Krasny Bor: la batalla que una España necesita recordar y Rusia ni recuerda (I)

Krasni Bor: cuando una batalla es un país (y para el otro bando es un parte) — Parte I

Parte I — El mapa y la mirada. El 10 de febrero de 1943, el 55.º Ejército soviético atacó las posiciones españolas en Krasni Bor. Para España, ese día se convirtió en altar nacional. Para la URSS, fue un tramo más de una ofensiva frustrada. Esta es la historia de cómo se fabrica un mito cuando la guerra no da lo que el relato necesita.

Krasni Bor es un ejemplo quirúrgico de una asimetría frecuente en el Frente Oriental de la Segunda Guerra Mundial: el mismo episodio puede convertirse en mito nacional para unos y seguir siendo un episodio operacional para otros. No porque los hechos sean distintos, sino porque la escala, el objetivo y el régimen de memoria lo son. Para España —y, en particular, para la memoria construida alrededor de la División Azul (250.ª División de Infantería del ejército alemán)— Krasni Bor funciona como escena fundacional. Para la Unión Soviética, fue un sector dentro de un plan mayor, evaluado por criterios de ruptura, explotación y resultado.¹

Este artículo se publica en dos partes. Esta primera examina el mecanismo general de las batallas-mito, el marco estratégico real en el que se inscribe Krasni Bor —la Operación Estrella Polar y el 55.º Ejército soviético—, la mirada soviética sobre el combate y las razones de su silencio historiográfico. La segunda parte entrará en el combate mismo, analizará los mecanismos de mitificación fascista, la función del sacrificio dentro de una trayectoria de derrota, y la reconversión del mito durante la Guerra Fría.

En un vistazo: Krasni Bor (10–13 de febrero de 1943) fue un combate entre el 55.º Ejército soviético (33.000–44.000 hombres, 1.000 piezas de artillería, 30 tanques) y la División Azul española (4.500–5.900 hombres en el sector crítico) en el frente de Leningrado. Para una España, se convirtió en la escena que lo condensaba todo: frío, sacrificio, resistencia, destino. Para el mando soviético, fue el brazo occidental de la Operación Estrella Polar, evaluado por criterios de ruptura y explotación: la autocrítica del estado mayor señaló fallos de ejecución propios —reconocimiento defectuoso, empleo torpe de tanques, apoyo artillero ineficaz—, no heroísmo enemigo. El historiador ruso Mosunov la califica como «una de las páginas poco estudiadas» de la defensa de Leningrado. La misma batalla; dos regímenes de memoria radicalmente distintos.

1) Dos memorias, un mismo día

En el relato español mitificado, «Krasni Bor» suena como nombre propio: fecha, topónimo, conmemoración, altar. Es el episodio que condensa el frío, el barro, la artillería, el cuerpo a cuerpo, la idea de resistencia frente a una masa superior. Es la batalla que permite decir: aquí ocurrió lo esencial.⁹

En el lado soviético, Krasni Bor no se organiza como altar. Se organiza como parte de una secuencia de operaciones alrededor del frente de Leningrado. Existe como hecho militar, pero su identidad no es simbólica: es funcional. ¿Rompimos por aquí? ¿Pudimos explotar? ¿Qué coste tuvo? El historiador ruso V. A. Mosunov la describe como «una de las páginas poco estudiadas de la defensa de Leningrado», y la trata en términos puramente operacionales: éxito inicial de la 63.ª División de Fusileros de la Guardia el primer día, fracaso del grupo móvil, estancamiento posterior.⁴

Esa asimetría —una unidad y un país que construyen mito donde un frente entero solo registra un tramo— es la clave de todo lo que sigue. Un frente no recuerda como una unidad; un frente registra como una operación.


2) La fábrica transnacional de las batallas-mito

Antes de entrar en el mapa, conviene fijar un mecanismo general. En el Frente Oriental hubo actores «pequeños» dentro de maquinarias «grandes»: voluntarios extranjeros, colaboracionismos, nacionalismos armados, unidades reclutadas con agendas propias. La guerra produce en ese contexto un fenómeno repetido: la necesidad de un episodio-firma, una escena con nombre propio que convierta una guerra inmensa —y muchas veces ajena— en identidad local.

El patrón suele incluir participación subordinada en un teatro dominado por potencias mayores; condensación narrativa en un combate que concentra sufrimiento y excepcionalidad; sacralización del topónimo y la fecha; blindaje moral que convierte táctica en «prueba»; y uso posterior en la conmemoración, la disputa pública y la apropiación política.

El mecanismo no es exclusivo de España. Léon Degrelle y la Legión Valona convirtieron su participación en el cerco de Cherkassy (1944) en épica personal y política: a pesar de ser prácticamente aniquilados, Degrelle presentó la batalla como prueba del valor «europeo» frente a la «barbarie asiática»; para los soviéticos, fue la eliminación de una bolsa más donde la nacionalidad de los defensores era irrelevante.¹¹ En Ucrania, la Batalla de Gurby (1944) —donde unos 5.000 insurgentes del UPA se enfrentaron a 30.000 efectivos del NKVD— cumple la misma función: mito de resistencia nacional para unos, «operación de limpieza de bandidos» para los informes soviéticos.¹²

En todos los casos, cuando un actor necesita legitimidad retroactiva, necesita escenas-altar. Y esas escenas sobreviven como munición política mucho después de que la guerra haya terminado.


3) El mapa real: Krasni Bor en el frente de Leningrado

Krasni Bor no es un escenario romántico: es un punto del tablero en torno a Leningrado, en un frente donde el objetivo soviético fundamental era romper el dispositivo alemán y levantar el asedio. A principios de 1943, la STAVKA, envalentonada por Stalingrado y el éxito parcial de la Operación Iskra —que había abierto un precario corredor terrestre hacia Leningrado en enero—, concibió la Operación Estrella Polar (Operatsiya Polyarnaya Zvezda), un movimiento de pinza coordinado por el mariscal Zhúkov para explotar ese éxito y buscar el cerco de parte del 18.º Ejército alemán.⁶

El brazo occidental de esa pinza recayó sobre el 55.º Ejército Soviético, comandado por el teniente general Vladímir Sviridov. Su misión era romper el frente en el sector de Kolpino, avanzar hacia Tosno y enlazar con el 54.º Ejército del Frente del Vóljov, cerrando una bolsa masiva sobre las fuerzas alemanas en el sector de Mga.⁵ El plan contemplaba un ataque con aproximadamente 33.000–44.000 hombres en primer escalón, unos 30 tanques (T-34 y KV-1), cerca de 1.000 piezas de artillería y cohetes Katiusha, seguidos por un grupo móvil de explotación (la 122.ª Brigada de Tanques y la 35.ª Brigada de Esquiadores).⁷ Frente a esta masa, la División Azul oponía en el sector crítico entre 4.500 y 5.900 hombres del Regimiento 262 y unidades de apoyo.⁸

Esto es decisivo para el argumento: para el mando soviético el objeto no es «la División Azul». El objeto es el dispositivo enemigo del sector y el resultado operacional dentro de un plan mayor.


4) La mirada soviética: objetivos, no símbolos

Krasni Bor tiene entidad militar para los soviéticos. Lo que no tiene es entidad mítica comparable a la española. Un frente no recuerda como una unidad; un frente registra como una operación.

La mirada soviética evalúa por criterios de eficacia: ruptura, profundidad, explotación, continuidad. Si no hay ruptura operativa y la ofensiva se frena, el episodio queda absorbido por el balance general. Las críticas del estado mayor soviético tras la batalla, recogidas por Glantz, señalaron como causas del fracaso las defensas fuertemente fortificadas, un reconocimiento defectuoso, pobre mando y control a todos los niveles, empleo torpe de los tanques y apoyo artillero ineficaz.¹ El análisis de Mosunov confirma la misma lógica: éxito inicial el 10 de febrero, fracaso en la explotación, y una ofensiva que «se convirtió en intentos fallidos de aprovechar los logros del primer día», detenida definitivamente el 23 de febrero.⁴

La autocrítica es reveladora: para el mando soviético, el problema fue de ejecución propia, no de heroísmo excepcional del adversario. No necesitan un altar del enemigo porque su marco de evaluación es otro. La pregunta no es «¿fue heroico?», sino «¿produjo ruptura explotable?». Si no, es un episodio más dentro de un intento mayor.

Esto desmonta dos errores simétricos. El error épico español: «esto lo cambió todo; fue una defensa civilizatoria; ellos solos». El error antiépico simplista: «esto no fue nada; una escaramuza». Fue una batalla táctica dura en su escala. Pero el hecho de que sea dura no la convierte automáticamente en decisiva, y el hecho de que no sea decisiva no la convierte en irrelevante.


5) El silencio soviético: razones de una omisión

La ausencia de Krasni Bor en la gran narrativa rusa de la guerra es tan significativa como su presencia en la española. El historiador militar ruso Isaev cubre las operaciones soviéticas de invierno 1942–1943 sin dedicar tratamiento monográfico al combate.³ Mosunov la califica explícitamente como «una de las páginas poco estudiadas» de la defensa de Leningrado.⁴ Incluso en la Rusia post-soviética, mientras el asedio de Leningrado es una tragedia nacional con monumentos masivos, los combates contra los españoles siguen siendo un campo de especialistas.¹⁵

Las razones de este silencio refuerzan la tesis de la asimetría. Primero, la marginalidad del enemigo: reconocer que una división de voluntarios españoles —una nación teóricamente neutral y no «germánica»— había contribuido a detener a un ejército soviético era incómodo para la retórica oficial. Segundo, el fracaso de la Operación Estrella Polar en su conjunto: a diferencia de Stalingrado, que era una victoria nítida, Estrella Polar simbolizaba un fracaso de Zhúkov y la STAVKA que era más conveniente presentar como «acciones locales para mejorar posiciones» que como una gran ofensiva frustrada.⁶ Tercero, un resentimiento diplomático sostenido: como reflejaron los despachos de George Kennan desde Moscú, los soviéticos guardaban un rencor particular hacia la División Azul, agravado por actos como el saqueo del Palacio de Catalina en Tsárskoye Seló.¹⁰ No había interés en glorificar ni siquiera indirectamente a un enemigo percibido como «bárbaro» y «feudal».¹⁴

Continúa en la Parte II: El combate hora a hora, los mecanismos de mitificación fascista, la épica dentro de una derrota, la pregunta de si sirvió para algo, y la reconversión del mito en la Guerra Fría.


Notas — Parte I

¹ David M. Glantz, The Battle for Leningrad 1941–1944, University Press of Kansas, 2002. · ³ Aleksei V. Isaev, Когда внезапности уже не было, Yauza/Эксмо, 2006. · ⁴ V. A. Mosunov, «Красноборская операция. Февраль 1943 г.», CyberLeninka. · ⁵ Battle of Krasny Bor, Wikipedia (en); basado en Glantz (2002). · ⁶ Operation Polar Star, Wikipedia (en); basado en Glantz (2002, 2009) e Isaev (2006). · ⁷ «Black Wednesday»: The Blue Division at the Battle of Krasny Bor, Steven's Balagan, 2017. · ⁸ Luis E. Togores, citado en El Debate, 13 feb. 2026. · ⁹ Carlos Caballero Jurado, diversas ediciones; Historia National Geographic. · ¹⁰ Foreign Relations of the United States, 1946, vol. V, Office of the Historian. · ¹¹ Léon Degrelle, Wikipedia (en). · ¹² Battle of Gurby, Wikipedia (en); «UPA's Conflict with the Red Army», Books OpenEdition. · ¹⁴ The Blue Division in the Soviet Union, BYU ScholarsArchive. · ¹⁵ «Features of the Soviet and modern Russian historiography of the Great Patriotic War», ResearchGate, 2024.

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