Milei ordena las cuentas que interesan a los mercados desordenando la vida de quienes debían pagarlas: su éxito financiero contiene la causa de su fracaso social.
Javier Milei dijo que, si los argentinos no llegaran a fin de mes, las calles estarían llenas de cadáveres. Después, ante empresarios en el Consejo de las Américas, calificó de «estupidez» que la gente siga diciendo que no llega a fin de mes.
No son exabruptos sueltos. Expresan una idea completa de la economía: mientras la población siga físicamente viva, el modelo es un éxito. Todo lo que hay entre la prosperidad y la inanición —perder el sueldo, endeudarse, gastar los ahorros, no poder pagar un imprevisto— deja de ser responsabilidad del Gobierno.
Esta respuesta cierra la secuencia habitual del neoliberalismo. Primero se presenta el sufrimiento como un sacrificio necesario. Después se celebran los indicadores. Y cuando la prosperidad prometida no llega a la mayoría, se niega el daño y se culpa a quien lo sufre.
La macroeconomía de los mercados
Sería absurdo negar los resultados. La inflación ha bajado desde los niveles extremos del comienzo de su mandato. El Estado mantiene superávit fiscal y algunos indicadores de actividad muestran crecimiento.
Según el INDEC, la inflación mensual fue del 2,1 % en julio de 2026. En junio, la actividad económica (EMAE) creció un 2,7 % interanual. Y el Ministerio de Economía informó de que el sector público obtuvo en julio un superávit financiero de 244.897 millones de pesos, después de pagar los intereses de la deuda.
Son resultados reales. Pero ningún indicador explica por sí solo cómo se consiguió ni quién lo pagó.
Milei llama macroeconomía a las cifras que miran los mercados financieros: déficit, inflación, deuda, solvencia. Frente a ellas está la economía de todos los días: el sueldo, la jubilación, el consumo, la deuda familiar, la posibilidad de llegar a fin de mes. Técnicamente son la misma economía. Políticamente, el neoliberalismo las trata como si fueran dos mundos separados: protege el primero y usa el segundo como material de ajuste.
Un país puede tranquilizar a sus acreedores mientras empobrece a sus trabajadores. Puede dar seguridad a los mercados financieros mientras multiplica la inseguridad material de su gente. Eso es lo que el relato neoliberal necesita ocultar: las medidas económicas no benefician o perjudican a una abstracción llamada Argentina. Benefician a unos argentinos y perjudican a otros.
El éxito tenía un pagador
El equilibrio fiscal no llegó porque la economía le diera al Estado más ingresos. Los datos del Ministerio de Economía muestran que, en julio de 2026, los ingresos públicos cayeron un 2,5 % en términos reales y la recaudación de impuestos bajó un 3,1 %. El superávit se sostuvo porque el gasto se recortó todavía más: un 7 % real.
El Estado no ordenó sus cuentas porque ingresara más, sino porque gastó mucho menos. Y recortar gasto nunca es una operación neutral. Significa decidir qué ingresos, servicios y protecciones van a desaparecer, y quién va a perderlos.
Y aquí aparece lo más revelador del ajuste: no fue parejo ni entre los propios jubilados. Mientras la mínima con bono caía un 9,3 % real, las jubilaciones por encima de la mínima —que sí se actualizan por inflación— ganaron entre un 10 % y un 10,9 % real en el mismo periodo. No es que el ajuste castigara «a los jubilados»: castigó específicamente a los de menos ingresos, y protegió a los que más tenían dentro del propio sistema previsional. Eso no es una consecuencia inevitable de ajustar las cuentas. Es una decisión.
El superávit tuvo pagadores identificables. Milei decidió que la estabilización debía financiarse reduciendo la capacidad económica de trabajadores, empleados públicos y jubilados de menores ingresos.
El ajuste no hizo desaparecer la riqueza. La movió de sitio. Lo que el jubilado dejó de cobrar se convirtió en ahorro fiscal. La caída de los salarios abarató el trabajo y debilitó su capacidad de negociar. Mientras tanto, el pago a los acreedores y la confianza de los mercados financieros se mantuvieron como las únicas prioridades intocables.
Una macroeconomía con las patas cortas
El problema no es solo moral. Una economía financiera ordenada en el papel no puede vivir para siempre separada de la sociedad que la sostiene.
Los datos muestran una recuperación desigual. Según el INDEC, la producción industrial creció un 2 % interanual en junio de 2026. Pero ese repunte no evitó que la industria cerrara el semestre con una caída acumulada del 2,2 %. El crecimiento se concentró en actividades primarias y de exportación, mientras la industria, el comercio y el mercado interno se movían mucho más despacio.
Se nota también en los supermercados. Las ventas reales cayeron un 3,1 % interanual en junio y acumulaban un retroceso del 2,8 % en el semestre. La inflación puede bajar y la actividad general puede crecer mientras las familias siguen comprando menos.
Cuando los salarios y las jubilaciones pierden poder de compra, los hogares gastan sus ahorros, recortan gastos o piden crédito. El crédito permite aplazar el ajuste un tiempo, pero no evitarlo.
Según el Banco Central (BCRA), la morosidad de las familias llegó al 12,8 % en mayo y junio de 2026. En los préstamos personales superó el 16 %, mientras que la morosidad de las empresas se mantenía en torno al 3,5 %.
Las cuentas públicas mejoraban mientras las cuentas de las casas empeoraban. Pero son la misma economía. Una sociedad empobrecida consume menos; si consume menos, el comercio vende menos, la actividad ligada al mercado interno se frena y la recaudación se debilita. El crédito puede retrasar ese proceso, pero cuando llega la morosidad ya no puede sustituir a un ingreso que no alcanza.
Ahí están las patas cortas del modelo. La macroeconomía de los mercados necesita la economía de la gente que está destruyendo. Necesita trabajadores, consumidores, contribuyentes y una estructura productiva capaz de sostener el crecimiento. Puede exprimirlos durante un tiempo, pero no puede prescindir de ellos para siempre.
Milei no ha fracasado en bajar la inflación ni en producir las cifras que celebran los mercados. Ha fracasado en convertir esos resultados en una recuperación general y sostenible. Ha ordenado unas cuentas debilitando la economía que debía sostenerlas.
La coartada neoliberal
La prosperidad no ha llegado igual para todos. Los mercados pueden celebrar la disciplina fiscal mientras los salarios siguen por debajo de lo que ganaban en 2023. El Gobierno puede anunciar crecimiento mientras cae el consumo y sube la morosidad de las familias. Y, según las últimas mediciones, entre el 28 % y el 30 % de los argentinos vive hoy en la pobreza.
Ese dato es la respuesta exacta a la frase de Milei. Él dice que si la gente no llegara a fin de mes, habría cadáveres en la calle. La realidad es más silenciosa que eso, y por eso es más fácil de negar: no hay cadáveres, hay tres de cada diez personas que no llegan a cubrir lo básico.
Reconocer esa contradicción obligaría a Milei a admitir que su modelo reparte de forma muy desigual los costes y los beneficios. Por eso la niega. Para defender el éxito del programa, reduce la vida económica a la supervivencia biológica: mientras no haya cadáveres en la calle, nadie puede decir que no llega a fin de mes.
Al separar la insolvencia de las familias del ajuste, Milei privatiza el daño. Si la economía funciona y el Gobierno no es responsable, cada familia queda sola frente a su fracaso. Perder ingresos deja de ser el resultado de una decisión política y se convierte en una incapacidad individual para adaptarse.
El sistema nunca fracasa. Siempre fracasan las personas.
Milei no es una anomalía dentro del neoliberalismo. Es su versión más brutal y transparente. Otros gobiernos hacen la misma operación con otras palabras: consolidación fiscal, flexibilidad laboral, reformas estructurales. Milei le pone insultos y una motosierra, pero la lógica es la misma: convertir los intereses del capital financiero en necesidades de la economía, y los intereses de la mayoría en obstáculos para su funcionamiento.
Milei ha ordenado las cuentas que interesan a los mercados desordenando la vida de quienes debían pagarlas. Su éxito financiero contiene la causa de su fracaso económico y social: una economía no puede sostenerse indefinidamente sobre gente que cada vez tiene menos y debe cada vez más.
La Argentina de Milei deja ver esa operación con especial claridad. Primero se le pidió a la gente que pagara la estabilización. Después se presentó el bienestar de los mercados como si fuera el bienestar del país. Ahora, cuando las víctimas dicen que el sacrificio no las llevó a la prosperidad prometida, el presidente responde que su sufrimiento es una estupidez.
Esa es la última violencia del neoliberalismo. No le basta con despojar a sus víctimas. Necesita convencerlas de que merecían ser despojadas.




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