Todas las huelgas son políticas. La acusación de "huelga política" no es un argumento: es un mecanismo para desactivar el conflicto sin discutir sus causas.
El argumento parte de una premisa falsa
Cada vez que hay una huelga importante aparece la misma acusación: "esto es político". Se dice como si fuera una condena, como si bastara pronunciar esa palabra para deslegitimar la protesta. La huelga docente valenciana no ha sido una excepción.
El problema es que el argumento parte de una premisa falsa. No existe la huelga apolítica. Toda huelga es política porque toda huelga interrumpe el funcionamiento normal de una sociedad organizada sobre relaciones de poder.
El historiador E.P. Thompson lo formuló con claridad en La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963): la clase trabajadora no es una categoría económica pasiva, sino una relación que se constituye activamente a través del conflicto. Cuando los trabajadores se organizan y paran, no ejecutan un trámite laboral: ejercen un acto de conciencia política.
Muestran que lo que parecía funcionar de forma natural dependía, en realidad, de su trabajo. Y al mostrarlo, rompen la ficción de neutralidad.
La educación pública no es neutral
En el caso de la educación pública, esto resulta especialmente evidente. El profesorado valenciano no defiende únicamente una nómina. Defiende ratios razonables, recursos suficientes, condiciones laborales dignas. Reducir eso a maniobra partidista no aclara el conflicto: lo empobrece deliberadamente.
Porque la educación pública no es neutral. Es uno de los lugares donde una sociedad decide si la igualdad es algo más que una declaración de intenciones.
La acusación como mecanismo de desactivación
La acusación de "huelga política" funciona como mecanismo de desactivación. No discute las reivindicaciones. No pregunta si las aulas están saturadas, si las plantillas son suficientes, si los docentes han perdido poder adquisitivo. Desplaza el debate desde las condiciones materiales hacia la sospecha moral. Ya no se habla de lo que pasa en las aulas. Se habla de las supuestas intenciones ocultas de quienes protestan.
La hipocresía es llamativa. Gobernar la educación es político. Recortar o no recortar es político. Subir o congelar salarios es político. Esas decisiones, tomadas desde arriba, se presentan como gestión neutral. Cuando quienes sufren sus consecuencias se organizan, entonces sí aparece la palabra "política" como acusación.
Una huelga no inventa la grieta. La muestra.
Una huelga no inventa la grieta. La muestra. Y ese es su valor democrático. Una sociedad sin conflicto visible no es necesariamente una sociedad sana: a menudo es una sociedad donde el conflicto ha sido silenciado o privatizado. La huelga devuelve al espacio público lo que el poder preferiría mantener disperso e individualizado.
Lo que habría que explicar no es por qué una huelga es política. Lo que habría que explicar es por qué algunos consideran ilegítimo que los trabajadores hagan política cuando defienden sus condiciones de vida, pero perfectamente legítimo que los gobiernos hagan política cuando las empeoran.
La huelga no rompe la convivencia. Rompe una ficción: la de que todo va bien mientras quienes sostienen los servicios públicos aguantan en silencio.
Este artículo de opinión se apoya en el argumento de E.P. Thompson en La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963) sobre la conciencia política de la acción obrera organizada.



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