Rusia avanza despacio y sin arriesgar por todo el frente; Ucrania se retira al mismo ritmo y solo contraataca cuando el peligro se vuelve operativo. Pero cada contraataque que penetra queda expuesto en un saliente que Rusia acaba cerrando por los flancos —como en Kursk—, y el ciclo se repite en otro punto de los mil kilómetros de línea. Ese mecanismo, no la falta de recursos, es la razón de que Ucrania no pueda ganar.
El método ruso: presión constante, sin arriesgar
Rusia no busca la ruptura limpia. No concentra una fuerza decisiva en un punto para intentar un avance rápido y profundo. Avanza despacio y por todo el frente a la vez, penetrando allí donde encuentra a Ucrania más débil, y manteniendo la presión en el resto de sectores aunque no consiga avanzar en ellos. No es una debilidad de su modelo: es la forma que ha elegido porque le basta. Rusia no necesita romper el frente para ganar. Le basta con que, tarde o temprano, alguna parte de esa presión constante encuentre una grieta.
Ese es el motivo de que el avance ruso sea tan lento como muestran los datos: el CSIS calcula que entre Avdiivka y Pokrovsk, entre febrero de 2024 y enero de 2026, Rusia avanzó una media de 70 metros diarios; en Kostiantynivka, 50. No es lentitud por incapacidad. Es lentitud por diseño: Rusia no arriesga masa allí donde el coste sería alto, y prefiere desplazar la presión hacia donde encuentra menos resistencia antes que forzar una ruptura cara.
Reuters describía en junio de 2026 la presión rusa sobre Kostiantynivka como una combinación de infiltraciones de pequeñas unidades, drones, artillería y bombas guiadas, junto con presión constante sobre las rutas logísticas ucranianas. No es la imagen de una gran ofensiva mecanizada buscando la ruptura. Es exactamente el método descrito: unidades pequeñas, bajo riesgo, desgastando la retaguardia antes que la línea.
El método ucraniano: retirada al mismo ritmo, contraataque solo si hay peligro operativo
Esa lógica defensiva no es una elección libre de Ucrania. Es la consecuencia directa de que Rusia mantiene la iniciativa estratégica desde 2023, tal y como señalé en el artículo de mayo. Quien no tiene la iniciativa no decide dónde ni cuándo se combate: solo puede reaccionar a lo que el otro bando decide hacer. Por eso Ucrania responde con el espejo de la lógica rusa, no porque sea la estrategia que elegiría en otras condiciones. Se retira aproximadamente al mismo ritmo al que Rusia avanza, sin gastar reservas en sostener posiciones que no son decisivas. Solo contraataca cuando una penetración rusa deja de ser un problema táctico local y empieza a amenazar algo operativo: una vía de suministro, un saliente propio que podría quedar cortado, un sector cuya pérdida abriría una brecha mayor.
El problema no es esa lógica defensiva en sí misma —es razonable, y probablemente la única sostenible con los recursos disponibles—. El problema es lo que ocurre cuando esos contraataques se ponen en marcha.
Por qué el contraataque ucraniano nunca se convierte en ruptura
Un contraataque ucraniano penetra, a veces con fuerza, en el sector donde Rusia se había extendido más de la cuenta. Pero se detiene siempre antes de convertirse en explotación operativa, porque esa explotación exigiría algo que Ucrania no tiene: reservas de segunda oleada, superioridad aérea o cobertura suficiente para proteger los flancos de un avance profundo en un campo de batalla dominado por drones y vigilancia constante. El resultado es mecánico: las fuerzas ucranianas quedan detenidas dentro de un saliente, con los flancos expuestos, mientras Rusia —que no necesita responder de inmediato porque no está en riesgo de colapso— reorganiza la presión sobre esos mismos flancos hasta cerrarlos.
El caso más claro de este patrón es Kursk. En agosto de 2024, Ucrania lanzó una incursión que llegó a ocupar unos 1.000 kilómetros cuadrados de territorio ruso en su primera semana.
Kursk no fue un error puntual de mando. Fue la demostración, a gran escala, de un patrón que se repite en miniatura en cada sector del frente desde 2023: penetrar es posible; sostener el saliente resultante, no.
Se puede ganar una batalla dentro de este esquema. No se puede ganar la guerra dentro de él.
El segundo efecto: cada contraataque abre una puerta en otro sitio
Hay una segunda consecuencia, menos comentada, de este mecanismo: cuando Ucrania concentra fuerzas para sostener un contraataque en un sector, inevitablemente adelgaza su atención y sus reservas en otro. Y Rusia, que vigila todo el frente sin prisa, aprovecha exactamente esa ventana.
El ejemplo más reciente es de junio de 2026. Según el análisis de ISW procesado por AFP, el frente permaneció prácticamente congelado ese mes.
No es casualidad de calendario: es el mismo patrón de siempre. Ucrania empuja donde puede permitírselo —el sur—, y Rusia responde no allí, sino en otro punto de un frente de mil kilómetros donde encuentra menos resistencia.
La conclusión no ha cambiado
Este es el mecanismo que hace que la resistencia ucraniana, por real y por costosa que sea para Rusia, no se traduzca en una vía hacia la victoria. No es un problema de que falten drones, ni de que el presupuesto ruso sufra, ni de cuántos hombres pierda cada bando. Es un problema de método: Rusia presiona sin arriesgar, en todo el frente, de forma paciente; Ucrania solo puede responder localmente, y cada vez que lo hace con éxito, crea un saliente que tarde o temprano queda flanqueado, o descubre un flanco propio en otro sitio del frente que Rusia no tarda en explotar.
Mientras ese mecanismo siga siendo la forma en la que se libra la guerra, ninguna cantidad de contraataques locales exitosos revierte la dirección general del conflicto.
Ucrania no puede ganar. Y ahora sabemos, con más detalle que en mayo, por qué: no es una cuestión de recursos que se agotan, es una cuestión de que el mecanismo con el que se libra esta guerra no tiene una salida operativa para Ucrania mientras siga siendo este.




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