El caso Epstein: Los vicios públicos son vicios privados.

Vicios públicos son vicios privados: El caso Epstein

Por qué los abusos colectivos acaban siempre en abusos individuales y por qué siempre han existido hombres como Epstein

El caso Epstein no importa por Epstein. Importa porque revela algo mucho más antiguo y más profundo: la continuidad entre el abuso del poder a gran escala y el abuso íntimo, personal, privado.

El poder que aprende a dañar colectivos sin rendir cuentas aprende también a dañar individuos. No son dos cosas distintas. Son la misma pulsión operando en dos escalas.

Y cuando esa pulsión existe, siempre aparecen hombres dispuestos a organizarla, facilitarla y convertirla en influencia y control.

En un vistazo: El abuso del poder no opera en compartimentos separados. Cuando el poder aprende a dañar colectivos sin consecuencias —mediante cosificación, difusión de responsabilidad y desconexión moral— no reactiva automáticamente sus frenos éticos al descender a la esfera íntima. El abuso personal es la expresión coherente del abuso estructural cuando la abstracción se encuentra con un cuerpo concreto. Este mecanismo genera sistemáticamente figuras como Epstein: intermediarios que no solo facilitan el vicio privado del poderoso, sino que lo convierten en una trampa relacional mediante deuda de gratitud y chantaje latente, pasando de servir al poder a poseerlo al administrar la culpa. Los casos históricos —desde las cortes del Antiguo Régimen hasta Hollywood, pasando por escándalos victorianos y Beria— no son anécdotas dispersas sino variaciones de un mismo patrón: élites protegidas, víctimas vulnerables, intermediarios funcionales y estructuras que contienen el daño. El núcleo del vicio del poderoso no es el sexo sino la dominancia: la gratificación proviene del control absoluto y la imposibilidad de la negativa. Mientras existan estructuras que permitan dañar colectivamente sin consecuencias, seguirá existiendo una vía abierta para el abuso íntimo y redes dispuestas a explotar esa vulnerabilidad ética para obtener control.


1. Qué le hace el poder a la mente

Antes de hablar de sexo o de crimen, conviene entender qué hace el poder cuando no tiene límites reales.

El psicólogo social Dacher Keltner ha documentado lo que denomina la paradoja del poder: las personas suelen ascender a posiciones de liderazgo gracias a rasgos prosociales —empatía, cooperación, capacidad de lectura emocional—, pero el ejercicio sostenido del poder deteriora precisamente esas capacidades.

El poder induce un déficit empático: reduce la sensibilidad a las emociones ajenas y refuerza la percepción del otro como medio y no como sujeto.

Los experimentos clásicos de Stanley Milgram y Philip Zimbardo mostraron que, cuando una persona se siente autorizada, respaldada por una estructura y protegida de consecuencias, cruza límites que no cruzaría en condiciones ordinarias.

El factor decisivo no es el carácter previo, sino la sensación de impunidad.

La conclusión es clara: el abuso no nace del deseo; nace de la impunidad.


2. Del abuso estructural al abuso íntimo: una misma lógica

Cuando el poder abusa a nivel macro —explotando poblaciones, precarizando colectivos, imponiendo decisiones sin consentimiento, normalizando daños "necesarios"— se produce un aprendizaje psicológico:

  • El otro se convierte en variable
  • El daño se vuelve abstracto
  • La responsabilidad se difumina
  • La culpa desaparece

Ese mismo esquema desciende de escala.

Lo que antes eran "daños colaterales", "ajustes inevitables", "sacrificios necesarios", en el plano íntimo se convierte en "no pasa nada", "se beneficia", "esto es consensuado", "tengo derecho".

👉 Los vicios públicos del poder se convierten en vicios privados.

No hay ruptura moral entre ambos niveles. Hay continuidad.

Esta continuidad está sólidamente fundamentada. La filósofa Martha Nussbaum ha desarrollado el concepto de cosificación para describir el proceso por el cual una persona es tratada como un medio para fines ajenos, negando su subjetividad y volviéndola intercambiable (fungibilidad).

Quien aprende a ver a un colectivo como un coste, un número o una variable de ajuste ha interiorizado ya esa lógica. El salto al abuso individual no requiere una nueva transgresión ética: es la aplicación íntima de la misma cosificación.

Desde la psicología social, Albert Bandura demuestra que la desconexión moral no es selectiva. Los mecanismos que permiten dañar a muchos sin sentir culpa —difusión de la responsabilidad, lenguaje eufemístico, justificación por un bien mayor— erosionan los frenos inhibitorios del sujeto.

El cerebro que aprende a desconectar su brújula ética para explotar colectivamente no la reactiva automáticamente en la esfera privada. No existe un interruptor moral que se apague en la institución y se encienda al llegar a casa.

El abuso íntimo no es una excepción moral al abuso estructural: es su expresión coherente cuando la abstracción desaparece y el poder se enfrenta a un cuerpo concreto.


3. El vicio privado del poderoso (y por qué no es el sexo)

Conviene ser precisos: el vicio del poderoso no es el sexo.

Es una combinación muy concreta:

Sensación de excepción

Las normas se perciben como diseñadas para otros.

Derecho implícito

El estatus se vive como mérito que autoriza.

Dominio sobre el otro

La gratificación no reside en el acto, sino en la imposibilidad de la negativa.

Secreto compartido

El vínculo central no es el placer, sino la complicidad silenciosa.

La literatura clínica sobre abuso sexual en contextos de poder es consistente en este punto: el núcleo no es la libido, sino la dominancia.

El sexo funciona como instrumento para confirmar una asimetría absoluta. La satisfacción proviene del control, no del deseo.


4. Por qué siempre aparecen hombres como Epstein

De facilitadores a propietarios del poder

La mera existencia recurrente de figuras como Epstein constituye en sí misma una prueba empírica del mecanismo que este texto describe.

Si el abuso íntimo fuera un accidente moral aislado, no produciría de forma sistemática intermediarios capaces de convertir el vicio privado del poderoso en influencia estructural. Que estos personajes reaparezcan una y otra vez indica que cumplen una función dentro del ecosistema del poder.

Los intermediarios tipo Epstein no solo facilitan el abuso. Lo convierten en una trampa relacional.

Cuando el poderoso actúa dentro de la red del intermediario, ocurre algo decisivo: deja de ser un actor libre y pasa a formar parte de una comunidad de culpa.

El mecanismo es doble:

Deuda de gratitud

El intermediario proporciona el entorno, garantiza la discreción, protege del escándalo y gestiona silencios. Eso genera una deuda invisible pero poderosa: me facilitó, me cubrió, me permitió. En los entornos de poder, esta deuda pesa tanto como —o más que— un favor político.

Chantaje latente

No hace falta una amenaza explícita. Basta con saber que alguien conoce el vicio, guarda pruebas o testimonios, conecta a otros implicados y controla el perímetro del secreto. El poder más eficaz es el que no necesita activarse.

En este punto se produce el giro decisivo: el intermediario deja de servir al poder y pasa a poseerlo.

No manda por tener poder formal, sino porque administra la culpa. Al hacerlo, condiciona no solo al individuo, sino el ejercicio mismo del poder que ese individuo representa.


5. Figuras recurrentes: cuando el intermediario reaparece

A lo largo de la historia, allí donde el poder concentrado ha convivido con impunidad y secreto, reaparece el mismo tipo de figura y el mismo patrón operativo: élites protegidas, víctimas vulnerables, intermediarios funcionales y un Estado —o una institución— conteniendo el daño.

No se trata de anécdotas, sino de variaciones históricas de un mismo mecanismo.


A) Cortes europeas del Antiguo Régimen

Favoritos y intermediarios gestionaban el acceso sexual a personas dependientes como parte del privilegio aristocrático. El abuso no era un exceso: era un signo de estatus.

Lectura del mecanismo: Poder absoluto + dependencia estructural + intermediación normalizada = abuso como performance de jerarquía.


B) Londres, 1889: Cleveland Street Scandal

Un burdel masculino que implicaba a jóvenes mensajeros y a clientes aristocráticos. Lo relevante no es el morbo, sino el patrón: protección de las élites implicadas, huida sistemática de nombres importantes, castigos menores a los chicos y una fuerte percepción pública de cobertura estatal.

Lectura del mecanismo: Clases altas + víctimas jóvenes + intermediación + Estado conteniendo el incendio.


C) Londres, 1885: The Maiden Tribute of Modern Babylon

La investigación periodística de W. T. Stead destapó redes de prostitución infantil y denunció la pasividad —cuando no complicidad— de funcionarios y élites respetables.

El impacto condujo a una reforma legal decisiva: la elevación de la edad de consentimiento en el Reino Unido. El abuso existía y era conocido; la ley llegó tarde porque había intereses arriba bloqueándola.

Lectura del mecanismo: Mercado de cuerpos vulnerables + protección por respeto social + ley que llega cuando el coste reputacional es inasumible.


D) Nueva York, 1900–1908: vice, policía y protección política

Los informes del Committee of Fifteen documentaron el papel de la corrupción policial y la protección política en redes de prostitución y juego. La ilegalidad funcionaba como renta y como instrumento de control, sostenida por pagos y silencios.

Lectura del mecanismo: Impunidad organizada; no es "nadie se entera", es "todos cobran".


E) Reino Unido, 1963: Profumo Affair

No es un caso de menores, pero es un precedente clave para entender el sexo como vulnerabilidad explotable en la élite política. Se convirtió en problema de Estado porque mostró que las redes sociales privadas podían comprometer el ejercicio del poder.

Lectura del mecanismo: Sexualidad + círculo social + riesgo político = herramienta de disciplina.


F) Hollywood clásico (sistema de estudios)

Productores y agentes operaron como intermediarios sexuales, convirtiendo carreras en moneda de acceso y silencio. El abuso funcionó como mecanismo informal de control laboral.

Lectura del mecanismo: Estructura laboral cerrada + dependencia profesional + intermediarios funcionales = abuso como tecnología de poder corporativo.


G) Siglo XXI: Fayed / Harvey Weinstein / el "ecosistema"

Más que repetir casos, importa el modelo contemporáneo: abuso sostenido, entorno laboral como captación, intermediarios, seguridad privada, intimidación legal, acuerdos de confidencialidad (non-disclosure agreements, NDA) y fallos institucionales reiterados.

El abuso opera como práctica tolerada hasta que deja de serlo.

Lectura del mecanismo: Estructura laboral cerrada + dependencia profesional + gestión legal del silencio.


H) Lavrentiy Beria (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS)

Caso extremo que confirma la lógica en su forma totalitaria. Beria utilizó la infraestructura del terror de Estado (abuso macro) para perpetrar abusos sexuales personales de manera sistemática (abuso micro).

Lectura del mecanismo: Abuso colectivo sin frenos → abuso íntimo inevitable.


Nota imprescindible: el filtro contra la basura

Cuando se habla de redes de élites, proliferan relatos que no resisten contraste empírico. Un ejemplo recurrente es el llamado "Franklin scandal" en Estados Unidos: tras múltiples investigaciones, los grandes jurados concluyeron que las acusaciones centrales de una red organizada eran infundadas, aunque existieran otros delitos reales en el entorno.

Esta distinción es clave porque refuerza la tesis central: no hacen falta fantasías ni conspiraciones totales. El mecanismo real —documentado histórica y sociológicamente— es ya lo suficientemente monstruoso.


Conclusión: la pregunta inevitable

Mientras existan estructuras que permitan dañar colectivamente sin consecuencias, siempre habrá una vía abierta para el abuso íntimo y redes dispuestas a explotar esa vulnerabilidad ética para obtener control político y financiero.

Por eso la pregunta final no es moral, sino política:

¿Quién está hoy tejiendo la próxima telaraña?

No porque el mundo esté lleno de monstruos, sino porque el poder sin frenos siempre genera debilidades, y alguien siempre aprende a convertirlas en obediencia.

Epstein no fue el primero.
Y casi con certeza, no será el último.

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