Occidente sostiene una guerra que Ucrania no puede ganar, y ante el agotamiento humano no rectifica su estrategia: amplía, generación tras generación, la población sacrificable.
Occidente lleva años prometiendo que apoyará a Ucrania «durante el tiempo que sea necesario». Hoy comenzamos a comprender el verdadero significado de esa frase. No se trata de sostener a Ucrania hasta que pueda vencer, porque Ucrania no puede ganar esta guerra. Se trata de prolongarla el tiempo que haga falta para que Estados Unidos y Europa no tengan que reconocer el fracaso de su estrategia.
Ucrania no dispone de una reserva demográfica comparable a la rusa ni de capacidad industrial para sostener indefinidamente una guerra de desgaste. Occidente tampoco intervendrá directamente, porque una confrontación entre la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y Rusia podría desembocar en una guerra nuclear.
La conclusión debería ser poner fin a la guerra. En cambio, los dirigentes occidentales prefieren que Ucrania se destruya a sí misma antes que reconocer su derrota. El problema, para ellos, nunca es la guerra. El problema son los ucranianos que faltan para continuarla.
Encontrar nuevos cuerpos
El agotamiento humano ya no puede ocultarse. Según Le Monde, la edad media de los soldados ucranianos rondaba los 43 años. En abril de 2024, el Parlamento eliminó la posibilidad de abandonar el Ejército tras 36 meses de servicio; The Guardian explicó que la cláusula se retiró a petición del mando militar porque no había suficientes reemplazos. Ucrania necesita nuevos soldados y ni siquiera puede permitir que regresen quienes llevan años combatiendo.
Washington no interpretó esto como una alarma, sino como una carencia que cubrir. Reuters informó en noviembre de 2024 de que la Administración estadounidense reclamaba a Kiev que rebajara de 25 a 18 años la edad de movilización. El asesor de Seguridad Nacional Jake Sullivan había declarado en PBS que la relación más directa entre los recursos disponibles y el comportamiento de Ucrania en el frente se encontraba en «la movilización y los recursos humanos». No fue una voz aislada: el asesor Mike Waltz y el senador Lindsey Graham reclamaron públicamente lo mismo.
Kiev se resistió. El Parlamento ucraniano bajó el umbral de 27 a 25 años en la primavera de 2024, pero Zelenski se negó a seguir bajando hasta los 18. Esa generación es demográficamente muy reducida y resulta imprescindible para el futuro del país: sacrificarla supondría destruir la parte de la población que debería reconstruir Ucrania.
Cuando faltan hombres maduros, Washington reclama a los más jóvenes. Y cuando Ucrania intenta preservarlos para poder seguir existiendo, empieza a insinuarse el siguiente paso.
Hasta la última mujer
Todavía no existe una orden para imponer el reclutamiento femenino. Pero la posibilidad ya ha entrado en el debate público, y los grandes cambios políticos siempre empiezan haciendo aceptable lo que antes parecía impensable.
Ben Hodges, antiguo comandante del Ejército estadounidense en Europa, defiende para Ucrania un modelo de «defensa total»: en una entrevista con Hromadske Radio preguntó si las mujeres tenían abiertas todas las funciones militares, incluidas la infantería y los carros de combate, y señaló a los cerca de dos millones de jóvenes ucranianos de ambos sexos como un potencial militar sin aprovechar.
La idea no circula solo fuera de Ucrania. Oksana Grigorieva, asesora de género del Ejército ucraniano, declaró a The Times que el país debería prepararse para movilizar mujeres siguiendo el modelo israelí. La diputada Mariana Bezuhla propuso incorporarlas a puestos administrativos y de retaguardia para enviar al frente a los hombres que hoy los ocupan.
En agosto de 2026, Keith Kellogg —general retirado y enviado especial de Trump para Ucrania y Rusia, no un opinador cualquiera— respaldó públicamente movilizar a las mujeres ucranianas, citando el ejemplo de su propia esposa y su hija, que sirvieron en Afganistán. El Parlamento ucraniano respondió que la idea no está sobre la mesa.
No hay política. Hay, cada vez con más frecuencia, alguien con autoridad real proponiéndola en voz alta.
La factura de una guerra que no se puede ganar
El patrón es el mismo cada vez: primero se agotó a los veteranos, después se presionó a los jóvenes, y ahora la voz que propone a las mujeres ya no es la de un general retirado hablando por su cuenta, sino la del propio enviado de Washington.
Sostener a un pueblo en una guerra que se sabe que no puede ganar, generación tras generación, no es ayuda: es la forma más silenciosa de sacrificarlo.
El crimen de la guerra de Ucrania se vuelve cada vez más atroz. Occidente no busca nuevos soldados para ganar, sino nuevos cuerpos con los que aplazar el reconocimiento de su fracaso.
Agotados los hombres, la guerra que se empeña en prolongar prepara ya el siguiente escalón: luchar hasta la última mujer.



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