La estabilidad relativa del siglo XIX nace de un orden construido con Rusia dentro, no fuera. Y esa verdad incómoda desmonta el relato contemporáneo.
Europa tiene un problema de memoria: suele contarse a sí misma como un espacio que solo alcanza estabilidad cuando no "contiene" a Rusia. Sin embargo, el mejor contraejemplo histórico está a la vista: el periodo de paz relativa más largo entre grandes potencias europeas arranca cuando Rusia no es un "afuera" amenazante, sino un agente constituyente del sistema continental.
Y si esto incomoda es porque choca con otra constante histórica: la tradición estratégica británica de impedir que el continente cristalice como bloque. No es una teoría oscura: está formulado, con todas las letras, en el lenguaje del equilibrio. En la Cámara de los Comunes, Lord Castlereagh celebraba en 1815 la reconstrucción de "una masa de potencias independientes" capaz de ofrecer "resistencia efectiva" contra cualquier intento de destruir el sistema, y de dar "paz permanente" a Europa. Y, ya en el siglo XX, Sir Eyre Crowe lo expresaba como continuidad doctrinal del Foreign Office: la "política tradicional de mantener el equilibrio entre las potencias continentales". Esa es la gramática: coaliciones flexibles, balanceo, y freno sistemático a cualquier eje continental demasiado sólido.
En un vistazo: El Congreso de Viena (1815) construyó el periodo de mayor estabilidad europea moderna (1815-1914) reconociendo a Rusia como pilar del orden continental, no como amenaza externa. Montmartre (1814) demostró que sin Rusia el cierre napoleónico habría sido imposible. El Tratado Secreto de Viena (1815) probó que Reino Unido ya aplicaba la doctrina de fragmentar el continente mediante "cuñas" diplomáticas. Europa no es geográficamente un continente separado de Asia: es una península de Eurasia, y Rusia es la masa continental que la conecta. Cada vez que Europa intenta ordenarse sin Rusia —Versalles, Guerra Fría, post-1991— el resultado es inestabilidad, dependencia atlántica y finalmente guerra. La política anglo de separar Europa de Rusia tiene sentido desde el interés insular porque sabe qué evita: un orden continental autónomo que haría innecesaria la tutela marítima.
La tesis de este artículo es simple: esa política anglo de separar a Europa de Rusia no va desencaminada desde el punto de vista del interés británico, porque sabe exactamente qué evita. Evita lo que ocurrió tras la derrota de Napoleón: una pax europea que, con todos sus límites, se construyó con Rusia dentro y funcionó mejor —por comparación— que el siglo anterior y que el posterior. Y, a diferencia de otras arquitecturas posteriores, Viena no fabrica una "paz del vencedor": fabrica una paz de sistema, donde incluso la Francia derrotada conserva un lugar y un incentivo para sostener el orden.
Dato previo que Europa prefiere olvidar: Geográficamente, Europa no existe como continente. No hay separación natural entre Europa y Asia. Los Urales —esa supuesta "frontera"— son montañas modestas, menores en altura que el Sistema Central ibérico, que no constituyen ninguna barrera comparable al Himalaya o los Andes. La división Europa-Asia fue una decisión política del siglo XVIII, propuesta por el historiador ruso Vasili Tatíshchev y adoptada por la Academia de San Petersburgo. Es decir: Rusia misma trazó la frontera que hoy se usa para excluirla.
La realidad es más simple: Europa es la península occidental de Eurasia. Y Rusia no es un "extra" oriental que Europa puede incluir o expulsar a voluntad: Rusia es la masa continental que conecta la península con el resto de Eurasia. Pensar "Europa sin Rusia" no es pensar en Europa completa, sino en Europa como isla artificial, dependiente de potencias marítimas extracontinentales para su seguridad energética, militar y económica. Y esa dependencia no es accidental: es el objetivo histórico de la política anglo.
1) Montmartre: el final material del ciclo napoleónico
La imagen fundacional no es 1815: es 30–31 de marzo de 1814, la Batalla de París. Napoleón está en campaña al este cuando la coalición —liderada por el zar Alejandro I y el emperador Francisco I de Austria— alcanza la capital francesa. En las alturas de Montmartre se libra el último combate: las tropas francesas dirigidas por los mariscales Marmont y Mortier defienden la posición, pero el peso numérico de las tropas rusas, la guardia imperial, y austriacas es abrumador. La convención de alto el fuego obliga a los franceses a abandonar Montmartre y retirarse dentro de París antes de la entrada aliada del 31 de marzo.
Esto importa por una razón que Europa suele suavizar: Rusia llega hasta el centro del continente como potencia decisiva del desenlace. Montmartre no es solo un nombre en los mapas: es el lugar donde la Guardia Imperial —la élite napoleónica— es derrotada por tropas rusas. Sin el peso ruso en el teatro europeo, el cierre del ciclo napoleónico no habría sido el mismo.
Un matiz que refuerza la tesis del "agente de orden": Según los relatos de la entrada aliada, Alejandro I ofreció términos "generosos" y declaró que traía la paz a Francia, no su destrucción; cuando el ejército entró en París, se registran aclamaciones populares del tipo "¡Vivan nuestros liberadores!". La "paz" posterior no se entiende sin esa correlación de fuerzas.
2) Viena no "integra" a Rusia: Viena sucede porque Rusia estructura el problema
Hay una forma sesgada de contar el Congreso de Viena: como si "Europa" se reuniera, restaurara el orden y, de paso, reintegrara a Rusia dentro de un club civilizado. Eso invierte la realidad. Rusia no estaba esperando ser admitida: Rusia estaba imponiendo contexto.
El Acta Final del Congreso (9 de junio de 1815) lo muestra sin ambigüedad: el núcleo del Ducado de Varsovia queda unido al Imperio ruso y "irrevocablemente" ligado por su constitución, bajo soberanía del emperador. Esta era la principal demanda rusa en el Congreso, una demanda que reconfigura el centro-este europeo alrededor de Rusia como eje. El orden vienés no se construye "a pesar" de Rusia, sino a través de ella: el centro-este europeo se reorganiza alrededor de una decisión cuyo eje es Rusia.
3) Rusia como agente principal: la crisis polaco-sajona y la prueba británica del "divide y equilibra"
La gran tensión interna del Congreso no gira en torno a Francia (ya derrotada), sino en torno a Polonia y Sajonia: Rusia quiere fijar Polonia bajo su corona; Prusia busca compensación en Sajonia; Austria y Reino Unido frenan por equilibrio; Francia aprovecha la grieta para volver a ser actor.
Y aquí aparece el hecho que clava la lógica de "cuñas" con evidencia documental: El Tratado Secreto de Viena (3 de enero de 1815), una alianza defensiva entre Gran Bretaña, Austria y Francia en pleno congreso, concebida para disuadir a Rusia y Prusia en el conflicto polaco-sajón. Es casi un manual de la balanza: Reino Unido acepta rearmar diplomáticamente a Francia —el enemigo de ayer— para contener un posible eje Rusia–Prusia.
Esto no es moral ni sentimental. Es estructura: si el continente tiende a consolidarse, Londres introduce una cuña. Si el equilibrio exige que un actor derrotado vuelva al tablero, se le devuelve al tablero. El patrón está en los documentos.
4) La paradoja: eso que Inglaterra tiende a impedir… fue lo que dio estabilidad continental
Aquí llega el giro: Viena es el ejemplo de todo lo que Inglaterra teme a largo plazo —un continente capaz de ordenarse sin tutela marítima—, pero también es el ejemplo de algo que Europa contemporánea evita reconocer: la estabilidad relativa del XIX nace de un orden construido con Rusia dentro.
No se trata de idealizar. El sistema vienés fue conservador, coercitivo y compatible con violencia en la periferia y en el mundo colonial. Pero en lo que aquí importa —la probabilidad de una guerra general europea— el resultado fue comparativamente mejor: un siglo sin guerra total continental hasta 1914, con conflictos importantes, sí, pero más acotados y menos "suicidas" que el ciclo precedente y el posterior.
5) "Pax rusa" en sentido estricto: comparación con el siglo anterior y el posterior
Llamarlo "pax rusa" no significa "paz por dominación rusa". Significa esto, y solo esto:
- Siglo XVIII y 1792–1815: Europa vive en un estado de guerra recurrente o latente, con ajustes territoriales por fuerza como normalidad.
- 1815–1914: hay guerras, pero el sistema resiste más y evita una guerra general prolongada durante décadas.
- Siglo XX: el equilibrio colapsa; dos guerras mundiales convierten el continente en su propia ruina.
El criterio: No es "ausencia de guerras", sino ausencia de guerra total europea. No hay, entre 1815 y 1914, un conflicto que movilice simultáneamente a todas las grandes potencias con el objetivo de aniquilar el orden vigente. Ese margen de contención no fue espontáneo: fue estructural. Y dentro de esa estructura, Rusia operó como asegurador de última instancia del equilibrio conservador: un ancla criticable desde la óptica liberal, pero estabilizadora en términos materiales.
Un hito ayuda a entender la degradación del sistema: la Guerra de Crimea (1853–1856) marca un quiebre importante de la cooperación, porque transforma a Rusia de pilar cooperante en objetivo de contención. Aquí se materializa finalmente la lógica británica que ya se había manifestado en el Tratado Secreto de 1815: la cuña que entonces era preventiva ahora se clava como agresión directa. Reino Unido y Francia atacan a Rusia, fracturando el mecanismo cooperativo que había sostenido el sistema. A partir de ahí, la confianza sistémica se erosiona y el continente avanza hacia geometrías más rígidas.
La paz comparativa termina cuando el mecanismo vienés se degrada y es sustituido por bloques y automatismos: cuando Rusia deja de funcionar como regulador y pasa a ser un bando fijo en una balanza partida, Europa vuelve a su dinámica de autodestrucción.
6) Las dos lógicas incompatibles: por qué la política anglo es estructuralmente contraria a los intereses continentales
El patrón que conecta 1815 con 2022 no es conspirativo: es geopolítico-estructural. Responde a la contradicción permanente entre dos lógicas de poder incompatibles:
Lógica atlántica (talasocracia)
El poder marítimo necesita fragmentar Eurasia. Un continente articulado es autosuficiente: combina recursos, industria y mercados sin necesidad de rutas oceánicas controladas desde Londres o Washington. Por eso la doctrina británica desde Castlereagh es explícita: mantener Europa dividida en "masa de potencias independientes". No es antipatía ni moralina: es geometría de poder. Un bloque continental autónomo elimina la dependencia de garantías externas y rutas marítimas, destruyendo el fundamento del poder oceánico.
Lógica continental (telucracia)
El poder terrestre necesita integración. La complementariedad natural Europa-Rusia (industria alemana + energía rusa + profundidad territorial + mercados euroasiáticos) genera un espacio que no depende de protección naval exterior ni de importaciones transoceánicas. Esa articulación no es ideológica: es material. Gasoductos, ferrocarriles, corredores comerciales terrestres crean interdependencias que hacen innecesaria —e incluso perjudicial— la tutela atlántica.
Y aquí aparece una dimensión crítica que se suele omitir: La energía barata rusa fue el pilar del modelo de crecimiento alemán y, por extensión, europeo durante décadas. El gas ruso a precios competitivos permitió la expansión de la industria química alemana (BASF, Bayer), de la manufacturera intensiva en energía, y del modelo exportador que convirtió a Alemania en locomotora europea. Nord Stream no era un lujo geopolítico: era la infraestructura material que sostenía el modelo económico continental. Cortarla no es solo "presión a Rusia": es desmantelar la base energética del crecimiento europeo.
Viena funcionó porque, por un siglo, la lógica continental prevaleció. Rusia no estaba "afuera": estaba estructurando el sistema. Y Europa, sin necesariamente quererlo, disfrutó de esa estabilidad.
El siglo XX colapsó cuando esa lógica se rompió: primero en 1914 (ruptura del sistema bismarckiano que mantenía puentes Alemania-Rusia), luego en 1939 (exclusión de Rusia del sistema de Versalles), ahora en 2022 (voladura literal de Nord Stream). Cada ruptura sigue el mismo patrón: cuando el continente tiende a consolidarse, la presión atlántica introduce una cuña.
No es cuestión de simpatías o ideologías. Es cuestión de incompatibilidad estructural entre dos geometrías de poder. Y Europa, como península, está condenada a ser el campo de batalla entre ambas.
7) Ucrania como "última edición" del patrón (sin simplificar causas)
Traer Ucrania aquí no exige decir que "todo" sea diseño británico o americano. Eso sería flojo y empíricamente insostenible. Lo fuerte es otra cosa: Ucrania muestra cómo reaparece la gramática antigua: impedir una articulación estable Europa–Rusia y mantener la seguridad del continente dependiente de coaliciones externas/atlánticas.
Además, hay un salto de época que agrava el trauma. En el siglo XIX, el "encaje" ruso era territorial, dinástico y estratégico: fronteras, Estados tapón, compromisos de soberanía. En el XXI, el encaje fue también infraestructural y material: energía, redes, interdependencia industrial. Nord Stream no era solo un gasoducto: era la materialización física de la lógica continental. Su destrucción (septiembre 2022) no fue sabotaje infraestructural: fue cirugía geopolítica.
Destruir Nord Stream obligó a Europa a elegir:
- O gas natural licuado americano (3-4 veces más caro, transportado por rutas marítimas controladas por potencias atlánticas)
- O colapso industrial parcial (que es lo que está ocurriendo en Alemania desde 2023: cierre de plantas químicas, deslocalización de industria pesada, pérdida de competitividad exportadora)
No hay tercera vía. La península ha sido insularizada por la fuerza.
La ruptura contemporánea es doble: no solo se expulsa a Rusia del sistema político europeo, también se intenta reconfigurar la infraestructura material que sostenía la vida cotidiana europea y su modelo industrial.
Conclusión: Europa no se estabiliza expulsando a Rusia; se estabiliza encajándola
Europa fue inventada como categoría separada de Asia en el siglo XVIII. Antes de Tatíshchev, la idea misma de un "continente europeo" distinto del asiático era difusa o inexistente. Crear "Europa" como espacio separado obligó a decidir qué hacer con Rusia: ¿dentro o fuera?
El Congreso de Viena resolvió el problema de la única manera que funciona materialmente: reconociendo que no hay "dentro" ni "fuera" porque no hay frontera real. Rusia no fue "integrada" en un sistema europeo como favor o concesión: fue reconocida como parte constituyente de la masa continental. Y esa arquitectura, con todos sus defectos, produjo el periodo de mayor estabilidad relativa del continente en la era moderna.
Esa es la lección que Europa olvida sistemáticamente. Cada vez que intenta ordenarse sin Rusia —Versalles (1919), Guerra Fría (1945-1991), post-Maidan (2014-2024)— está intentando cortar la península de su base territorial. Y cada vez que lo hace, el resultado es el mismo: inestabilidad, dependencia de potencias extracontinentales, y finalmente guerra.
La política angloamericana tiene perfecto sentido desde su lógica insular: impedir que la península europea se articule con su heartland continental, porque esa articulación crearía un espacio geopolítico autónomo fuera de su órbita de influencia. Castlereagh lo formuló explícitamente en 1815. Crowe lo repitió un siglo después como doctrina del Foreign Office. La OTAN lo ejecuta hoy desde el Báltico hasta el Mar Negro.
Esa política no es irracional desde el punto de vista británico o americano. Pero no es el interés de Europa continental. Es, de hecho, estructuralmente incompatible con él.
Tras 1991, Europa intentó otra pax: ya no dinástica, sino jurídica e institucional, a través de la CSCE (Conference on Security and Co-operation in Europe; Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa) y su Acta Final de Helsinki (1975), y del marco posterior de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa). El problema fue la premisa: a diferencia de 1815, aquel orden se diseñó bajo la expectativa de convergencia rusa hacia el modelo occidental, más que como reconocimiento de un pilar con intereses propios. El resultado fue un encaje condicional y, por eso, frágil.
El golpe final es este: La política anglo de separar a Europa de Rusia tiene sentido desde el interés anglo precisamente porque sabe qué evita: la posibilidad de una pax europea nacida desde dentro del continente, con Rusia como pieza estructural, que haría innecesaria la tutela atlántica. Ese es el punto que Europa no quiere mirarse al espejo para admitir.
Europa no se estabiliza expulsando a Rusia. Europa se estabiliza reconociendo lo que la geografía muestra desde siempre: que Europa no es una isla, sino una península. Y que las penínsulas no flotan: están unidas a tierra firme.






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