Ante cada fracaso concreto, siempre falta algo. Ante el balance de quince años, también. El cholismo ha construido una operación cultural que opera en dos escalas con la misma lógica: convertir la ausencia identificable en coartada permanente para que ningún resultado pueda usarse contra el entrenador.
La cuenta de X @atletiynadamas lo formuló hace unos días con una analogía que merece ser desarrollada. Imagine, decía, un equipo de Segunda División que durante quince años disputa cuatro promociones de ascenso y no sube en ninguna por el planteamiento en los partidos decisivos. El entrenador es siempre el mismo. Cualquier crítica se considera deslealtad. La afición celebra cada promoción alcanzada como prueba de que el proyecto funciona.
¿Cuántos años tendrían que pasar para que el cese del entrenador dejara de ser polémico y pasara a ser obvio?
La objeción inmediata es que el Atlético de Madrid no es un equipo de Segunda. La objeción es correcta en lo literal y equivocada en lo importante.
I. La pregunta incómoda
Imagine un equipo de Segunda División que durante quince años disputa cuatro promociones de ascenso y no sube en ninguna por el planteamiento en los partidos decisivos. El entrenador es siempre el mismo. Cualquier crítica se considera deslealtad. La afición celebra cada promoción alcanzada como prueba de que el proyecto funciona.
¿Cuántos años tendrían que pasar para que el cese del entrenador dejara de ser polémico y pasara a ser obvio?
La objeción inmediata es que el Atlético de Madrid no es un equipo de Segunda. Está en la élite europea, compite en Champions todos los años, gana ligas de vez en cuando, factura entre los clubes más ricos del continente. Comparar su situación con la de un equipo en promoción es injusto y desproporcionado.
La objeción es correcta en lo literal y equivocada en lo importante. La analogía no compara categorías deportivas: compara estructuras psicológicas.
Y la estructura psicológica del cholismo en 2026 funciona exactamente igual que la de ese hipotético equipo de Segunda atrapado en su propia coartada. La cuestión no es si el Atlético es objetivamente competitivo —lo es, dentro de ciertos límites—, sino si su afición ha desarrollado un mecanismo cultural que impide evaluar al entrenador con criterios homologables a los de cualquier proyecto deportivo serio.
II. En los grandes fracasos siempre falta algo
Antes de mirar la cronología larga, conviene fijarse en el patrón corto. Porque el aplazamiento perpetuo no opera solo en la escala de los quince años: opera también, exactamente igual, en la escala de cada fracaso concreto.
Pregúntele a un cholista por cualquier eliminación europea importante de la última década. Por la final de Lisboa de 2014. Por la de Milán de 2016. Por las eliminaciones contra el Madrid en cuartos. Por la caída ante el Leipzig. Por las despedidas tempranas de los últimos años. La respuesta seguirá siempre el mismo patrón: faltó algo. Faltó un delantero. Faltó suerte en los penaltis. Faltó un central de garantías. Faltó el árbitro. Faltó pegada. Faltó frescura física. Faltó el partido perfecto.
Nunca faltó otra cosa. Nunca faltó una idea de juego. Nunca faltó un planteamiento ofensivo. Nunca faltó arriesgar cuando había que arriesgar. Nunca faltó el entrenador.
Esa es la versión corta del mecanismo. El "siempre falta algo" funciona como coartada universal porque es modular: se adapta al fracaso concreto, lo explica con un elemento ausente fácilmente identificable, y desplaza la responsabilidad fuera del marco interpretativo del proyecto. La derrota no es del proyecto: es de lo que faltó esta vez. Y como cada vez falta algo distinto, nunca emerge el patrón.
Pero el patrón existe. Y es exactamente el mismo a corto plazo y a largo plazo. La cronología que viene a continuación no es más que el "siempre falta algo" extendido a quince años.
III. La cronología del aplazamiento
El cholismo lleva quince años con el mismo discurso, pero adaptándose a las circunstancias materiales del club como un guante. Es importante reconstruir la cronología porque solo así se ve la mecánica completa. Y conviene aclarar algo desde el principio: el discurso de la inferioridad no lo inventa Simeone. Lo hereda.
Primero fue: "cuando salgamos de la ruina económica". Pero esto venía de antes. Venía de los años finales de la era Gil, de la deuda histórica con Hacienda, del descenso a Segunda en 2000, de un club que durante una década había vivido al borde del colapso institucional. Cuando Simeone llegó al banquillo en diciembre de 2011, esa mentalidad de inferioridad ya estaba instalada en la afición. Simeone no la creó: la encontró hecha y supo modularla.
Lo que sí hizo Simeone fue institucionalizarla. Convertir lo que era una situación coyuntural —un club en reconstrucción tras una crisis real— en cultura permanente. Cuando el club salió de la ruina, la coartada no desapareció. Se transformó.
Pasó a ser: "cuando nos estabilicemos". El club saneó sus cuentas, ganó la Liga de 2014, jugó dos finales de Champions. Pero el discurso no cambió hacia la exigencia: cambió hacia la consolidación. Había que asentarse en la élite.
Luego pasó a ser: "cuando entremos en Champions de forma regular". El Atlético se instaló en el top cuatro de LaLiga durante una década completa. La meta se desplazó otro peldaño: ahora se trataba de sostener esa regularidad.
Ahora es: "cuando tengamos plantillas profundas, compensadas y con calidad diferencial al nivel de nuestros rivales". El club gasta cientos de millones cada verano, ficha jugadores de primer nivel mundial, paga uno de los salarios de entrenador más altos de Europa. La meta vuelve a desplazarse.
¿Cuál será la siguiente formulación? No la sé, pero sé que existirá. Porque el cholismo necesita que siempre haya una. La estructura del argumento no depende de las condiciones materiales del club: depende de la función que cumple. Es exactamente el "siempre falta algo" de la sección anterior, pero estirado hasta convertirse en filosofía de club.
IV. La función del aplazamiento
¿Para qué sirve mantener la sensación de inferioridad cuando ya no corresponde con la realidad material del club?
Sirve, sobre todo, para una cosa: convertir cualquier resultado mediocre en éxito relativo y cualquier crítica en falta de comprensión del proyecto.
Si el Atlético es estructuralmente inferior, ningún resultado puede usarse en su contra. Eliminado en octavos un año más: era lo previsible, no tenemos plantilla. Final perdida: competimos contra colosos. Liga abandonada en marzo: estamos en construcción. Eliminado por un equipo de presupuesto similar o inferior: mala suerte, partido raro, árbitro. La coartada es modular: se ensancha o se estrecha según convenga, pero nunca desaparece.
Y como toda coartada eficaz, tiene un beneficiario claro. El aplazamiento perpetuo de la exigencia blinda al entrenador de toda crítica.
Si nunca llega el momento de pedir más, nunca llega el momento de evaluar a quien lleva quince años al frente del proyecto. La discusión deportiva queda permanentemente fuera de plazo. Y eso, en cualquier otro club europeo de presupuesto comparable, sería sencillamente impensable.
V. La acusación tribal como síntoma
Hay una prueba bastante clara de que el cholismo no puede defender su techo competitivo en términos deportivos: cuando alguien lo cuestiona, la respuesta no es deportiva.
La respuesta es una acusación de pertenencia. "Eres madridista". "Eres del realmadribarsismo". "Tú lo que quieres es ver hundido al Atlético". El debate se desplaza inmediatamente del campo a la identidad. Y eso solo se hace cuando no se puede sostener el argumento en su propio terreno.
Esa acusación tribal es reveladora por dos razones. La primera es defensiva: si todo crítico es enemigo, no hay crítico legítimo, y por tanto el proyecto no necesita responder a ninguna crítica. La segunda es más profunda: solo necesita acusar de madridismo quien organiza su propia identidad alrededor del Madrid. El cholista que llama madridista al crítico está confesando, sin saberlo, qué eje vertebra realmente su mundo futbolístico.
La acusación tribal no es un argumento. Es la confesión involuntaria de que no hay argumento.
VI. Estabilidad no es ambición
La defensa final del cholismo, cuando todas las anteriores se agotan, suele ser una variación de esta: el Atlético es top cinco europeo en regularidad. Lleva más de una década en Champions. Compite cada año. Eso es un éxito histórico para un club que vivió bajo la sombra de los dos grandes durante décadas.
Esto es cierto. Y también es trampa.
Es cierto que la regularidad del Atlético en la élite europea es un logro. Es trampa porque convierte el suelo en techo. Para un club con el presupuesto, la masa social y la infraestructura del Atlético en 2026, jugar Champions y pasar octavos no es un éxito histórico: es el mínimo exigible. Celebrarlo como meta cumplida es exactamente lo que un club aspirante no debe hacer, porque consolida una posición secundaria como destino natural.
La gran trampa retórica del cholismo es haber confundido estabilidad con ambición. La estabilidad es no caerse. La ambición es subir. Quince años de no caerse no equivalen a quince años de subir, aunque emocionalmente lo parezcan.
VII. Domesticación, no grandeza
Aquí está el punto que más cuesta admitir, y por eso conviene formularlo sin matices.
Si el objetivo real del Atlético de Madrid en 2026 es entrar en Champions, pasar la fase de grupos y eliminar a algún rival en octavos antes de caer ante uno de los tres o cuatro equipos verdaderamente grandes del continente, entonces Simeone no ha hecho grande al club.
Lo ha domesticado.
Le ha enseñado a una afición entera a confundir permanencia con identidad, regularidad con éxito y estabilidad con ambición. Le ha enseñado a celebrar el mínimo exigible como si fuera la cima. Le ha enseñado a interpretar cualquier crítica deportiva como traición tribal. Y le ha enseñado, sobre todo, a aplazar indefinidamente la única conversación que importa: la de si quince años son suficientes para juzgar un proyecto deportivo.
Esa conversación es la que el cholismo está diseñado para impedir. Por eso, mientras el cholismo dure, no se podrá tener.
El verdadero techo del Atlético contemporáneo
El cholismo, con todos sus méritos, ha construido una operación cultural perfectamente diseñada para no exigir nunca y, por tanto, para no despedir nunca. Ha sustituido la obligación del resultado por la liturgia del aguante. Ha convertido la inferioridad en coartada permanente. Y ha hecho de la pregunta más obvia —¿son quince años suficientes?— un tabú interno que cualquier hincha siente como traición.
Ese es el verdadero techo del Atlético contemporáneo. No la plantilla, no el presupuesto, no la diferencia con los dos grandes. El techo es haber aceptado, sin darse cuenta, que el aplazamiento perpetuo de la exigencia es una forma superior de pertenencia.
No lo es. Es solo la forma más cómoda de no tener que mirar al proyecto a los ojos.



Maravilloso
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