Cómo un paquete de documentos incompletos se convirtió, en menos de veinticuatro horas, en argumento para el regreso del rey emérito.
El 25 de febrero de 2026, por la tarde, el Gobierno desclasificó los documentos secretos del 23F. A la mañana siguiente, El País publicaba su análisis bajo un titular que lo resumía todo: "La figura de Juan Carlos I supera la prueba de los documentos secretos del 23F". Pocas horas después, Alberto Núñez Feijóo pedía el regreso del rey emérito y afirmaba que la desclasificación "debe reconciliar a los españoles con quien paró el golpe". La pregunta que nadie formula en voz alta es la más obvia: ¿para qué se desclasifica ahora, y a quién beneficia? No es una casualidad de calendario.
Lo que se está vendiendo estos días no es "transparencia histórica". Es un marco de exoneración mediático: se sueltan papeles, se seleccionan titulares, y el resultado político sale solo. No hace falta conspiración: basta con una narrativa útil y dos o tres piezas bien colocadas.
La secuencia es limpia: se desclasifica, se publica "no cambia la versión oficial", se eleva un manuscrito de golpistas a prueba moral, y se pasa a la conclusión política. Y eso no lo digo yo: lo dicen los propios textos.
1. La desclasificación como dispositivo de relato, no como cierre de verdad
El País lo formula con una frase que lo deja todo dicho: lo publicado "apenas" altera la versión oficial y, además, se desconoce si faltan documentos porque pudieron ser eliminados o sustraídos.
O sea: se abre el archivo… pero no se garantiza la integridad del archivo. El gesto parece total ("todos los documentos encontrados"), pero el efecto real es otro: blindar un relato, no someterlo a revisión completa.
2. El "papel" estrella: lo que es de verdad
El manuscrito del "primer fallo" ("dejar al Borbón libre…") es perfecto para un titular, porque ofrece una frase redonda y una moraleja inmediata: "si los golpistas dicen que el error fue no controlarlo, entonces el Rey fue el héroe".
Pero el propio El País da el dato que desmonta esa lectura: el manuscrito aparece vinculado al entorno de José Crespo Cuspinera, detenido en 1982 por otra conspiración posterior.
Es la reflexión de alguien que perdió y se sintió traicionado. Eso no es exoneración. Es resentimiento operacional: la mente de quien se creyó amparado y acabó desautorizado.
3. El salto decisivo no lo hace el documento: lo hace la política
Aquí está el corazón del asunto: la exoneración no está en el archivo, está en el encuadre.
Onda Cero recoge a Feijóo pidiendo el regreso del rey emérito y afirmando que la desclasificación "debe reconciliar" a los españoles con "quien paró el golpe". El País lo cuenta también: la desclasificación como munición para el mensaje "que vuelva".
El timing no es casual. Los papeles se abren una tarde y a la mañana siguiente el debate político ya está cerrado y la conclusión, formulada. Menos de veinticuatro horas para convertir un paquete de documentos —heterogéneo, incompleto, con piezas de autoría incierta y valor desigual— en prueba moral, y la prueba moral en solución política. No es historia: es gestión de legitimidad con fecha de entrega.
Conclusión: el "papel" no absuelve; delata
Ese manuscrito sirve, sí. Pero no para lo que dicen.
Sirve para ver a un golpista —o a un entorno golpista— mirando hacia atrás con rabia, escribiendo desde la derrota: "fallamos porque lo dejamos libre". Eso no es exoneración. Eso es resentimiento operacional: la mente de quien se creyó amparado y acabó desautorizado.
Por eso el marco funciona tan bien: porque no necesita demostrar nada nuevo. Solo necesita que parezca que "ya está todo aclarado". Los papeles se desclasifican para que Juan Carlos pueda volver. Y el mecanismo queda a la vista de quien quiera mirarlo.
Y no lo está.




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