Ayuso o el delirio colonial de una Europa que ya no entiende el mundo

El espejismo de la Hispanidad: Ayuso y el delirio colonial de una Europa que ya no entiende el mundo
Opinión · Política · Memoria histórica

"México no existió hasta que llegaron los españoles". La frase del 14 de mayo de 2026 no es una torpeza histórica. Es una declaración de principios: la idea de que los pueblos no europeos solo existen plenamente cuando Europa los nombra, los conquista o los incorpora a su archivo.

No es una imprecisión. Es una sensibilidad.

Cuando Isabel Díaz Ayuso afirmó en la Asamblea de Madrid que México no existió hasta que llegaron los españoles, no estaba haciendo una distinción jurídica sobre el nacimiento del Estado mexicano moderno. Estaba decidiendo qué cuenta como existencia. Desde esa mirada, solo existe plenamente aquello que Europa puede reconocer, nombrar, ordenar, evangelizar o transformar en pieza de su propio archivo. El problema no es histórico. Es ontológico.

En un vistazo: la tesis del artículo
No es una torpeza, es ideología. Reducir la frase a un error puntual es ignorar lo que articula: la vieja idea colonial de que los pueblos no europeos solo entran en la historia cuando Europa los nombra.
La falacia jurídica como coartada. Nadie discute que en 1519 no existía la República mexicana. Lo que se denuncia es que esa obviedad se use para sugerir que antes de España no había historia mexicana profunda y milenaria.
La arqueología como munición. Invocar el Tzompantli para acusar a Mesoamérica de barbarie, mientras se silencia la violencia europea del XVI, no es investigación histórica. Es selección retórica.
Hispanidad como guerra cultural. La llamada Iberosfera no es una referencia cultural. Es un proyecto político que sustituye la cooperación entre iguales por una jerarquía simbólica donde América Latina solo es aceptada si agradece.
Capital mexicano, lenguaje virreinal. Madrid concentra la inmensa mayoría de la inversión mexicana en España. La antigua metrópoli ya no viene a administrar virreinatos: viene a buscar capital. Pero habla como si todavía pudiera dar lecciones.
Nostalgia imperial en un mundo multipolar. Cuando el presente se vuelve pequeño, se infla el imperio imaginario. Ese privilegio, en el siglo XXI, ya no es autoridad. Es delirio.

I. La falacia jurídica como coartada colonial

La frase tiene una defensa fácil, casi automática: México, como Estado nacional contemporáneo, no existía en 1519. Cierto. Pero la objeción no responde a la crítica. La confirma.

Porque nadie mínimamente informado sostiene que en 1519 existiera la República mexicana con sus fronteras actuales, su Constitución y su forma estatal moderna. Lo que se denuncia es otra cosa: que se use esa obviedad para sugerir que antes de España no había una historia mexicana profunda, plural y milenaria.

Si un pueblo solo existe cuando adopta la forma del Estado moderno, entonces casi nadie existía antes de la modernidad europea. Si una civilización solo cuenta cuando puede ser traducida al lenguaje administrativo occidental, la historia universal queda reducida a una oficina colonial.

Ese es el punto. Ayuso no dice que México como Estado moderno nació después. Dice que México no existía. Y al decirlo borra la continuidad entre el mundo prehispánico, la Nueva España, la independencia y el México contemporáneo. Una continuidad conflictiva, desgarrada, atravesada por violencia, mestizaje, resistencia y dominación, pero continuidad al fin.

Antes de la llegada de los españoles no había un vacío esperando recibir nombre, lengua, ley y alma. Había mundo. Había civilizaciones. Había ciudades, mercados, calendarios, rutas comerciales, estructuras políticas, jerarquías, dioses, memorias y pensamiento.

Había mexicas, mayas, purépechas, zapotecas, mixtecos y muchos otros pueblos. No eran nota a pie de página de la futura historia española. Eran sujetos históricos. El Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, en su Historia del pueblo mexicano, no presenta la historia mexicana como creación súbita de la conquista, sino como acumulación de capas: raíz mesoamericana, irrupción colonial, periodo virreinal, independencia, construcción nacional y persistencia de pueblos indígenas vivos.

Esta lectura no niega la importancia del mundo hispánico. Lo que niega es la fantasía imperial de que España creó de la nada aquello que conquistó. México no nace de la nada porque España llegue. México cambia brutalmente con la conquista. Esa diferencia es esencial.

II. La historia empieza cuando llegamos nosotros

La frase pertenece a una tradición muy vieja: la de una Europa que confunde su expansión con el nacimiento de la historia universal. América "entra" en la historia en 1492. África "entra" cuando Europa la reparte. Asia "entra" en la modernidad cuando se abre al comercio occidental. Los pueblos indígenas no tienen filosofía, sino mitos. No tienen derecho, sino costumbres. No tienen política, sino cacicazgos.

La operación siempre es la misma: Europa convierte su llegada en acontecimiento fundador. Antes de ella, hay materia. Después de ella, hay historia.

David Graeber y David Wengrow, en El amanecer de todo, han insistido en que la imagen de los pueblos indígenas como sociedades instaladas en una infancia histórica fue una construcción ideológica europea. No era descripción inocente. Era una forma de neutralizar una incomodidad: que muchos pueblos no europeos no solo tenían instituciones propias, sino que podían mirar a Europa y encontrarla brutal, desigual, servil y moralmente enferma.

Kondiaronk, o Europa pensada desde fuera

Ahí aparece Kondiaronk, líder e intelectual hurón-wendat del siglo XVII. En los diálogos transmitidos por Lahontan, Kondiaronk formula una crítica demoledora contra la sociedad europea: contra la obediencia ciega, contra la desigualdad, contra la obsesión por el dinero, contra la pobreza producida por la propiedad. La cuestión no es convertir a Kondiaronk en "inventor" de la Ilustración. La cuestión es reconocer algo más grave para el orgullo europeo: Europa también fue pensada desde fuera. Europa también fue objeto de crítica.

Graeber y Wengrow sostienen que parte del pensamiento ilustrado europeo no puede entenderse sin esa "crítica indígena". Otros especialistas matizan el alcance exacto de esa influencia. Pero lo importante no es resolver ese debate al milímetro, sino mostrar lo que Ayuso y la vieja Hispanidad no pueden admitir: las civilizaciones no europeas no eran materia muda. Eran interlocutores. Tenían pensamiento político. Podían juzgar a Europa.

La respuesta europea, según esta lectura, fue ordenar el mundo en estadios de progreso. Turgot, uno de los grandes nombres de la Ilustración francesa, contribuyó a esa visión evolutiva: cazadores, pastores, agricultores, civilización comercial. En esa escala, los pueblos indígenas quedaban colocados abajo. No porque no pensaran, sino porque había que degradar su posición para invalidar la fuerza de su crítica.

Cuando Ayuso dice que antes de España había "otra civilización" pero no México, reproduce ese gesto. Reconoce que había algo, pero lo coloca fuera de la historia principal. Lo admite como anterioridad, no como continuidad. Como curiosidad, no como sujeto.

III. La arqueología como arma imperial

El discurso de Ayuso no se limitó a la frase sobre la inexistencia de México. También recurrió a un símbolo cargado: la calle Guatemala 24, en Ciudad de México, vinculada al área del Templo Mayor y al Huey Tzompantli de la antigua Tenochtitlan.

La operación retórica es evidente. Al señalar esos restos, Ayuso no estaba invitando a comprender la complejidad religiosa, política y militar del mundo mexica. Estaba utilizando la arqueología como pieza acusatoria. El mensaje implícito era simple: miren lo que había antes de nosotros; miren la barbarie; miren qué mundo encontró España.

Aquí conviene ser claro y no caer en lo que se critica. La violencia ritual mesoamericana existió y fue masiva. El poder mexica fue imperial, jerárquico, tributario y militarmente brutal. Muchos pueblos sometidos lo padecieron. Esa violencia no debe minimizarse ni envolverse en eufemismos compensatorios. Reconocer su escala forma parte del respeto a la historia mesoamericana como historia plena, con sus grandezas y sus horrores, igual que se reconocen los de cualquier civilización.

El problema no es que Ayuso mencione esa violencia. El problema es para qué la menciona.

La Europa que llegó a América tampoco era un jardín de derechos humanos. Era una Europa de guerras religiosas, ejecuciones públicas, hogueras inquisitoriales, persecuciones, torturas judiciales, violencia señorial y fanatismo confesional.

La España imperial no descendió sobre América como tribunal ilustrado contra la barbarie. Llegó como potencia conquistadora. Por eso el recurso al Tzompantli es ideológico: no porque la violencia mexica sea inventada, sino porque se usa selectivamente. Convierte la crueldad indígena en esencia civilizatoria y la violencia europea en accidente, exceso corregible o precio inevitable del progreso.

La pregunta relevante no es si había violencia en Mesoamérica. La pregunta es por qué esa violencia se invoca para justificar la conquista, mientras la violencia europea se borra, se minimiza o se envuelve en palabras nobles: evangelización, mestizaje, civilización, encuentro. La arqueología, en manos de esa retórica, deja de ser investigación histórica y se convierte en munición imperial.

IV. La Hispanidad como blanqueamiento de la conquista

La defensa reaccionaria de la Hispanidad necesita convertir la conquista en nacimiento. Necesita que la llegada española aparezca como el momento en que América recibe lengua, derecho, religión, instituciones y civilización. La fórmula es conocida: no hubo conquista, hubo encuentro; no hubo dominación, hubo mestizaje; no hubo despojo, hubo civilización; no hubo imposición, hubo amor entre pueblos.

Ayuso se mueve dentro de ese imaginario. Por eso sus palabras no son una anécdota. Son una pieza más de una operación ideológica: convertir la violencia colonial en gesto fundacional. Ese discurso ya estaba presente en su viaje a México, cuando participó en actos de exaltación del mestizaje y de figuras como Hernán Cortés y la Malinche. Según la propia Comunidad de Madrid, Ayuso defendió allí "cinco siglos de mestizaje" frente a discursos que, a su juicio, siembran odio contra España.

Pero la conquista fue conquista. Con alianzas indígenas contra el poder mexica, sí. Con conflictos internos mesoamericanos, también. Con mestizajes y continuidades, por supuesto. Pero conquista al fin. La existencia de pueblos enfrentados al imperio mexica no convierte a Cortés en libertador universal ni transforma la dominación española en empresa emancipadora.

Recordar esas alianzas para blanquear el resultado colonial es otro truco habitual: como si la utilización de fracturas internas anulara la violencia posterior, como si el hecho de que varios pueblos combatieran a los mexicas justificara tres siglos de dominación virreinal. La historia es más compleja que el mito negro y también más compleja que la propaganda rosa. Pero complejidad no significa absolución.

V. De la Hispanidad a la guerra cultural

La Hispanidad de Ayuso no funciona como categoría histórica serena. Funciona como arma de guerra cultural. No busca comprender la relación entre España y América, sino organizar políticamente el presente. De un lado, España como fuente de civilización, libertad y mestizaje. Del otro, las izquierdas latinoamericanas, el indigenismo y cualquier memoria crítica de la conquista como fuerzas de resentimiento.

Es la lógica de la llamada Iberosfera: un proyecto político de la nueva derecha que intenta articular a sectores conservadores de España y América Latina en torno a valores tradicionales, anticomunismo, libre mercado y reivindicación del legado hispánico. La Iberosfera no funciona aquí como referencia cultural. Funciona como marca política activa. Es el intento de sustituir la cooperación diplomática entre iguales por una comunidad imaginaria ordenada desde una supuesta superioridad moral española. Bajo esa fórmula, América Latina no aparece como interlocutora soberana, sino como territorio simbólico a reconquistar.

Si América Latina agradece, es hermana.
Si discute, se vuelve ingrata.
Si revisa su pasado, cae en el revisionismo.
Si reclama memoria indígena, se la acusa de populismo.
Si denuncia la violencia colonial, se le responde con la leyenda negra.

Esto no es conversación entre iguales. Es pedagogía imperial.

VI. Una Europa que delira ante la multipolaridad

La frase no aparece en el vacío. Llega en un momento en que Occidente pierde centralidad relativa y en que el Sur Global ya no acepta ser tratado como periferia muda. China, India, América Latina, África y el mundo islámico ya no son escenarios de una historia escrita en Bruselas, Washington o Madrid. Tienen voz, poder, memoria y proyecto.

La multipolaridad no es solo fenómeno económico o militar. También es disputa por el relato. Es el fin del monopolio occidental sobre el significado de la historia.

Por eso la frase de Ayuso resulta tan anacrónica. Mientras el mundo se mueve hacia una pluralidad de centros, ella habla desde la nostalgia de una centralidad perdida. Desde una España que ya no es imperio, desde una Europa que ya no gobierna el mundo, desde una derecha que necesita refugiarse en una grandeza retrospectiva porque no tiene nada serio que ofrecer al futuro.

La Hispanidad, en esta versión reaccionaria, funciona como prótesis emocional. No sirve para comprender el pasado, sino para compensar el presente. Cuando el presente se vuelve pequeño, se infla el imperio imaginario.

Lo que Europa también debe a los pueblos que quiso reducir

Hay una capa todavía más profunda. El eurocentrismo de Ayuso no solo borra la historia de América. También borra la historia real de Europa. Europa no se hizo sola. La modernidad europea no nació en una cápsula pura, cerrada sobre Grecia, Roma, el cristianismo, el Renacimiento y la Ilustración. Esa es la autobiografía complaciente de Occidente. La realidad fue más híbrida, más conflictiva y más incómoda.

El mundo islámico fue fundamental en la transmisión y reelaboración de saberes clásicos. Asia transformó los circuitos comerciales, técnicos y culturales europeos. América no fue solo objeto de conquista; también fue espejo crítico. Por eso la frase de Ayuso es doblemente colonial. Borra a México antes de España y borra, además, lo que Europa debe a los pueblos que quiso reducir a prehistoria.

VII. México no necesitaba permiso de Europa para existir

México no existía en 1519 como Estado moderno. De acuerdo. Pero esa frase, tomada en serio, no dice nada relevante. Lo relevante es lo que algunos intentan colar detrás: que antes de España no había México en ningún sentido históricamente significativo. Y eso es falso.

Había pueblos.
Había civilizaciones.
Había memorias.
Había formas de vida.
Había poder y había pensamiento.
Había violencia interna, como en todas las sociedades humanas. Había belleza y dominación. Había historia.

Lo que llegó con los españoles no fue la existencia. Fue la conquista. Llegó una nueva lengua dominante, una nueva religión impuesta, una nueva jerarquía colonial, una nueva economía extractiva. Llegó también el mestizaje, pero no como postal sentimental, sino dentro de una relación profundamente desigual.

La frase de Ayuso no defiende la historia de España. Defiende el privilegio imperial de decidir quién cuenta como sujeto histórico y quién debe conformarse con aparecer como antecedente, decorado o materia prima.

Y ese privilegio, en el siglo XXI, ya no es autoridad. Es delirio.
Fuentes: declaraciones de Isabel Díaz Ayuso en la Asamblea de Madrid (14 de mayo de 2026); cobertura de Cadena SER, Público, El Cronista, 20 Minutos y El País México; Historia del pueblo mexicano (INEHRM); David Graeber y David Wengrow, El amanecer de todo (2021); comunicación oficial de la Comunidad de Madrid sobre los actos del 5 de mayo de 2026 en Ciudad de México.

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