Recordando lo obvio sobre el petróleo venezolano: Trump sabe que no se trata de llegar y abrir el grifo

El carril importa más que el crudo: por qué el "petróleo venezolano" de Trump es, sobre todo, una operación financiera

Trump no viene a “abrir el grifo”. Viene a controlar la cadena completa que convierte el Orinoco en dinero: diluyentes, licencias, barcos y, sobre todo, el cobro. Cuando el barril depende de permisos y de clearing bancario, la reserva deja de ser un tesoro y pasa a ser un peaje.

Escena: Diciembre de 2024. Un petrolero cargado de crudo venezolano espera frente a la costa. No espera que aparezca más petróleo bajo tierra—ese ya está en el barco. Espera tres cosas: una licencia del Tesoro de EE. UU. que autorice la operación, confirmación de que ciertos químicos llegarán a Venezuela para seguir extrayendo crudo, y la certeza de que el pago no quedará congelado en algún banco bajo sanciones. Esa espera resume Venezuela mejor que cualquier titular sobre "las mayores reservas del mundo".

La conversación pública sobre Venezuela suele arrancar con una frase hipnótica: "tienen las mayores reservas del mundo". A partir de ahí, el relato se escribe solo: llega Trump, "abre el grifo", cae el precio, EE. UU. se forra y medio planeta se arruina.

Ese relato ignora lo único que no negocia con nadie: la realidad material. Y cuando la materialidad entra en la ecuación, el discurso de Trump sobre el "petróleo venezolano" cambia de sitio. Pasa de ser un plan de "materias primas" a ser, principalmente, un plan de control del carril: sanciones, pagos, licencias, contratos, refinerías y disciplina geopolítica.

Dicho sin rodeos: Venezuela no es un problema de reservas; es un problema de carril. El barril es la coartada; el objetivo real es dominar el circuito económico que lo convierte en poder: permiso de paso, cobro y castigo.

En un vistazo: El discurso de Trump sobre el "petróleo venezolano" no es un plan para inundar el mercado mundial. Es un plan para recuperar el control del carril económico: quién compra, cómo se cobra, por dónde pasa el dinero y qué ocurre cuando alguien intenta un bypass. La Faja del Orinoco no es un tesoro automático sino un sistema dependiente de diluyentes importados, licencias políticas, refinerías especializadas y, sobre todo, control sobre el cobro. Venezuela no se entiende como un artículo sobre materias primas, sino como un artículo sobre control económico: quien manda sobre el carril manda sobre la economía del barril.

1) La materialidad: el Orinoco no es un grifo

El corazón de las "reservas" venezolanas está en la Faja del Orinoco y es crudo extra-pesado. Para entenderlo: imagina miel espesa en lugar de agua. Eso significa tres cosas muy simples:

No fluye solo. A diferencia del petróleo ligero (como el de Arabia Saudí o Texas), el crudo venezolano es tan denso que no puede moverse por tuberías sin ayuda. Hay que calentarlo, mezclarlo con productos químicos más ligeros, o tratarlo industrialmente.

Cuesta dinero y tecnología. Necesitas equipos especiales, mucha energía, agua, mantenimiento constante y personal cualificado. No es "abrir un grifo".

Escala lenta. Para aumentar la producción de verdad se necesita infraestructura pesada y años de inversión continua, no declaraciones en Twitter.

El truco está en los diluyentes

Aquí aparece el dato que convierte "geología" en "carril económico": los diluyentes.

El crudo extra-pesado es, en la práctica, inmóvil si no se mezcla con productos más ligeros (nafta, condensados, o crudo ligero importado). Esta mezcla reduce la viscosidad—lo hace más "líquido"—para que pueda circular por oleoductos, llegar a instalaciones de procesamiento y finalmente salir por barco hacia refinerías.

Según organismos técnicos como la EIA (Energy Information Administration de EE. UU.), el modelo exportador venezolano depende estructuralmente de estos diluyentes importados. Cuando escasean, la producción se estrangula, las exportaciones caen, o hay que reconfigurar toda la operación.

Este punto es clave: no se controla solo la salida del petróleo (barcos, seguros, licencias, pagos). También se puede controlar la entrada del químico que convierte el recurso geológico en mercancía vendible. El "mayor yacimiento del mundo" puede seguir ahí, pero deja de generar dinero si se corta el suministro de diluyentes.

Mapa simplificado del problema

Para que el petróleo venezolano llegue a ser gasolina en tu coche o diésel en un camión, tiene que pasar por este circuito:

Extracción (Faja del Orinoco: crudo extra-pesado)

Diluyentes importados (nafta/condensado/crudo ligero)

Mezcla industrial (en complejos como el Jose)

Transporte por oleoducto hasta terminal marítimo

Barco + seguro + flete (todos sujetos a sanciones)

Licencia de EE. UU. (permiso para operar)

Pago y clearing bancario (o intentos de evitarlo)

Refinería compleja (que puede procesar crudo pesado)

Producto final (gasolina, diésel) + margen de ganancia

Si controlas los diluyentes, las licencias o el sistema de pago, el petróleo bajo tierra pierde valor operativo aunque "exista". Es como tener un coche sin llave, sin gasolina y sin permiso de circulación: el coche existe, pero no va a ningún lado.


2) Entonces, ¿por qué Trump habla tanto de petróleo venezolano?

Porque el petróleo es el cuento perfecto. Es tangible, todo el mundo lo entiende, genera titulares. Sirve para vender poder ("tenemos acceso a sus reservas"), sirve para vender prosperidad ("bajará el precio de la gasolina"), y sirve para vender castigo ("se acabó el régimen de Maduro").

Pero el núcleo real no es "aumentar la oferta mundial de petróleo". El núcleo es recuperar control sobre el carril económico: quién puede comprar ese petróleo, quién puede cobrar por él, por dónde entra el dinero, bajo qué reglas, y qué pasa cuando alguien intenta saltarse esas reglas.

Esto encaja con la lógica de Trump sobre política exterior como sistema de peajes: aranceles, acceso al mercado estadounidense, sanciones, "protección" que se factura. No regala nada; todo tiene precio y condiciones. (Para entender cómo esta lógica se aplica de forma sistemática más allá de Venezuela, ver Manual básico para entender Trump: la política exterior como negocio de peajes).

La trampa del dinero

Aquí viene un punto que se menciona poco pero es central: según ha reportado la prensa especializada, la clave del nuevo esquema no es solo permitir o prohibir que Venezuela venda barriles. Es encapsular los ingresos.

Funciona así: el dinero de las ventas de petróleo venezolano se deposita en cuentas bancarias supervisadas por EE. UU. o bajo jurisdicción de aliados. Desde ahí, Washington puede decidir el destino de ese dinero: pagar deudas pendientes, financiar "ayuda humanitaria", "reconstrucción", o lo que convenga.

No se captura solo el barril. Se captura el flujo de caja. Venezuela puede vender petróleo, pero si no controla el dinero que recibe, sigue siendo dependiente. Es la diferencia entre "tener ingresos" y "poder gastarlos".


3) La bisagra: Venezuela no "abandonó el dólar", intentó usarlo sin pedir permiso

Aquí está el punto que convierte esto de "materias primas" en "finanzas".

Lo peligroso para Washington no es que un país sancionado venda petróleo. Lo peligroso es que un país sancionado venda petróleo cobrando en dólares sin pasar por el sistema bancario que EE. UU. controla.

Por eso el tema de las criptomonedas estables (como USDT, también conocido como Tether) no es una anécdota tecnológica: es un desafío directo. Según información de prensa, PDVSA (la petrolera estatal venezolana) ha usado USDT en operaciones de venta al contado, con esquemas de prepago, para reducir el riesgo de que los ingresos queden congelados bajo sanciones.

¿Qué es USDT y por qué importa?

USDT es una criptomoneda "estable" vinculada al dólar. Cada USDT supuestamente vale 1 dólar. Pero la gracia es que no necesitas pasar por un banco tradicional para moverlo. Se transfiere por blockchain (una red digital descentralizada), evitando el sistema SWIFT, las cuentas bancarias internacionales y, por tanto, buena parte del aparato de sanciones.

Es como si el dólar tuviera dos carriles:

Carril oficial: bancos, SWIFT, vigilancia total, posibilidad de congelación.

Carril digital: USDT, blockchain, más difícil de rastrear o bloquear (aunque no imposible).

Venezuela no está "abandonando el dólar" (USDT sigue siendo dólar digitalmente). Está intentando usar el dólar sin pedir permiso a Washington. Ese bypass es precisamente lo que irrita al sistema de sanciones.

Esto no convierte a USDT en "inmune". La empresa que lo emite (Tether) puede congelar direcciones bajo presión regulatoria, y los intermediarios que facilitan el cambio entre USDT y dinero real pueden ser perseguidos. Pero el conflicto ya no es "cripto sí/cripto no": es quién controla el interruptor del cobro.

Este punto —el bypass del sistema de pagos tradicional como núcleo del conflicto— está desarrollado en detalle en La verdadera razón del ataque a Venezuela no es el petróleo: es el bypass al dólar, donde se explica por qué la disputa no gira alrededor del barril como cosa física, sino alrededor del carril que permite cobrarlo, moverlo y convertirlo en poder económico sin pasar por el sistema financiero controlado por Washington.


4) Lo "rápido" no es producir más: es dar y quitar permisos

Mientras que aumentar la producción física de crudo venezolano es lento (años, inversión, riesgo), hay cosas que Washington sí puede mover deprisa:

Quién puede comprar el petróleo venezolano y bajo qué condiciones.

A dónde va ese petróleo (¿a China? ¿a India? ¿a refinerías del Golfo de México?).

Qué licencias tiene cada compañía petrolera para operar en Venezuela.

Cómo se cobra: banca tradicional, intermediarios, compensaciones, o atajos digitales.

Aquí aparece la lógica real del poder: el castigo o el permiso no es binario (todo abierto o todo cerrado). Es un regulador que se administra por grados. Se permite un poco, se bloquea otro poco, se dosifica la "excepción" según convenga políticamente.

Geopolítica aplicada: redirigir flujos

Si EE. UU. redirige crudo venezolano desde China hacia refinerías estadounidenses, no solo cambia el mapa del suministro. También encarece el sustituto para quienes antes compraban barato.

Las refinerías independientes chinas (llamadas "teapots") habían aprendido a procesar crudo venezolano con descuento, aprovechando que estaba sancionado y nadie más lo quería. Si ese crudo se redirige a EE. UU., China tiene que buscar alternativas más caras o menos convenientes.

Eso no es "mercado libre". Es geopolítica aplicada: usar el control del carril petrolero para disciplinar a otros actores. Por eso reaparece la Doctrina Monroe como marco retórico: el hemisferio occidental como patio donde EE. UU. decide quién compra, quién cobra y quién queda fuera.


5) El punto que complica el relato: Venezuela compite con el shale de casa

Aquí hay una contradicción que Trump nunca aclara: puede exhibir el "petróleo venezolano" como triunfo geopolítico, pero también se presenta como defensor de la industria petrolera doméstica (el famoso shale, el petróleo de esquisto de Texas, Dakota del Norte, etc.).

Y esos dos objetivos chocan.

La tensión es simple:

Precios bajos del petróleo: políticamente útiles (gasolina barata para el consumidor, titulares positivos).

Precios rentables: necesarios para que el shale mantenga inversión, perforación, empleo.

El sector del shale estadounidense necesita precios relativamente altos para ser rentable. Si Trump "inunda" el mercado con crudo venezolano y los precios caen mucho, las petroleras de Texas empiezan a perder dinero, cierran pozos, recortan inversión.

Según encuestas del sector (como la Dallas Fed Energy Survey), los productores de shale suelen necesitar precios por encima de ciertos umbrales para que valga la pena perforar nuevos pozos. Cuando el precio cae por debajo, se frena la actividad.

Resultado: el petróleo venezolano funciona mejor como herramienta de dosificación (dar y quitar licencias según convenga) que como palanca para "tirar el precio mundial" sin dañar a Texas.

El muro de la inversión

Por debajo de todo esto hay una realidad que la política no puede saltar con discursos: inversión y riesgo.

Consultoras energéticas como Rystad Energy han estimado que recuperar los niveles históricos de producción venezolana requeriría inversiones masivas: decenas de miles de millones de dólares (algunos rangos llegan hasta 100–185 mil millones, según el objetivo).

Pero empresas como ExxonMobil han descrito públicamente a Venezuela como "no invertible" sin garantías jurídicas y estabilidad de reglas. ConocoPhillips arrastra la memoria de expropiaciones y litigios que duraron años.

La materialidad se traduce en una palabra: riesgo. Y el riesgo espanta el capital, por muchos barriles que haya bajo tierra.


6) CITGO y el Golfo: la cadena completa y el margen

El petróleo pesado solo genera poder si existe una cadena completa: producción → dilución/procesamiento → transporte → refino → producto final.

Aquí vuelve con fuerza el punto de los diluyentes: si la nafta (o equivalentes) decide si el Orinoco "camina", el carril no empieza en el barco ni en el banco. Empieza en el insumo que habilita el movimiento físico del crudo.

Por qué importa a EE. UU.

Hay un motivo por el que el crudo venezolano le interesa específicamente a EE. UU. Una parte del parque refinador del Golfo de México invirtió durante décadas en tecnología de conversión profunda (cokers, hidrotratamiento) para exprimir hasta la última gota de valor de crudos pesados y con alto contenido de azufre.

El crudo venezolano encaja perfectamente en esa lógica industrial. Puede maximizar márgenes cuando entra como materia prima en refinerías que ya están configuradas para procesarlo.

Esto no significa dependencia absoluta (las refinerías pueden ajustar sus "dietas" de crudo), pero sí un incentivo estructural: el barril venezolano no es "energía barata en bruto". Es materia prima de margen para una capacidad industrial ya instalada y amortizada.

Es la diferencia entre "tener acceso a crudo" y "tener acceso al crudo que tu infraestructura sabe convertir en ganancia".


7) Conclusión: petróleo como relato, carril como guerra

Con la realidad material sobre la mesa, el discurso de Trump sobre el petróleo venezolano se lee así:

No es: "vamos a inundar el mercado mundial y bajar el precio global del petróleo para siempre".

Es: "vamos a recuperar el control de un nodo estratégico para demostrar que el carril de pagos, sanciones y licencias sigue siendo nuestro, y que cualquiera que intente un bypass digital o geopolítico paga el precio".

En este marco, la Faja del Orinoco deja de ser un tesoro automático y se convierte en lo que realmente es: un sistema dependiente de diluyentes importados, de licencias políticas, de refinerías especializadas y, sobre todo, de control sobre el cobro.

Por eso Venezuela no se entiende como un artículo sobre materias primas, sino como un artículo sobre control económico: quien manda sobre el carril manda sobre la economía del barril, aunque el barril siga enterrado en el subsuelo venezolano.


La próxima vez que escuches "Trump va a abrir el grifo venezolano", pregunta: ¿quién controla el diluyente, la licencia, el barco, el seguro, la cuenta bancaria y la refinería? Porque sin control del carril, el grifo es puro decorado.

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