Ucrania: la guerra la pagan los de siempre

Ucrania: la guerra la pagan los de siempre
Opinión · Guerra · Geopolítica

La pobreza prácticamente se ha duplicado desde el comienzo de la invasión y ya afecta al 41,6 % de la población. Pero Ucrania no solo es un país cada vez más pobre. También es una sociedad mucho más desigual: mientras se hunden los ingresos de quienes menos tienen, aumentan los de la parte más acomodada. La guerra destruye el país, pero no perjudica a todos por igual.

En un vistazo
El 41,6 % de la población vive en la pobreza: antes de la invasión a gran escala, la tasa rondaba el 20 %.
Los pobres pierden y los ricos ganan: el índice de Gini pasó de 0,41 en 2023 a 0,50 en 2025, mientras los ingresos del quintil más pobre caían más del 30 % y los del quintil más rico subían más del 10 %.
No todo el que gana, gana limpio: parte de ese 10 % se enriquece a través de contratos públicos y corrupción, no solo del mercado laboral.

Un país hundido en la pobreza

La pobreza alcanzó en Ucrania al 41,6 % de la población durante 2025, según las estimaciones publicadas por el Banco Mundial en su informe Monitoring Living Conditions in Ukraine: Spring 2026 Update. En 2024 afectaba al 37 %. Antes de la invasión rusa a gran escala se encontraba alrededor del 20 %. En apenas cuatro años, prácticamente se ha duplicado.

La cifra muestra una sociedad que está agotando sus últimos mecanismos de resistencia económica. A finales de 2025, alrededor del 70 % de los hogares ucranianos afirmaba encontrarse económicamente peor que antes de la invasión. Un 17 % tenía que endeudarse para cubrir sus necesidades básicas, un 6 % había tenido que vender bienes y solo uno de cada cinco hogares conseguía ahorrar.

La mayoría no está perdiendo únicamente ingresos. Está consumiendo sus ahorros y desprendiéndose del pequeño patrimonio que le permitía afrontar una enfermedad, una pérdida de empleo o cualquier otro imprevisto.

La inseguridad alimentaria también está creciendo. Según el Banco Mundial, una tercera parte de los hogares había reducido la variedad de su alimentación y una cuarta parte reconocía que no podía acceder regularmente a alimentos saludables y nutritivos.

Ucrania continúa funcionando, pero que el Estado no se haya derrumbado no significa que su población pueda seguir viviendo dignamente. El país se mantiene en pie mientras una parte creciente de sus habitantes se hunde.

La guerra extiende la pobreza y concentra la riqueza

Si la guerra hubiera reducido en una proporción semejante los ingresos de todos los ucranianos, estaríamos ante un país mucho más pobre, pero no necesariamente mucho más desigual. No es eso lo que está ocurriendo.

El índice de Gini, que mide la desigualdad en la distribución de los ingresos, pasó de 0,41 en 2023 a 0,44 en 2024 y a 0,50 en 2025, según las encuestas Listening to Ukraine del Banco Mundial. En apenas dos años, la distancia económica entre la parte alta y la parte baja de la sociedad se ha ensanchado de manera extraordinaria.

El dato decisivo es todavía más expresivo. Entre 2024 y 2025, los ingresos salariales reales del quintil más pobre —el 20 % con menos ingresos— cayeron más del 30 %. Durante ese mismo periodo, los hogares pertenecientes al quintil superior aumentaron sus ingresos salariales reales más del 10 %.

Quintil más pobre: ingresos salariales reales caen más del 30 % (2024–2025).
Quintil más rico: ingresos salariales reales suben más del 10 % (2024–2025).
Tecnología: casi el 60 % de los trabajadores del sector TIC pertenece ya al quintil superior.

Esta divergencia no es un efecto inexplicable ni accidental. El Banco Mundial señala que la pérdida de empleos y de ingresos laborales se concentra entre los hogares pobres y vulnerables, mientras los salarios reales crecen con más fuerza en la tecnología, las finanzas y los sectores relacionados con la defensa. En las tecnologías de la información y la comunicación, casi el 60 % de los trabajadores pertenece ya al quintil superior de ingresos.

La guerra no solo destruye actividad económica. También transforma su estructura: hunde unas actividades y hace más valiosas otras. Unos pierden empleo, pensiones y ahorros; otros, protegidos por su posición en sectores impulsados por la economía bélica, no solo no pierden, sino que ganan. No es un sacrificio colectivo repartido por igual. Es un impacto que golpea con una dureza radicalmente distinta según el lugar que cada uno ocupa en la estructura productiva del país.

El informe del Banco Mundial describe el lado luminoso de ese enriquecimiento: el de quien encuentra trabajo cualificado en sectores pujantes. Pero ese es solo el lado que se puede medir con encuestas de hogares. Hay otro, mucho más opaco, que ninguna encuesta capta.

Un 10 % que no siempre gana limpio

Ese lado oscuro tiene nombre y expedientes abiertos. No todo el que gana en esta economía de guerra lo hace vendiendo software o gestionando carteras de inversión. Una parte de ese 10 % que ve crecer sus ingresos lo hace a través de un circuito mucho menos presentable: el de los contratos públicos, la ayuda exterior y el acceso privilegiado al poder.

En noviembre de 2025 estalló el mayor escándalo de corrupción de la presidencia de Zelensky: una trama de sobornos de entre el 10 % y el 15 % sobre contratos de fortificación de infraestructura energética, que obligó a dimitir a los ministros de Energía y Justicia y al propio jefe de gabinete presidencial, Andriy Yermak. El empresario señalado como cabeza de la trama, socio del propio Zelensky, huyó del país antes de que se le pudiera detener.

Mientras tanto, dentro de Ucrania, el mercado de coches de lujo y matrículas de estatus no ha dejado de crecer desde el inicio de la invasión. No es un dato anecdótico: los propios análisis que documentan este fenómeno lo vinculan directamente al impacto de la corrupción sobre la economía de guerra.

No es casualidad que quienes de verdad concentran el capital histórico del país —los grandes empresarios industriales— hayan visto encoger su fortuna, con fábricas convertidas en frente de batalla. El nuevo dinero no es el de siempre: es el que se mueve alrededor del gasto público, los contratos militares y la ayuda que llega de fuera. Ucrania es un país cada vez más pobre y más desigual. La destrucción es colectiva. El beneficio, privado —y en no poca medida, opaco.

Las guerras cambian de bandera, pero casi siempre las pagan los mismos.

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