Información de parte y polarización: por qué el voto ha dejado de hacer lo que se supone que hace
Este fin de semana, mientras Madrid y Ávila ardían y decenas de miles de personas eran evacuadas o confinadas en sus casas, una parte de las redes ya tenía culpable antes de que se apagara el primer foco: el Gobierno. Daba igual que la prevención y la extinción de incendios forestales sean competencia autonómica, o que el Ejecutivo central solo entrara en escena al declararse la emergencia de interés nacional. El bloque de cada uno ya sabía a quién señalar. No hacía falta consultar el reparto competencial: bastaba con recordar de qué lado se está.
No es un despiste puntual sobre cómo se organiza el Estado. Es un síntoma. La teoría democrática presupone un ciudadano que forma su juicio a partir de los hechos y lo dirige contra quien realmente ha fallado. Ese ciudadano cada vez existe menos. Puede que no haya existido nunca del todo — pero esa es una discusión que no hace falta zanjar aquí. Lo que importa es que hoy, ahora, el ideal que legitima el voto no se cumple.
La democracia se ha convertido en uno de los grandes dogmas de nuestra época. Se puede criticar a un gobierno, a un partido, a los jueces, a los medios o al conjunto de la clase política. Lo que resulta mucho más difícil es cuestionar la democracia como sistema. En cuanto alguien lo intenta, aparece la frase atribuida a Churchill: es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás. Se repite como una demostración, aunque no demuestra nada. Es una forma elegante de cerrar el debate antes de que empiece.
El problema no es comparar la democracia con sus alternativas. El problema es confundir la democracia ideal con la que realmente tenemos. La primera supone ciudadanos que reciben información fiable, comparan alternativas y usan el voto para premiar o castigar. La segunda funciona sobre un espacio informativo contaminado por intereses, y sobre una ciudadanía dividida en bloques que juzgan al adversario con una severidad que jamás aplican a los suyos.
El voto empieza antes de la urna
El relato ideal es sencillo: el ciudadano recibe información, analiza propuestas, forma una opinión y elige. El resultado tiene legitimidad porque expresa una voluntad libremente formada.
Pero el voto no empieza en la urna. Empieza mucho antes. Steven Lukes, sociólogo y teórico político, explicó en Power: A Radical View que el poder no se limita a ganar decisiones visibles. Consiste también en determinar qué asuntos llegan a discutirse, y en moldear cómo las personas perciben sus propios intereses antes de que tengan que pronunciarse sobre nada. El poder más eficaz no es el que fuerza a alguien a votar contra su voluntad. Es el que interviene antes, en la formación de esa voluntad.
La mayoría de los ciudadanos no ha estado presente en la negociación, en el consejo de administración ni en la reunión ministerial sobre la que debe pronunciarse. Su conocimiento está mediado por periódicos, televisiones, plataformas, portavoces y algoritmos.
No votamos sobre la realidad. Votamos sobre una representación de la realidad.
Y esa representación no se produce en condiciones de igualdad: un ciudadano puede publicar un mensaje; un gran grupo mediático puede decidir durante semanas qué abre los informativos, qué interpretación se repite y qué preguntas nunca se formulan. Formalmente, los dos tienen libertad de expresión. Materialmente, uno emite una opinión y el otro fabrica un clima.
Esto no es nuevo — el economista y politólogo Joseph Schumpeter ya redujo, en Capitalism, Socialism and Democracy, la democracia a un mero procedimiento de selección de gobernantes por competencia electoral, sin pretensión de que exprese una voluntad popular sustantiva. Puede que tuviera razón sobre lo que la democracia siempre fue capaz de dar. Lo que aquí importa es que incluso esa versión minimalista exige que el procedimiento no esté capturado antes de empezar. Y hoy lo está.
La información de parte
Esa captura previa no es un concepto abstracto. Tiene un canal concreto: la información con la que cada ciudadano llega al momento de votar.
Hablar de información neutral no exige un imposible: una información sin punto de vista. Exige algo más modesto: hechos verificables, separación reconocible entre información y opinión, pluralidad de interpretaciones y posibilidad real de contrastar lo que se afirma.
El economista Edward Herman y el lingüista y analista político Noam Chomsky explicaron en Manufacturing Consent que los medios no necesitan recibir órdenes ni participar en una conspiración para reproducir determinados intereses. La propiedad empresarial, la dependencia publicitaria y el acceso privilegiado a fuentes institucionales actúan como filtros que condicionan qué se publica y cómo se interpreta. El resultado no tiene que ser una mentira. Puede ser algo más eficaz: una visión parcial presentada como si fuera la totalidad.
Una manifestación puede llamarse protesta democrática o alteración del orden público. Un recorte puede llamarse austeridad o responsabilidad fiscal. Las palabras organizan políticamente los hechos antes de que el ciudadano pueda valorarlos.
Las plataformas digitales han añadido un nivel más. El físico computacional Matteo Cinelli y su equipo analizaron, en un estudio publicado en PNAS, más de cien millones de contenidos en redes sociales y comprobaron que la interacción entre preferencias del usuario, estructura de red y sistemas de recomendación favorece comunidades informativas ideológicamente afines. El algoritmo no inventa la polarización, pero premia la confirmación y la indignación, y mantiene a cada usuario dentro de la misma visión del mundo.
Nunca hemos tenido acceso a tanta información y nunca ha sido tan difícil construir una realidad compartida. Cada bloque tiene sus medios, sus expertos, sus datos, sus víctimas y sus culpables. Ya no se discute sobre distintas interpretaciones de los mismos hechos. Se habitan realidades incompatibles.
La polarización destruye el voto responsable
Esa fragmentación de la realidad no solo dificulta el acuerdo. Alimenta directamente el segundo fallo, el que rompe la otra condición que la democracia necesita: la capacidad de votar con responsabilidad.
Un voto responsable no es el que coincide con la propia posición política. Es el que conserva la capacidad de dudar, contrastar, cambiar de opinión y juzgar al propio bloque con el mismo rigor que al contrario. Es el que puede castigar la corrupción o la incompetencia aunque vengan de los que consideramos más próximos.
La polarización destruye precisamente esa capacidad. Los politólogos Shanto Iyengar, Gaurav Sood y Yphtach Lelkes llamaron polarización afectiva, en su artículo Affect, Not Ideology, al proceso por el que el desacuerdo político deja de ser una discrepancia sobre programas y se convierte en hostilidad hacia quienes pertenecen al otro bloque. El adversario ya no está equivocado: es moralmente inferior. Los politólogos Alan Abramowitz y Steven Webster han descrito, en The Rise of Negative Partisanship, el auge del partidismo negativo, una identificación sostenida no por el entusiasmo hacia el propio bando sino por el rechazo al contrario. El votante no necesita creer que su alternativa es buena. Le basta con pensar que la otra sería insoportable.
La pregunta relevante no fue qué administración tiene la competencia, sino de qué lado estaba cada uno antes de que empezara a arder el monte.
Cuando el adversario se convierte en enemigo, cualquier crítica al propio bando parece una traición, y exigir responsabilidades pasa a ser sospechoso. El ciudadano deja de preguntarse qué se ha hecho bien o mal. Empieza a preguntarse qué pasaría si gana el otro.
Cuando desaparece la rendición de cuentas
Esa sustitución del juicio por la identidad tiene una consecuencia muy concreta, más allá de lo emocional: desaparece la rendición de cuentas.
La democracia presupone que el voto sirve para premiar la buena gestión y castigar la corrupción, la incompetencia o el incumplimiento. La polarización afectiva rompe ese mecanismo. El politólogo Andrew Eggers estudió, en Partisanship and Electoral Accountability: Evidence from the UK Expenses Scandal, el escándalo de los gastos parlamentarios británicos de 2009 y comprobó que cuanta más importancia daban los electores al control partidista del gobierno, menos dispuestos estaban a castigar las conductas indebidas de los representantes de su propio partido.
Un ciudadano así de polarizado es extraordinariamente cómodo para quien gobierna: ya no necesita ofrecer resultados. Le basta con mantener vivo el miedo al otro bloque.
La cáscara que queda
El resultado de estos dos fallos combinados —información capturada y ciudadanía incapaz de romper la disciplina de bloque— ya tiene nombre. El sociólogo y politólogo Colin Crouch acuñó, en su libro Post-Democracy, el término posdemocracia para describir exactamente esto: un sistema en el que las elecciones se siguen celebrando, los partidos compiten, los medios debaten y los ciudadanos votan — pero donde el contenido sustantivo que debía dar sentido a todo ese ritual se ha vaciado. La cáscara procedimental sobrevive. Lo que la llenaba, no.
No hace falta demostrar que hubo una edad de oro en la que la información era limpia y el ciudadano medio deliberaba con autonomía perfecta. Puede que ese ciudadano nunca haya existido tal como lo describe la teoría democrática clásica. Lo único que hace falta demostrar —y la desinformación, la polarización y el episodio de este fin de semana lo demuestran sobradamente— es que el ideal regulativo que legitima el voto no se aplica ahora.
La coartada no la sostiene nadie en particular. La sostiene el propio procedimiento: basta con que haya urnas para que se dé por hecho que hay soberanía popular.
Votar no es inútil — puede derribar gobiernos, bloquear proyectos, sancionar excesos. Pero la existencia de una papeleta no demuestra que detrás de ella haya una voluntad formada con autonomía.
Y sin información limpia y sin ciudadanos capaces de romper la disciplina de bloque —ni siquiera para repartir bien la culpa de un incendio— el procedimiento sobrevive mientras la democracia que se invoca para legitimarlo sigue sin existir en ningún sitio.




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