Trump prometió a sus votantes reconstruir la economía productiva de Estados Unidos, hacer América grande de nuevo. Su política real ha elegido proteger el privilegio del dólar — y las dos cosas no caben a la vez.
En algún momento de 2026, antes de que acabe el año, la Casa Blanca quiere enviar un cheque de 2.000 dólares a millones de estadounidenses de renta media. El dinero, según Trump, saldrá de lo recaudado con los aranceles. La medida sigue sin legislación que la respalde y su coste superaría lo ingresado hasta ahora por esos mismos aranceles, pero la promesa ya dice algo importante: ante el dinero extraído del exterior, Trump prefiere repartirlo entre los ciudadanos antes que invertirlo en reconstruir la industria que dice querer recuperar.
Ahí está, en miniatura, la contradicción de todo su proyecto económico. Trump no puede, al mismo tiempo, mejorar el nivel de vida de los americanos reconstruyendo una economía productiva fuerte y proteger el dólar como la moneda de referencia del mundo. Son dos objetivos que chocan entre sí, no dos caras de la misma estrategia.
Una contradicción estructural
Chocan por una razón estructural, no por mala gestión. Cuanto más quiere el mundo dólares y deuda estadounidense —para comerciar, para ahorrar, para protegerse—, más capital entra en Estados Unidos, más se aprecia el dólar, y una divisa cara abarata lo que se importa y encarece lo que se exporta. Ese mismo mecanismo que sostiene el privilegio del dólar es el que ha ido vaciando la industria durante décadas. Ya lo planteé en este blog hace unos meses en Trump: ¿o América o el dólar?: no se puede tener a la vez una moneda de reserva mundial y una economía industrial fuerte. Hay que elegir. No se puede tener todo.
La elección ya hecha
Y dentro de esa contradicción, Trump, en realidad, ya ha apostado por el dólar. Su política económica lo dice. Por eso los americanos no notan en su día a día que América haya vuelto a ser grande: la industria no vuelve, y el nivel de vida no mejora por esa vía. Así que hace de la necesidad virtud: en vez de reconstruir la base productiva, intenta que los americanos participen del poder extractivo del dólar como moneda de referencia, convertidos en rentistas antes que en productores. El cheque prometido es esa jugada en estado puro.
Es más fácil repartir el botín que reconstruir la fábrica.
El precio del privilegio
Pero ser rentista de un privilegio exige que ese privilegio no falle. Y sostenerlo cuesta cada vez más caro. Washington necesita que el mundo siga queriendo financiarlo, incluso mientras usa aranceles y presión financiera para forzarle la mano a ese mismo mundo. Y esa dependencia se ha vuelto más cara: los mismos aranceles empujaron la inflación lo bastante como para que la Reserva Federal subiera tipos el pasado 16 de septiembre, encareciendo la propia deuda que Washington necesita seguir colocando.
Y esa presión ya tiene un coste visible. Los bancos centrales compran oro a un ritmo históricamente alto desde 2022, cuando Washington congeló las reservas del banco central ruso: una fragilidad que no creó Trump, pero que sus aranceles y su uso del dólar como arma no hacen sino agravar. El dólar, de momento, no tiene sustituto, pero cada vez más actores se cubren las espaldas por si acaso.
La elección real
Con ese trasfondo, el cheque prometido deja de ser una anécdota y se convierte en la prueba. Reconstruir la industria es lento, caro e incierto. Prometer repartir en efectivo lo recaudado con aranceles es rápido, visible y rentable en votos.
Trump no ha resuelto su contradicción: la ha esquivado.
Prometiendo convertir a los americanos en beneficiarios pasivos del mismo privilegio que, según él, quiere superar. Esa es la elección real, más allá del eslogan.




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