La derecha nacionalista española necesita la España que niega

La derecha nacionalista española necesita la España que niega
Análisis · Política · Nacionalismo español

La incapacidad de la derecha española para formar gobierno no es un problema aritmético ni táctico. Es el coste exacto de una ideología que sustituye el país real por una fantasía de unidad. Y el primer intoxicado por el nacionalismo español es quien lo administra.

En un vistazo
La tesis: La derecha nacionalista española necesita para gobernar a los partidos vascos y catalanes. Pero su ideología los declara ilegítimos. Esa contradicción no es táctica: es estructural.
La paradoja: PNV y Junts son, en términos económicos, más afines al PP que al PSOE. Votaron juntos contra el gravamen energético. Comparten diagnóstico fiscal y regulatorio. Pero esa mayoría conservadora queda bloqueada por el eje nacional.
La evidencia: En privado, el PP estudió la amnistía y exploró un indulto a Puigdemont. En público, los denunciaba como traición. No es hipocresía táctica: es una ideología que impide nombrar lo que se sabe.
Tres velocidades del mismo problema: El PP lo sabe pero no puede decirlo. Vox ni lo sabe ni quiere saberlo. Ayuso hace de correa de transmisión entre ambos. Los tres expresan la misma matriz: el nacionalismo español como lastre cognitivo que impide ver el país real.

La aritmética que no miente

En La toxicidad del nacionalismo español argumentaba que el españolismo dominante es ante todo un lastre cognitivo: no solo político, sino perceptivo. Impide ver el país real. Pues bien, cada vez que la derecha nacionalista española necesita una investidura, ese lastre se hace visible en tiempo real, con nombres, apellidos y actas del Congreso.

España no es el país homogéneo que imagina el nacionalismo español. Es un Estado compuesto, atravesado por realidades nacionales distintas, con lenguas, instituciones y sistemas de partidos propios. Esa España real aparece de manera brutal cada vez que hay que formar una mayoría parlamentaria. Y ahí se estrella el PP.

En septiembre de 2023, Feijóo fue rechazado en su investidura con 177 votos en contra frente a 172 a favor. Le faltaban el PNV, Junts, ERC, EH Bildu y el BNG: exactamente la España territorial que su ideología convierte en sospechosa era la España que necesitaba para llegar a La Moncloa.

Los aliados que no pueden ser aliados

Hay un dato que resume mejor que ningún argumento la situación. En las elecciones de julio de 2023, el PNV obtuvo un escaño por cada 55.156 votos. Junts, uno por cada 56.090. El PP necesitó 59.498. Los partidos que el españolismo declara ilegítimos son, matemáticamente, los más eficientes del sistema electoral español. La realidad no podría ser más explícita en su choque con el relato.

Y no es solo una cuestión numérica. En términos ideológicos convencionales, el PNV y Junts son más afines a la derecha española que al PSOE. El PNV es un partido conservador, empresarial, institucional. Junts representa un espacio liberal-conservador con una base social que no se reduce a la izquierda. En 2025 votaron juntos con el PP para tumbar el gravamen energético del Gobierno. El PNV criticó la regulación del alquiler con argumentos que cualquier diputado popular podría haber firmado. Existe, en el eje económico, una mayoría conservadora perfectamente operativa. Pero esa mayoría queda bloqueada en el momento en que aparece la cuestión nacional.

La razón es un espejo. PNV y Junts no pactan con el PSOE porque hayan descubierto una afinidad socialdemócrata. Pactan con él porque acepta una premisa básica: Cataluña y Euskadi son realidades políticas que exigen negociación, no provincias díscolas que hay que reconducir. Con el PP esa premisa no existe. Pero hay algo más: mientras el PP necesite los votos de Vox para construir su mayoría, los nacionalistas vascos y catalanes nunca le apoyarán. Y no porque sean irracionales. Sino porque Vox es exactamente lo que ellos combaten: la encarnación más pura y más agresiva del nacionalismo español que niega su existencia como pueblos.

El PP necesita a Vox para sumar mayoría suficiente. Pero mientras necesite a Vox, los nacionalistas periféricos nunca le votarán. Es una trampa sin salida fabricada por la propia derecha.
PNV y Junts no pueden apoyar un gobierno que depende de Vox: sería legitimar al partido que los declara ilegítimos y que quiere recentralizar el Estado que ellos representan.
La derecha nacionalista española se ha encerrado en un círculo imposible: necesita a quienes necesita para gobernar y necesita a quienes impiden que le gobiernen. Ambas necesidades son reales. Y son incompatibles.

Lo que el PP sabe en privado

Aquí está el núcleo del problema. Y no es hipocresía táctica: es la consecuencia directa del lastre cognitivo que describía en La toxicidad del nacionalismo español.

El PP —la expresión institucional de esa derecha— sabe cuál es la España real. Lo demuestra cada vez que actúa en privado. Según informaron RTVE y El País, durante las negociaciones previas a la investidura de Feijóo, emisarios del partido estudiaron durante 24 horas la viabilidad jurídica de una amnistía. El propio Feijóo se mostró abierto a estudiar un indulto condicionado a Puigdemont. Los negociadores populares llegaron a argumentar que "con el PP todo sería más fácil porque ellos controlan el Estado". El secretario general de Junts, Jordi Turull, advirtió que "si se supiera todo lo que se habló se liaría".

En público, la amnistía era una ruptura intolerable de España. En privado, se estudiaba su viabilidad. En público, cualquier pacto con el independentismo era traición. En privado, se exploraban fórmulas de entendimiento. Esto no es doblez política ordinaria. Es la señal exacta de una ideología que impide nombrar lo que se sabe.

El precedente de Aznar lo confirma por contraste. En 1996, el PP llegó a La Moncloa gracias al Pacto del Majestic con CiU, el PNV y Coalición Canaria. Cedió el 30% del IRPF a las comunidades autónomas, traspasó competencias de tráfico a los Mossos, suprimió el gobernador civil. El presidente del PNV, Xabier Arzalluz, declaró que había "conseguido más en 14 días con Aznar que en 13 años con Felipe González". Hubo una derecha española capaz de gobernar el país que existía. La diferencia es que entonces no necesitaba a Vox para sumar.

Vox: el lastre que el PP fabricó

Vox es la manifestación más pura del nacionalismo español tóxico: no lo disimula con lenguaje constitucional ni lo modera por conveniencia institucional. Donde el PP guarda sus convicciones para las negociaciones privadas, Vox las exhibe como programa. Y eso lo convierte en un lastre doble para la derecha española: primero, porque arrastra al PP hacia posiciones que cierran cualquier puente con la periferia; segundo, y más decisivo, porque su mera presencia en la ecuación hace imposible que los nacionalistas vascos y catalanes apoyen un gobierno que los necesita.

No es una cuestión de matices ni de ritmo negociador. Es una cuestión de legitimidad. El PNV y Junts no pueden votar a favor de un ejecutivo que depende de Vox sin contradecir la razón misma de su existencia. Sería como pedir a un sindicato que respalde un gobierno que necesita para sobrevivir a un partido que quiere ilegalizar los sindicatos. La aritmética es imposible no porque falten votos, sino porque los votos que sobran lo envenenan todo.

Vox no inventó el problema: es su versión sin filtros. Pero al existir como socio necesario del PP, cierra definitivamente la única salida que la derecha española tiene. Y el PP lo sabe. Por eso negoció en privado con Junts mientras los denunciaba en público. Por eso estudió la amnistía mientras la calificaba de golpe al Estado. Sabe que Vox es el candado de su propia trampa. Pero lo necesita para llegar a la llave.

El PP sabe que la España real es plural y actúa en consecuencia cuando nadie mira. Es el lastre con conciencia.
Vox ni lo sabe ni quiere saberlo: su identidad completa descansa en la negación. Es el lastre sin filtros. Y su presencia en la coalición hace imposible cualquier acuerdo con la periferia.
Ayuso es la correa de transmisión entre ambos: la cara presentable del mismo problema. Cuando abandonó la Conferencia de Presidentes de Barcelona al oír hablar euskera al lehendakari, no protestaba por la lengua. Declaraba que esa España le sobra.

El primer intoxicado

El bloqueo de la derecha española no es aritmético ni táctico. Es el coste exacto de lo que llamaba lastre cognitivo en La toxicidad del nacionalismo español: una ideología que sustituye el país real por una fantasía de unidad.

España no es ingobernable por ser plural. Se vuelve ingobernable para quienes niegan su pluralidad. El PP necesita a los nacionalistas vascos y catalanes para gobernar, pero necesita a Vox para sumar. Y mientras necesite a Vox, los nacionalistas nunca le votarán. No por capricho: porque Vox es exactamente lo que ellos son en el espejo, la versión sin disimulo del nacionalismo que los niega.

El primer intoxicado por el nacionalismo español no es la periferia. Es quien lo administra.

Mientras la derecha nacionalista española siga necesitando a quienes la bloquean para llegar al poder, y siga necesitando a quienes la bloquean para mantenerse en la oposición, la investidura fallida de 2023 no será una anomalía. Será el patrón.

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