A Estados Unidos la guerra económica le va peor que la guerra de Irán

A Estados Unidos la guerra económica le va peor que la guerra de Irán
OPINIÓN · ECONOMÍA · GEOPOLÍTICA

La duplicación urgente de las recompras de deuda por parte del Tesoro, tras el repunte del bono a treinta años por encima del 5,3 %, es la prueba de que Washington ya no controla el precio de su propia financiación.

En un vistazo
El ataque: los acreedores privados, que ya controlan cerca del 73 % de la deuda negociable del Tesoro, exigen una rentabilidad cada vez mayor para seguir financiando a Washington.
La respuesta defensiva: el 19 de agosto el Tesoro duplicó sus recompras de bonos a largo plazo, de 2.000 a 4.000 millones de dólares por operación, para frenar la subida de los rendimientos.
El significado geopolítico: Estados Unidos no está derrotando a Irán en el campo de batalla, y lo peor es que tampoco puede derrotar a los mercados: ni impedir que sus propios acreedores encarezcan la financiación de su Estado y de su hegemonía.

Mientras Estados Unidos ataca a Irán con portaaviones, bombarderos y misiles, los mercados financieros están atacando a Estados Unidos desde un frente mucho más silencioso, pero potencialmente más poderoso y demoledor.

Washington puede destruir instalaciones militares, bloquear rutas marítimas o imponer su superioridad tecnológica, pero no puede bombardear a quienes venden sus bonos ni obligarlos a financiar su deuda en las condiciones que desea. Estados Unidos combate a Irán con armas; los mercados combaten a Estados Unidos elevando el precio de su supervivencia. Y esa segunda guerra puede terminar siendo mucho más importante que la primera.

Ambas guerras, además, están conectadas. El conflicto con Irán encarece el petróleo, alimenta las expectativas de inflación y reduce el margen de la Reserva Federal para bajar los tipos de interés. Estados Unidos contribuye así militarmente a crear las condiciones que encarecen la deuda con la que financia su propio poder militar.

El trilema que ya habíamos anticipado

En mi anterior análisis, Trump: O América o el dólar, planteaba el callejón sin salida al que se enfrenta Washington: el "trilema" de no poder sostener a la vez la hegemonía mundial de su moneda, la financiación barata de su deuda y la reconstrucción de sus fábricas.

Lo que estamos viviendo en estos últimos días de agosto de 2026 no es una crisis financiera aislada; es la confirmación de aquel diagnóstico. La mayor batalla por la supervivencia del imperio norteamericano no se está librando en un frente militar tradicional, sino en el mercado de renta fija de Wall Street.

El nuevo dueño de la deuda

La estructura de propiedad de la deuda estadounidense ya no es la que sostuvo décadas de financiación barata. Según los datos del Departamento del Tesoro, la deuda federal bruta superó los 40 billones de dólares el 18 de agosto de 2026, pero el verdadero peligro no es solo el número, sino quién tiene los pagarés en su poder.

Durante décadas, la Reserva Federal y los bancos centrales extranjeros —tenedores relativamente estables, que compraban deuda no solo por su rentabilidad sino porque necesitaban dólares y bonos del Tesoro para gestionar sus reservas— tuvieron un peso dominante. Hoy ese tablero se ha invertido: según un análisis de Barclays recogido por el Financial Times, en 2006 los inversores privados poseían aproximadamente el 50 % de la deuda negociable del Tesoro; ahora controlan cerca del 73 %.

Y una parte relevante de ese capital privado ni siquiera es inversión estable a largo plazo: es posición apalancada y táctica, dispuesta a deshacerse en cuanto sube la volatilidad. Este nuevo acreedor no guarda ninguna lealtad institucional a Washington ni le interesa preservar gratuitamente la estabilidad del sistema.

Si considera que la inflación, el déficit o la guerra aumentan el riesgo, exige una rentabilidad mayor para comprar o conservar los bonos. No necesita provocar la quiebra de Estados Unidos para someterlo a su disciplina: le basta con imponerle el precio al que está dispuesto a financiarlo.

El precio de financiarse

Eso es exactamente lo que está ocurriendo. Según los datos de la Reserva Federal, el rendimiento del bono estadounidense a treinta años llegó al 5,337 %, su nivel más alto desde 2007.

No significa que Estados Unidos se haya quedado sin compradores. Significa algo más inquietante: que los compradores ya no están dispuestos a financiarlo al precio que Washington desearía.

El aumento de los rendimientos asfixia las cuentas públicas porque, a medida que vencen los bonos emitidos en años anteriores, el Tesoro tiene que sustituirlos por nueva deuda a intereses mucho más altos. Una parte creciente de los ingresos del Estado queda atrapada así en el pago de intereses, el déficit aumenta y Washington necesita volver a endeudarse para pagar el coste de haberse endeudado.

Atrapado en esa espiral, al Tesoro solo le quedaban dos salidas, y ambas malas: seguir pagando cada vez más caro por su deuda a largo plazo, o huir de ese coste refugiándose en deuda a corto plazo, más barata hoy pero mucho más inestable mañana. El 19 de agosto eligió la segunda.

La respuesta defensiva del Tesoro

Ese día, el Tesoro estadounidense tuvo que intervenir de urgencia. Anunció que duplicaría, como mínimo, sus operaciones de recompra de bonos con vencimientos de entre diez y treinta años, pasando de 2.000 a 4.000 millones de dólares por operación, precisamente en el tramo que estaba sufriendo mayor presión.

Al recomprar esos bonos, el Tesoro sostiene artificialmente su precio y trata de contener la rentabilidad exigida por el mercado. Pero la operación no sale gratis: el Tesoro financia esas recompras emitiendo Letras a corto plazo, lo que acorta la madurez media de la deuda en circulación y obliga a Washington a refinanciarse con más frecuencia y más expuesto a los tipos de corto plazo. Es la definición misma de una huida hacia adelante: para librarse del coste de la deuda cara y larga, el Tesoro se mete en el problema de la deuda barata pero corta, que exige refinanciarse sin descanso y deja al Estado más vulnerable a cualquier subida de tipos futura. No es una solución: es un parche que cambia un problema por otro peor.

Y ahí está la verdadera medida de la desesperación: no es que el Tesoro tenga un programa de recompra, es que tuvo que ampliarlo de urgencia justo cuando el coste de la deuda a largo plazo alcanzaba máximos de diecinueve años, y que para hacerlo aceptó agravar su propia fragilidad financiera a cambio de alivio inmediato. El emisor del activo supuestamente más seguro del planeta ha tenido que intervenir para frenar la presión ejercida por quienes lo poseen, pagando ese alivio con una deuda todavía más frágil.

El coste geopolítico

Esa huida hacia deuda más corta no sale gratis. Cuanto más frecuente es la refinanciación, más veces al año queda el Estado expuesto a estos mismos rendimientos altos, y cada vencimiento es una factura que compite con el resto del presupuesto. Ese es el coste geopolítico real de la espiral: no es un problema abstracto de mercados, es dinero que deja de estar disponible para otras prioridades.

Si los rendimientos continúan elevados, las consecuencias alcanzarán al conjunto de la economía estadounidense: hipotecas más caras, crédito empresarial más costoso, menor inversión productiva y más recursos públicos destinados al servicio de la deuda.

Intereses netos de la deuda (CBO, 2026): 1,17 billones de dólares
Presupuesto de Defensa (2026): 954.387 millones de dólares
Resultado: el coste de la deuda ya supera al del aparato militar que debe sostenerla

Cada dólar destinado al pago de intereses reduce el margen disponible para reconstruir fábricas, renovar infraestructuras, sostener aliados, modernizar el ejército o mantener bases y operaciones en el exterior.

Ese margen que se estrecha es, precisamente, el terreno donde se juega la partida geopolítica real. Es el dinero que EE. UU. necesita para sostener el pulso simultáneo con Rusia y con China, para armar y financiar a sus aliados, para mantener el despliegue naval que garantiza el acceso a rutas comerciales críticas y para responder con rapidez cuando se abren varios frentes a la vez. Un país que paga más por su deuda que por su ejército no solo gasta peor: pierde capacidad de influir donde antes podía hacerlo sin pensarlo dos veces. Y esa pérdida de margen no la deciden generales ni diplomáticos, sino los mismos acreedores privados que el 19 de agosto obligaron al Tesoro a intervenir.

Esta situación desvela una verdad incómoda para Occidente: la hegemonía global del siglo XXI no se mide únicamente por el número de misiles, sino por la fortaleza financiera del Estado que puede fabricarlos y desplegarlos. De nada sirve tener el ejército más avanzado del mundo si tu estabilidad depende de intervenciones defensivas para contener a unos fondos privados sin bandera y si dedicas más dinero a pagar los intereses de tus números rojos que a tu propio ejército.

La guerra que sí puede perder

Mientras Estados Unidos ataca a Irán, los mercados atacan el fundamento financiero del poder estadounidense. Washington ni siquiera está logrando doblegar a Teherán en el campo de batalla, y sin embargo la guerra que de verdad puede perder no es esa: es la económica, la que tampoco controla.

Y es una guerra que libra en buena parte contra sí mismo. Cada intervención de urgencia agrava el problema que pretende resolver: los rendimientos altos obligan a recomprar deuda; recomprar deuda obliga a emitir Letras a corto plazo; emitir a corto plazo obliga a refinanciarse con más frecuencia; refinanciarse con más frecuencia vuelve a exponer al Tesoro a la próxima subida de tipos. Estados Unidos no ha resuelto nada el 19 de agosto: ha entrado en una espiral de deuda que se retroalimenta a sí misma, y cada vez que la frena en un punto, la acelera en otro.

La verdadera guerra geopolítica se libra en el precio de la deuda, y Estados Unidos está descubriendo que el escudo del dólar tiene grietas demasiado profundas como para ocultarlas con aranceles, recompras de emergencia o discursos patrióticos.

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