El crimen de seguir apostando por Ucrania

Cuando el centro admite el límite

Cuando la única estrategia es "aguantar" y el único plan es "más de lo mismo", seguir empujando no es principio: es negación. Y quienes lo promueven tienen su parte de responsabilidad en una masacre sin sentido.Si Ucrania no puede cambiar el signo estratégico de la guerra bajo las condiciones actuales, prolongar el conflicto solo incrementa el coste humano. Otro crimen más sobre la inexistente conceincia de los europeos.

Lo que importa no es que "Ucrania no pueda defender todo el frente". Eso se decía desde hace meses. Lo que importa es que ahora esa idea aparezca, normalizada, en el centro del relato: The New York Times.

Cuando el medio que ha sido parte del consenso occidental empieza a verbalizar límites estructurales, no está "analizando el frente" sin más: está cambiando lo que se puede decir sin ser expulsado del relato.

La conclusión que se intenta aplazar es simple y brutal: si no hay capacidad de revertir estratégicamente, prolongar la guerra deja de ser estrategia y pasa a ser sacrificio.

En un vistazo: Este artículo sostiene que cuando un actor pierde la capacidad de reversión estratégica, continuar la guerra sin un plan creíble se convierte en sacrificio, no en estrategia. La tesis central: bajo las condiciones actuales —nivel de apoyo occidental, correlación de fuerzas, iniciativa rusa— Ucrania no tiene un vector visible para cambiar el signo estratégico de la guerra. Puede resistir, puede retrasar, puede encarecer el avance. Pero cambiar el equilibrio exige una capacidad que hoy no se ve. A partir de ese punto, prolongar el conflicto sin ofrecer una vía estratégica creíble traslada el coste humano a otros para no asumir el coste político de admitir el límite. La señal de que The New York Times normaliza esta idea marca un cambio en el relato: el sistema prepara un lenguaje nuevo que permite hablar de salida sin ser acusado de traición.


1) La guerra no se sostiene con moral: se sostiene con tropa

Un frente inmenso exige tres cosas básicas: tropa, rotación y reservas.

Si faltan soldados, no hay "línea"; hay una sucesión de posiciones remendadas. La defensa deja de ser una arquitectura y se convierte en un oficio: tapar huecos, mover unidades agotadas, improvisar con unidades incompletas, sostener sectores "como se pueda".

El "límite aritmético" no es una metáfora: es gente. Se ha descrito el caso de batallones que deberían rondar los quinientos efectivos operando con una fracción de esa cifra y con un subconjunto aún menor disponible para el combate inmediato. Ese tipo de degradación no permite "defender todo": obliga a priorizar y, por definición, deja brechas.

La moral puede estar alta y aun así ser irrelevante. La moral no cubre trincheras. La moral no crea reemplazos. La moral no fabrica profundidad defensiva.

En la guerra moderna —y más en una guerra de desgaste— el factor decisivo no es quién cree más, sino quién tiene más hombres disponibles para sostener el contacto.


2) Iniciativa no es velocidad: es obligar al otro a reaccionar (y Rusia la lleva desde hace más de dos años)

Desde hace más de dos años, la iniciativa la lleva Rusia: se puede discutir el ritmo, el coste, la eficiencia, pero lo esencial es más simple. Es Rusia quien empuja y Ucrania quien reacciona.

Aquí aparece la trampa retórica habitual: "Rusia avanza lento, luego Rusia está perdiendo". No. Avanzar lento puede significar exactamente lo contrario: guerra de posiciones y atrición (desgaste).

En ese escenario el objetivo no es una cabalgada espectacular, sino la presión continua: obligar al rival a gastar reservas, a vivir parcheando, a tomar decisiones desesperadas sobre dónde resistir y dónde ceder.

A esa dinámica se añade un cambio técnico que estrecha todavía más el margen: la "transparencia" del campo de batalla. Con drones, sensores y vigilancia persistente, la capacidad de sorpresa cae y la concentración de fuerzas se vuelve arriesgada: agrupar unidades para maniobrar aumenta la probabilidad de detección y castigo. Un análisis de IFRI sobre transparencia del campo de batalla describe precisamente esa tendencia: más vigilancia, menos opacidad, más castigo a la maniobra tradicional.

Bajo las condiciones presentes —nivel actual de apoyo occidental, ritmo de movilización ucraniana, correlación material de fuerzas— no aparece un vector creíble de reversión estratégica.

Esto puede cambiar si cambian esas condiciones: si Occidente multiplica el apoyo, si hay un colapso interno ruso, si aparece algún factor disruptivo. Pero evaluar escenarios hipotéticos no es analizar el presente. Y en el presente, con lo que hay sobre la mesa, la capacidad de Ucrania para recuperar la iniciativa y cambiar el signo de la guerra no se ve.


3) Objeciones infantiles (porque ignoran la asimetría)

Hay dos objeciones estándar que se repiten como reflejos. Y ambas son infantiles no por intención, sino por mala comprensión de cómo funciona la guerra.

Objeción 1: "Rusia también se desgasta"

Sí. Pero el desgaste no pesa igual.

Y en este caso la asimetría es todavía más brutal porque el ejército que retrocede suele hacerlo atrincherado y sometido a un patrón de demolición que no es solo artillería: es artillería + drones + bombas aéreas de alto poder.

El punto clave es el uso sistemático de bombas planeadoras: municiones tipo FAB (Bomba Aérea de Alto Explosivo) como la FAB-1500 y la FAB-3000 equipadas con kits de guiado (UMPK, Universal Module for Planning and Correction, "módulo universal de planeo y corrección") permiten atacar fortificaciones desde distancias de seguridad relativa para la aviación.

Un análisis técnico de JAPCC subraya el impacto de estas armas y su lógica coste-efectiva; otras fuentes de análisis abiertas han citado un orden de magnitud de miles de bombas planeadoras al mes a inicios de 2025, precisamente lo que explica la erosión sostenida de posiciones defensivas.

A esto se suma el uso reportado de municiones termobáricas (armas que generan una onda expansiva y sobrepresión especialmente destructivas en espacios cerrados o semiconfinados), que agravan el castigo sobre posiciones fortificadas cuando se emplean en determinados sistemas y municiones.

Y aquí viene lo decisivo: el que pierde terreno no solo sufre bajas. Pierde además posiciones preparadas, líneas fortificadas, profundidad, infraestructuras y margen de maniobra. Es decir: pierde futuro.

El desgaste, por tanto, es asimétrico: al que retrocede, cada muerto le compra menos.

Objeción 2: "Negociar premia al agresor"

Sí. Y esa es precisamente la naturaleza de la violencia en relaciones internacionales: existe para alterar la situación inicial. Si la fuerza no cambiase el mapa, no se usaría.

Pero hay algo más básico: las consideraciones morales sobre "premiar la agresión" no cambian la correlación de fuerzas. Puedes tener toda la razón moral del mundo y aun así no poder echar al agresor del territorio conquistado.

En ese caso, la moral se convierte en coartada para prolongar el sacrificio sin alterar el resultado político.

La pregunta relevante no es si negociar "premia" al agresor —obviamente lo hace—, sino si continuar la guerra cambia ese hecho.

Si no tienes capacidad de recuperar el territorio militarmente, entonces negociar no "premia más" al agresor que seguir peleando: el agresor se queda el territorio de todas formas. La única diferencia es cuántos muertos más pones encima de la mesa antes de reconocerlo.


4) ¿Cuándo merece la pena continuar y cuándo no?

Aquí basta un criterio clásico y frío, sin sentimentalismo. Carl von Clausewitz fija el marco: la guerra es un instrumento subordinado a fines políticos; cuando el coste del instrumento supera el valor del fin, el fin debe revisarse y la salida —la paz— se impone como decisión racional.

La pregunta decisiva no es "¿podemos resistir?" (siempre se puede resistir un tiempo). La pregunta es: ¿aparece alguna perspectiva estratégica nueva que permita revertir la iniciativa y cambiar el signo de la guerra?

Si no aparece, continuar puede incrementar el coste humano sin alterar el resultado político.


5) Cuando no hay reversión estratégica, la guerra cambia de naturaleza

Si un actor ya no tiene capacidad de revertir estratégicamente, la guerra deja de ser un medio para alcanzar un fin y se convierte en otra cosa: un ritual de sacrificio para evitar el momento político de admitir el límite.

Por eso lo relevante de que el "límite" se diga ahora desde el centro del relato no es el dato militar, sino la señal: el sistema empieza a preparar un cambio de fase, un lenguaje nuevo —límites, desgaste, "no se puede sostener todo"— que hace posible hablar de salida sin ser acusado de traición.


6) Negociación: la señal política ya está encima de la mesa

Cuando cambian las palabras, se mueven piezas. Según Reuters y Associated Press, el presidente ucraniano anunció una nueva ronda de conversaciones trilaterales prevista para el 4–5 de febrero de 2026 en Abu Dabi.

Esto no garantiza ningún acuerdo. Pero sí marca un hecho político: el lenguaje de la negociación vuelve al centro justo cuando el propio discurso público empieza a admitir los límites estructurales del frente.


Cierre

El titular del centro no es el hecho: es la señal. La señal de que el consenso empieza a aceptar que la guerra no se sostiene con épica, sino con tropa, rotación y reservas; y que, cuando eso falla, la moral se convierte en coartada.

Y aquí está lo que muchos no quieren decir: si no aparecen perspectivas estratégicas nuevas, si no hay un modo creíble de recuperar la iniciativa y revertir el equilibrio en el frente, entonces la conclusión es obvia: Ucrania no tiene una vía realista hacia una victoria decisiva.

Puede resistir, puede retrasar, puede encarecer el avance ruso. Pero cambiar el signo estratégico de la guerra exige una capacidad que hoy no se ve.

A partir de ese punto, seguir empujando en la misma dirección ya no es "principio". Es inercia. Es negación. Y, sobre todo, es trasladar el coste humano a otros para no asumir el coste político de decir "hasta aquí".

En esas condiciones, quienes abogan por prolongar la guerra sin ofrecer una vía estratégica creíble —sin un plan que cambie el equilibrio, no un eslogan— tienen su parte de responsabilidad en una masacre que se vuelve crecientemente sin sentido.

Porque si la continuidad no cambia el resultado y solo cambia el número de muertos, no es resistencia: es sacrificio.

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