Hay una tentación cómoda en la historia del Atlético de Madrid: cargar todo el peso de la catástrofe sobre Jesús Gil. No lo niego: Gil fue un desastre institucional y su gestión causó daños reales y duraderos. Pero esa narrativa tiene un problema. Omite lo que vino antes. Y lo que vino antes es la clave de por qué Gil fue posible.
Cuando se habla de Jesús Gil y el Atlético de Madrid, la narrativa dominante es sencilla: un hombre llegó, lo destruyó todo, y el club tardó décadas en recuperarse. Es una historia que tiene la virtud de ser parcialmente cierta y el defecto de ser completamente incompleta. Gil fue un mal presidente. Pero el Atlético no era un club sano cuando llegó. Era una institución en colapso que llevaba años buscando a alguien dispuesto a ponerle dinero encima y hacerse cargo.
La pregunta relevante no es si Gil fue un desastre. La pregunta es cómo fue posible.
Los salvadores no aparecen en instituciones sanas. Aparecen en aquellas que ya no encuentran dentro de sí mismas los recursos para sobrevivir.
1. Un club en quiebra técnica antes de que Gil existiera
Al comenzar los años ochenta, el Atlético de Madrid ya era un caso clínico. La deuda reconocida rondaba los 800 millones de pesetas en 1980, una cifra sin solución dentro de los cauces bancarios ordinarios: las entidades financieras habían cerrado cualquier línea de crédito a la entidad. Para sobrevivir, el club dependía de favores personales y de la buena voluntad de empresarios dispuestos a saltarse el análisis de solvencia.
El préstamo más representativo de esa época lo concedió José María Ruiz-Mateos a través del Banco del Noroeste: 60 millones de pesetas otorgados con una sola condición, que no era financiera sino personal. La orden del dueño de Rumasa al director de la sucursal fue esta: "A Cabeza le das lo que pida, que yo me fío de él". Así se financiaba el Atlético de Madrid.
2. El mandato de Cabeza: populismo, aislamiento y más deuda
La llegada del doctor Alfonso Cabeza a la presidencia en 1980 no fue una solución a la crisis: fue su primera expresión mediática. Cabeza diagnosticó acertadamente la situación —"catastrófica", la llamó tras las primeras auditorías— pero no aportó un modelo de gestión viable. Sus ataques continuos a la Federación y al estamento arbitral le valieron sanciones que lo inhabilitaron durante 16 meses, alejando al club de cualquier negociación institucional razonable y haciendo imposible que patrocinadores externos quisieran vincularse a una entidad tan conflictiva.
3. Calderón: un hombre al que la crisis terminó matando
Vicente Calderón no murió simplemente en el cargo. Murió consumido por él. Su regreso en 1982 fue el de alguien que asumía una obligación imposible: sostener con voluntad personal lo que ya no tenía solución institucional. Gestionó la crisis con una economía de guerra —vendiendo a Hugo Sánchez para pagar nóminas, recortando, aplazando, aguantando— pero la deuda seguía creciendo y el modelo seguía sin tener futuro.
La presión acumulada de años intentando mantener en pie una institución en quiebra técnica pasó factura. El infarto cerebral que lo mató el 24 de marzo de 1987 no fue un accidente ajeno a la historia del club: fue el desenlace de un hombre que se había entregado a sostener algo que ya era insostenible.
Su muerte dejó al club sin su único garante moral y financiero. Durante tres meses, el Atlético funcionó por inercia, con 1.500 millones de pesetas de deuda y Hacienda preparando un embargo sobre el estadio. Las elecciones de junio no fueron una contienda ordinaria. Fueron un plebiscito sobre la supervivencia del club.
4. Gil, el modernizador: cuatro meses en la junta y un discurso perfecto
Gil no llegó a las elecciones de 1987 como un completo desconocido. Había formado parte brevemente de la junta directiva de Calderón, aunque solo aguantó cuatro meses antes de marcharse con un conflicto abierto. Esa experiencia le dio, sin embargo, un argumento de campaña extraordinariamente eficaz: el de alguien que había visto desde dentro los vicios del modelo y que podía señalarlos con nombre y apellidos.
Su crítica central no era moral sino técnica: los gestores anteriores habían sido incapaces de explotar los ingresos atípicos. El Atlético vivía de la taquilla como en los años cincuenta, mientras los grandes clubes europeos construían patrocinios, explotación comercial del estadio y acuerdos televisivos. Era una crítica al romanticismo deficitario del modelo asociativo. Y tenía una parte de razón que era suficiente para que sonara convincente.
La gestión de Gil: un desastre documentado
Que quede claro, porque este artículo no es una defensa de Gil. Su gestión fue un desastre con consecuencias reales y duraderas, marcada por la arbitrariedad, el desprecio a las normas y una opacidad financiera que rayó en lo delictivo.
Despidió fulminantemente a figuras históricas como Arteche, Quique Ramos, Quique Setién y Landáburu. Todos ganaron sus litigios laborales. El coste de las indemnizaciones superó los 400 millones de pesetas, que se sumaron al déficit que él mismo había prometido resolver. Cerró la cantera en 1992, lo que tuvo como consecuencia directa la pérdida de Raúl González Blanco, que se marchó gratis al Real Madrid. Y la maniobra que mejor retrata su método fue el llamado "metesaca": mediante préstamos puente que entraban y salían de la cuenta del club el mismo día, Gil y Enrique Cerezo se hicieron con el 95% de las acciones del Atlético al convertirlo en Sociedad Anónima Deportiva sin haber desembolsado realmente su propio dinero. Una operación que estuvo durante años en los tribunales.
Pero explicar ese desastre sin entender el escenario en el que fue posible es contar solo la mitad de la historia.
Reducir todo a la acción de un hombre permite construir un relato sencillo y alivia responsabilidades. Reconocer que la puerta ya estaba abierta antes de que él la cruzara obliga a enfrentarse a algo más incómodo: el Atlético no fue conquistado desde fuera. Fue entregado desde dentro de su propia debilidad.
Gil no llegó a un Atlético fuerte para destruirlo. Llegó a un Atlético que ya no podía gobernarse a sí mismo y que estaba dispuesto a ponerse en manos de quien prometiera salvarlo. Esa disposición previa es, probablemente, el verdadero origen de todo lo que vino después.






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