Ceteris paribus, economía abstracta y el espejismo de "financiarte imprimiendo" en un capitalismo global y financierizado. La MMT como programa político necesita un ceteris paribus imposible: que nadie reaccione. No va a pasar
Hay una frase que parece inocente y que, sin embargo, decide casi todo en economía: ceteris paribus. "Manteniendo lo demás constante". Es el gesto de detener el mundo durante un minuto para poder entender una relación. Funciona en el aula. Funciona en un capítulo de manual. Funciona incluso en una discusión honesta: "si sube X y todo lo demás no cambia, entonces debería pasar Y".
El problema empieza cuando esa cláusula deja de ser una herramienta para pensar y se convierte en una coartada para gobernar. Porque fuera del aula lo demás no se mantiene constante: reaccionan los precios, los salarios, el crédito, los capitales, el tipo de cambio, el exterior, la banca, los oligopolios, la geopolítica. Reaccionan, además, con intereses propios. Y en una economía global y financierizada, esas reacciones no son "ruido": son el sistema.
En un vistazo: Este artículo usa el concepto de ceteris paribus para mostrar por qué la Teoría Monetaria Moderna (MMT), como programa político concreto, choca contra un mundo que no coopera. La tesis: el ceteris paribus es una herramienta metodológica necesaria, pero convertirla en programa político es un error cuando ignora que el mundo reacciona. La MMT, en su traducción política simplificada ("siempre se puede financiar el Estado creando dinero"), presupone un mundo cooperativo. Pero el capitalismo global está diseñado para disciplinar a los Estados a través de tres mecanismos: restricción externa (tipo de cambio, importaciones), disciplina de mercados financieros (vigilantes de bonos, costes de deuda) y jerarquía geopolítica (sanciones, tecnología, energía). Para que "financiarte imprimiendo" sea estable, primero tendría que cambiar la economía global. Sin esos cambios, la promesa es incompleta o peligrosa: desplaza el ajuste hacia inflación, divisa, precarización o crisis financiera.
I. El mundo detenido: para qué sirve el ceteris paribus
Por qué los economistas lo usan tanto
La economía quiere encontrar relaciones entre variables: precio y demanda, tipos e inversión, impuestos y consumo, gasto y empleo. Pero el mundo es un entramado de causas. Si no aíslas nada, no concluyes nada. Así que haces lo que hacen todas las ciencias cuando no pueden meter el universo en un tubo de ensayo: congelas mentalmente el entorno y observas qué pasa si solo mueves una palanca.
Ese gesto es ceteris paribus. No es un error. Es una necesidad metodológica. Sin él, ni siquiera existe el "marginalismo" en sentido estricto: "¿qué ocurre si aumento una unidad aquí manteniendo todo lo demás igual?". Productividad marginal, utilidad marginal, coste marginal… Todo eso es, en el fondo, una variante elegante de mantengamos fijo el resto.
El problema es que esa elegancia tiene un precio: has creado un mundo simplificado donde las fricciones desaparecen, el poder se borra, la historia se calla y la política queda fuera del cuadro.
La tentación: confundir el mapa con el territorio
Que el modelo no sea la realidad es obvio. Lo que no es obvio es cómo se olvida. Se olvida cuando el modelo deja de presentarse como "una herramienta que funciona bajo condiciones" y se presenta como "la manera en que funciona el mundo".
Ese salto se vuelve casi automático en economía porque los modelos no solo describen: normativizan. No solo dicen "si pasa esto, entonces…". Dicen "si quieres eficiencia, deberías hacer…". Y cuando esa recomendación entra en política, la abstracción se vuelve disciplina.
La frase inocente se convierte en una orden: si el mundo no encaja en el modelo, el mundo debe ajustarse.
Un inciso que conviene decir en voz alta
La discusión no es "modelos sí o no". La discusión es: qué metes dentro del ceteris paribus. Porque lo que metes ahí, lo has decidido tú. Y casi siempre lo que se mete ahí no es secundario, sino decisivo: quién tiene poder de fijación de precios, cómo funciona el crédito, qué pasa con el tipo de cambio, quién financia a quién, qué se importa, qué se exporta, qué te pueden sancionar, qué dependencias tienes.
En otras palabras: el ceteris paribus suele comerse justo lo que más importa para entender el conflicto real.
II. La bisagra: del modelo al programa político
Hasta aquí, el ceteris paribus puede defenderse. Sirve para pensar. Pero en el momento en que un modelo quiere convertirse en programa político, la abstracción deja de ser inocente.
Un programa político tiene una obligación que el modelo no tiene: explicar cómo va a lidiar con las consecuencias.
Si alguien propone una política que depende de "imprimir moneda" para financiar al Estado, ya no vale con decir "el Estado emite su moneda, luego no puede quedarse sin dinero". Tiene que decir: qué pasa con el tipo de cambio, qué pasa con la restricción externa (energía, tecnología, insumos), qué pasa con los flujos de capital, qué pasa con el sistema bancario, qué pasa con la inflación (y con quién la paga), qué pasa con los tenedores de deuda, qué pasa con la geopolítica, qué pasa con las reglas institucionales diseñadas para disciplinar al Estado.
Si no lo dice, no es un plan: es ceteris paribus disfrazado.
Y aquí entra lo esencial: el mundo contemporáneo no es neutral. Está diseñado para hacer justo lo contrario: para que el Estado pague un precio si intenta gobernar al margen de la disciplina financiera.
Dicho aún más claro: las políticas basadas en la abstracción del ceteris paribus chocan siempre con tres realidades estructurales que no se pueden "suponer constantes": la restricción externa, la disciplina de los mercados financieros y la jerarquía geopolítica. Si una propuesta no incorpora esas tres, no es una política: es una maqueta.
III. El mundo real no coopera: tres mecanismos de disciplina
Dicho de otra forma: esto no es física, es teoría de juegos. Cuando el Estado mueve ficha —gasta, emite, regula, cambia reglas— los demás jugadores mueven ficha también. "Los mercados" no son una nube: son actores con cartera, horizonte, poder y capacidad de castigo.
Un modelo que trata esas reacciones como ruido o como detalle técnico está suponiendo, sin decirlo, que el resto del tablero juega en modo pasivo. Ese es el ceteris paribus político.
1. Restricción externa: la muralla invisible
En una economía abierta, emitir y gastar no es "solo" una decisión interna. Puede traducirse en depreciación de la moneda, encarecimiento de importaciones, inflación importada, deterioro de la balanza de pagos, necesidad de atraer capital (o de retenerlo), y dependencia de financiar el déficit externo.
Aquí el límite no es "financiero" en sentido contable. Es un límite real y estratégico: puedes pagar en tu moneda, pero no puedes garantizar el coste externo de hacerlo.
Y por eso la restricción externa no es un "detalle". Es una muralla. En economías abiertas, el crecimiento y la expansión fiscal quedan limitados por la capacidad de generar exportaciones que paguen las importaciones necesarias. Esta idea está formalizada en la literatura del crecimiento restringido por balanza de pagos; como explican McCombie y Thirlwall en Economic Growth and the Balance-of-Payments Constraint, el ritmo sostenible de expansión queda condicionado por ese equilibrio externo.
Intentar ignorarlo suele desembocar en ajuste por donde más duele: crisis de divisas, depreciación, encarecimiento de importaciones e inflación importada.
Además, la inflación no es solo un problema de "demanda excesiva". Es un conflicto distributivo. Cuando hay actores con poder de mercado o control de cuellos de botella, la expansión fiscal puede convertirse en una oportunidad de recomponer márgenes. Autores como Ivan Werning han mostrado en trabajos como "Inflation is Conflict" que la dinámica de precios depende de la disputa por la distribución entre márgenes empresariales y salarios. El modelo no "se equivoca"; el modelo pierde contra el poder.
2. Disciplina de mercados: cuando los vigilantes mueven ficha
Incluso cuando un Estado emite su propia moneda, no vive en una burbuja. Tiene una estructura de deuda, vencimientos, tenedores y un mercado que reprecifica riesgo, duración e inflación.
El punto no es "puede quebrar o no". El punto es: puede permitirse que el precio de su deuda fluctúe libremente sin desencadenar una cadena de costes políticos y macroeconómicos.
En un mundo hiperfinanciarizado, esa libertad es limitada. No porque el Estado no pueda pagar en su moneda. Sino porque el sistema financiero y la economía real reaccionan ante el modo en que pagas y ante las expectativas de lo que harás después.
Ese mecanismo tiene nombre: "vigilantes de bonos" (bond vigilantes). No es un mito: es la forma en que los mercados soberanos disciplinan políticas que perciben como arriesgadas elevando rendimientos y encareciendo la financiación.
Un ejemplo reciente es más pedagógico que mil teorías: el "mini-presupuesto" del Reino Unido en septiembre de 2022. La reacción de los mercados disparó rendimientos y hundió la libra, y el Banco de Inglaterra tuvo que intervenir para frenar un riesgo sistémico ligado a estrategias de inversión de fondos de pensiones.
La lección no es "Reino Unido puede/no puede": la lección es que, cuando el mercado mueve ficha, la fragilidad financiera aparece y obliga a una respuesta institucional.
3. Geopolítica: infraestructura, sanciones y jerarquía monetaria
La globalización no es un mercado universal inocente; es un orden político. Hay acceso asimétrico a energía, tecnología, financiación, rutas, mercados y seguridad.
Una estrategia basada en financiarte "creando moneda" choca con el hecho de que te pueden cortar tecnologías, encarecer energía, cerrar mercados, sancionar o aislar de mecanismos de pago.
Si tu modelo no incorpora esa dimensión, no es que sea abstracto: es que está viviendo en otro planeta.
Y aquí hay un detalle decisivo que suele omitirse: el control geopolítico no opera solo por "decisiones" visibles, sino por infraestructuras. La capacidad de operar financieramente depende del acceso a tuberías globales de pagos y mensajería. Un ejemplo canónico es SWIFT, cuya exclusión se ha usado como herramienta de coerción.
Además, existe una jerarquía práctica de monedas. No todas pesan igual. Hay monedas con liquidez global, respaldo institucional y demanda estructural, y monedas que operan bajo sospecha permanente. Benjamin J. Cohen ha trabajado esta relación entre moneda y poder ("currency power") como rivalidad y jerarquía monetaria, y el FMI lo ha explicado en términos accesibles: la moneda dominante concentra ventajas institucionales y de liquidez que no se replican por decreto.
IV. Neoliberalismo: cuando el modelo ya se impuso
Aquí viene una pieza clave: el ceteris paribus no solo explica modelos. Puede convertirse en el mecanismo por el que el modelo se vuelve norma. Y ya pasó.
La economía neoclásica —en su versión simplificada y politizada— alimentó el imaginario neoliberal. La promesa era limpia: mercados eficientes, incentivos correctos, privatización, liberalización, disciplina fiscal, apertura financiera. Y el supuesto tácito era un gran ceteris paribus: que el mundo real se comportaría como un mercado competitivo sin fricciones, que las finanzas no dominarían, que la desigualdad no importaría para la estabilidad, que los shocks serían absorbidos, que el crédito no explotaría.
La realidad no cooperó. Lo que en el modelo era "perturbación", en el mundo real era arquitectura: finanzas, ciclos, crisis, concentración, desigualdad, captura regulatoria, desindustrialización en ciertos casos, fragilidad sistémica.
La moraleja es simple: el fracaso no es abstraer. El fracaso es gobernar como si la abstracción fuese el mundo.
V. La MMT bajo este foco: el ceteris paribus político
Con esta base, ya se ve el objetivo: la crítica a la Teoría Monetaria Moderna (MMT) como programa en un mundo diseñado para disciplinar a los Estados por la deuda.
Aquí conviene ser quirúrgico: la MMT, en su versión seria, no es "imprimir sin límites". Habla de restricciones reales, de inflación, de capacidad productiva. Bien. Pero el problema aparece cuando, en su traducción política simplificada, se usa como permiso general: "siempre se puede financiar el Estado creando dinero".
Ahí está el ceteris paribus encubierto.
Porque para que eso funcione sin estrellarte, tendrían que mantenerse constantes (o ser controlables) cosas que en un capitalismo global y financierizado no son constantes: el tipo de cambio, el acceso a importaciones clave, la reacción de capitales, la estabilidad bancaria, la estructura de tenedores de deuda, la capacidad política de frenar a tiempo, la ausencia de coerción geopolítica.
Lo que se está diciendo, en el fondo, es: MMT como programa presupone un mundo cooperativo. Y el mundo actual está diseñado para no cooperar. Está diseñado para que la deuda, los mercados y el marco institucional funcionen como disciplina.
El ceteris paribus de ese programa es que el mundo se pare y te deje imprimir la moneda que necesitas.
VI. Entonces, ¿qué tendría que cambiar primero?
La conclusión es directa: si de verdad se quiere que "financiarte creando moneda" sea una política estable, primero tendría que cambiar el entorno global. O, al menos, la posición del país dentro de él.
Hay una diferencia que muchos debates borran: soberanía monetaria no es soberanía real. La primera es la capacidad legal de emitir una unidad de cuenta. La segunda es la capacidad efectiva de convertir esa unidad de cuenta en bienes, energía, tecnología y seguridad en un mundo exterior.
Un Estado puede imprimir pesos, liras o yenes; no puede imprimir semiconductores, petróleo, fertilizantes ni rutas marítimas. Y tampoco puede imprimir confianza externa cuando su moneda depende de flujos y de acceso a suministros.
Eso significa, como mínimo, alterar cosas que hoy funcionan como mecanismos de control: jerarquía de monedas (no todas valen igual), dependencia energética y tecnológica, estructura del comercio exterior, movilidad de capitales, vulnerabilidad a sanciones, arquitectura de pagos, poder de los intermediarios financieros, y, en Europa, el diseño institucional del euro.
Sin cambios en esos planos, la promesa de "soberanía por emisión" es, en el mejor de los casos, incompleta. Y en el peor, es peligrosa: porque desplaza el ajuste hacia inflación, divisa, precarización, recortes encubiertos o crisis financiera.
VII. Cierre: el modelo no es la realidad, pero a veces se usa como látigo
El ceteris paribus no es el enemigo. Es un instrumento. El enemigo es la amnesia: olvidar que lo usaste. Y, sobre todo, usar el resultado de esa abstracción como mandato político inflexible.
En economía, casi todo lo importante es precisamente lo que el ceteris paribus quiere encerrar: poder, instituciones, crédito, exterior, conflicto, geopolítica. Por eso el gran error no es simplificar, sino convertir la simplificación en moral y después en programa.
La pregunta que separa un modelo serio de una política seria no es "¿puede el Estado emitir moneda?". La pregunta es: ¿qué pasa cuando el mundo reacciona? Si tu propuesta no responde a eso, no es un plan. Es un "si todo lo demás permanece constante" escrito con tinta invisible.
Y lo demás no permanece constante. Nunca.



Comentarios
Publicar un comentario