Lo singular de las oligarquías occidentales es que sus instituciones y leyes no han cambiado. Formalmente, siguen siendo democracias liberales, con sufragio universal, parlamentos y, a veces, presidentes electos, así como una prensa libre. En cambio, las costumbres democráticas han desaparecido.
Las clases con educación superior se creen intrínsecamente por encima, y las elites, como se ha dicho, se niegan a representar al pueblo, que queda relegado a actitudes que se califican de populistas. Sería un error creer que un sistema así puede funcionar de forma armoniosa y natural. El pueblo sigue estando alfabetizado y la base del sufragio universal, a la que se superpone la nueva estratificación educativa, continúa viva. La disfunción oligárquica de las democracias liberales debe, pues, ordenarse y controlarse. ¿Qué significa esto? Sencillamente, que, manteniendo las elecciones, el pueblo debe quedar al margen de la gestión de la economía y de la distribución de la riqueza, en una palabra: hay que engañarlo. Es la tarea de la clase política, el trabajo que incluso se ha convertido en su prioridad. De ahí la exacerbación de los problemas raciales o étnicos, y la cháchara inocua sobre temas serios como la ecología, la situación de la mujer o el calentamiento global.

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