La toxicidad del nacionalismo español

La nación que no supo perder
Ensayo · Historia · Nacionalismo español

El nacionalismo español es, en su forma histórica dominante, reaccionario y antiliberal. La decadencia imperial que nunca supo elaborar lo ha convertido en un lastre para entender la verdadera realidad del país.

El nacionalismo español no es una variante tóxica dentro de un conjunto plural y mayoritariamente democrático. Es, en su forma históricamente dominante, una construcción reaccionaria, antiliberal, nacionalcatólica, centralista y militarizada, edificada sobre la incapacidad de digerir la decadencia imperial. Esa matriz no es un accidente del franquismo ni un residuo del XIX: es el armazón profundo desde el que el españolismo ha pensado el país durante más de un siglo. Y mientras siga vigente, España no podrá mirarse a sí misma con verdad.

En un vistazo: la tesis
El nacionalismo español es, en su forma dominante, reaccionario y antiliberal. Antiliberal, nacionalcatólico, centralista, militarizado, monárquico, castellanocéntrico y hostil a la pluralidad interna. No es una desviación: es la matriz.
Esa matriz nace de una decadencia mal elaborada. España fue imperio y dejó de serlo, pero no aceptó la pérdida. Convirtió el declive en trauma, el trauma en resentimiento y el resentimiento en doctrina nacional: la búsqueda permanente de una "anti-España" a la que culpar del fracaso.
Es un lastre cognitivo, no solo político. Impide ver el país real: plurilingüe, plurinacional, conflictivo, heredero de un imperio colonial violento y de una guerra civil sin reparar. Sustituye la realidad por una fantasía de unidad eterna.
Mientras esa matriz siga viva, España no podrá ser plenamente democrática. Porque una democracia no se sostiene sobre el mito imperial ni sobre la sospecha hacia la diferencia, sino sobre el reconocimiento de la realidad y la garantía material de derechos.

I. Una nación construida contra sí misma

Hay nacionalismos que nacen de la afirmación serena de una comunidad política que quiere existir. El nacionalismo español no es uno de ellos. En su forma históricamente dominante —la única que ha tenido capacidad efectiva de organizar el Estado, la escuela, el ejército, la justicia y el imaginario público durante el último siglo y medio— es un nacionalismo de herida, de resentimiento y de sospecha. No nace del amor a un país plural y vivo: nace de la incapacidad de aceptar que el imperio se acabó y que España, sin él, es otra cosa.

Conviene desactivar de entrada una coartada habitual. Cuando se critica al nacionalismo español, alguien recuerda enseguida que también hubo españolismos liberales, republicanos, federales o democráticos. Es cierto que existieron. Pero fueron derrotados, marginados, perseguidos o reabsorbidos. La España que se construyó como Estado, la que llegó a los manuales escolares, la que entró en los cuarteles, la que se cantó en los himnos y la que aún hoy define el sentido común mediático no es la de Pi y Margall, Azaña o Besteiro. Es la de la Iglesia, el ejército africanista, la monarquía y el nacionalcatolicismo. Hablar del nacionalismo español como categoría histórica es hablar de esa tradición, no de las que perdieron.

Y conviene también formular bien el problema. La historiografía reciente —Ferran Archilés, Alejandro Quiroga— ha refutado la vieja tesis de que España no se nacionalizó. España sí se hizo nación: a través de la prensa, la cultura popular, el asociacionismo, las fiestas, la escuela, la religión y la vida local. El problema no fue la ausencia de nación. El problema fue cuál: una España nacionalizada desde el imperio perdido, la Iglesia, el ejército, la monarquía, la lengua castellana y la memoria de los vencedores. Una España nacionalizada contra sí misma, contra sus lenguas, contra sus territorios, contra sus clases populares y contra su propia pluralidad.

Durante siglos, la monarquía hispánica se pensó como potencia universal y brazo armado del catolicismo. Esa imagen sobrevivió mucho más que las condiciones materiales que la habían hecho posible. Cuando América se emancipó y cuando Cuba, Puerto Rico y Filipinas se perdieron definitivamente en 1898, la España oficial no elaboró esa derrota como tránsito hacia una nación moderna. La convirtió en trauma, y al trauma le siguió la doctrina: si España había caído, era porque alguien la había traicionado.

El nacionalismo español dominante no mira al futuro: mira hacia atrás. No imagina una España por construir; defiende una España supuestamente perdida. No parte del país real, sino de una fantasía de unidad, grandeza y misión histórica.

Esa es la raíz de su carácter reaccionario. No es una rigidez circunstancial ni un exceso retórico de algunos sectores: es su estructura interna. Un nacionalismo que se funda en una pérdida no asumida no puede ser otra cosa que defensivo, nervioso, susceptible. Toda crítica le parece traición. Toda diferencia le parece fractura. Toda memoria incómoda le parece ataque. No porque sus militantes sean particularmente cerrados, sino porque la matriz misma del proyecto no soporta la realidad.

El problema no es que España haya sido un imperio. El problema es que una parte sustancial del españolismo institucional sigue necesitando imaginarse como imperio para no aceptar lo que España es hoy: un país europeo, mediano, plurinacional y atravesado por una historia de violencia interna sin reparar.

II. El 98 y la doctrina de la decadencia

La pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898 fue mucho más que una derrota militar. Fue el momento en que España se vio obligada a aceptar, ante sí misma y ante el mundo, que ya no era una gran potencia. Pero esa aceptación no se hizo. Lo que quedaba bajo la retórica imperial era un país desigual, atrasado, política y económicamente periférico dentro de Europa, y las élites del Estado no estaban dispuestas a mirarlo así.

Conviene situar el 98 en su contexto sin convertir esa contextualización en coartada. España no fue la única nación europea que vivió a finales del XIX una crisis de prestigio: el Incidente de Fashoda de 1898 sacudió a Francia, la derrota italiana de Adua en 1896 cuestionó el orgullo colonial italiano, el Ultimátum británico a Portugal de 1890 erosionó la legitimidad de la monarquía portuguesa. Ismael Saz ha insistido en que la crisis española se inscribe en una gramática europea más amplia de ansiedad imperial y reacción antiliberal. Pero esa contextualización no atenúa el caso español: lo agrava. Porque mientras otras potencias supieron, con más o menos torpeza, reorganizar su autocomprensión, el españolismo dominante eligió la salida más estéril: convertir la decadencia en doctrina.

El 98 no inventó la angustia española por el declive —la monarquía imperial arrastraba esa conciencia desde hacía siglos— pero le dio forma moderna, pública y obsesiva. A partir de ese momento, la pregunta dejó de ser geopolítica y se volvió existencial. ¿Qué es España? ¿Por qué ha fracasado? ¿Quién la ha traicionado? Esa última pregunta es la decisiva. Porque cuando una nación se piensa como enferma, puede analizar las causas reales de su crisis o puede buscar culpables. El nacionalismo español dominante eligió lo segundo, y esa elección lo define hasta hoy.

No asumió que España necesitaba democratizarse, modernizar su economía, secularizar sus instituciones, integrar su pluralidad interna y abandonar la nostalgia imperial. Construyó, en cambio, una narrativa de decadencia provocada por enemigos internos: liberales, masones, separatistas, anticlericales, rojos, malos españoles. La patria no había fracasado por sus propias estructuras —el caciquismo, el atraso económico, el peso muerto de la Iglesia, la incapacidad del Estado liberal para integrar a las clases populares— sino porque había sido traicionada desde dentro. Esa narrativa es el corazón del nacionalismo español reaccionario, y no ha cambiado sustancialmente en más de un siglo.

Ese mecanismo permite que el nacionalismo español dominante se presente siempre como defensa, nunca como agresión. No impone: salva. No excluye: protege. Esa es la coartada perfecta de un nacionalismo que ha sido y sigue siendo el responsable de las exclusiones más graves del país.

III. La trampa de la regeneración

El regeneracionismo posterior al 98 ha sido a veces presentado como un impulso democrático fallido. Conviene matizarlo. Hubo en él, sí, voces que apuntaban en una dirección modernizadora: Joaquín Costa formuló en Oligarquía y caciquismo una denuncia demoledora del sistema canovista, y su diagnóstico sobre el divorcio entre la España oficial y la España real apuntaba a un problema estructural real. La fórmula "escuela y despensa" reclamaba modernización material: educación, reforma económica, ciudadanía. Pero ese filo democrático del regeneracionismo fue minoritario, fue derrotado y fue absorbido por algo mucho más oscuro: la idea de que España no necesitaba democratizarse sino purificarse.

La metáfora clínica resultó letal. Si la patria está enferma, alguien debe diagnosticarla y extirpar sus tumores. Si la política parlamentaria es lenta o decadente, siempre habrá un "cirujano de hierro" dispuesto a intervenir. Costa no puede reducirse a precursor del fascismo —sería una falsificación— pero el vocabulario regeneracionista dejó disponible una gramática de la curación nacional que las derechas autoritarias y las corrientes fascistizadas se apropiaron sin dificultad. Y esa gramática se impuso. No es casual que el siglo XX español esté marcado por dos dictaduras militares, una guerra civil ganada por los sublevados y cuarenta años de nacionalcatolicismo. No es casualidad: es la consecuencia política directa de una cultura nacional que decidió que sus problemas se resolvían extirpando enemigos, no ampliando derechos.

Ismael Saz ha mostrado cómo el nacionalismo fascista español, especialmente en Falange, combinó elementos revolucionarios y reaccionarios bajo la idea de una regeneración purificadora. La nación enferma ya no necesitaba reformas, sino una revolución nacional; la decadencia ya no exigía democracia, sino disciplina; la pluralidad ya no era un dato histórico, sino una amenaza contra la unidad de destino. El nacionalismo español reaccionario tomó de ese clima sus palabras clave —decadencia, enfermedad, regeneración, traición, anti-España— y con ellas construyó la gramática política que ha dominado el siglo XX español. Y que sigue activa.

IV. El imperio como prótesis emocional

El imperio español desapareció como realidad política, pero el nacionalismo español dominante no le permitió desaparecer como fantasía. Sobrevivió en la escuela, en la Iglesia, en el ejército, en los mapas, en los discursos del 12 de octubre, en la idea de misión civilizadora y en la obsesión por la unidad. España dejó de tener imperio, pero el españolismo institucional no dejó de necesitar una imaginación imperial. Y esa necesidad no es un detalle menor: es lo que hace que el nacionalismo español sea estructuralmente incapaz de pensar el país desde el presente.

Esa imaginación produce una relación enfermiza con la historia. No permite estudiarla: exige defenderla. No permite analizar la conquista: exige celebrarla. No permite comprender América como una historia compartida, conflictiva y desigual: exige que América reconozca una supuesta deuda civilizatoria. Cada debate sobre la colonización se convierte en una batalla emocional porque no es un debate histórico: es una operación de reparación identitaria.

En lugar de preguntarse qué fue realmente el imperio —cómo funcionó, a quién benefició, a quién destruyó, qué formas de violencia produjo— el nacionalismo español reaccionario responde con reflejos defensivos: otros fueron peores, la leyenda negra, llevamos universidades, no fue colonización sino mestizaje. Una nación segura de sí misma podría mirar su pasado sin necesitar absolverse a cada minuto, reconocer grandezas y crímenes a la vez, obras y saqueos, cultura y violencia. Una nación que necesita el imperio para sostener su autoestima presente no puede hacerlo, porque no busca verdad histórica: busca consuelo.

El imperio funciona como una prótesis emocional. Sirve para compensar la irrelevancia presente con una grandeza pasada. Y esa prótesis es exactamente lo que impide al país pensarse en serio.

Esa fantasía no quedó en retórica: se institucionalizó como pedagogía de Estado, especialmente bajo el franquismo. El Boletín Oficial del Estado permite seguirla: la creación del Consejo de la Hispanidad en 1940, la presencia del 12 de octubre como fiesta nacional en la normativa laboral de 1941, su formalización como Día de la Hispanidad en 1958. Como ha estudiado Zira Box, el régimen construyó una "España verdadera" vinculada a la edad de oro católica e imperial, contrapuesta a una España liberal, disgregadora y decadente. Carolyn Boyd mostró cómo la escuela presentó la Reconquista, los Reyes Católicos, los Austrias, la evangelización americana y la unidad religiosa como piezas providenciales destinadas a legitimar el orden establecido. El imperio dejó de ser pasado: se convirtió en argumento político permanente. Y ese argumento, en formas más diluidas, sigue activo cada 12 de octubre.

V. La anti-España: la pluralidad como amenaza

Cuando el imperio exterior se pierde, el nacionalismo herido busca nuevas fronteras que defender. Si ya no puede mandar fuera, intenta imponerse dentro. La España que ya no domina territorios ultramarinos necesita convencerse de que al menos conserva intacto su cuerpo nacional, y por eso cualquier diferencia interior se vuelve sospechosa. Las lenguas distintas, las identidades periféricas, los proyectos federales, el republicanismo, el laicismo, el movimiento obrero, el catalanismo, el nacionalismo vasco, el galleguismo o la memoria de los vencidos no aparecen como conflictos políticos legítimos ni como expresiones de una pluralidad histórica, sino como síntomas de descomposición. Como anti-España.

Esa categoría —la anti-España— es la pieza central del nacionalismo español reaccionario. Permite convertir cualquier disidencia interna en enemigo nacional. Permite que la mitad del país sea declarada extranjera dentro de su propio territorio. Permite que la pluralidad real, esa que ha existido siempre y que define al país, sea presentada como traición. No es un excedente retórico: es el dispositivo central que ha permitido al españolismo dominante mantener su hegemonía sin tener que enfrentarse al país real.

El nacionalismo español reaccionario no sabe —no quiere saber— distinguir entre crítica a España y odio a España, ni entre pluralidad y ruptura. Para él, España solo existe si es una, uniforme, jerárquica y obediente. Por eso su vocabulario es siempre dramático: ruptura, golpe, traición, amenaza, separatismo, destrucción de España. Necesita vivir en estado de excepción emocional permanente, necesita que España esté siempre al borde del abismo, porque solo esa percepción de emergencia justifica su autoritarismo de fondo.

El daño que esto ha hecho al país es estructural. Ha impedido pensar serenamente la pluralidad de España. España no es una nación simple. Nunca lo ha sido. Es una construcción histórica hecha de reinos, lenguas, territorios, fueros, memorias, centralizaciones, resistencias y pactos rotos. Pretender reducir esa complejidad a una única identidad castellano-céntrica, católica, imperial y monárquica no es defender España: es mutilarla. El españolismo reaccionario dice amar España, pero ama una versión empobrecida de ella —sin catalanes, sin vascos, sin republicanos, sin memoria obrera, sin pasado colonial, sin fosas comunes—. Ama una España limpia de todo aquello que obliga a pensar. Pero una nación que solo puede amarse amputada es una nación que no se conoce.

VI. El lastre: por qué España no se entiende

¿Ha perjudicado este nacionalismo a España? La respuesta no admite ambigüedad: sí, profundamente, y lo sigue haciendo. Conviene, eso sí, no caer en el simplismo opuesto. La España posterior a 1978 se democratizó, se europeizó, descentralizó el Estado, amplió derechos y vivió una transformación social evidente. La tesis no es que España siga siendo una dictadura. La tesis es que el nacionalismo dominante ha sido, y sigue siendo, el principal lastre que impide al país pensarse en su realidad efectiva.

Es un lastre cognitivo antes que político. Impide ver el país. Convierte cada dato incómodo en amenaza y cada realidad histórica en provocación. España es plurinacional, plurilingüe, profundamente desigual, heredera de un imperio colonial violento y de una guerra civil sin reparar; pero el nacionalismo español reaccionario necesita que sea simple, unitaria, católica de raíz, gloriosa en el pasado y armónica en el presente. Cada vez que la realidad y la fantasía chocan, gana la fantasía. Y el país paga el precio.

El precio concreto es múltiple. Ha hecho imposible una gestión democrática serena del pluralismo territorial: ha convertido las diferencias históricas en amenazas, ha confundido unidad con uniformidad, ha tratado las lenguas cooficiales como anomalías toleradas y no como parte constitutiva del país, ha leído el autogobierno como concesión sospechosa y ha presentado la descentralización como debilidad, cuando en realidad fue una de las condiciones de posibilidad de la democracia española.

Los datos del CIS son elocuentes sobre lo poco resuelto del problema. En los barómetros, durante momentos de fuerte tensión territorial, la preferencia por "un Estado con un único Gobierno central sin autonomías" llegó a situarse en torno a una quinta parte de la población: 21,9% en julio de 2012 y 20,3% en febrero de 2018. Si a esa opción se suma quienes prefieren reducir la autonomía de las comunidades autónomas, aparece un bloque recentralizador nada marginal. El centralismo no es una reliquia: es una reserva política activa, disponible para movilizarse cada vez que la matriz reaccionaria del españolismo se siente amenazada.

El centralismo no es una reliquia del pasado: es una reserva política disponible que la matriz reaccionaria del españolismo puede movilizar en cualquier crisis.
La memoria democrática choca con la idea de "anti-España" cada vez que alguien quiere abrir fosas, juzgar la dictadura o retirar símbolos franquistas. La memoria se convierte en amenaza, no en reparación.
La obsesión por la leyenda rosa impide una conversación histórica adulta sobre el imperio. Lo que debería ser estudio se convierte en operación de autoabsolución.
Millones de personas quedan simbólicamente expulsadas de una España presentada como propiedad de parte: la del cuartel, la misa, el rey, la conquista y la unidad obligatoria.

España no es una identidad única que se impone sin resistencia, pero tampoco es una convivencia plurinacional asumida. Es un campo de disputa permanente, una estructura de pertenencias superpuestas atravesada por desigualdades simbólicas, inercias centralistas y memorias enfrentadas. El nacionalismo español reaccionario no soporta esa complejidad: necesita simplificarla, necesita que la nación tenga una sola voz, una sola lengua simbólica, una sola memoria legítima y una sola autoridad interpretativa. Por eso choca permanentemente con la España real. Y por eso, mientras esa matriz siga organizando el sentido común mayoritario, España seguirá sin entenderse a sí misma.

Durante años se ha repetido que el problema de España son los nacionalismos periféricos. Es una operación deliberada de inversión. El nacionalismo con Estado, ejército, escuela, Iglesia, administración, policía, jueces, medios y capacidad de imponer su relato no es el catalán ni el vasco: es el español. Y precisamente por eso —por su acceso desigual a todos los resortes institucionales del país— su responsabilidad histórica es cualitativamente mayor, y su carácter reaccionario tiene consecuencias mucho más graves que las de cualquier otro nacionalismo del Estado.

El problema de España no ha sido que le hayan faltado patriotas. El problema es que le han sobrado patriotas incapaces de aceptar el país que decían amar.

El nacionalismo español dominante tuvo la posibilidad histórica de construir una nación integradora y eligió construir una nación vigilante. Pudo aceptar la pluralidad y prefirió sospechar de ella. Pudo democratizar la idea de patria y prefirió conservarla como propiedad de orden. Pudo mirar el imperio con madurez y prefirió convertirlo en consuelo. Pudo asumir la derrota y prefirió transformarla en resentimiento. Esa cadena de elecciones es lo que explica el lastre. No es mala suerte histórica: es una matriz reaccionaria operando durante más de un siglo.

España no podrá pensarse mientras este nacionalismo siga organizando su mirada

España no necesita más nostalgia imperial, ni más banderas como anestesia, ni más leyenda rosa contra la leyenda negra, ni más cruzadas contra enemigos interiores, ni más relatos de grandeza para tapar sus fracasos presentes. Y, en serio, no necesita seguir pensándose desde la matriz nacionalcatólica, centralista y militarizada que ha dominado su españolismo institucional durante más de un siglo. Esa matriz no es defendible: es el problema.

No basta con decir que España necesita menos nación. Esa salida es cómoda pero insuficiente. Toda democracia necesita algún tipo de comunidad política compartida. La cuestión es qué clase de comunidad: una fundada en la obediencia o en el pacto, en la memoria de los vencedores o en la reparación de los vencidos, en la lengua dominante o en el reconocimiento del plurilingüismo, en el imperio perdido o en la igualdad social, en la unidad como amenaza o en la convivencia como tarea.

Esa otra comunidad no podría fundarse en mitos de grandeza, agravios imperiales o esencias históricas sagradas. Tendría que fundarse en algo mucho más material: la capacidad de garantizar vida digna. Frente a la vieja nación mística, cabe imaginar un patriotismo del bienestar: una pertenencia política que se mida por la sanidad que protege, la escuela que iguala, la vivienda que garantiza, los cuidados que organiza y los derechos sociales que hace efectivos. Algunos discursos periféricos de autogobierno han entendido mejor esta dimensión: una comunidad política se legitima menos por la épica de sus símbolos que por su capacidad real para cuidar a quienes viven en ella.

Lo que España necesita es lo más difícil de todo: aprender a perder. Aceptar que fue imperio, que perdió, que colonizó, que reprimió. Aceptar que se nacionalizó, sí, pero mayoritariamente desde una matriz reaccionaria y contra su propia pluralidad. Aceptar que no hay una sola forma legítima de ser español y que una nación democrática no se construye defendiendo fantasmas, sino organizando convivencias.

Aprender a perder no significa odiarse. Significa madurar: dejar de necesitar una grandeza pasada para justificar el presente, abandonar la idea infantil de que toda crítica destruye la patria y comprender que una España democrática solo puede construirse desde la verdad, no desde la compensación emocional.

El nacionalismo español reaccionario —es decir, el españolismo dominante de los últimos ciento cincuenta años— no ama España. Ama una España imaginaria: imperial, unitaria, católica, obediente, castellana, masculina, militar, eterna. Ama una España que nunca existió del todo y que, cuando intentó existir, aplastó a demasiada gente. La España real es otra cosa: plural, conflictiva, mestiza, desigual, contradictoria, hecha de muchas memorias y muchas heridas. No necesita ser salvada por quienes la reducen a consigna. Necesita ser liberada de quienes la convirtieron en mausoleo.

Mientras el nacionalismo reaccionario siga organizando la mirada institucional sobre el país, España no podrá entenderse a sí misma. El verdadero patriotismo español empieza ahí: no en gritar más fuerte el nombre de España, sino en atreverse a mirarla sin fantasmas.

Nota: las referencias historiográficas y sociológicas movilizadas en este artículo (Archilés, Quiroga, Saz, Boyd, Box, De Nieves, Diz, Billig) corresponden a la producción académica reciente sobre nacionalización española, políticas de la memoria y sociología de la identidad nacional.

Comentarios

  1. Muy buen artículo. Me encanta este blog y tus reflexiones. Yo creo que en realidad nunca ha existido un nacionalismo español, porque no es más que un disfraz del nacionalismo castellano.

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  2. Muchas gracias. Me alegro de que te guste el blog. Efectivamente. Ese es un buen punto que no tuve en cuenta al escribirlo. No obstante, en todo el estado español hay nacionalistas castellanos o españoles. No solo en Castilla. Al tener un componente ideológico conservador, hay muchos nacionalistas por todo el territorio.

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