La principal víctima de la propaganda es quien la fabrica

La principal víctima de la propaganda es quien la fabrica
Análisis · Geopolítica · Occidente

Afganistán demostró que Occidente puede confundir el relato con la realidad hasta llegar al colapso. Con Irán, el mismo mecanismo cognitivo vuelve a operar en un escenario mucho más peligroso.

En un vistazo: la tesis
La propaganda no es peligrosa porque engañe al enemigo. Lo es porque, cuando funciona demasiado bien hacia dentro, genera un entorno de adhesión que hace imposible contradecir el relato oficial. Los datos incómodos se marginan. El distanciamiento de la realidad se vuelve norma institucional.
Afganistán es el caso de estudio más completo de este proceso: veinte años de relato oficial sobre un Estado funcional que se derrumbó en 72 horas. No porque nadie lo hubiera advertido, sino porque el sistema había generado anticuerpos institucionales contra la información que lo desestabilizaba.
Con Irán en 2026, el mismo mecanismo opera sobre una realidad más peligrosa: resiliencia institucional subestimada, asimetría de costes que favorece al atacado y un riesgo de nuclearización que la campaña podría acelerar, no frenar.
La lección de Kabul no es que Occidente mintió. Es que terminó creyéndose su propia mentira. Esa es la diferencia entre propaganda como herramienta —consciente, reversible— y propaganda como marco mental, que coloniza a sus propios productores.

Hay un momento difícil de fechar pero fácil de reconocer en retrospectiva: el instante en que una potencia deja de usar la propaganda como herramienta de comunicación y empieza a consumirla como base para su propio análisis de la realidad. Cuando eso ocurre, el entorno de adhesión interna hace imposible que nadie contradiga el relato oficial con fuerza suficiente. Los datos incómodos se marginan. El distanciamiento de la realidad se vuelve norma institucional. Y la victoria comunicativa se convierte en derrota cognitiva.

Afganistán es el caso de estudio más completo y reciente de este proceso. Durante veinte años, el relato oficial sostuvo que el Estado afgano avanzaba y que el ejército resistiría. Los informes del Inspector General Especial SIGAR llevaban una década documentando lo contrario: corrupción sistémica, métricas diseñadas para mostrar progreso donde no lo había, miles de "soldados fantasma" que existían solo en los registros de pago. Esos informes fueron minimizados o clasificados para no contradecir la narrativa.

Cuando el dato choca con el relato, se protege el relato. El sistema genera anticuerpos contra la información que lo desestabiliza.

Cuando llegó la prueba de realidad, el edificio se hundió en 72 horas. No porque nadie hubiera advertido, sino porque el sistema había vuelto imposible procesar las advertencias. La lección no es que Occidente mintió. Es que terminó creyéndose su propia mentira.

Desde finales de febrero de 2026, la operación "Epic Fury" ha inaugurado una confrontación abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán. El relato que la acompaña reproduce los patrones afganos con llamativa fidelidad: un régimen frágil al borde del colapso, una sociedad dispuesta a recibir la intervención como liberación, una superioridad técnica que garantiza resultados rápidos.

El concepto clave: narcisismo estratégico
El general H. R. McMaster definió el narcisismo estratégico como la tendencia de una nación a definir los desafíos de seguridad únicamente en función de sus propios deseos, prestando escasa atención a la agencia real del adversario. Aplicado a Irán, consiste en imaginar un régimen simplificado: aislado, irracional, a punto de venirse abajo. Esa imagen dice más sobre las necesidades narrativas occidentales que sobre la realidad iraní.

La realidad material no coincide con esa imagen. El Real Instituto Elcano describe un Estado que, pese al deterioro económico y las protestas acumuladas, ha desarrollado mecanismos eficaces de coerción selectiva y control del disenso: una "gobernanza de contención" que le permite sobrevivir tácticamente aunque su legitimidad social se erosione. Confundir agotamiento con derrumbe inminente es exactamente el tipo de simplificación que el entorno de adhesión vuelve invisible.

La falacia de la decapitación. Hamas creció y ganó elecciones en 2006 tras el asesinato de su fundador. Hezbollah continuó operando con más de 100.000 cohetes tras la eliminación de Nasrallah. El CSIS lo ha planteado con claridad: matar a los líderes rara vez produce los resultados políticos que prometen sus defensores.
La matemática incómoda. Un dron Shahed cuesta entre 20.000 y 50.000 dólares. Un misil Patriot PAC-3 para derribarlo, entre cuatro y doce millones. La relación puede ser de 1 a 300. Irán no necesita igualar a Occidente tecnológicamente: le basta con sostener el intercambio más tiempo del que la paciencia política de Washington puede aguantar.
El riesgo terminal. Una campaña presentada como medida de no proliferación puede estar acelerando precisamente la proliferación que dice querer evitar. Si la élite iraní concluye que ni la diplomacia ni la contención convencional garantizan su supervivencia, el incentivo para cruzar el umbral nuclear crece, no disminuye.

La advertencia de Kabul

Stephen Walt ha argumentado que la "adicción a la guerra" de Estados Unidos se explica en parte porque sus élites operan aisladas de los costes reales de los conflictos que impulsan. Esa distancia facilita el ciclo: la propaganda se produce para justificar una política, el entorno de adhesión asegura que nadie la contradiga, y los decisores terminan actuando sobre la imagen que han construido del adversario, no sobre el adversario real.

Afganistán fue la demostración más costosa de este proceso. Con Irán, el riesgo no es simplemente otro fracaso regional. Es la repetición de la misma enfermedad cognitiva en un escenario donde la resiliencia del adversario, la economía real del combate y la posibilidad de nuclearización hacen mucho más probable una sangría sistémica que una victoria rápida.


La propaganda se produce para justificar una política y sostener apoyos internos.
El entorno de adhesión margina los datos que la contradicen. El sistema genera anticuerpos contra la realidad.
Los decisores actúan sobre la imagen construida del adversario, no sobre el adversario real.
Cuando la realidad material impone su lógica, el coste histórico suele ser catastrófico.

La pregunta con Irán no es si Occidente puede destruir objetivos. Puede. La pregunta es si puede producir un resultado político estable antes de que la realidad vuelva a hacer pedazos la narrativa. Kabul ya respondió esa pregunta una vez.

Comentarios