Oskar Matute y los nostálgicos de ETA

Óscar Matute y los nostálgicos de ETA

Cuando el pasado se instrumentaliza para no rendir cuentas sobre el presente

Cuando Alberto Núñez Feijóo compareció por la DANA en el Congreso, no habló de la DANA. Habló de ETA. Más exactamente: insinuó que Oskar Matute, el diputado que le preguntaba, "sabía algo" sobre asesinatos sin resolver. En una comisión convocada para hablar de muertos actuales, desaparecidos y vidas arrasadas, el comodín fue una banda disuelta hace más de una década.

Este texto no va de defender a Matute. Va de señalar un método: cuando falta respuesta, aparece ETA. No se discute lo preguntado; se invalida al que pregunta.

En un vistazo: La comparecencia de Feijóo por la DANA dejó una escena que retrata un método político: cuando falta respuesta sobre hechos actuales, se invoca a ETA. No para debatir, sino para convertir al interlocutor en sospechoso moral y esquivar el fondo. Este texto desmonta la operación señalando lo que exige borrar: que llamar "etarra" a Óscar Matute implica ignorar su trayectoria en espacios pacifistas, su presencia en Ermua cuando eso tenía coste real, y el hecho de que EH Bildu condena expresamente la violencia política en sus estatutos. No se trata de blindar coaliciones, sino de reivindicar reglas mínimas: acusar de terrorismo exige pruebas, no insinuaciones. Quienes reciclan el miedo como atajo para eludir responsabilidades presentes merecen un nombre: nostálgicos de ETA. No por ideología, sino por método.

En ese desplazamiento se concentra la tesis completa: se invoca el terrorismo no para debatir, sino para convertir al interlocutor en sospechoso moral y escapar del fondo. La insinuación es especialmente grave: sugerir que un diputado "sabe" algo sobre asesinatos sin resolver, como si la carga de la prueba pudiera invertirse por decreto y como si la sospecha pudiera sustituir al argumento.

Este texto no va de absolver posiciones políticas actuales ni de blindar coaliciones. Va de reivindicar un hecho simple: llamar "etarra" a Oskar Matute —como forma de deslegitimación— exige borrar su trayectoria pública y, sobre todo, borrar lo que significaba plantarse contra ETA en el País Vasco de aquellos años.


1) Ermua: el coste real de plantarse

"Ermua" no fue un gesto simbólico sin coste. Fue una ruptura social en un contexto de miedo.

Tras el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco (1997), las calles se llenaron y se formuló un "basta ya" que, en muchos lugares, se vivió como un desafío directo al clima de intimidación que ETA había instalado durante décadas.

Participar en aquellas concentraciones no era un acto abstracto de civismo. En numerosos municipios implicaba exponerse a señalamiento, aislamiento social, hostigamiento, pintadas, insultos, listas, presión en el trabajo o en el barrio.

Y para quienes adquirían visibilidad pública, implicaba algo más: la posibilidad real de convertirse en objetivo. El "enemigo" no era una metáfora: era un riesgo.

Ese es el punto que se borra cuando en 2026 se reparte "etarra" con ligereza. La palabra pretende operar como mancha automática: si se pronuncia, el otro queda desautorizado. Pero en los años de Ermua la mancha operaba al revés: la desautorización y el señalamiento caían sobre quien desafiaba a ETA, no sobre quien era acusado desde un atril.

Además, "Ermua" fue, en su origen, algo que hoy se intenta olvidar: una reacción transversal, una unión social amplia frente al terror. Con el tiempo, ese símbolo ha sido patrimonializado por sectores que lo usan como garrote político, como si tuviera propietario y pudiera repartirse certificados de legitimidad.

Recuperar su significado original es esencial: Ermua no era un carné, era un gesto de ruptura colectiva.

En ese marco, que Matute reivindique su presencia en aquellas vigilias no es un detalle ornamental. No solo refuta la caricatura: también devuelve a Ermua su sentido primario. No una bandera para golpear al adversario, sino una convergencia social frente al miedo.


2) Matute no era de HB

La reducción "Bildu = ETA" es una simplificación interesada. Dentro de EH Bildu confluyen tradiciones distintas, y Matute no procede del tronco clásico de Herri Batasuna.

Su trayectoria política se construye desde espacios de izquierda federal y pacifista (Ezker Batua, luego Alternatiba), antes de integrarse en la coalición.

Además, hay rastro público de una posición explícita contra la violencia: intervenciones institucionales donde se habla de presión, amenaza, extorsión y del carácter opresivo de la violencia de ETA sobre la convivencia.

Y por si fuera necesario añadir otro elemento: el artículo 9 de los estatutos de EH Bildu condena expresamente la violencia política. Esto no convierte a nadie en intocable ni zanja debates actuales, pero sí hace imposible sostener con seriedad que la etiqueta "etarra" describe una biografía. No describe: deforma.

Se podrá discrepar de Matute en lo que representa hoy. Lo que no es aceptable es fingir que una discrepancia política permite reescribir su trayectoria como si fuera lo contrario de lo que fue.


3) El comodín: evasión, disciplina, anulación

Cuando la acusación aparece en una comisión sobre la DANA, el mecanismo se ve con nitidez: el compareciente evita rendición de cuentas desplazando el debate hacia una zona de máxima carga emocional.

Se cambia "qué se hizo" por "quién eres". Se cambia "responsabilidad política" por "culpa por asociación".

Pero aquí hay algo más: la disonancia con las víctimas presentes. Mientras un país mira todavía las consecuencias de una catástrofe reciente, introducir a ETA funciona como una desconexión moral: se instrumentaliza una tragedia del pasado para eludir una tragedia del presente.

No hay mayor confesión de impotencia política que necesitar una palabra-tótem para no hablar de lo que está ocurriendo ahora.

Este recurso cumple tres funciones:

Evasión: el foco se mueve desde los hechos actuales hacia un terreno en el que ya no hay que responder con datos.

Disciplina: se envía un mensaje disuasorio a cualquiera que pregunte: insistir tiene coste reputacional.

Anulación: no se refuta el argumento; se intenta expulsar al interlocutor del espacio legítimo.

La insinuación sobre asesinatos sin resolver añade un salto cualitativo: no es solo embarrar; es sugerir complicidad. Y eso, en términos democráticos, es dinamita: convierte el debate político en un tribunal sin pruebas.


4) Invertir la carga de la prueba

La línea roja es clara: acusar de vínculos con terrorismo exige pruebas. En democracia, la carga de la prueba recae en quien acusa.

Cuando se invierte —cuando se obliga al acusado a justificarse eternamente— se instala un sistema de difamación estructural.

Quienes usan esa técnica merecen un nombre político: nostálgicos de ETA. No porque compartan su ideología —eso sería absurdo—, sino porque reciclan su efecto social más útil: el señalamiento que paraliza, el estigma que sustituye al argumento, el miedo como atajo para no argumentar.

La palabra "ETA" funciona entonces como una tecla: se pulsa y se intenta suspender la discusión.

Lo más grave es que esa nostalgia se utilice para escapar de responsabilidades presentes. La memoria y las víctimas quedan como coartada para un objetivo más prosaico: no rendir cuentas.


Cierre: no es un debate sobre Matute, es un debate sobre reglas mínimas

A Matute se le puede criticar lo que representa hoy. Eso es política.

Pero llamarle "etarra" para invalidarlo no es crítica: es contaminación. Y hacerlo contra alguien que estuvo en Ermua —cuando esa presencia tenía coste real— no es solo una bajeza retórica: es invertir la historia.

Si en 2026 basta con insinuar terrorismo para esquivar preguntas sobre una catástrofe con víctimas actuales, el problema ya no es un diputado. Es la degradación deliberada del debate público. Y eso merece quedar en evidencia.

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