Ucrania y el crimen de esta guerra que no puede ganar

Ucrania y el crimen de la guerra que no puede ganar
Opinión · Guerra · Geopolítica

Ucrania resiste, pero no tiene una vía militar hacia la victoria. Cada mes que la guerra continúa empeora el país que llegará a negociar. Y la sostiene un Gobierno sin margen real para decidir, al servicio de una apuesta occidental —debilitar a Rusia— que nadie ha demostrado que esté funcionando.

En un vistazo
Sin vía a la victoria: Ucrania puede resistir y golpear lejos del frente, pero no tiene manera creíble de expulsar a Rusia por la fuerza y recuperar sus fronteras de 1991.
Prolongar no mejora el acuerdo: cada mes de guerra deja al país con más deuda, más destrucción y menos población para negociar desde una posición peor, no mejor.
Un Gobierno sin margen: Kiev depende materialmente de quien financia el Estado y el ejército, y ya perdió una negociación real en Estambul en 2022 por presión occidental.
El debilitamiento de Rusia no está demostrado: la premisa que justifica sostener la guerra —que el desgaste quebrará a Moscú— lleva cuatro años sin cumplirse.
El coste es asimétrico: Occidente pone dinero y armas, recursos sustituibles. Ucrania pone muertos, territorio y futuro, recursos que no vuelven.

En 1974, Muhammad Ali se dejó encerrar contra las cuerdas en Kinshasa y permitió que George Foreman descargara sobre él la violencia de sus golpes. Visto desde fuera, parecía una forma extravagante de suicidio. No lo era. Ali protegía el cuerpo, administraba sus fuerzas y esperaba a que Foreman se agotara. Cuando llegó el momento, salió de las cuerdas y lo derribó.

El rope-a-dope no consistía en resistir. Consistía en resistir para contraatacar.

Desde hace años, la estrategia ucraniana parece descansar sobre una esperanza semejante: soportar el castigo hasta que Rusia se desgaste económica, militar o políticamente. La diferencia es que la segunda parte del plan nunca aparece. Rusia no se ha derrumbado. Ucrania no ha recuperado la iniciativa. Las sanciones no han provocado el colapso esperado. Las operaciones más audaces de Kiev han demostrado capacidad para golpear muy lejos del frente, pero no para invertir el curso de la guerra.

Ali recibía golpes porque sabía cuándo y cómo iba a devolverlos. Ucrania los recibe mientras espera que ocurra algo que no controla.

Ucrania puede resistir. No puede ganar

Ucrania todavía puede combatir. Puede contener avances, infligir bajas, atacar refinerías, bases aéreas y líneas logísticas, desarrollar drones y obtener éxitos tácticos. Confundir todo eso con una vía hacia la victoria es, sin embargo, el error que permite prolongar indefinidamente la guerra.

Una estrategia no es una colección de golpes brillantes. Es un plan que conecta lo que se tiene con lo que se quiere lograr. En el caso ucraniano, ese plan ha desaparecido. Nadie explica de qué manera concreta Kiev puede recuperar la iniciativa, expulsar a Rusia de los territorios ocupados y restaurar por la fuerza las fronteras reconocidas internacionalmente desde 1991. Se afirma que Ucrania debe resistir, y se presenta la duración de esa resistencia como prueba de que la victoria sigue siendo posible. Pero resistir y vencer no son lo mismo.

En el Donbás, Rusia ya ha tomado Pokrovsk y Kostiantynivka, dos de las últimas plazas fuertes que Ucrania controlaba en la región, y presiona ahora sobre Kramatorsk y Sloviansk. Ha abierto además un nuevo frente en el norte de Járkov y avanza hacia el oeste por Zaporiyia. Es un avance con bajas notables en hombres y blindados por cada kilómetro cuadrado que gana, pero es avance: los contraataques ucranianos lo han retrasado, no revertido. Los ataques ucranianos de largo alcance, mientras tanto, obligan a Rusia a dispersar sus defensas y le imponen costes reales, pero no le han dado a Ucrania la capacidad de romper el frente y aprovechar esa ruptura para recuperar terreno de forma decisiva.

La defensa aérea muestra con especial crudeza la diferencia entre resistir y revertir. En julio, Zelenski reconoció que Ucrania necesitaba de forma crítica más interceptores para sus sistemas Patriot. No hay medios suficientes para proteger a la vez el frente, las ciudades y las infraestructuras esenciales frente a la combinación rusa de drones, misiles de crucero y misiles balísticos.

Hay un concepto que describe bien esta situación. Los politólogos Hein Goemans y Dan Reiter lo llaman «apuesta por la resurrección»: ocurre cuando un país atrapado en un conflicto que no puede ganar sigue combatiendo con la esperanza de que algo externo cambie el equilibrio —una crisis en el bando contrario, un colapso económico inesperado, un vuelco en la ayuda internacional—. El problema es que ese algo no depende de las propias fuerzas. Cuando el plan de victoria consiste en esperar que pase algo fuera del campo de batalla, ya no hay plan de victoria. Hay una espera armada.

Prolongar no mejora el acuerdo. Empeora al país

Una guerra que no puede ganarse todavía podría prolongarse con sentido si la resistencia mejorara las condiciones del acuerdo final. Pero Ucrania está en la situación contraria.

Cada mes adicional significa más territorio perdido, más soldados muertos o incapacitados, más infraestructura destruida y una dependencia exterior mayor. Rusia, mientras tanto, cree que el tiempo juega a su favor: que aguantando puede seguir ganando terreno y negociar después desde una posición más fuerte. Por eso no tiene ningún incentivo para moderar ahora sus exigencias.

La pregunta no es si Ucrania tiene derecho a recuperar todo su territorio. Naturalmente que lo tiene. La pregunta es si tiene los medios para hacerlo, y si tiene sentido seguir sacrificando el país en nombre de un derecho que ya no puede hacer valer por la fuerza.

Esto se nota primero en las cuentas del Estado. Decir que Ucrania no está en quiebra técnica —recauda impuestos, mantiene sus bancos funcionando, conserva reservas, sigue exportando— es cierto, pero engañoso si se queda ahí: esa apariencia de normalidad existe solo porque Europa y el resto de sus aliados cubren lo que Ucrania no puede pagar por sí misma. Sin ese dinero exterior, el Estado ucraniano, sencillamente, no podría sostenerse. Casi todo lo que Kiev recauda va a defensa; lo que mantiene abiertas las escuelas, paga las pensiones y sostiene la sanidad no depende en parte de la ayuda de sus aliados: depende por completo de ella.

Ese dinero mantiene con vida al Estado, pero no repara lo que la guerra destruye. Y hay algo que ningún dinero puede comprar: la gente que tendría que volver a habitar y reconstruir el país.

Brecha de financiación: 136.500 millones de dólares que Ucrania necesitará de aquí a 2029, según el FMI.
Deuda pública: 122,6% del PIB en 2026.
Reconstrucción: 587.700 millones de dólares necesarios, casi tres veces el PIB anual del país.
Población fuera: 5,7 millones de refugiados y 3,7 millones de desplazados internos.
Balance demográfico: casi cuatro muertes por cada nacimiento en el primer semestre de 2026, según los registros civiles.

No todos se quedarán fuera para siempre, pero el tiempo no juega a favor del regreso. A comienzos de 2024, seis de cada diez refugiados decían que querían volver a Ucrania; a finales de 2025 esa proporción ya había caído, y en todo 2025 solo unas 139.000 personas hicieron ese regreso de forma duradera —más de tres meses—. Cada año escolar cursado en Alemania, Polonia o España, cada empleo estable, cada nuevo círculo de amistades hace que el regreso sea más difícil y menos probable con el paso del tiempo. Ucrania necesitará medio billón de dólares y cientos de miles de trabajadores, técnicos y familias para reconstruirse. Y la guerra le está quitando precisamente eso: la gente.

Se dice que Ucrania combate para preservar su existencia. Pero cada año de guerra deja menos Ucrania que preservar.

Un Gobierno sin margen para decidir

Queda pendiente la pregunta que todo esto plantea: si la guerra ya no tiene una vía a la victoria y cada mes que pasa empeora el punto de partida para negociar, ¿por qué continúa?

La respuesta tiene que ver con quién decide, en la práctica, si Ucrania puede parar o no. El Gobierno de Kiev conserva formalmente toda su soberanía. Pero ha perdido gran parte de la autonomía real para ejercerla. No puede pagar al Estado ni sostener al ejército si sus patrocinadores deciden cortar la ayuda. No hace falta imaginar que recibe órdenes por teléfono para funcionar, en la práctica, con las manos atadas: basta con que no tenga capacidad de mantener una estrategia que Occidente no esté dispuesto a pagar.

Ya ocurrió una vez, y en sentido contrario al de ahora. En marzo y abril de 2022, Rusia y Ucrania llegaron en Estambul a esbozar un marco de acuerdo —neutralidad ucraniana a cambio de garantías internacionales de seguridad—. No era un tratado cerrado, pero era una negociación real. Según una reconstrucción de Ukrainska Pravda, el entonces primer ministro británico Boris Johnson viajó a Kiev el 9 de abril con el mensaje de que había que presionar a Putin, no negociar con él, y de que los aliados occidentales no respaldarían aquel acuerdo. Davyd Arakhamia, jefe de la delegación ucraniana en esas conversaciones, confirmó después que Johnson animó a Kiev a no firmar y a seguir combatiendo.

Es exactamente la lógica de un proxy: Ucrania pone los muertos, y quien pone el dinero que los financia decide cuándo se puede dejar de morir.

Esto se ha visto de nuevo en 2025 y 2026, aunque en sentido inverso. La Administración Trump ha presionado activamente a Kiev para que firme un plan de paz —primero de 28 puntos, después reducido a 20— hasta el punto de que Zelenski llegó a reconocer en enero de 2026 que ya se había acordado el 90% de su contenido. La misma negociación que Occidente desalentó en 2022 se está produciendo ahora, empujada esta vez por Washington, cuatro años y un país entero más tarde. Solo que Ucrania llega a esa mesa con mucho menos territorio, mucha menos población y mucha menos capacidad de exigir condiciones que en 2022.

Un debilitamiento que sigue sin demostrarse

La guerra se sostiene sobre una premisa que, cuatro años después, no se ha cumplido: que desgastar a Rusia a través de Ucrania acabaría quebrándola, militar o económicamente, y que ese quiebre obligaría a Moscú a ceder. No ha ocurrido. Solo la propaganda sigue vendiendo esa historia como si estuviera a punto de cumplirse —la rusa, que necesita ocultar sus propios costes, pero también la occidental, que necesita justificar los suyos—. La realidad es la que ya hemos repasado: Rusia avanza en el Donbás, ha tomado Pokrovsk y Kostiantynivka, sostiene una economía de guerra y no muestra ninguna señal de colapso inminente. El fracaso de esa premisa es real. Negarlo, a estas alturas, ya no es optimismo: es propaganda.

Es verdad que Moscú ha pagado costes enormes: hombres, material, dinero, mercados y oportunidades perdidas. Ucrania ha obligado además a Rusia a defender una retaguardia cada vez más amplia frente a los drones y los ataques de largo alcance. Pero imponer costes no es lo mismo que quebrar. Rusia también ha ampliado su producción de armamento, ha acumulado experiencia de combate, ha adaptado su economía a las sanciones y ha estrechado lazos con potencias no occidentales. Puede estar más tensionada económicamente y, al mismo tiempo, más militarizada y menos dependiente de Occidente que al empezar la guerra.

Y aquí está lo que convierte esta posición en un crimen contra Ucrania y su gente: sostener un enfrentamiento cuya justificación central ya ha fracasado, a costa de un país que sigue pagando con muertos, territorio y futuro un objetivo que no se ha cumplido y que nadie explica cómo se va a cumplir. El país entrega pérdidas reales e irreparables para producir un debilitamiento ruso que, como mínimo, no se puede demostrar.

La guerra puede haber dejado de tener sentido para Ucrania y seguir siendo útil, aquí y ahora, para Estados Unidos y sus aliados. Mantiene a Rusia ocupada, le impone costes, ha revitalizado la OTAN, ha justificado el rearme europeo y evita que soldados occidentales combatan directamente contra una potencia nuclear. Que todo eso termine dejando a Rusia estratégicamente más débil es otra cuestión, y sigue sin resolverse.

Occidente pone dinero, armas y créditos: recursos caros, pero sustituibles, que se pueden volver a fabricar. Ucrania pone territorio, infraestructura, población, soldados y futuro: recursos que, una vez perdidos, no vuelven. Los aliados deciden cuánto dan, qué armas mandan y qué riesgos asumen. La sociedad ucraniana es quien sufre en su propio cuerpo las consecuencias de esas decisiones. Occidente puede reducir su ayuda si le parece que el coste es excesivo. Ucrania no puede resucitar a sus muertos, ni traer de vuelta de la noche a la mañana a los que se fueron, ni reconstruir en unos meses lo que se destruyó en años.

No hace falta pensar que Estados Unidos y Europa planearon desde el principio la destrucción de Ucrania. Basta con mirar la función que la guerra cumple ahora mismo, incluso fracasada su premisa original. Este es el penúltimo crimen de Occidente: haber convertido la legítima defensa de Ucrania en una guerra por delegación cuya justificación ya no se sostiene, cuyo coste para el país es seguro, y cuyo resultado para sus aliados sigue siendo, cuando menos, incierto.

El cuerpo que se vacía

Ucrania todavía puede luchar. Con dinero exterior, armas y nuevas movilizaciones, probablemente pueda hacerlo durante más tiempo. Esa no es la pregunta que importa. La pregunta es cuántas ciudades, cuántos soldados, cuántas centrales eléctricas y cuánta gente tiene que perder un país antes de que seguir deje de llamarse resistencia y empiece a llamarse, simplemente, destrucción.

Ali recibía golpes porque sabía cuándo y cómo los iba a devolver. Ucrania los recibe mientras sus aliados esperan a que Rusia se canse. Pero el cuerpo que se está vaciando, endeudando y destruyendo no es el de quienes esperan desde Washington, Bruselas o Berlín.

Es el de Ucrania.

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