Israel ha ido demasiado lejos. Y los tertulianos que le siguen también. Hay un punto en que cometer crímenes y justificarlos se vuelven la misma cosa.
La maquinaria empieza a chirriar
La noticia no es que Pilar Rahola haya sido denunciada. La noticia es que cierto discurso que durante años funcionó como una forma de impunidad moral empieza a tener costes. Durante décadas, la defensa incondicional de Israel se presentó en Europa como una posición respetable, ilustrada, civilizatoria. No importaba demasiado el nivel de desproporción, ocupación, castigo colectivo o destrucción: siempre había una coartada disponible. Seguridad. Terrorismo. Antisemitismo. Derecho a defenderse. Complejidad del conflicto. Cualquier palabra servía para evitar la palabra central.
Ahora esa maquinaria empieza a chirriar.
La Fiscalía de Barcelona investiga a Pilar Rahola a raíz de una denuncia de la Organización Juvenil Socialista por presunta incitación al odio y complicidad con el genocidio. Conviene decirlo con precisión: investigar no es condenar, y el derecho penal debe manejarse con extrema prudencia cuando roza la libertad de expresión. No porque toda expresión sea inocente, sino porque un Estado que castiga opiniones con demasiada facilidad termina degradando el mismo espacio público que dice proteger. Pero tampoco conviene refugiarse en la trampa contraria: convertir esa prudencia en licencia para blanquear cualquier barbarie.
El problema no es una tertuliana
La denuncia contra Rahola se apoya en esa segunda idea. No afirma simplemente que la periodista piense mal, opine mal o se equivoque. Sostiene que sus intervenciones niegan, banalizan o justifican la violencia israelí contra la población palestina y que, al hacerlo, contribuyen a crear un marco mental de deshumanización. Ese es el núcleo político del asunto: no la ofensa, no el desacuerdo, no la indignación. La cuestión es si una figura mediática puede participar en la fabricación de un clima social donde unas víctimas dejan de contar como víctimas.
Y ahí el caso Rahola tiene valor más allá de Rahola.
Porque el problema no es una tertuliana. El problema es un ecosistema entero. Durante años, buena parte del periodismo occidental ha tratado la violencia israelí como una anomalía siempre explicable y la violencia palestina como una esencia siempre condenable. El israelí actúa, responde, se defiende, se equivoca, comete excesos. El palestino amenaza, odia, invade, se radicaliza, se reproduce como problema. Esa asimetría lingüística no es inocente.
Antes de que una población sea destruida materialmente, suele ser degradada simbólicamente. Primero se le retira complejidad. Luego se le retira inocencia. Finalmente se le retira humanidad.
La batalla por la palabra "genocidio"
Por eso el debate sobre Gaza no es solo un debate geopolítico. Es un debate sobre la estructura moral de Occidente. La pregunta no es únicamente qué hace Israel. La pregunta es qué necesita decir Occidente para seguir sosteniéndolo mientras mira las imágenes de Gaza. Qué palabras necesita usar. Qué palabras necesita prohibir. Qué muertos considera verificables. Qué muertos considera propaganda. Qué sufrimiento exige contexto. Qué sufrimiento le basta por sí mismo.
La palabra "genocidio" se ha convertido en el centro de esa batalla porque rompe el marco habitual. Mientras se habla de guerra, conflicto, ofensiva o respuesta militar, el relato puede seguir respirando: hay dos bandos, hay errores, hay excesos, hay tragedia. Pero cuando aparece la palabra genocidio, la comodidad moral desaparece. Ya no estamos ante un problema de proporcionalidad, sino ante la posible destrucción deliberada de un grupo humano. Por eso hay tanta resistencia a nombrarlo: no porque la palabra sea ligera, sino porque es insoportable.
Y sin embargo el debate ya no pertenece solo a militantes o activistas. Está en tribunales internacionales, informes de derechos humanos, organismos multilaterales y discusiones jurídicas de primer orden. Negar ese debate como si fuera una consigna extremista es, en sí mismo, una forma de propaganda.
El relato ya no tapa los escombros
Ahí se hunde una parte del viejo discurso proisraelí. Durante años vivió de una inversión moral perfecta: todo ataque contra Israel era antisemitismo; toda crítica radical era odio; toda solidaridad palestina era sospechosa. Ese mecanismo funcionó mientras la realidad podía administrarse. Pero Gaza ha producido un exceso de realidad. Demasiados muertos, demasiadas ruinas, demasiados niños, demasiada hambre, demasiada impunidad. Llega un momento en que el relato ya no tapa los escombros. Solo los señala.
La investigación a Rahola es síntoma de ese agotamiento. No una victoria penal —no sabemos si habrá delito—, ni una censura necesaria —el derecho penal no debe convertirse en sustituto del debate público—. Sino la señal de que la defensa automática de Israel ya no circula con la misma inmunidad. Lo que antes se presentaba como opinión incómoda empieza a ser leído como justificación de la barbarie. Y lo que antes se despachaba como antisemitismo empieza a aparecer como crítica política legítima ante una violencia insoportable.
Hay un principio elemental que el discurso proisraelí ha ignorado durante demasiado tiempo: quien sigue a un actor hasta el final de sus crímenes comparte algo de esos crímenes. Israel ha cruzado líneas que la comunidad internacional considera innegociables. Sus portavoces mediáticos las han cruzado con él, paso a paso, justificación a justificación. No existe una distancia moral segura desde la que aplaudir un genocidio. El tertuliano que normaliza la destrucción masiva de civiles no es un observador neutral que opina desde fuera: es parte de la infraestructura que hace posible que esa destrucción continúe sin coste político suficiente.
La propaganda decide qué cadáveres importan
Por eso hay que ser prudentes, pero no ingenuos. Prudentes para no pedir cárcel cada vez que alguien dice una barbaridad. No ingenuos porque las barbaridades dichas desde grandes altavoces no son ruido sin consecuencias. La propaganda no mata por sí sola, pero ayuda a que otros maten sin perder legitimidad. No dispara, pero prepara el oído. No firma órdenes militares, pero fabrica consentimiento.
Israel ha ido demasiado lejos. Eso ya no es una opinión discutible: es el juicio de los tribunales internacionales, de los relatores de la ONU, de las organizaciones de derechos humanos más rigurosas del mundo. Occidente puede alegar que no tiene forma de pararlo sobre el terreno. Es una excusa miserable, pero al menos es una excusa. Lo que no tiene excusa es no pararlo en el único terreno donde sí puede actuar: el debate público. Dejar que sus crímenes se justifiquen, se normalicen y se blanqueen en los medios de comunicación no es neutralidad. Es complicidad con lo que no se puede detener militarmente pero sí se puede condenar sin ambigüedad.
¿Cuántos muertos hacen falta para que defender lo indefendible deje de llamarse opinión? La cuestión de fondo no es si Pilar Rahola acabará ante un juez. Tal vez el caso se archive. Tal vez el recorrido penal sea escaso. Eso no agotaría el problema. Porque el verdadero juicio ya no es solo jurídico. Es político, moral y cultural.
Y en ese juicio no decide un tribunal. Decide qué cadáveres importan.




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