Cuando la realidad contradice demasiado el relato, la propaganda ya no rectifica: declara falsa la realidad.
La coartada perfecta
Primero fueron los mensajes en X. No el análisis, no la duda razonable, no la discusión sobre cifras, propaganda estatal, coacción o manipulación visual. Algo más primario: "eso está hecho con IA". Ante las imágenes de multitudes en el funeral de Alí Jameneí, algunos encontraron una salida perfecta. Si la multitud contradice el relato, la multitud no existe.
Conviene empezar por ahí porque ese es el verdadero tema de fondo. No Irán, no Jameneí, ni siquiera el funeral en sí mismo. El tema es qué hace una propaganda cuando choca con una realidad que ya no puede absorber cómodamente. La propaganda sabe avanzar: exagerar, seleccionar, simplificar, repetir. Lo que no sabe hacer es volver. Cuando ha convertido una hipótesis en certeza moral y una certeza moral en reflejo automático, ya no tiene un camino limpio de retirada. No puede decir: nos equivocamos. Tiene que decir: la realidad está trucada.
Eso es lo que vuelve interesante el funeral de Jameneí. No porque pruebe la versión iraní ni convierta a la República Islámica en una democracia amada por su pueblo. No borra la represión, la fractura social ni el rechazo que una parte importante de los iraníes siente hacia el régimen. El funeral importa por otra razón: porque muestra los límites de la propaganda occidental sobre Irán.
Lo que pasó, según los hechos
Durante meses se ha instalado una imagen demasiado cómoda: Irán como carcasa vacía, como teocracia sin pueblo, sostenida únicamente por el miedo, esperando apenas un golpe externo para derrumbarse. Esa imagen contenía verdades parciales —Irán reprime, tiene oposición, vive una crisis profunda— pero una verdad parcial se convierte en mentira cuando se transforma en explicación total.
Jameneí fue asesinado el 28 de febrero de 2026 durante los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán. Su funeral público, aplazado por la guerra, comenzó en Teherán el 4 de julio y debe concluir con su entierro en Mashhad el 9 de julio, según informó Reuters a partir de medios estatales iraníes. La República Islámica organizó una semana de ceremonias por Teherán, Qom, Najaf, Kerbala y Mashhad, con voluntad evidente de convertir el duelo en una demostración política, religiosa y nacional, según recogió también la agencia.
Nada de eso obliga a creer la cifra máxima iraní ni a aceptar que cada asistente fuera un devoto espontáneo. Reuters señaló que las autoridades planearon movilizar a millones de personas ofreciendo transporte, comida y alojamiento. The Guardian describió la misma dimensión organizada: puestos de comida y refugio, símbolos del nuevo líder, himnos, consignas y un despliegue escénico diseñado para transmitir resistencia. Todo funeral de Estado es una operación de poder. Más aún en una teocracia militarizada, tras una guerra, con un líder asesinado por potencias extranjeras.
Pero reconocer eso no resuelve el problema. Lo desplaza. Una cosa es decir que el funeral fue organizado por el Estado y otra muy distinta decir que fue inexistente o puramente falso. Una cosa es advertir que la República Islámica usa la liturgia para producir legitimidad y otra negar que existan duelo, base social y capacidad estatal de movilización. El salto de una cosa a la otra ya no es análisis. Es defensa psíquica.
Muchos iraníes pueden querer reformas, pero no reformas impuestas por Estados Unidos o Israel. — The Guardian
Esa distinción, elemental, parece haberse olvidado en el imaginario occidental. Oponerse a un régimen no equivale a desear que lo bombardeen desde fuera. Criticar al poder propio no equivale a aceptar la humillación nacional.
Una cosa es que un régimen tenga contestación interna y otra muy distinta que esa contestación te quiera a ti. Es una lectura colonial en su estructura más profunda: convierte el dolor de una sociedad ajena en argumento para la propia intervención, como si todo iraní contrario al régimen fuera automáticamente proestadounidense o partidario de un bombardeo. Se confundió rechazo social con disponibilidad geopolítica, desgaste del régimen con colapso inmediato. Y cuando el funeral mostró algo más complejo —un régimen debilitado pero no vacío, una sociedad dividida pero no reducible a la caricatura occidental—, el relato no supo qué hacer.
La coartada de la IA
Por eso aparece la IA como coartada final.
Existen imágenes falsas, no hace falta negarlo. Un vídeo viral atribuido al funeral fue verificado como generado por IA por iVerify Pakistan y recogido por The Express Tribune, con anomalías visuales y ausencia de respaldo en medios creíbles. AFP verificó también un vídeo antiguo presentado falsamente como vinculado a la guerra, y Reuters comprobó que ciertas imágenes de Jameneí entre escombros eran sintéticas. El ecosistema visual está contaminado; sería ingenuo olvidarlo.
Pero que existan imágenes falsas no convierte un acontecimiento real en falso, igual que unos vídeos sintéticos no anulan la cobertura de agencias, corresponsales y fotografías verificables. La sospecha es necesaria cuando sirve para verificar. Se convierte en patología política cuando sirve para no pensar. Ahí está el síntoma: cuando la realidad visual contradice el relato, siempre queda decir que ha sido fabricada. Antes se decía que la multitud era manipulada; después, obligada; luego, cuatro fanáticos ampliados por la cámara. Ahora, cuando la imagen se vuelve demasiado masiva, aparece la fórmula definitiva: no existe, es IA. No es una prueba. Es el gesto de quien ya no discute la realidad, sino su derecho a existir.
El mecanismo: Arendt y Ellul
El "esto es IA" no es un reflejo nuevo, es la versión digital de un mecanismo ya descrito. Hannah Arendt advirtió que la operación más peligrosa de la política moderna no es la mentira burda, sino la degradación de la verdad factual hasta convertirla en una opinión más: el hecho deja de ser un límite común y pasa a ser un argumento intercambiable, disponible para el consumo ideológico de cada bando. Eso es exactamente lo que hace la etiqueta "generado por IA" aplicada sin verificar nada: no discute el hecho, lo reclasifica como una interpretación cualquiera, tan válida o inválida como convenga.
Jacques Ellul explica además por qué esa degradación funciona mejor con fragmentos reales que con mentiras enteras: la propaganda moderna no necesita inventar, le basta con insertar medias verdades y datos verídicos dentro de una máquina de orientación social que decide de antemano qué va a significar cada fragmento. Es justo lo que ya se ha visto aquí en las dos direcciones: la propaganda iraní inserta el dato real de la multitud en una máquina que lo convierte en unanimidad; la propaganda occidental inserta el dato real de la organización estatal en una máquina que lo convierte en inexistencia. Ninguna de las dos miente sobre el hecho suelto. Las dos deciden, antes de que el hecho aparezca, qué va a significar.
Esa es exactamente la trampa. Es verdad que Irán reprime, que el régimen organiza, que muchos iraníes lo detestan, que el funeral tiene una dimensión propagandística. Pero de ahí no se deduce que el régimen no tenga base social, ni que el duelo sea falso, ni que toda multitud sea un montaje. La propaganda no suele fracasar porque todo lo que dice sea falso. Fracasa porque convierte una parte de la realidad en la totalidad de la realidad. Y cuando esa totalidad fabricada se encuentra con aquello que había expulsado, aparece el cortocircuito.
En ese sentido el funeral funciona como lo Real lacaniano: no una verdad transparente y sin mediaciones, sino aquello que desborda la apariencia inmediata y no se deja reducir sin resto al orden simbólico. No el funeral como verdad absoluta, sino como resto que ninguna de las dos propagandas consigue digerir por completo.
Lo que el funeral no permite seguir diciendo
La propaganda iraní quiere codificarlo así: el pueblo está unido, el líder era amado, la República Islámica ha vencido moralmente. Es falso por exceso: no cancela la fractura social de Irán ni convierte la movilización en consentimiento democrático. La propaganda occidental quiere codificarlo de otra manera: todo es teatro, nadie llora de verdad, el régimen solo mueve cuerpos por miedo. Es falso por defecto: no permite seguir fingiendo que la República Islámica es una máscara sin pueblo, sin fervor religioso, sin nacionalismo persa, sin memoria histórica.
El funeral rompe las dos codificaciones. No prueba que Irán sea una nación unida: prueba que no era una nación vacía.
No prueba que el régimen tenga legitimidad plena: prueba que conserva la suficiente para movilizar, resistir y convertir una derrota en liturgia. No prueba que la multitud sea libre: prueba que no puede reducirse sin más a simulacro.
Y eso era precisamente lo que una parte del relato occidental no podía aceptar.
Lo que Washington y Tel Aviv no controlaban
Porque el funeral fue imposible, pero no en el sentido empírico: ocurrió, fue cubierto, fue recorrido por multitudes, consignas y fervor. Fue imposible para el mapa mental que necesitaba ver en Irán un régimen al borde de la evaporación, para quienes habían confundido el deseo de que el régimen cayera con el análisis de sus condiciones reales de caída.
El asesinato de Jameneí podía matar a Jameneí. No podía decidir por adelantado qué significaría su muerte dentro de Irán. Washington y Tel Aviv podían golpear la cúpula, destruir infraestructura, abrir una crisis sucesoria. Pero no podían controlar el modo en que una sociedad bombardeada iba a procesar esa muerte, ni impedir que el líder asesinado se convirtiera en mártir para sus bases, ni que ciudadanos críticos con el régimen vieran, al mismo tiempo, una agresión contra su país.
El nacionalismo no desaparece porque a Occidente le incomode. El antiamericanismo no desaparece cuando Estados Unidos bombardea: se alimenta. Y los Estados, incluso los agotados, incluso los represivos, pueden seguir teniendo músculo cuando se los declara prematuramente cadáveres.
La palabra "real" aquí no significa inocente. Significa obstinado. La realidad no viene limpia, no se presenta sin manipulación ni encuadre, pero tiene una cualidad que la propaganda detesta: no siempre se deja administrar. A veces obliga a mirar una contradicción que el relato no tenía prevista.
Por eso algunos necesitan decir que las multitudes son IA. Porque si la multitud existe, hay que pensar. Si no existe, basta con seguir creyendo. El problema de la propaganda no es solo que mienta sobre el mundo: es que crea sujetos incapaces de regresar a él cuando deja de comportarse como estaba prometido. Si hay poca gente, el régimen está acabado. Si hay mucha, son obligados. Si las imágenes son masivas, son falsas. Ese es el punto en el que la propaganda deja de funcionar como relato político y empieza a funcionar como un sistema cerrado en el que ninguna prueba externa puede modificar la creencia interna.
El funeral de Jameneí ha sido uno de esos límites. La propaganda iraní intentará convertirlo en unanimidad nacional; la occidental, en teatro o simulacro digital. Pero el acontecimiento conserva un resto. Hubo Estado, liturgia, miedo, fervor, logística, duelo, propaganda, nacionalismo, multitudes. Hubo falsificaciones circulando en redes, sí, pero también hubo un funeral real que no encajaba en la comodidad del relato occidental.
El amo no necesita entender
La conclusión no es que Irán tenga razón. La conclusión es más incómoda: Occidente no entendió Irán porque no quiso entenderlo.
Hegel describió esa posición mejor que nadie en la dialéctica del amo y el esclavo. El amo no necesita comprender al esclavo: le basta con que obedezca. Comprender exige reconocer al otro como una conciencia autónoma, con su propia lógica interna y su propia historia. El amo no se plantea esa pregunta porque no le hace falta: le basta con ordenar, manejar, extraer, satisfacer su necesidad. La comprensión solo se vuelve urgente cuando el otro deja de obedecer, y ni siquiera entonces se busca entenderlo: se busca someterlo otra vez.
Eso es lo que le ha pasado a Occidente con Irán. No ha fallado un diagnóstico técnico. Ha fallado una disposición. Nunca hizo falta entender a fondo una sociedad a la que solo se pensaba administrar, presionar o corregir desde fuera. El error no fue de análisis, fue de posición: se puede tener toda la inteligencia analítica del mundo y seguir sin entender nada si de partida no se concede al otro el estatuto de sujeto que hay que comprender en sus propios términos, y no en los de la propia utilidad.
No entendió que una sociedad puede odiar a su gobierno y defender su soberanía al mismo tiempo. No entendió que la contestación interna a un régimen enemigo no convierte a esa sociedad en aliada propia. No entendió que un régimen desgastado puede seguir teniendo base, ni que matar a un líder no equivale a matar una estructura. No entendió, sobre todo, que la propaganda más peligrosa no es la del enemigo, sino la propia, porque es la que se confunde con sentido común.
No podían existir. Pero existían.
Jameneí fue asesinado. El régimen no cayó. Y ante la imagen de las multitudes, algunos eligieron la explicación más cómoda: no podían existir.
Pero existían. Y esa existencia, impura, organizada y políticamente incómoda, es precisamente el límite contra el que se estrella toda propaganda cuando ha viajado demasiado lejos de la realidad.





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