No, el fascismo y el nazismo no eran de izquierdas

Las siete cosas que dicen quienes afirman que el fascismo era de izquierdas (y por qué ninguna se sostiene)
Análisis · Historia política · Ideologías · 24 de abril de 2026

Guía rápida contra la desinformación: los siete argumentos que se repiten en redes para sostener esa tesis, y por qué ninguno se sostiene.

De vez en cuando aparece en X —y cada vez con más frecuencia— una afirmación lanzada con seguridad absoluta: que el nazismo y el fascismo eran ideologías de izquierdas. Quien la defiende no suele enunciar una tesis. Suele lanzar uno de siete argumentos concretos, casi siempre los mismos, en el orden que más le convenga.

Este artículo recorre los siete por orden. Cada uno con la concesión honesta cuando corresponde, y con el desmontaje cuando toca.

La forma de la discusión es siempre parecida. Alguien afirma con seguridad que el nazismo era socialista «porque lo lleva en el nombre», o que Mussolini «empezó como socialista», o que el fascismo «hacía políticas sociales como la izquierda». A la persona que intenta responder le pasa lo de siempre en redes: cualquier matiz suena a evasión, cualquier párrafo suena a prepotencia, y la conversación se atasca antes de empezar.

La salida no es discutir cada vez desde cero. La salida es tener fichados los siete argumentos y saber exactamente qué responder a cada uno. Esto es eso.

En un vistazo: los siete argumentos y su grado de validez
Cuatro de ellos son simplemente falsos: «lo lleva en el nombre», «hacían políticas sociales como la izquierda», «socialización de la RSI», y «fascismo y comunismo son lo mismo».
Dos son parcialmente ciertos pero irrelevantes: «Mussolini empezó como socialista» y «el programa de 25 puntos pedía nacionalizar trusts». Ambos describen lo que el fascismo dejó de ser, no lo que fue.
Uno es un error categorial: «eran intervencionistas, como la izquierda». Confunde un instrumento (la intervención estatal) con una ideología.
La prueba sintética que cierra el artículo es lo que hicieron al llegar al poder: ilegalizar partidos obreros, destruir sindicatos, asesinar a su propia ala redistributiva y aliarse con las grandes fortunas industriales.

1. «Lo lleva en el nombre: nacionalsocialismo»

El argumento

«¿Cómo que no eran de izquierdas? Si su partido se llamaba literalmente Nacionalsocialista. Está en el nombre.»

Es el argumento más popular y el más débil. Si las palabras describieran lo que las cosas son, la República Democrática Alemana habría sido democrática, Corea del Norte se llamaría «República Popular Democrática» con razón, y el Sacro Imperio Romano habría sido las tres cosas a la vez.

Hitler eligió el término «socialismo» como recurso de marketing político: necesitaba arrebatar votantes obreros a los socialdemócratas y comunistas, y para eso había que vestir el producto con etiquetas familiares para esos votantes. Pero él mismo dejó claro qué entendía por la palabra. En declaraciones a Otto Strasser en 1930, redefinió «socialismo» como una forma de solidaridad racial aria, no como redistribución económica ni como propiedad colectiva. Dicho de otra forma: vació la palabra y la rellenó con sangre y suelo.

Cualquiera que mire qué hizo el partido en el poder lo confirma. Pero conviene quedarse con la regla general: los partidos no son lo que dicen llamarse. Son lo que hacen.

2. «Eran intervencionistas y estatistas, como la izquierda»

El argumento

«El nazismo controlaba la economía, dirigía la industria, planificaba el rearme. Eso es estatismo. Y el estatismo es de izquierdas.»

Aquí hay un error categorial básico: se confunde un instrumento con una ideología. La intervención estatal es un instrumento, igual que un martillo. Lo importante no es si lo usas, sino para qué.

Hay intervencionismos liberales (los rescates bancarios), conservadores (los aranceles proteccionistas del XIX), socialdemócratas (el Estado del bienestar), comunistas (la planificación soviética), bonapartistas y, por supuesto, fascistas. Todos intervienen. Pero unos intervienen para igualar la sociedad, otros para protegerla del cambio, otros para colectivizar la propiedad, otros para movilizar al país en torno al líder.

Y aquí está la diferencia que importa, la que define el lugar político de cada intervencionismo: ¿se interviene para subvertir el orden de propiedad existente, o para sostenerlo? La izquierda interviene para alterar las relaciones de propiedad: socializa medios de producción, redistribuye renta del capital al trabajo, refuerza al sindicato frente a la patronal. El fascismo interviene para lo contrario: para blindar la propiedad burguesa contra la amenaza obrera, para garantizar la paz social que la acumulación capitalista necesitaba, para sustituir al sindicato por una estructura estatal que disciplinara al trabajador.

El Estado fascista no intervenía para igualar. Intervenía para disciplinar. Su modelo económico se llamaba corporativismo: trabajadores y empresarios encuadrados en estructuras estatales únicas, sin huelgas, sin negociación colectiva, sin autonomía sindical. Y bajo esa arquitectura, la propiedad permanecía intacta. Los grandes industriales —Krupp, IG Farben, Fiat, Pirelli— no fueron expropiados ni siquiera amenazados: fueron integrados como socios privilegiados del régimen. El Estado fascista era intervencionista, sí, pero intervenía como un guardaespaldas del orden burgués, no como su demoledor. Eso no es socialismo. Es exactamente lo opuesto: es la intervención estatal puesta al servicio de la propiedad privada cuando el liberalismo clásico ya no era capaz de defenderla por sí solo.

Hasta los liberales clásicos lo entendían así. Ludwig von Mises, en Liberalismo (1927), escribió que el fascismo «salvó la civilización europea» al frenar el avance del bolchevismo. Lo definió como un «parche de emergencia» en defensa de la propiedad privada. No lo situaba en la izquierda: lo situaba en el bando contrario.

3. «Hicieron políticas sociales: pensiones, vacaciones obreras, sanidad»

El argumento

«Los nazis daban vacaciones pagadas a los obreros, organizaban viajes, cuidaban su salud. Eso son políticas de izquierdas, digan lo que digan.»

Sí hicieron políticas sociales. Y eso no los hace de izquierdas, por una razón muy concreta: no eran derechos, eran herramientas.

El programa estrella, Kraft durch Freude («Fuerza a través de la Alegría»), organizaba vacaciones, cruceros, actividades deportivas y conciertos para los trabajadores. Y, efectivamente, fueron populares. Pero no estaban diseñados para emancipar al trabajador, sino para integrarlo en la Volksgemeinschaft, la comunidad racial. Eran beneficios condicionados a la pertenencia racial y política: si no eras ario, no entrabas. Si eras socialdemócrata, tampoco. Si encajabas, recibías la zanahoria que sustituía a la conciencia de clase.

Hay una prueba sencilla. Las políticas sociales de izquierdas se basan en derechos universales y aplicables a todos por igual: si tienes los requisitos, cobras la pensión, sin importar tu raza, tu credo o tu militancia. Las políticas «sociales» nazis funcionaban exactamente al revés: se daban a los integrados, se negaban a los excluidos, y los excluidos terminaban en campos de concentración mientras los integrados disfrutaban del crucero. Llamar «izquierda» a eso es no entender ni la izquierda ni los campos.

Bismarck, conservador prusiano, fue el padre del Estado del bienestar moderno: implantó las primeras pensiones, la sanidad pública y el seguro de accidentes. Lo hizo expresamente para frenar al socialismo, no para construirlo. Las políticas sociales no son patrimonio ideológico de nadie; lo que importa es a quién se aplican y para qué.

4. «Mussolini empezó como socialista»

El argumento

«Mussolini fue dirigente del Partido Socialista Italiano y director de su periódico, Avanti!. Eso demuestra que el fascismo viene del socialismo.»

Aquí hay que conceder algo importante, porque es verdad. Mussolini militó efectivamente en el socialismo italiano, dirigió Avanti! y fue una figura destacada de la izquierda italiana hasta 1914. Negarlo es absurdo y debilita la respuesta.

Pero conceder eso no concede la conclusión. Lo que la trayectoria de Mussolini demuestra no es continuidad, sino ruptura. Y la ruptura es perfectamente verificable en los documentos.

En 1914, Mussolini se distanció del Partido Socialista por su apoyo a la entrada de Italia en la Primera Guerra Mundial, lo que el socialismo internacionalista rechazaba. Fue expulsado. Fundó Il Popolo d'Italia. Y en 1919, en San Sepolcro, formuló el programa fascista: una mezcla todavía contradictoria de demandas sociales y nacionalismo belicista. Pero en muy pocos años abandonó las primeras y se quedó con el segundo, hasta el extremo de recibir financiación masiva de terratenientes e industriales para reventar huelgas obreras a base de violencia.

La ruptura doctrinal está escrita. La doctrina del fascismo, formulación canónica de 1932 firmada por Mussolini y Gentile, declara que el fascismo es la «negación precisa» del socialismo marxista, rechaza la lucha de clases y proclama la subordinación total del individuo al Estado. No es una evolución del socialismo: es su negación explícita.

Que alguien empezara siendo de izquierdas no convierte el movimiento que terminó construyendo en de izquierdas. Si Mussolini hubiese empezado siendo cura, nadie diría que el fascismo fue una corriente católica.

5. «Fascismo y comunismo son lo mismo: totalitarismos»

El argumento

«Los dos eran dictaduras de partido único, con líder carismático, propaganda masiva, policía política y campos. Si los dos son totalitarismos, los dos son lo mismo. Y si el comunismo es de izquierdas, el fascismo también.»

Este argumento confunde método con fines. Es como decir que como un ladrón y un policía pueden llevar pistola, son la misma cosa.

Es cierto que ambos sistemas comparten rasgos formales: partido único, liderazgo carismático, propaganda total, supresión del pluralismo, violencia política. Pero esos son los medios, no las metas. Y las metas son opuestas.

El comunismo, en su formulación clásica, persigue una sociedad sin clases, internacionalista, en la que se aboliría la propiedad privada de los medios de producción. El fascismo persigue una nación jerárquica, expansionista, con propiedad privada bajo tutela estatal y al servicio del proyecto nacional. Uno quiere disolver las naciones en una humanidad común; el otro quiere absolutizar la nación. Uno quiere acabar con la propiedad burguesa; el otro la mantiene y la disciplina. Uno apela a la clase trabajadora universal; el otro al pueblo o a la raza.

Que dos cosas usen los mismos métodos brutales no las hace la misma cosa. Si así fuera, todas las dictaduras del siglo XX serían intercambiables, lo cual es absurdo.

6. «En 1944 Mussolini decretó la socialización»

El argumento

«Mira el manifiesto de Verona y la Ley de Socialización de la República Social Italiana de 1944. Mussolini, al final, sí hizo socialismo. Lo que pasa es que ya era tarde.»

Este es el más sofisticado del lote. Quien lo usa suele estar más leído que el resto. Y precisamente por eso conviene desmontarlo con cuidado.

En 1944, la República Social Italiana —el Estado títere que sostuvo a Mussolini en el norte de Italia bajo ocupación alemana— decretó una socialización parcial de las empresas. Es cierto. Pero hay que mirar tres cosas: qué socializaba exactamente, en qué contexto, y qué pasó con la propiedad.

La propia Enciclopedia Italiana Treccani —no exactamente un órgano de propaganda antifascista— describe esa medida como una decisión adoptada por razones «evidentemente políticas», que socializaba la gestión de las empresas pero no la propiedad, y que mantuvo la participación del capital privado hasta el final. Es decir: ni siquiera era socialización propiamente dicha. Era reforma de la cogestión laboral en una situación desesperada.

El contexto importa. La RSI estaba militarmente derrotada, dependía de la Wehrmacht para sostenerse, había perdido el sur entero del país y necesitaba urgentemente recuperar apoyo obrero después de las grandes huelgas industriales de 1943. La «socialización» fue un manotazo agónico para reconstruir legitimidad. No fue una conversión doctrinal: fue propaganda en el barro.

Ningún sistema político se define por lo que intenta hacer en su agonía, menos aún cuando lo que intenta hacer es una reforma parcial de la gestión sin alterar la propiedad. Definir al fascismo italiano por la RSI es como definir a Napoleón por sus últimas decisiones en Waterloo.

7. «En el programa de 25 puntos pedían nacionalizar trusts»

El argumento

«Lee el programa nazi de 1920. Pedía nacionalizar los grandes trusts, abolir las rentas no ganadas, expropiar tierras para fines comunes. Eso es socialismo puro, lo escribió Hitler.»

Otra concesión honesta: es cierto que el programa de 25 puntos de la NSDAP, redactado en 1920, contenía puntos con tonos anticapitalistas. El punto 13 pedía la nacionalización de los trusts. El punto 14, participación en beneficios. El punto 17, expropiación de tierras para «fines comunes». Suena radical, leído suelto.

El problema es leerlo suelto. Esos puntos conviven en el mismo documento con el punto 1 (unificación de todos los alemanes en una Gran Alemania), el punto 4 (que dice literalmente: «ningún judío puede ser miembro de la nación»), el punto 5 (los no ciudadanos viven en Alemania como huéspedes y bajo legislación de extranjeros), y el punto 8 (todos los no alemanes que entraron después de 1914 deben ser expulsados). Es decir: las propuestas de tono social conviven con la definición racial excluyente de la ciudadanía y con el imperialismo expansionista. No es un programa socialista con notas nacionalistas. Es un programa nacionalista con notas sociales.

Pero hay algo más importante que el contenido del documento: lo que pasó con él. Esos puntos sociales fueron rápidamente abandonados, traicionados o reprimidos por el propio régimen. Los grandes trusts no fueron nacionalizados; fueron integrados en la economía de guerra mediante contratos estatales, conservando su propiedad privada. Los hermanos Strasser, que defendían dentro del partido la línea más anticapitalista, fueron purgados: Gregor Strasser fue asesinado en 1934 durante la Noche de los Cuchillos Largos. Ese mismo año, el régimen consumó su alianza con el ejército y los grandes industriales.

Un régimen no se define por lo que escribió en sus folletos de juventud, sino por lo que hizo y por lo que dejó de hacer. El nazismo eligió. Eligió a Krupp y eligió matar a Strasser.

La prueba sintética: lo que hicieron al llegar al poder

Si después de los siete desmontajes alguien sigue dudando, hay un atajo definitivo: mirar lo que hicieron, no lo que escribieron. La trayectoria real de ambos regímenes, de los manifiestos iniciales a la consolidación del poder, dibuja una secuencia de quince años en la que el enemigo aplastado es siempre la izquierda y el aliado consolidado es siempre el gran capital.

Siete hitos: Programa de San Sepolcro (1919), Programa de 25 puntos de la NSDAP (1920), Marcha sobre Roma (1922), discurso de Düsseldorf ante el Industry Club (1932), abolición de partidos y sindicatos (1933), Noche de los Cuchillos Largos (1934) y «socialización» tardía de la RSI (1944). La secuencia es inequívoca: destrucción sistemática de la izquierda organizada, alianza con las élites económicas, asesinato de la propia ala redistributiva interna.

Cuando Hitler llegó al poder en enero de 1933, el régimen pasó de Estado democrático a dictadura de partido único en menos de seis meses. El 2 de mayo de 1933, las sedes sindicales fueron ocupadas, sus líderes arrestados y sus organizaciones disueltas. Comunistas y socialdemócratas fueron perseguidos, encarcelados o asesinados. En su lugar se creó el Deutsche Arbeitsfront, una estructura corporativista que prohibía huelgas, eliminaba la negociación colectiva, congelaba salarios y aumentaba las horas de trabajo. No era un sindicato: era un instrumento de disciplina laboral al servicio de la patronal.

Esa alianza con las élites no fue tácita. Un año antes de llegar al poder, el 27 de enero de 1932, Hitler se dirigió al Industry Club de Düsseldorf en un discurso destinado a tranquilizar a los grandes industriales alemanes. Allí enfatizó su nacionalismo, su antimarxismo y su compromiso con el orden económico frente a la amenaza comunista. Los asistentes salieron convencidos de que tenían delante, no a un revolucionario social, sino a un nacionalista dispuesto a proteger sus intereses frente a la izquierda. Y financiaron la operación.

Cuando dentro del propio partido surgieron tensiones en sentido más redistributivo, fueron eliminadas físicamente. En 1934, durante la Noche de los Cuchillos Largos, Hitler ordenó el asesinato de Gregor Strasser, Ernst Röhm y otros dirigentes de la línea «socializante». Ese episodio selló la alianza definitiva entre el régimen, el ejército y los grandes industriales. Un movimiento que ejecuta a sus propios redistribuidores no es un movimiento redistribuidor.

Un sistema que destruye a la izquierda organizada, se apoya en las élites económicas, mantiene la propiedad privada y asesina a su propia ala redistributiva difícilmente puede clasificarse como izquierda.

Por qué importa este debate

Quien repite hoy que el fascismo era de izquierdas no está haciendo historia. Está haciendo otra cosa.

La narrativa tiene autores identificables: Jonah Goldberg con Liberal Fascism (2008) y Dinesh D'Souza con The Big Lie (2017) son sus dos referentes más populares en el espacio conservador estadounidense. De ahí ha saltado, en versiones simplificadas, al debate europeo en redes sociales. Y cumple funciones políticas concretas: diluye la responsabilidad histórica de la derecha radical, vacía de contenido el propio término «fascismo» —reduciéndolo a la caricatura de «cualquier intervención estatal»— y confunde justo cuando más necesitamos claridad.

Llamar «de izquierdas» a un régimen que ilegalizó partidos socialistas no es una tesis: es una ofensa a quienes los sufrieron.
Llamar «de izquierdas» a un régimen que destruyó sindicatos no es revisionismo: es propaganda.
Llamar «de izquierdas» a un régimen que asesinó a sus propios redistribuidores no es historia: es voluntad de no recordar lo que pasó.
Confundirlos no aclara nada del pasado. Pero sí distorsiona bastante el presente.

Si quieres profundizar más allá de las refutaciones puntuales —entender qué eran realmente el fascismo y el nazismo en su núcleo doctrinal, y por qué confundirlos cumple una función política concreta hoy— hay una versión más extensa de este análisis en Qué eran realmente el fascismo y el nazismo.

Fuentes principales: Roger Griffin, The Nature of Fascism; Robert O. Paxton, The Anatomy of Fascism; Ian Kershaw, Hitler; Emilio Gentile, The Origins of Fascist Ideology; Christoph Buchheim y Jonas Scherner, «The Role of Private Property in the Nazi Economy», Journal of Economic History (Cambridge University Press); Adam Tooze, The Wages of Destruction; Ludwig von Mises, Liberalismo (1927); United States Holocaust Memorial Museum (Holocaust Encyclopedia); Enciclopedia Italiana Treccani, entradas Fascismo y Socializzazione; German History in Documents and Images (programa de 25 puntos de la NSDAP, discurso de Düsseldorf de 1932).

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