El experimento de Milei pone a prueba la Escuela Austríaca. Sus recetas pueden cuadrar las cuentas del Estado, pero son nocivas para las mayorías sociales, que pagan el ajuste con su empleo, sus pensiones y su capacidad de compra.
Javier Milei visitó España el 21 de octubre. Isabel Díaz Ayuso lo recibió en Madrid y el presidente argentino participó en un encuentro sobre la Escuela Austríaca, la corriente económica que inspira su Gobierno.
Esta escuela sostiene que el mercado, libre de la intervención del Estado, organiza la economía mejor que cualquier gobierno. Milei, que se declara su discípulo, ha intentado aplicarla. Ha logrado que los precios suban más despacio y equilibrar las cuentas públicas. Pero, según el CEPA, la industria perdió más de 97.000 empleos registrados entre noviembre de 2023 y mayo de 2026, y en agosto las fábricas funcionaban a apenas el 58,5 % de su capacidad.
El experimento de Milei permite examinar lo que promete la doctrina y quién paga su coste. Este artículo repasa sus tres promesas y las contrasta con lo ocurrido: que disciplinar la moneda acaba con la inflación, que reducir el Estado deja paso a una iniciativa privada más eficiente y que liberar el mercado lleva los recursos a actividades más productivas. Después mide su resultado social. Y termina preguntando por qué sus defensores nunca dan sus ideas por fracasadas.
Disciplinar la moneda
Para la Escuela Austríaca, la inflación nace de que el Estado fabrique dinero en exceso. Milei lo repite, y frenar el ritmo de subida de los precios es su principal éxito, un éxito real.
Pero no se explica solo por haber dejado de imprimir billetes. El Gobierno frenó también la subida del dólar, primero con pequeñas devaluaciones pautadas cada mes y después con una banda que limita su cotización. Mientras tanto, las subidas de la luz, el gas y el transporte multiplicaban las facturas de los hogares por razones que nada tienen que ver con la cantidad de dinero. Y los precios empezaron a subir más despacio en plena recesión, en 2024: se contuvieron, en parte, porque la gente dejó de comprar.
Dejar de comprar no es un dato abstracto. Es llenar menos la cesta de la compra, comer peor y aplazar la ropa, las reparaciones o incluso el gasto en salud. Es renunciar a lo que antes formaba parte de la vida cotidiana. Es la economía de cada hogar ajustándose a la baja para que cuadren las cuentas del país. Y cada compra que no se hace es una venta que pierde un comercio o una fábrica, que después recortan empleo y agravan la caída. El mayor logro del programa no demuestra la teoría que lo inspira, y lo pagaron los hogares.
Reducir el Estado
Según la doctrina austríaca, el Estado gasta mal, y lo que deje de hacer lo hará mejor la iniciativa privada. Siguiendo esa lógica, Milei paralizó la obra pública nada más llegar al Gobierno.
Pero ninguna empresa construye por su cuenta las carreteras, la energía o la formación de las que depende. Recortar esa inversión mejora el presupuesto de hoy y debilita la capacidad de producir de mañana. Cada obra parada deja, además, trabajadores sin sueldo y proveedores sin pedidos.
Pero el mayor recorte no fue de cemento. Según el Instituto Argentino de Análisis Fiscal, las jubilaciones fueron el principal componente del ajuste: de cada 100 pesos que el Estado recortó entre enero y octubre de 2024, 24 salieron de ellas. Los pensionistas perdieron poder de compra en los primeros meses de Gobierno, y Milei vetó la ley aprobada por el Congreso para recomponer sus pensiones. Reducir el Estado significó, en la práctica, que fueran los jubilados quienes sostuvieran el superávit. Y cada jubilado con menos ingresos es también un hogar que compra menos: el recorte del Estado alimentó la misma caída del consumo que ayudó a contener los precios.
Liberar el mercado
La tercera promesa es que, si el Estado deja de proteger actividades poco rentables, sus recursos pasarán a otras más eficientes. Milei abrió la economía a las importaciones y retiró subsidios. Muchas fábricas no resistieron.
Pero una fábrica que cierra no se convierte en una empresa más productiva. Desaparecen sus máquinas, el oficio de sus trabajadores y la red de proveedores que la rodeaba, y nada garantiza que surja algo capaz de reemplazarlos. Sus trabajadores van al paro, y con ellos se resienten a menudo localidades enteras que vivían de esa fábrica. Cada nuevo parado es, además, otro hogar que deja de comprar: menos ventas para el resto de las empresas, que también recortan, en una caída que se alimenta a sí misma.
Tampoco basta con eliminar normas para que una empresa invierta: invierte cuando espera vender. En septiembre, según el INDEC, el 54 % de los industriales señalaba la falta de demanda interna como su principal obstáculo para producir más. No les faltaban máquinas ni libertad: les faltaban compradores. El ajuste que debía liberar a las empresas había empobrecido a sus clientes: las familias que viven de un salario.
La libertad que se ofrece, además, no es igual para todos. La reforma laboral, en vigor desde marzo, reduce las indemnizaciones por despido, permite jornadas de hasta doce horas y limita el derecho de huelga: refuerza a la parte del contrato que ya era más fuerte. Para quien trabaja, significa menos protección justo cuando más falta hace.
El resultado
Hayek, uno de los grandes nombres de la escuela, explicó que los precios transmiten información y permiten coordinar millones de decisiones sin que nadie las planifique. Pero un mercado también puede coordinarse a la baja: ajustarse a una demanda empobrecida, con fábricas paradas y trabajadores sin empleo, sin que los precios dejen de funcionar.
En el primer semestre de 2026, la pobreza alcanzó en Argentina el 32,3 %, frente al 28,2 % del semestre anterior y el 31,6 % de un año antes. Solo en las ciudades donde se mide, son casi diez millones de personas. Sigue por debajo del nivel que heredó Milei, pero el repunte muestra lo frágil que es la recuperación social. El ajuste no se reparte por igual: lo soportan quienes dependen de un sueldo, de una jubilación, de una pequeña empresa o de los servicios públicos, mientras quienes tienen más margen pueden esperar a que pase.
Una teoría que nunca puede fracasar
Cuando la liberalización da buenos resultados, sus defensores los presentan como prueba de la teoría. Cuando trae cierres y desempleo, culpan a la herencia recibida, a las intervenciones que aún quedan o a la falta de tiempo. Ludwig von Mises, el gran teórico de la escuela, sostenía que sus principios no pueden ser refutados por la experiencia. Una doctrina así nunca puede perder.
La economía austríaca ha explicado cómo pueden coordinarse millones de decisiones individuales. Lo que no ha demostrado es que esa coordinación baste para construir una sociedad próspera para la mayoría social. Y no es ella quien debe esperar indefinidamente a que el mercado encuentre su equilibrio.




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