España no es un país independiente

España no es un país independiente
OPINIÓN · POLÍTICA EXTERIOR · ESPAÑA

Suárez y Sánchez son los presidentes más díscolos en política exterior — y quienes han sufrido las ofensivas interiores más agresivas del régimen del 78. España puede cambiar de Gobierno, pero no con la misma libertad su alineamiento internacional.

En un vistazo
El paralelismo: Suárez cuestionó el conjunto del alineamiento occidental; Sánchez rompe solo con Israel por Gaza. Aun en grados muy distintos, son los dos presidentes más díscolos en política exterior — y los que han sufrido el cerco interior más duro del régimen del 78.
El mecanismo: cuando un Gobierno se desvía, los poderes internos —militares, judiciales, mediáticos, económicos— convergen con la presión exterior para corregir su trayectoria, sin que haga falta una orden expresa desde fuera.
Los instrumentos: con Suárez, el golpe duro de 1981. Con Sánchez, el golpe blando de togas, portadas y bloqueo institucional.
La conclusión: España elige Gobierno con libertad. No elige con la misma libertad su alineamiento internacional — ahí está el límite real de su independencia.

El paralelismo

España es una democracia, pero no un país realmente independiente. Podemos elegir gobiernos y sustituir partidos, pero no decidir con la misma libertad nuestra posición en el mundo. Adolfo Suárez y Pedro Sánchez lo comprobaron cuando intentaron apartarse, en grados diferentes, del alineamiento establecido por Estados Unidos, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) e Israel.

Son presidentes de épocas y tradiciones políticas distintas, y tampoco es equiparable lo que arriesgaron: Suárez cuestionó el conjunto del alineamiento occidental; Sánchez mantiene esa ortodoxia casi intacta y rompe solo en el punto de Israel. Aun así, comparten una circunstancia demasiado significativa para considerarla casual: son, cada uno en su medida, los presidentes más díscolos en política exterior, y quienes han soportado las ofensivas interiores más agresivas del régimen del 78. Los dos disienten, además, justo cuando la disciplina de bloque parece más necesaria: Suárez, con la Guerra Fría recrudecida por Afganistán; Sánchez, con Ucrania exigiendo unidad occidental. Que una ruptura mucho menor haya bastado para desatar una respuesta de intensidad comparable dice más de la rigidez del sistema que de la audacia de Sánchez.

A Suárez le salieron al paso los sables. A Sánchez le salen al paso las togas y las portadas. Los instrumentos han cambiado; la función, no: limitar al Gobierno díscolo y devolverlo al espacio que los poderes permanentes del Estado consideran aceptable. Ahí está el límite real de nuestra independencia.

Suárez: la autonomía que Washington no toleró

Suárez intentó reservar a España un margen de autonomía exterior superior al que Estados Unidos estaba dispuesto a aceptar. Como ha documentado el historiador Charles Powell, buscó una posición propia entre la integración europea, Washington, el mundo árabe y los países no alineados.

En 1978, primer jefe de Gobierno de la Europa occidental democrática en visitar oficialmente la Cuba de Fidel Castro.
En 1979, España participa como observadora en la Cumbre del Movimiento de Países No Alineados en La Habana.
Días después, recibe en La Moncloa a Yaser Arafat, dirigente de la OLP.
Retrasa el ingreso en la OTAN y restringe usos estadounidenses de la base de Torrejón.

No pretendía romper con Occidente, sino evitar que la integración eliminara su margen de decisión. Así lo reflejó su reunión con Jimmy Carter en 1980, documentada en el Archivo Linz de la Transición. Estados Unidos quería a España dentro de la OTAN; Suárez se negó a comprometer su entrada.

"Suárez dijo no a Carter" — así tituló la prensa el desacuerdo.

La caída de Suárez tuvo poderosas causas internas —la crisis económica, la descomposición de la Unión de Centro Democrático (UCD) y la rebelión militar—, pero estas confluyeron cuando su política exterior también se había convertido en un problema para Washington. No existen pruebas de que Estados Unidos organizara el 23-F. Sí conocemos su resultado político.

Tras la dimisión de Suárez, guardias civiles armados ocuparon el Congreso el 23 de febrero de 1981 mientras sectores militares intentaban imponer una salida de excepción. El golpe fracasó, pero su trayectoria quedó clausurada. Leopoldo Calvo-Sotelo convirtió la integración atlántica en una prioridad y España ingresó en la OTAN en mayo de 1982. Salió Suárez, desapareció la búsqueda de autonomía y el país ocupó finalmente el lugar que Estados Unidos le había reservado.

Sánchez: la línea que cruza con Israel

Pedro Sánchez no es un dirigente no alineado. Mantiene a España dentro de la OTAN, ha reforzado la presencia militar estadounidense en Rota y ha respaldado la estrategia occidental en Ucrania. Su ruptura se concentra en un punto específico, pero especialmente sensible: Israel.

Mayo de 2024: España reconoce oficialmente al Estado de Palestina.
El Ministerio de Defensa cancela la compra de 1.680 misiles anticarro Spike LR2 (Rafael) y anula el programa SILAM, vinculado a tecnología de Elbit Systems.
Israel retira a su embajadora, restringe el consulado español en Jerusalén y acusa al Ejecutivo de favorecer a Hamás, antisemitismo y corrupción.

Al mismo tiempo, Sánchez soporta la ofensiva interior más intensa desde Suárez. Su mayoría parlamentaria es presentada como ilegítima, los acuerdos aprobados por las Cortes son descritos como golpes de Estado, organizaciones ultras explotan la acusación popular para abrir causas a partir de recortes de prensa y los medios mantienen un clima permanente de excepcionalidad.

Esta ofensiva no comenzó por Palestina. Arrancó en noviembre de 2023, con la Ley de Amnistía a los encausados por el proceso independentista catalán, seis meses antes de que España reconociera a Palestina, y encontró ahí su principal campo de movilización. Pero su origen interior no elimina la dimensión exterior adquirida después: la hostilidad israelí se incorporó a una operación de deslegitimación ya existente y amplió la convergencia de intereses que pretende expulsar a Sánchez.

A eso lo llamo golpe blando: la acumulación de poderes no electorales —togas, portadas, acusaciones populares, bloqueo institucional— para bloquear al Gobierno, presentarlo como ilegítimo y forzar su caída sin suspender formalmente la democracia. No hicieron falta las armas de 1981: bastan las instituciones.

España puede elegir Gobierno. No su alineamiento.

No hacen falta órdenes directas desde Washington o Tel Aviv. La dependencia es más eficaz cuando se ha interiorizado. Las élites políticas, económicas, militares, judiciales y mediáticas españolas dan por natural el alineamiento occidental, porque de él depende su propio poder —aunque el mecanismo no sea automático, como recuerda el caso de Zapatero—. Al defenderlo, actúan también como prolongación interior de la subordinación exterior.

España puede cambiar de Gobierno. Lo que no puede cambiar fácilmente es de alineamiento.

En eso consiste nuestra independencia: en poder elegir quién administra una posición internacional que otros contribuyen decisivamente a delimitar.

Comentarios