La captura de Maduro no fue el comienzo de nada. Fue el final de un proceso que llevaba años construyéndose desde dentro del propio sistema.
Los cambios de régimen tienen una gramática reconocible: caos, vacío de poder, lucha por la sucesión, período de incertidumbre. Lo que ocurrió en Venezuela el 3 de enero de 2026 no siguió ese guion. Las fuerzas especiales estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en Caracas. En cuarenta y ocho horas, el Tribunal Supremo juramentó a Delcy Rodríguez como presidenta interina. La administración Trump la reconoció casi de inmediato. El ejército no se fracturó. La burocracia siguió funcionando. El petróleo siguió fluyendo.
No hubo transición. Hubo ejecución.
La diferencia importa. Porque si fue una ejecución, significa que alguien había preparado el terreno. Que el nuevo régimen no llegó después de la caída de Maduro, sino que ya existía dentro del madurismo, esperando el momento de activarse. Y la pregunta relevante no es cómo cayó Maduro, sino quién construyó esa estructura de relevo, durante cuánto tiempo, y con qué intereses.
Una investigación de The Wall Street Journal publicada el 15 de marzo de 2026 —firmada por Joel Schectman, Christopher M. Matthews y Vera Bergengruen— aporta piezas fundamentales para responder esa pregunta. Según ese reportaje, Ali Moshiri, exejecutivo de Chevron con casi cuarenta años en la compañía y décadas de operaciones en Venezuela, actuó como fuente clave de la CIA en los meses previos a la intervención. Su aportación no fue logística. Fue política: una evaluación sobre quién podía liderar la transición sin hundir el país.
Su diagnóstico fue contundente. Instalar en el poder a la oposición democrática encabezada por María Corina Machado —que carecía de control sobre los servicios de seguridad y la infraestructura petrolera— dejaría a Washington con "otro atolladero como Iraq". La única salida viable era conservar la vieja guardia pragmática del chavismo al frente del sistema, con Rodríguez como pieza de relevo. Washington adoptó exactamente esa posición.
La empresa que se quedó cuando todas se fueron
Para entender por qué Moshiri tenía esa información —y por qué Washington la consideró decisiva— hay que entender primero qué era Chevron en Venezuela.
Cuando ExxonMobil y ConocoPhillips abandonaron el país tras las nacionalizaciones chavistas, Chevron se quedó. Operó bajo licencias específicas de la OFAC —la oficina del Tesoro que gestiona las sanciones— que la eximían de las restricciones que asfixiaban al resto. Durante más de una década fue la única gran petrolera estadounidense con presencia activa en el país. Declaró impuestos por cientos de millones de dólares en pleno régimen sancionado.
Moshiri era esa incrustación hecha persona. Conoció a Hugo Chávez, que lo consideraba un amigo personal. Mantuvo vínculos con los círculos más altos del chavismo —incluida Delcy Rodríguez— mucho después de su jubilación en 2017. Cuando Washington necesitó a alguien que le explicara cómo funcionaba realmente el poder en Caracas, ya tenía a esa persona. Llevaba años construyendo esa relación.
El negocio del arquitecto
Hay un dato que merece leerse despacio.
Moshiri, el exejecutivo que asesoró a la CIA sobre cómo debía hacerse la transición y quién debía liderarla, dirige ahora Amos Global Energy, un fondo de inversión en proceso de recaudar 3.000 millones de dólares para invertir directamente en activos venezolanos. Ha declarado públicamente que el interés inversor por Venezuela ha pasado de "cero a 99%" desde la salida de Maduro. Recorre Brasil y otros países reclutando profesionales del sector para la nueva era de PDVSA.
El arquitecto de la transición invierte en el país que ayudó a reconfigurar. No es una anomalía. Es la lógica del modelo.
El proceso que culminó el 3 de enero no empezó el 3 de enero. Empezó cuando Chevron decidió quedarse, cuando Moshiri cultivó esas relaciones, cuando Washington fue acumulando un mapa del poder real en Caracas que ninguna sanción ni ningún informe diplomático podía proporcionar.
Un patrón, no un evento
Lo ocurrido en Venezuela no es nuevo. Es una versión actualizada de un modelo que tiene nombre, fechas y precedentes concretos en la historia latinoamericana.
En 1954, la United Fruit Company llevaba décadas controlando tierras, ferrocarriles y puertos en Guatemala. Cuando el presidente Jacobo Árbenz intentó expropiar sus tierras ociosas, la compañía presionó a Washington argumentando una amenaza comunista. La CIA organizó el golpe que derrocó a Árbenz. El recurso estratégico era el banano. El mecanismo: una multinacional incrustada en la estructura local del país actúa como palanca de intervención.
En 1973, ITT Corporation —con enormes intereses en Chile— colaboró activamente con la CIA para desestabilizar el gobierno de Salvador Allende. Aportó financiación a la oposición y presionó al Departamento de Estado para bloquear créditos internacionales. Pinochet llegó al poder en septiembre de ese año. El recurso estratégico era el cobre. El mecanismo era el mismo.
La diferencia con Venezuela no es de lógica, sino de sofisticación. El modelo ha evolucionado: ya no hace falta un golpe militar clásico si la empresa lleva años suficientemente incrustada como para identificar, desde dentro, qué pieza del sistema puede sustituir a la pieza que sobra.
Chevron no financió paramilitares ni bloqueó créditos. Hizo algo más eficaz y más invisible: permaneció. Acumuló conocimiento, construyó relaciones y esperó. Cuando Washington necesitó un mapa del poder real en Caracas, ya tenía a alguien que lo conocía de memoria.
Lo que queda
La captura de Maduro fue el momento de activación, no el punto de partida. El nuevo régimen no llegó desde fuera para sustituir al anterior.
Ya estaba dentro. Llevaba años ahí.
Fuente principal: The Wall Street Journal, «Chevron Executive Served as CIA Source on Venezuela» (Joel Schectman, Christopher M. Matthews y Vera Bergengruen, 15 de marzo de 2026). Otras fuentes: Washington Office on Latin America (WOLA), AP News, El País, Americas Quarterly, Misión de Determinación de Hechos de la ONU sobre Venezuela (OHCHR), Council on Foreign Relations, Americas Market Intelligence.



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