Afganistán demostró que Occidente puede confundir el relato con la realidad hasta llegar al colapso. Con Irán, el mismo mecanismo cognitivo vuelve a operar en un escenario mucho más peligroso.
Hay un momento difícil de fechar pero fácil de reconocer en retrospectiva: el instante en que una potencia deja de usar la propaganda como herramienta de comunicación y empieza a consumirla como base para su propio análisis de la realidad. Cuando eso ocurre, el entorno de adhesión interna hace imposible que nadie contradiga el relato oficial con fuerza suficiente. Los datos incómodos se marginan. El distanciamiento de la realidad se vuelve norma institucional. Y la victoria comunicativa se convierte en derrota cognitiva.
Afganistán es el caso de estudio más completo y reciente de este proceso. Durante veinte años, el relato oficial sostuvo que el Estado afgano avanzaba y que el ejército resistiría. Los informes del Inspector General Especial SIGAR llevaban una década documentando lo contrario: corrupción sistémica, métricas diseñadas para mostrar progreso donde no lo había, miles de "soldados fantasma" que existían solo en los registros de pago. Esos informes fueron minimizados o clasificados para no contradecir la narrativa.
Cuando el dato choca con el relato, se protege el relato. El sistema genera anticuerpos contra la información que lo desestabiliza.
Cuando llegó la prueba de realidad, el edificio se hundió en 72 horas. No porque nadie hubiera advertido, sino porque el sistema había vuelto imposible procesar las advertencias. La lección no es que Occidente mintió. Es que terminó creyéndose su propia mentira.
Desde finales de febrero de 2026, la operación "Epic Fury" ha inaugurado una confrontación abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán. El relato que la acompaña reproduce los patrones afganos con llamativa fidelidad: un régimen frágil al borde del colapso, una sociedad dispuesta a recibir la intervención como liberación, una superioridad técnica que garantiza resultados rápidos.
La realidad material no coincide con esa imagen. El Real Instituto Elcano describe un Estado que, pese al deterioro económico y las protestas acumuladas, ha desarrollado mecanismos eficaces de coerción selectiva y control del disenso: una "gobernanza de contención" que le permite sobrevivir tácticamente aunque su legitimidad social se erosione. Confundir agotamiento con derrumbe inminente es exactamente el tipo de simplificación que el entorno de adhesión vuelve invisible.
La advertencia de Kabul
Stephen Walt ha argumentado que la "adicción a la guerra" de Estados Unidos se explica en parte porque sus élites operan aisladas de los costes reales de los conflictos que impulsan. Esa distancia facilita el ciclo: la propaganda se produce para justificar una política, el entorno de adhesión asegura que nadie la contradiga, y los decisores terminan actuando sobre la imagen que han construido del adversario, no sobre el adversario real.
Afganistán fue la demostración más costosa de este proceso. Con Irán, el riesgo no es simplemente otro fracaso regional. Es la repetición de la misma enfermedad cognitiva en un escenario donde la resiliencia del adversario, la economía real del combate y la posibilidad de nuclearización hacen mucho más probable una sangría sistémica que una victoria rápida.
La pregunta con Irán no es si Occidente puede destruir objetivos. Puede. La pregunta es si puede producir un resultado político estable antes de que la realidad vuelva a hacer pedazos la narrativa. Kabul ya respondió esa pregunta una vez.




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