qué esto es una confesión de debilidad, conviene pensar en qué es el interés que un país paga por su deuda. Cuando alguien presta dinero a Estados Unidos comprando uno de sus bonos, exige a cambio una compensación —el interés— proporcional al riesgo que le ve: cuanta más inflación hay, más deuda acumulada y más dudas sobre si el país podrá pagar cómodamente en el futuro, mayor es el interés que pide. Ese interés funciona como un termómetro de confianza: sube cuando el mercado desconfía y baja cuando confía.

Un país que confía en sus propias cuentas deja que ese termómetro marque lo que tenga que marcar, porque refleja la realidad. Cuando en cambio interviene para forzarlo a la baja —comprando bonos para sostener artificialmente su precio, como hizo el Tesoro el 19 de agosto—, no está bajando la fiebre: solo está tapando el termómetro. Y solo se tapa un termómetro cuando no gusta lo que dice. Que Washington haya decidido intervenir, más allá de si la intervención funciona o no, ya es la confesión: admite que el interés que el mercado quiere cobrarle es uno que no puede permitirse.

Por qué ha fracasado el cortafuegos

El objetivo era simple: al comprar más bonos, el Tesoro añade una demanda extra que empuja su precio al alza y, con él, el interés a la baja. El 19 de agosto elevó el límite de estas compras de 2.000 a, al menos, 4.000 millones de dólares, y durante unas horas funcionó: el rendimiento del bono a treinta años cayó del 5,28% al 5,19%. Dos sesiones después había vuelto a subir al entorno del 5,28% —el mismo punto de partida—.

La razón es simple. La compra del Tesoro es una fuerza pequeña y temporal empujando el precio hacia arriba. Enfrente tiene una fuerza mucho más grande y permanente: la desconfianza del mercado por la inflación, el déficit público y una deuda que no deja de crecer. Mientras dura la compra, gana la fuerza pequeña. En cuanto se agota, gana la grande, que no ha cambiado en nada, y el interés vuelve a donde estaba.

Y esa fuerza pequeña nunca puede hacerse lo bastante grande. El dinero con el que el Tesoro paga esas recompras no es dinero nuevo: sale de emitir más deuda. Es lo mismo que hace cualquier persona al refinanciar su hipoteca —cambia un préstamo por otro, pero sigue debiendo lo mismo, o más—. Por mucho que el Tesoro ampliara la recompra, seguiría moviendo fichas dentro del mismo tablero, no metiendo dinero de fuera. La cantidad total que Estados Unidos debe al mercado no baja ni un dólar.

Sin poder aumentar esa fuerza, a Washington solo le queda una salida: pagar un interés más bajo pidiendo prestado a menos plazo. Lleva meses apoyándose cada vez más en las Letras del Tesoro, deuda que se devuelve en menos de un año y por la que el mercado sigue pidiendo un interés mucho menor que por los bonos a treinta años. Según la documentación presentada por el propio Tesoro en julio, las Letras ya representan el 22,2% de toda la deuda negociable estadounidense, por encima del 15%-20% que recomienda mantener el comité de expertos que asesora al Tesoro en sus emisiones. Más de una quinta parte de la deuda vence, por tanto, en un plazo máximo de un año y hay que renovarla constantemente.

Estados Unidos todavía puede elegir el problema, pero ya no puede evitarlo.

Esa es también la razón por la que la deuda estadounidense empieza a perder su condición de refugio incontestable. El bono americano sigue siendo uno de los activos más importantes del sistema financiero mundial, pero un interés superior al 5,2% demuestra que ya no se acepta sin hacer preguntas. El mercado exige una compensación cada vez mayor por la inflación, por el tiempo que tiene el dinero inmovilizado y por el deterioro de las cuentas públicas. El activo que se consideraba intocable empieza a convertirse en papel bajo escrutinio.

La bomba de la refinanciación permanente

Las consecuencias de este viraje hacia la deuda a corto plazo ya son visibles.

Más riesgo para el presupuesto. La deuda a corto plazo traslada muy rápido cualquier subida de tipos a las cuentas públicas. Según el informe mensual del Tesoro, durante los primeros nueve meses del año fiscal 2026 el gasto en intereses de la deuda alcanzó los 827.000 millones de dólares, por encima de los 713.000 millones gastados en Defensa en el mismo periodo.
Menos margen para la Reserva Federal. La necesidad de financiar la deuda pública empieza a condicionar las decisiones del banco central.
Más presión sobre la economía real. Las Letras del Tesoro, bien remuneradas, atraen dinero que podría destinarse a créditos para empresas, consumo o vivienda. El Estado compite con la economía productiva por el dinero disponible y contribuye a encarecer su propia financiación.
Mayor vulnerabilidad. Mientras la deuda pueda renovarse sin problemas, el mecanismo funciona. Pero cuanto más a menudo haya que renovarla, menos tiempo tendrá Washington para reaccionar si los inversores pierden la confianza de golpe.

Estados Unidos solo ha comprado tiempo

El anuncio consiguió reducir el interés que paga Estados Unidos por su bono a treinta años durante unas horas. Dos sesiones después, toda la mejora había desaparecido. Esa es la medida exacta del fracaso: Washington enseñó su cortafuegos y el mercado concluyó que no bastaba.

Y no hay cortafuegos que vaya a bastar, porque este no es un problema que Washington pueda resolver con las herramientas que está dispuesto a usar: solo puede aplazarlo. Cada vez que vence una Letra, Estados Unidos tiene que volver a la mesa y pedirle al mismo mercado que acaba de ponerle en su sitio que le vuelva a prestar. Es la escena de cualquier película sobre un deudor atrapado: no pone las condiciones, las pide. La primera potencia económica del planeta, el emisor de la moneda de reserva mundial, se ha convertido en el que llama a la puerta cada pocas semanas.

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