Taiwán no es un conflicto milenario. Es un expediente sin cerrar

Taiwán: cómo se fabricó una ambigüedad que sigue gobernando el presente

El Tratado de San Francisco dejó un silencio en 1951: Japón renunció a Formosa sin decir a quién. Ese vacío jurídico se volvió estrategia porque la ambigüedad ha sido, durante décadas, más barata que la claridad. El problema es que las fuerzas que la sostienen empiezan a crujir.

El conflicto de Taiwán no es la prolongación "natural" de identidades milenarias. Es una ambigüedad político-jurídica consolidada en la posguerra y mantenida porque, para las potencias, la indefinición ha sido (y sigue siendo) más barata que la claridad: evita decisiones irreversibles, reduce costes diplomáticos inmediatos y sostiene equilibrios de poder.

En un vistazo:

  • Taiwán no es un conflicto "milenario": es un vacío jurídico fabricado en 1951 cuando Japón renunció a la isla sin designar receptor.
  • La ambigüedad se congeló militarmente en 1950 con la Guerra de Corea y se consolidó diplomáticamente en 1971 cuando la ONU resolvió "quién representa a China" pero no "qué es Taiwán".
  • El conflicto mutó: del "retomar el continente" (KMT) a "preservar Taiwán" (identidad cívica democrática).
  • El "escudo de silicio" (TSMC fabrica el 90% de chips avanzados) funciona como disuasión económica, pero su relocalización erosiona ese freno.
  • La ambigüedad es el sistema: funciona porque ninguna potencia ha querido pagar el coste de la claridad. Pero vectores demográficos, tecnológicos y militares presionan hacia su colapso o reconfiguración.

1) Antes de Japón: integración en el orden chino, pero tardía y periférica

Antes de la incorporación plena al Estado imperial chino, Taiwán estaba habitada mayoritariamente por pueblos austronesios y fue escenario de presencias europeas y chinas parciales. La dinastía Qing integra la isla tras una conquista en 1683 y su control se vuelve administrativamente más completo con el tiempo, hasta el punto de convertirla en provincia en 1887. Esta trayectoria importa porque refuta la narrativa de una pertenencia "eterna" de Taiwán a China —la integración fue tardía y periférica— sin negar que, efectivamente, la isla quedó incorporada al Estado chino imperial antes de ser cedida a Japón en 1895.


2) 1895–1945: Japón rompe la trayectoria

La cesión de Taiwán a Japón por tratado tras la guerra sino-japonesa abre un paréntesis de medio siglo de Estado colonial moderno. No es solo un cambio de bandera: es un cambio de instituciones, escuela, administración, economía y horizonte vital. La consecuencia política a largo plazo es una divergencia histórica: cuando en el siglo XX se discuta "qué es Taiwán", ya no se discutirá sobre un territorio que siguió una biografía institucional equivalente a la del continente.


3) 1945–1949: administración provisional y vacío de cierre

En 1945 Japón se rinde. El Kuomintang (KMT, Partido Nacionalista Chino) entra en Taiwán como administración de hecho bajo el marco aliado, pero la posguerra no produce un cierre jurídico inmediato y nítido sobre el destino soberano de la isla. No es un vacío "místico": es un vacío de capacidad y de prioridades. China está devastada y en guerra civil; las potencias están ocupadas en diseñar la arquitectura de la posguerra (Japón, seguridad del Pacífico, sistema de Naciones Unidas). Taiwán queda, en la práctica, como expediente aplazado.


4) 1949: dos gobiernos reclamando "China"

Cuando el Partido Comunista vence en 1949, China deja de ser un espacio colapsado y pasa a ser un actor central del mundo bipolar. En Beijing se proclama la República Popular China (RPC); en Taipéi, tras la derrota en el continente, el KMT y las fuerzas nacionalistas se refugian en Taiwán y mantienen la República de China (RC), trasladando a la isla toda la estructura estatal del régimen derrotado. Ambas reclaman ser el único gobierno legítimo de China. Este punto es decisivo: al principio, el conflicto no se formula como "Taiwán versus China", sino como quién representa a China.


5) 1951–1952: el agujero jurídico que lo sostiene todo

La raíz legal más robusta del problema aparece en el Tratado de Paz de San Francisco (1951): Japón renuncia a "Formosa y Pescadores", pero el texto no designa un Estado receptor.

Ese silencio no resuelve soberanía; abre un campo de interpretación. Cuando Japón firma en 1952 un tratado bilateral con la República de China (el llamado Tratado de Taipéi), vuelve a reconocerse la renuncia japonesa conforme al tratado de San Francisco, sin que ello cierre de forma universal la disputa internacional sobre el estatus final.

Dicho sin rodeos: el conflicto moderno se apoya en un hecho documental verificable —renuncia sin receptor explícito— y en la disputa política posterior sobre qué significa esa omisión.


6) 1950: Corea congela el conflicto con un hecho militar

El giro material llega con la Guerra de Corea. Tras la invasión norcoreana, el presidente Harry S. Truman ordena a la Séptima Flota impedir un ataque sobre Formosa (Taiwán) y exige al gobierno del KMT en la isla que cese operaciones contra el continente. Truman añade algo aún más revelador: "la determinación del estatus futuro de Formosa" debe esperar a la seguridad en el Pacífico, a un acuerdo de paz con Japón o a la consideración por Naciones Unidas (ONU).

Aquí el conflicto cambia de naturaleza: lo que podía haber sido el tramo final de una guerra civil se convierte en un asunto de seguridad internacional. Desde ese momento, la ambigüedad deja de ser solo jurídica: se vuelve estratégica y militar.


7) 1971: la ONU resuelve la "silla de China", no el mapa de Taiwán

La Resolución 2758 (1971) de la Asamblea General decide restaurar los derechos de la RPC en la ONU y expulsar a los representantes de Chiang Kai-shek. El texto se centra en la representación de "China" en el sistema ONU.

El punto políticamente explosivo —y muy actual— es la interpretación: Beijing sostiene hoy que 2758 confirma su principio de "una sola China" y, por extensión, su reclamación sobre Taiwán; pero la disputa se apoya en un hecho simple: el texto de la resolución no menciona a Taiwán. Esa brecha entre "texto" e "interpretación" se ha convertido en campo de batalla diplomático contemporáneo, como reflejan posicionamientos recientes de actores europeos y estadounidenses.


8) La mutación del conflicto: del "retomar el continente" a "ser Taiwán"

Durante décadas, el KMT sostuvo la ficción de que la República de China era "China" y que algún día recuperaría el continente; esa pretensión sirvió también para justificar el estado de excepción interno. Como recuerda la Encyclopaedia Britannica, Chiang Kai-shek llegó a prometer la reconquista del continente y usó ese objetivo para aplazar la democratización.

El conflicto cambia cuando Taiwán se democratiza (hito simbólico: levantamiento de la ley marcial en 1987) y el centro de gravedad político se desplaza hacia una identidad cívica vinculada al autogobierno.

No es un matiz menor: cuando el proyecto deja de ser "representar a China" y pasa a ser "preservar Taiwán", la disputa deja de encajar cómodamente en el viejo marco de credenciales y representación.


9) Identidad: evidencia empírica contra el esencialismo

La evolución identitaria se puede medir. El Election Study Center de la National Chengchi University (NCCU) muestra que, en los últimos años, la autoidentificación "solo taiwanés" ronda el entorno del 60% largo, mientras que "solo chino" cae a un 2–3%.

Esto no "resuelve" la soberanía, pero destruye una coartada frecuente: que el conflicto sea simplemente la expresión de una identidad china homogénea reprimida por contingencias externas.


10) El "Escudo de Silicio": disuasión económica y su erosión

En el presente, la ambigüedad se sostiene también por una variable material: semiconductores. Diversas fuentes señalan que Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) fabrica alrededor del 90% de los chips más avanzados, lo que convierte a la isla en un nodo crítico de la cadena tecnológica mundial.

Ese peso opera como disuasión: una guerra en el Estrecho sería un shock global. Pero el propio escudo es imperfecto y se erosiona, y aquí aparece una paradoja estratégica.

La paradoja del escudo de silicio: La relocalización de capacidad productiva de TSMC hacia Arizona, Japón y Europa —impulsada precisamente para reducir la dependencia de Taiwán— podría, a medio plazo, aumentar el riesgo de conflicto en lugar de reducirlo. Si Taiwán deja de ser insustituible como proveedor de chips avanzados, la disuasión económica que hoy frena una intervención militar se debilita. La diversificación geográfica de la producción, diseñada como seguro ante un posible conflicto, erosiona simultáneamente el coste que haría prohibitiva esa misma guerra. Esta tensión introduce incertidumbre sobre cuánto tiempo puede seguir funcionando el "escudo de silicio" como freno automático.


Conclusión: la ambigüedad es el sistema

Taiwán funciona como Estado de facto —población, territorio, gobierno efectivo—, pero su reconocimiento formal queda subordinado a un cálculo mayor: evitar que la claridad desencadene una ruptura del orden estratégico. Por eso el conflicto sobrevive. No porque sea insoluble por naturaleza, sino porque la ambigüedad ha sido, durante décadas, el precio mínimo para sostener un equilibrio inestable.

Vectores de cambio: Sin embargo, varios vectores apuntan hacia una posible reconfiguración —o colapso— de ese equilibrio. En lo demográfico, el relevo generacional en Taiwán consolida una identidad cívica desvinculada de la narrativa de "China"; en lo tecnológico, la relocalización de semiconductores altera el cálculo de costes de una intervención; en lo militar, la modernización del Ejército Popular de Liberación reduce la brecha de capacidades en el Estrecho; en lo diplomático, la presión de Beijing por cerrar la ambigüedad choca con la resistencia occidental a aceptar hechos consumados.

La cuestión no es si la ambigüedad puede durar indefinidamente —probablemente no—, sino si su eventual transformación será negociada o impuesta, gradual o abrupta. Por ahora, la inercia del sistema sigue funcionando. Pero la inercia no es eternidad.

Comentarios