Existe la historia de España y existe la historia del nacionalismo español. No son lo mismo. La primera es plural, conflictiva y contingente. La segunda es un relato construido en el siglo XIX para hacer pasar por eterno lo que es reciente. Y todo el truco está en el nombre.
Conviene empezar distinguiendo dos cosas que suelen confundirse: la historia de España y la historia del nacionalismo español.
La primera es un proceso largo, plural y contradictorio que recorre dos mil años de pueblos, reinos, lenguas, religiones, conflictos y construcciones políticas sucesivas. La segunda es un relato construido en el siglo XIX y reforzado en el XX para dar legitimidad a un Estado-nación moderno, presentándolo como si llevara existiendo desde siempre.
El nacionalismo español necesita un pasado largo. Lo necesita porque toda nación moderna, para legitimarse, prefiere parecer eterna antes que admitir que es reciente.
I. La trampa del nombre prestado
La palabra Hispania no nace dentro, sino fuera. Es la forma en que los de fuera resolvían, en una sola palabra, una realidad que les resultaba compleja y diversa. Cuando un romano llegaba a la península a partir del siglo III antes de Cristo se encontraba con un territorio habitado por celtíberos, lusitanos, vacceos, turdetanos, cántabros, vascones, iberos del Levante: pueblos distintos, con lenguas distintas, dioses distintos, organizaciones políticas distintas y, a menudo, en guerra entre ellos. Hispania fue el nombre que Roma puso a ese mosaico para poder administrarlo. Una etiqueta útil para gestionar lo que desde fuera parecía un bloque y desde dentro no lo era.
Los pueblos peninsulares no se llamaban a sí mismos hispanos. No tenían conciencia de formar parte de una misma cosa llamada Hispania. La conciencia llega con la palabra, y la palabra llega desde fuera. Era, en otras palabras, la mirada exterior la que producía la unidad: vista de cerca, no había tal unidad; vista de lejos, parecía haberla.
Para Roma, Hispania nunca fue una nación ni un proyecto político autóctono. Fue una división administrativa de su Imperio, organizada en provincias: Tarraconense, Bética, Lusitania, Gallaecia, Cartaginense. La fórmula epigráfica natione Hispanus que aparece en algunas inscripciones describía procedencia geográfica, no nacionalidad. Un legionario al que enterraban en Italia podía aparecer registrado como hispano del mismo modo que otro aparecía como galo o britano. Nadie sostiene en serio que Francia existiera porque los romanos hablaran de Gallia, ni que el Reino Unido existiera porque hablaran de Britannia. Solo con España se da por bueno ese salto.
Cuando el Imperio cae y llegan los visigodos en el siglo V, ocurre algo decisivo. Los visigodos también vienen de fuera. Son un pueblo germánico que ha cruzado media Europa antes de instalarse en la península. No son hispanos en ningún sentido étnico ni cultural. Pero heredan la mirada romana: ven el territorio como un bloque administrable y reciclan la etiqueta. Isidoro de Sevilla, en el siglo VII, escribe la célebre Laus Hispaniae, ese elogio de Hispania como tierra fértil, hermosa, gloriosa, casi mística. Es un texto fundacional del imaginario español posterior. Y lo escribe un obispo hispanorromano al servicio de una monarquía visigoda para celebrar un nombre romano. Tres capas exógenas apiladas, ninguna de ellas originaria.
Esto es importante porque el nacionalismo español tomará después esa misma palabra y la presentará como si fuera la voz interna de un pueblo que se autodesignaba a sí mismo desde siempre. No es así. Es la mirada del extranjero convertida en autorretrato. Primero un nombre administrativo romano. Luego un marco retórico visigodo. Luego un recurso literario en las cancillerías medievales. Luego una palabra usada por monarcas que apilaban coronas. Y solo al final, ya en el siglo XIX, una nación política moderna que decide adoptar ese nombre antiguo como si siempre hubiera sido suyo.
El nombre viajó durante dos mil años. La nación se construyó al final del viaje, no al principio.
II. El anacronismo permanente
Sobre esa etiqueta heredada, el nacionalismo monta una operación curiosa. Coge un mapa actual y empieza a buscar en el pasado todo aquello que pueda parecerse a España. Llega a Roma y dice: aquí ya estaba España. Llega a Toledo visigoda y dice: aquí ya estaba España. Llega a Covadonga y dice: aquí resucitó España. Llega a los reinos medievales cristianos y dice: aquí estaba España repartida en regiones. Llega a los Reyes Católicos y dice: aquí se consumó España.
Pero en cada uno de esos momentos lo que había no era España. Era otra cosa.
En el Reino Visigodo había una monarquía tardoantigua con desiguales intentos de unificación jurídica y religiosa. No había nación, no había ciudadanos, no había soberanía popular, no había Estado moderno. Había un rey, una aristocracia guerrera germánica y una Iglesia que prestaba legitimación a cambio de protección. Cuando todo eso se vino abajo en 711, las crónicas asturianas posteriores fabricaron a posteriori el mito de la pérdida de España y de la restauración para legitimar la expansión política del pequeño reino del norte. El neogoticismo no fue memoria fiel: fue propaganda de cancillería trabajada con herramientas literarias.
En la Edad Media había reinos. Castilla, León, Aragón, Navarra, Portugal. No eran regiones de un país que se estaba construyendo poco a poco. Eran entidades políticas distintas, con instituciones propias, leyes propias, monedas propias, intereses propios, guerras propias y, sobre todo, identidades propias.
La palabra «España» podía circular en algunos contextos como herencia culta de Hispania, como referencia geográfica amplia a la península, pero esa circulación retórica no producía un Estado ni una nación. Producía, como mucho, un marco geográfico de fondo. Confundir eso con la existencia de una nación española es como mirar el mapa actual de la Unión Europea y decir que Italia, Francia y Alemania son regiones de un mismo país porque comparten moneda, tratados y burocracia común.
III. Portugal: la identidad que estuvo ahí desde el principio
Portugal nunca fue España. Portugal fue Portugal desde el principio.
Portugal compartió absolutamente todo lo que el nacionalismo español usa como argumento para llamar España a los reinos medievales peninsulares. Compartió la Hispania romana: fue Lusitania y parte de Gallaecia, perfectamente integrada en el mismo marco provincial que la Bética o la Tarraconense. Compartió la cristianización. Compartió la presencia visigoda y el sometimiento al Reino de Toledo. Compartió la invasión musulmana del 711 y la convivencia secular con al-Ándalus. Compartió la dinámica de avance cristiano que se suele llamar Reconquista. Compartió el latín del que nacieron lenguas hermanas, casi gemelas, gallego-portugués y castellano. Compartió la monarquía feudal, la cristiandad latina, los modelos jurídicos romanistas, las cruzadas. Compartió incluso la corona, durante sesenta años, entre 1580 y 1640.
Si la receta funcionara, Portugal sería España. Tendría todos los ingredientes. No le falta ninguno.
Y, sin embargo, Portugal nunca fue España. Tiene una identidad propia, distinta, consciente de sí misma desde su nacimiento como reino en el siglo XII. Su lengua es otra. Su literatura es otra. Su memoria es otra. Su relación con el Atlántico es otra. Su modo de mirar al mundo es otro. Esa diferencia no es producto de una separación tardía: es lo que estaba ahí desde el principio.
Y aquí es donde la trampa del nombre se desploma del todo. Porque si Hispania fuera España, Portugal sería España. Lusitania era parte de Hispania exactamente igual que la Bética. Los visigodos dominaron Lusitania exactamente igual que dominaron Toledo. La cristiandad medieval peninsular incluyó a Portugal exactamente igual que a Castilla. Si esos ingredientes producen España de manera natural, Portugal tendría que haberlos producido también. Y no lo hizo. Salió otra cosa.
Esos ingredientes no producen España. España no salió de ahí. España se construyó mucho después, en el siglo XIX, sobre algunos de esos materiales, mientras que Portugal se había construido siglos antes sobre los mismos.
El nacionalismo español prefiere ignorarlo o reducirlo a una nota a pie de página, porque cualquier mirada seria a Portugal desmonta la idea de que Hispania, los visigodos o la Reconquista llevaban dentro a España como una semilla esperando a germinar.
Y por si la frontera atlántica no bastara, conviene recordar algo más pequeño y revelador. Durante siete siglos existió entre Galicia y Portugal una entidad llamada Couto Mixto: apenas treinta kilómetros cuadrados con gobierno propio, exenciones fiscales, derecho de asilo y libertad de comercio, sin pertenecer del todo a ninguna de las dos coronas, hasta que en 1864 el trazado moderno de la frontera la extinguió. No es una curiosidad pintoresca. Es un recordatorio de que el mapa peninsular actual no es un destino geográfico, sino el resultado de tratados, guerras y excepciones que pudieron haber salido de otra manera.
España existe, pero no es eterna
Nada de esto significa negar la historia de España. Significa contarla bien.
España existe, y tiene una historia larga, compleja, riquísima. Pero existe como resultado histórico, no como esencia eterna. Como nación política moderna, España no nace en Hispania ni en Toledo ni en Covadonga ni con los Reyes Católicos. Nace en el siglo XIX, en plena crisis del Antiguo Régimen, cuando la Constitución de Cádiz de 1812 declara en su primer artículo que la Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios.
La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios.
Constitución de Cádiz, artículo 1 (1812)Esa frase no es la confirmación de una esencia previa. Es una ruptura. Es el momento en que, en lugar de súbditos de un rey, aparecen ciudadanos de una nación. Y esa nación había que construirla, y se construyó: con escuelas, ejércitos, ferrocarriles, administración, códigos legales, mapas, himnos, fiestas nacionales, prensa, manuales escolares. Como mostró José Álvarez Junco en Mater Dolorosa, la nacionalización de España en el siglo XIX fue además bastante más débil e incompleta que la francesa o la británica, y por eso muchos de sus conflictos siguen abiertos hasta hoy.
El nacionalismo español invierte ese orden. Toma un nombre puesto por extranjeros para simplificar un territorio diverso, lo recicla a través de siglos de monarquías sucesivas, y al final lo presenta como si hubiera sido la voz íntima de una nación que se reconocía a sí misma desde siempre. Pero el nombre vino de fuera. La nación vino al final. Y entre una cosa y otra hay dos mil años de pueblos, reinos, lenguas, religiones, conflictos e identidades que no se llamaban a sí mismas españolas porque no lo eran.
La mentira no consiste en decir que España tiene pasado. Consiste en hacer pasar por destino lo que fue decisión, por esencia lo que fue construcción, por inevitabilidad lo que fue una posibilidad entre otras.
Y Portugal sigue ahí. Hablando portugués, votando a su propio gobierno, recordando su propia historia. Compartiendo con sus vecinos los mismos abuelos romanos, los mismos reyes visigodos y la misma virgen medieval. Y siendo, desde el principio, otra cosa. Esa es la prueba que el nacionalismo español necesita olvidar para sostener su relato. Si el nombre vino de fuera, si la nación llegó al final, y si Portugal —con todos los ingredientes a su disposición— nunca fue España, entonces lo que el nacionalismo llama dos mil años de continuidad es otra cosa: dos mil años de historia que no apuntaban necesariamente hacia ningún sitio, y que solo retrospectivamente parecen apuntar hacia el mapa actual.
Esa es la pregunta que el nacionalismo español prefiere no hacerse. Y por eso se olvida de Portugal.



Me ha gustado mucho este artículo, aunque dudo mucho que en Francia no se identifiquen con la Galia, y en reino unido con britania...
ResponderEliminarGracias por leerlo. Aqui lo que se discute es la legitimidad de remontar los origenes de España a las Hispania romana y visigoda. Portugal tiene el mismo derecho. Hispania no es algo exclusivo de la nación española. Pasaría lo mismo con Francia o Inglaterra, se hubiera otro pais que compartiese esos ancestros. No es el mismo caso.
EliminarNo, si estoy totalmente de acuerdo. Lo que ocurre es que leyendo algunos libros de historia de Inglaterra, por ejemplo, veo que allí también identifican la nación actual con el pasado más remoto. Al igual que hacen los chinos o los egipcios, por absurdo que sea...
ResponderEliminarNo, si estoy de acuerdo contigo. Lo que pasa es que todos los relatos nacionalistas o reivindicadores de un origen son eso, relatos. No son historia, pero son convertidos en historia para legitimar y fundamentar un presente determinado. Los israelíes son maestros en eso.
Eliminar