Radiografía del cholismo

Radiografía del cholismo
OPINIÓN · FÚTBOL · PSICOLOGÍA SOCIAL

El cholismo nació como una respuesta racional a la inferioridad del Atlético. Se ha convertido en un movimiento reaccionario y tóxico que, para mantener su posición, no reconoce el gran éxito del propio Simeone: la evolución del Atlético de Madrid a un grande de Europa y del mundo. Lo que revela que el cholista no los es tanto por Simeone como por la comodidad emocional de cada uno de ellos.

En un vistazo
El origen: el cholismo nació como respuesta racional a una inferioridad real del Atlético de 2014.
La sacralización: la victoria convirtió a Simeone en símbolo sagrado (Durkheim), y ese símbolo se congeló en 2014 mientras el club evolucionaba hacia la élite mundial.
El blindaje: cualquier resultado se interpreta para no juzgar al equipo por sus recursos reales, y quien pide responsabilidad no es rebatido, es acusado de traición.
La necesidad de amo: los cholistas siguen junto a Simeone porque él conserva intacto el mundo en el que aprendieron a reconocerse.
La contradicción tóxica: por eso el cholismo es un movimiento reaccionario que ni siquiera reconoce el mayor logro de Simeone: haber convertido al Atlético en un grande mundial.

El desfase

En «El Atlético ya no está en 2014. Parte de su afición, sí» mostré que el club tiene la duodécima plantilla más costosa del mundo, ha invertido 753 millones de euros en cinco años y forma parte estable de la élite europea. Los datos explican qué ha cambiado. No explican por qué una parte de la afición se niega a asumirlo. Para entenderlo hay que abandonar por un momento la economía del fútbol y entrar en la psicología social y la antropología.

Instrumentos, no coartadas

El Atlético de 2014 disponía de muchos menos recursos que sus principales competidores y necesitaba convertir cada partido en una batalla. Disciplina, sacrificio, resistencia y sufrimiento no eran coartadas: eran instrumentos para alterar una relación de fuerzas desfavorable.

La victoria produjo algo más que gratitud. Émile Durkheim llamó efervescencia colectiva a esos momentos en que la emoción compartida desborda al individuo y se deposita sobre un símbolo convertido en sagrado. Simeone dejó de ser solamente un entrenador. Pasó a encarnar el sacrificio, la rebeldía y la identidad del grupo. Ya no representaba una manera de jugar: representaba la verdadera manera de ser atlético.

De representar a definir

El problema comenzó cuando el símbolo dejó de representar al grupo y pasó a definirlo. Una estrategia adecuada para unas condiciones históricas concretas se convirtió en una esencia permanente. El club cambió de estadio, presupuesto, plantilla y posición internacional, pero el relato permaneció congelado.

El cholismo comenzó siendo una forma de enfrentarse a la realidad y terminó convertido en una forma de negarla.

El milagro cotidiano

Admitir el cambio provocaría una disonancia difícil de soportar. Obligaría a revisar qué resultados son aceptables, si clasificarse para la Champions sigue siendo una hazaña y qué responsabilidad corresponde al entrenador más allá de la deuda contraída con él. Para evitar esa revisión, resulta más cómodo rebajar las expectativas que cuestionar al símbolo.

Por eso una victoria en el Metropolitano contra un equipo de media tabla puede celebrarse como una gesta. No se festejan solamente tres puntos. Se representa otra vez el antiguo ritual del equipo pobre, sufriente y asediado que consigue imponerse al mundo. Una obligación cumplida se transforma en milagro y el milagro vuelve a absolver al entrenador.

El mecanismo es perfecto. Si el Atlético gana, Simeone ha realizado otra hazaña. Si pierde, se ha impuesto la superioridad del adversario. Si cumple lo esperable, lo esperable se presenta como extraordinario. Nunca llega el momento de juzgar al equipo según sus recursos porque el relato contiene una justificación para cualquier resultado.

La sospecha moral

Pero el cholismo no se limita a conservar una imagen caducada del Atlético. Persigue a quienes perciben el cambio y exigen que se traduzca en la manera de competir. Quien sostiene que uno de los clubes más importantes del mundo debe afrontar los torneos desde la responsabilidad y no desde la esperanza permanente del milagro es acusado de desagradecido, de no saber de dónde viene el Atlético o de querer convertirlo en el Real Madrid.

La discrepancia deportiva se transforma así en una sospecha moral. No se discute si Simeone obtiene de la plantilla el rendimiento correspondiente a su coste. Se cuestiona el derecho del crítico a formular la pregunta.

«Ya veréis lo mal que nos va cuando se marche» no describe el futuro del Atlético: confiesa el miedo de quien no concibe el club fuera de la tutela del hombre al que entregó su identidad.

La necesidad de amo

Étienne de La Boétie comprendió como pocos a estos hombres pegados a un amo que son los cholistas. No permanecen junto a Simeone solamente por gratitud ni porque lo consideren el mejor entrenador posible. Permanecen junto a él porque les permite seguir viviendo dentro del mundo en el que aprendieron a reconocerse. Simeone no encarna únicamente una autoridad: encarna 2014, el Atlético insurgente, pobre y heroico que necesitaba convertir cada victoria en un milagro.

La servidumbre del cholista es también una servidumbre hacia el pasado. Se somete al hombre porque el hombre conserva intacto el tiempo que daba sentido a su identidad. Admitir que el Atlético ya no necesita afrontar cada competición desde la inferioridad significaría aceptar que aquel mundo ha terminado y que Simeone debe ser juzgado como entrenador de uno de los clubes más importantes del planeta. Pero quien ha entregado su juicio a un amo necesita que la realidad no cambie, porque el cambio amenaza tanto la autoridad del amo como la identidad de quien lo obedece.

Esa comodidad no depende realmente de Simeone. Constantine Sedikides, uno de los psicólogos que más ha estudiado empíricamente la nostalgia, ha mostrado que su función no es recordar el pasado por el pasado, sino sostener la continuidad del yo: nos aferramos a un momento congelado en el tiempo para no tener que reconstruir quiénes somos. El cholista no defiende a un entrenador. Defiende la versión de sí mismo que aprendió a reconocer en 2014.

El movimiento reaccionario

Esa es la toxicidad del cholismo. No consiste en admirar a Simeone ni en reconocer la transformación histórica que protagonizó. Consiste en utilizar esa deuda para impedir cualquier juicio sobre el presente. Quien exige al Atlético según su importancia real es presentado como enemigo del club; quien reduce sus responsabilidades para proteger al entrenador se proclama su defensor más fiel.

Ahí el cholismo se convierte en un movimiento reaccionario. No porque conserve una tradición, sino porque combate la adaptación del Atlético a la realidad que él mismo ayudó a crear. Necesita mantener el lenguaje de la inferioridad cuando la inferioridad ha desaparecido, seguir esperando milagros cuando ya existen responsabilidades y llamar rebeldía a lo que se ha convertido en resistencia al cambio.

Y en el proceso comete su propia injusticia: no reconoce en Simeone su logro más importante, la transformación histórica del Atlético, porque reconocerlo significaría admitir que el mundo que el cholismo defiende ya terminó.

El problema no es únicamente que una parte de la afición continúe viviendo en 2014. Es que pretende obligar a todo el Atlético a seguir viviendo allí.

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