Estados Unidos está perdiendo la guerra en el mercado de bonos

Estados Unidos está perdiendo la guerra en el mercado de bonos
Opinión · Economía · Estados Unidos

Trump sacrificó la reconstrucción productiva de Estados Unidos para proteger el privilegio del dólar. Pero tampoco está ganando esa guerra: el mercado de bonos demuestra que su elección produce lo contrario de lo que buscaba.

En un vistazo
→ La elección: Trump renunció a reconstruir la economía productiva para conservar el privilegio del dólar, que permite a Washington financiar sus déficits, su despliegue militar y su hegemonía gracias a la demanda mundial de su deuda.
→ El resultado contrario: Estados Unidos sigue vendiendo su deuda, pero paga más, depende de compradores privados que exigen rentabilidad y se refinancia a corto plazo. Conserva compradores, pero pierde las condiciones privilegiadas.
→ La causa está en sus propias políticas: aranceles y guerra alimentan la inflación y mantienen los tipos altos; las sanciones restan atractivo a guardar reservas en dólares.
→ El mercado impone sus condiciones: los intereses de la deuda ya superan el gasto de defensa, y el Tesoro no ha logrado contener los tipos largos.
→ La paradoja final: el privilegio por el que Trump sacrificó la fábrica, cada vez más caro, le disputa ahora el capital a la fábrica.

En «La irresoluble contradicción de Trump» expliqué que Estados Unidos no puede reconstruir su economía productiva y conservar intactas todas las ventajas del dólar como moneda mundial. Cuando tuvo que elegir, Trump eligió el dólar.

La elección tenía una lógica. La demanda mundial de dólares y bonos del Tesoro permite a Washington financiar sus déficits, mantener su despliegue militar y trasladar hacia el futuro una parte del coste de su hegemonía. Trump sacrificaba la fábrica, pero esperaba conservar el privilegio financiero.

El mercado de bonos muestra el resultado contrario.

Lo que esperaba y lo que obtiene

Estados Unidos no está perdiendo porque sus subastas queden desiertas o el Tesoro esté al borde del impago. Todavía vende cantidades enormes de deuda.

La derrota es menos espectacular: Washington debe pagar mayores rendimientos, aceptar compradores más exigentes y refinanciar una parte creciente de su deuda a corto plazo. Conserva compradores, pero pierde la capacidad de financiarse en condiciones privilegiadas.

Esos compradores ya no son, sobre todo, gobiernos. Según los datos de mayo del Departamento del Tesoro, los inversores privados extranjeros adquirieron 246.800 millones de dólares en títulos estadounidenses a largo plazo, frente a los 16.100 millones de las instituciones oficiales. Estados Unidos sigue atrayendo capital, pero depende de inversores que exigen rentabilidad y carecen de lealtad geopolítica.

Sus propias políticas socavan el privilegio

Trump no sufre ese deterioro a pesar de su política, sino en buena parte a causa de ella.

Los aranceles elevaron los precios. Según investigadores de la Reserva Federal, los aprobados en 2025 añadieron un 0,8 % a los precios subyacentes. La guerra en Oriente Medio encareció además la energía. La cadena es sencilla:

→ Aranceles y guerra: mayor inflación.
→ Mayor inflación: tipos elevados durante más tiempo.
→ Tipos elevados: deuda más cara.

Las sanciones cierran el círculo. Cada congelación de reservas o bloqueo de pagos recuerda al mundo que conservar activos en el sistema financiero estadounidense implica someterlos a las decisiones políticas de Washington. Estados Unidos usa el dólar como arma para defender su hegemonía, pero ese uso reduce los incentivos para financiarla en condiciones favorables.

El precio del privilegio

Según la Oficina Presupuestaria del Congreso, los intereses netos de la deuda alcanzarán un billón de dólares en 2026, más que todo el gasto de defensa.

Financiar las deudas del pasado ya cuesta más que sostener el ejército del presente.

El Tesoro ha intentado contener la factura. Lleva meses desplazando la emisión hacia letras con vencimientos inferiores a un año para no presionar los plazos largos, aunque eso le obliga a volver constantemente al mercado y refinanciarse a los tipos vigentes. No bastó. En agosto, con el bono a 30 años en su nivel más alto desde 2007, tuvo que duplicar las recompras de deuda a largo plazo.

Washington ya no fija las condiciones de su financiación: se las impone el mercado.

El privilegio contra la fábrica

Aquí la elección se vuelve contra sí misma. El Tesoro necesita compradores para financiar sus déficits. Las empresas necesitan esos mismos capitales para construir fábricas, redes eléctricas, centros de datos y plantas de chips. El Estado y la economía productiva compiten por la financiación.

La inteligencia artificial concentra la paradoja. Washington espera que produzca el salto de productividad que permita a la economía crecer más deprisa que la deuda. Pero desarrollarla exige inversiones colosales, y las grandes tecnológicas también acuden al mercado de bonos para financiarlas.

Estados Unidos necesita que la inteligencia artificial lo rescate de la deuda, pero la deuda encarece la construcción de la economía de la inteligencia artificial.

Sacrificar la fábrica no salvó el privilegio

Trump prometió hacer América grande de nuevo y eligió proteger el mecanismo financiero que había contribuido a vaciar su economía productiva. Esperaba conservar la superioridad con la que Estados Unidos financiaba su poder. Obtiene una deuda más cara, compradores más exigentes y un Tesoro que ya no impone sus condiciones.

Trump sacrificó la fábrica para conservar el privilegio. Ahora el privilegio, cada vez más caro, le disputa el capital a la fábrica.

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