La guerra de desgaste no se libra solo en el frente, donde Ucrania lleva la peor parte: se libra también en la capacidad de Europa para seguir pagando una factura que crece más rápido de lo previsto y, hasta ahora, sin límite.
Una guerra que ya no se decide en el frente
Antes de que la Unión Europea haya desembolsado ni la mitad del préstamo récord que aprobó en abril, Ucrania ya pide más dinero. Es un síntoma de algo más profundo. En una guerra de desgaste que no se decide en el frente, y en medio de una crisis económica global, la pregunta ya no es solo por qué apoya Europa a Ucrania: es cuánto tiempo puede permitírselo.
Una guerra de desgaste no se gana necesariamente en el campo de batalla: se gana, o se pierde, cuando a uno de los bandos se le acaba la capacidad de sostener el coste de seguir. Ucrania no tiene los soldados, las armas ni la capacidad industrial para expulsar a Rusia de los territorios que ocupa, y el frente apenas se mueve a favor de Ucrania pese al gasto sin fin. Su resistencia depende cada vez más de lo que Europa esté dispuesta, y sea capaz, de pagar.
La factura ya pagada
Desde 2022, la Unión Europea y sus Estados miembros han movilizado más de 220.000 millones de euros entre ayuda financiera, militar y humanitaria y acogida de refugiados, según el Consejo de la UE. Buena parte de esa cifra ya está gastada sin remedio: armas consumidas, subvenciones entregadas, ayuda humanitaria repartida. No es un fondo del que tirar; es una factura que ya se ha pagado y que sigue creciendo.
El caso más revelador es el préstamo de 90.000 millones que el Consejo aprobó en abril de 2026 para cubrir las necesidades presupuestarias y militares de Ucrania en 2026 y 2027.
Es una cifra difícil de imaginar: equivale, ella sola, a casi la mitad de todo el presupuesto anual de la Unión Europea para 2026, 192.800 millones de euros.
Un préstamo que no se va a cobrar
La Comisión Europea consigue ese dinero endeudándose en los mercados, y el presupuesto comunitario avala su devolución. Ucrania solo tendrá que reembolsarlo cuando Rusia pague las reparaciones de guerra, un escenario que hoy nadie da por probable. En la práctica, y si Rusia no pierde, cada tramo que Bruselas aprueba no es un préstamo que vaya a recuperar: es gasto real que se queda en las cuentas de la Unión.
El síntoma de esta semana
Y ese gasto no deja de crecer. Pese a que apenas se ha desembolsado una cuarta parte de lo reservado para este año, Kiev ya pide más, y reconoce un agujero en su Ministerio de Defensa que se ha disparado en cuestión de semanas sin explicación clara.
Por primera vez, Bruselas ha empezado a frenar. La Comisión exige un desglose detallado de ese gasto y el cumplimiento de las reformas anticorrupción pactadas antes de soltar más dinero. El comisario de Economía, Valdis Dombrovskis, ha advertido de que adelantar pagos podría agotar la asistencia disponible ya el año que viene: la primera vez que la propia Comisión reconoce, en público, que el grifo tiene un límite.
Una economía sin margen
Cuanto más se prolongue esta dinámica sin resultados en el frente, mayor será la pérdida que se acumula: si la guerra termina sin que Rusia pague las reparaciones prometidas, todo lo desembolsado hasta entonces se dará por perdido de golpe, y no es lo mismo perder lo de hoy que perder, además, lo de dos años más de nuevos tramos.
Ese límite se acerca, además, en mal momento. La deuda de la eurozona rondará ya el 90 % del PIB en 2026, camino del 91,2 % en 2027, niveles que igualan los de la crisis del euro y la pandemia, aunque la Comisión atribuye la subida a la crisis energética de Oriente Medio, no a Ucrania. Sobre una base ya tan tensionada, cada tramo adicional pesa más de lo que pesaría en una economía sana.
Cada tramo adicional, además, es un pasivo que las agencias de calificación observan al evaluar la solidez de la deuda comunitaria y la de los socios más comprometidos con Kiev, con el riesgo de que suba el coste al que la propia Europa se financia. No hace falta que Ucrania pierda la guerra para que esa factura se note: basta con seguir pagándola.
Un crimen sin fecha de caducidad
La pregunta, entonces, no es solo cuánto ha gastado ya Europa, sino cuánto más puede gastar antes de que la aritmética se imponga sobre la voluntad política.
Ucrania sigue sin poder ganar esta guerra, y mientras Bruselas calcula cuánto puede permitirse seguir pagándola, son los ucranianos quienes pagan con vidas la diferencia entre lo prometido y lo financiable.
El día que el dinero no llegue, la decisión no se habrá tomado en el frente.




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