Si Trump lanzara una bomba atómica contra Irán sin garantía de destruir su programa nuclear, no demostraría la fuerza de Estados Unidos, sino su incapacidad para imponer su voluntad.
Una bomba atómica contra una montaña
En el pensamiento militar está muy arraigada una idea: cualquier obstáculo cae si se usa un arma lo bastante poderosa. Si una bomba convencional no destruye un búnker subterráneo, se lanza otra mayor. Si tampoco basta, se recurre a una bomba penetradora, diseñada para hundirse en el terreno antes de explotar. Y si el objetivo sigue a salvo bajo una montaña, queda la tentación de la bomba atómica.
El problema es que destruir mucho no equivale a destruir lo que se necesita.
Irán ha excavado instalaciones nucleares bajo grandes masas de roca. Las más conocidas son Fordow, una planta de enriquecimiento de uranio construida dentro de una montaña, y la llamada Pickaxe Mountain, junto a Natanz. El pasado 16 de octubre, Trump amenazó con atacar esta última, aunque descartó expresamente usar armas nucleares. Aun así, la hipótesis nuclear reaparece una y otra vez en el debate sobre cómo destruir estas instalaciones, y merece examinarse.
En 2005, las Academias Nacionales de Ciencias de Estados Unidos estudiaron precisamente esta cuestión. Concluyeron que una bomba nuclear puede destruir algunas instalaciones enterradas a gran profundidad, pero no todas: depende de la potencia del arma, de la profundidad del objetivo y del tipo de roca.
Y hay un detalle revelador. Estados Unidos tiene miles de cabezas nucleares, pero un solo modelo diseñado para hundirse en el suelo antes de estallar: la bomba B61-11. Se fabricaron unas 50 unidades a finales de los noventa, y solo es capaz de penetrar unos pocos metros. Algunas instalaciones subterráneas pueden estar protegidas por cientos de metros de roca.
El programa nuclear podría estar en otra parte
Hay un segundo problema, quizá más importante. Supongamos que Estados Unidos logra destruir por completo una instalación subterránea. ¿Habría acabado con la capacidad de Irán para enriquecer uranio, el paso imprescindible para fabricar una bomba?
No necesariamente.
El uranio se enriquece con centrifugadoras, máquinas que giran a enorme velocidad y trabajan conectadas en cadena. El físico Theodore Postol, profesor emérito del MIT, explicó en una entrevista con Glenn Diesen que una cadena de 174 centrifugadoras puede caber en unos 60 metros cuadrados, el tamaño de un piso pequeño. Eso no significa que todo un programa nuclear quepa en ese espacio, pero sí que parte de él puede repartirse en lugares mucho más pequeños y discretos que los grandes complejos conocidos.
Irán podría haber trasladado parte de sus equipos. No sabemos si lo ha hecho, pero tampoco puede descartarse: tras los bombardeos y las restricciones a los inspectores internacionales, hay serias dudas sobre dónde está y en qué estado se encuentra parte de su material nuclear.
Además, se pueden destruir edificios y máquinas, pero no lo que saben los científicos de un país. Si sobreviven los materiales, los equipos, los técnicos y la industria, sobrevive la posibilidad de reconstruir el programa.
Por eso el resultado no estaría garantizado en ningún caso: si la bomba falla, el fracaso es militar; si acierta, Irán puede conservar lo necesario para volver a empezar.
Cuando la fuerza sustituye a la victoria
Las grandes potencias no usan la fuerza solo para destruir objetivos. También la usan para enviar mensajes: intimidar a sus enemigos, tranquilizar a sus aliados y demostrar que siguen siendo capaces de imponer su voluntad.
Desde esa lógica, Trump podría plantearse lanzar una bomba atómica no porque tuviera garantías de destruir las instalaciones iraníes, sino porque necesitara una demostración espectacular de fuerza: una imagen de victoria que tapara la incapacidad de Estados Unidos para lograr sus objetivos por otros medios.
La mayor demostración de debilidad
Ningún país ha usado un arma nuclear en una guerra desde Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945. Hacerlo contra Irán tendría consecuencias humanas, ambientales y geopolíticas enormes. Y después Estados Unidos podría descubrir que las instalaciones no han quedado destruidas del todo, o que Irán sigue enriqueciendo uranio en otra parte.
¿Qué habría demostrado entonces?
Que Estados Unidos puede lanzar bombas atómicas, algo que el mundo sabe desde 1945. Pero no que pueda conseguir lo que se propone.
Porque el verdadero poder no consiste en tener capacidad para destruir, sino en conseguir los resultados que se buscan. Cuando la destrucción sustituye a esos resultados, la fuerza empieza a confundirse con la impotencia.
Hay pocas confesiones de debilidad tan espectaculares como necesitar una bomba nuclear para aparentar que se sigue siendo fuerte.
Referencias
National Research Council (2005). Effects of Nuclear Earth-Penetrator and Other Weapons. National Academies Press.
Kristensen, H. M. y Norris, R. S. (2014). The B61 family of nuclear bombs. Bulletin of the Atomic Scientists.
Kristensen, H. M., Korda, M. et al. (2026). United States nuclear weapons, 2026. Bulletin of the Atomic Scientists.
Postol, T. (2025). Entrevista con Glenn Diesen, 25 de julio.
Reuters (2026). Trump says US may need to strike Iran’s Pickaxe Mountain.



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