Lo que le cuesta al cuerpo jugar como juega el Atlético — y por qué ese precio ya no es pagable. Segundo capítulo. El primero: La obsolescencia del fútbol energético de Simeone
En un vistazo: El fútbol de energía de Simeone tiene un coste físico concreto y medible. La compactación defensiva constante —arriba, abajo, arriba, abajo— exige aceleraciones repetidas que son las acciones más caras metabólicamente del fútbol. Ese coste produce una caída de rendimiento en la segunda parte, obliga a cambios en el minuto 60 para recargar piernas sin cambiar el plan, y fuerza arreones finales que acumulan deuda metabólica. En un calendario de 40 partidos esa deuda era asumible. En uno de 70, con partidos cada tres días, se vuelve impagable. El patrón Copa grande / Liga desastre no es un problema de actitud: es un problema de biología. Y la biología tiene un límite que el calendario no respeta.
En el artículo anterior la crítica era cualitativa: el modelo de Simeone depende de la energía como sostén, no como recurso, y eso tiene consecuencias. Pero quedaba una pregunta abierta: ¿cuánto cuesta, exactamente, jugar así? No en dinero. En cuerpo. Porque si el coste fuera bajo, la dependencia sería un problema menor. Y si fuera alto pero el calendario diera respiro, habría margen para recuperar. La cuestión es que el coste es altísimo y el calendario ya no perdona. Esa es la cuenta que no sale.
Este artículo usa datos de ciencia del deporte para ponerle números a lo que se ve en el campo. No para hacer un paper. Para demostrar que el fútbol de energía de Simeone tiene un precio físico concreto, medible, y que ese precio, multiplicado por un calendario de 60 o 70 partidos al año, produce exactamente lo que estamos viendo: un equipo que se vacía, se rompe y necesita héroes para sobrevivir.
Una aclaración necesaria: los estudios que cito no son de esta temporada 2025/26 —la ciencia del deporte no trabaja en tiempo real—. Pero el modelo sí es el mismo. Y no lo digo yo: lo dice Simeone cada vez que abre la boca. Cuando explica por qué cambia a Baena, no habla de ajustes tácticos ni de cambios de dibujo. Habla de energía. «No tiene energía.» «Falta energía.» «El partido exige energía.» El caso de Baena es especialmente revelador: hablamos de un jugador fichado precisamente por su capacidad para gestionar el balón, para dar pausa y claridad en la zona de creación. Y el sistema lo escupe porque no corre lo suficiente. No es que Baena no encaje en el fútbol de élite: es que no encaja en un modelo que sacrifica la claridad por la gasolina. Cuando tu sistema devora al jugador que debería estar administrando el esfuerzo de los demás, el sistema tiene un problema de diseño, no de combustible. El lenguaje no ha cambiado porque el plan no ha cambiado. Sigue siendo gasto y repliegue. Sigue siendo intensidad como sostén. Y si el plan es el mismo, los costes que documentan estos estudios siguen siendo los mismos. O peores, porque el calendario es más largo que cuando se recogieron esos datos.
El coste de «apretar el campo»
La marca de la casa del Atlético es la compactación defensiva: líneas juntas, bloque estrecho, equipo que sube y baja como una sola pieza. Cuando el rival juega hacia atrás, el Atlético «aprieta el campo» —toda la unidad sube sincronizada para asfixiar—. Cuando el rival encuentra un pase vertical, el bloque baja en bloque. Arriba, abajo, arriba, abajo. Cada movimiento exige que diez jugadores de campo ejecuten aceleraciones coordinadas al mismo tiempo.
Esas aceleraciones no son sprints espectaculares. Son arranques cortos, frenazos, cambios de ritmo constantes. Pero según el estudio de Oliva-Lozano et al. sobre características locomotoras de aceleraciones intensas en los principales equipos españoles, publicado en Trends in Sport Sciences (Termedia, 2024), son las acciones más caras metabólicamente del fútbol. Más que un sprint largo. Más que una carrera sostenida. El estudio muestra que los mediocampistas centrales —el motor del sistema de Simeone— registran las frecuencias más altas de estas aceleraciones relativas. No las más potentes: las más frecuentes. Es el coche de ciudad: no va rápido, pero frena y arranca todo el rato, y por eso consume más que el de autopista.
Y hay un dato adicional que lo confirma desde otro ángulo. El estudio de Reche-Soto, Cardona-Nieto y Pino-Ortega et al., publicado en el Journal of Human Kinetics (2019), midió la potencia metabólica —que captura el coste energético real de esas aceleraciones y deceleraciones a baja velocidad, lo que las métricas de distancia recorrida no ven— y encontró que las posiciones de mediocampo y extremo acumulan una carga metabólica significativamente mayor que lo que sugieren sus kilómetros totales. Corren menos que otros, pero gastan más. Porque el tipo de esfuerzo que les pide el sistema es más caro.
El Atlético de Simeone no corre más que otros equipos. Gasta más. Y la diferencia entre correr y gastar es la diferencia entre un modelo sostenible y uno que pasa factura.
La factura llega en la segunda parte. Siempre.
Ese mismo estudio de Reche-Soto et al. documenta algo que cualquier aficionado del Atlético reconocerá: una caída sistemática de la potencia metabólica y la carga del jugador entre la primera parte y la segunda. En todos los equipos, sí. Pero el matiz es crucial: la caída es proporcional al coste de lo que has hecho antes. Si tu primera parte exige compactaciones constantes, presión por triggers, duelos repetidos y transiciones defensivas largas, la factura en la segunda parte es mayor. No porque tus jugadores sean peores. Porque tu modelo les ha pedido más.
Y aquí es donde el artículo anterior cobra sentido numérico. Escribí que cuando al Atlético le baja el depósito no es que corra menos: es que pierde forma. Repliega tarde, presiona roto, se estira, se desordena. Los datos lo explican: no es un problema de voluntad, es un problema de coste acumulado. La potencia metabólica cae, y con ella cae la capacidad de ejecutar esas aceleraciones sincronizadas que sostienen el bloque. El «apretar el campo» deja de funcionar. Y cuando deja de funcionar, no hay plan B.
Y no es solo el cuerpo. La fatiga metabólica arrastra consigo fatiga cognitiva: cuando el músculo no tiene glucógeno para acelerar, el cerebro no tiene glucosa para decidir. Por eso el Atlético de los minutos finales no solo corre peor: decide peor. Pases al vacío, marcajes perdidos, posicionamientos absurdos. No es falta de actitud ni de concentración: es que la maquinaria biológica que sostiene la toma de decisiones se ha quedado sin combustible, igual que las piernas. El modelo no solo fabrica fatiga física: fabrica errores.
De hecho, el propio Simeone lo confirma con sus cambios sin saberlo. Observa el patrón: las sustituciones llegan casi siempre alrededor del minuto 60. Y no cambian el dibujo. No ajustan la táctica. No introducen un plan alternativo. Lo que hacen es recargar el depósito. Piernas frescas para seguir haciendo exactamente lo mismo. Es la confesión más elocuente del modelo: cuando la energía baja, la solución no es jugar distinto, es meter a alguien que pueda seguir corriendo. El sistema no se adapta a la fatiga. La niega. Sustituye cuerpos para sostener un plan que no sabe funcionar con menos revoluciones. Y eso, en un partido, puede salirte bien. Pero en una temporada de 70 partidos, significa que necesitas no once jugadores de élite, sino veintidós. Y que cada tres días dependes de que las piernas del banquillo lleguen donde las del titular ya no pueden.
Los goles del minuto 89: ¿fortaleza o factura?
El Atlético marcó 13 goles después del minuto 89 en la temporada 2024/25. El relato oficial lo vende como prueba de carácter, de la mentalidad forjada en la Cuesta de la Muerte, de la superioridad física construida en pretemporadas brutales. Un estudio reciente sobre los «Extremely Demanding Passages» publicado en PMC (2025) confirma que es posible mantener picos de potencia metabólica en los últimos quince minutos de partido.
Pero esos picos tienen un reverso. Porque el dato no dice que el Atlético sea más fuerte al final: dice que el Atlético necesita ser más fuerte al final. ¿Por qué llegas al minuto 89 sin haber resuelto? Porque tu modelo no genera suficiente ventaja en los 89 minutos anteriores. El coste de sostener el sistema es tan alto que no te queda margen para dominar: solo para resistir y esperar el arreón final. Los goles tardíos no son la prueba de que el modelo funciona. Son la prueba de que el modelo necesita el pico para sobrevivir. Y necesitar el pico es exactamente la dependencia de la que hablé en el primer artículo.
Pero hay algo peor. Ese arreón final no sale gratis: se suma a un gasto que ya es brutal. Noventa minutos de compactaciones, duelos, transiciones defensivas y cambios en el 60 para recargar piernas, y encima un pico de máxima intensidad en los últimos diez minutos. El cuerpo no distingue entre un gol épico y una factura metabólica: lo registra todo como coste. Y ese coste extra, acumulado sobre un partido que ya ha vaciado el depósito, es exactamente lo que convierte el siguiente partido —tres días después— en un campo de minas. El Atlético no solo gasta más que otros durante el partido: gasta más al final del partido que ya le ha costado más. Es deuda sobre deuda. Y las deudas, en biología, se cobran con intereses.
Y ahora multiplica eso por 70 partidos
Todo lo anterior describe lo que pasa dentro de un partido. Pero el problema real es lo que pasa cuando encadenas partidos. Porque el coste metabólico no se resetea con una noche de sueño.
El estudio de García-Calvo, Ponce-Bordón et al., publicado en Journal of Functional Morphology and Kinesiology (2025), analizó 6.784 observaciones de partido en La Liga a lo largo de cuatro temporadas. Una de sus conclusiones: la intensidad física del fútbol español ha crecido brutalmente —la distancia en sprint, un 50%—. Todos corren más. Todos aprietan más. El listón sube para todos. Y eso significa que un modelo que ya era caro hace cinco años ahora es carísimo, porque necesita gastar aún más solo para mantener la misma ventaja relativa.
Y aquí entra el calendario. Hace una década, la temporada del Atlético eran 38 partidos de Liga, alguna ronda de Copa y, con suerte, la Champions hasta cuartos. Hoy son 38 de Liga, una Champions ampliada, Copa, Supercopa, y los internacionales suman selección encima. Sesenta, setenta partidos fácilmente. Partidos cada tres días durante meses.
Un modelo que fabrica su propia fatiga dentro de cada partido y que exige repetir el pico cada tres días es un modelo que acumula deuda metabólica sin pausa. El patrón Copa grande / Liga desastre que describí en el primer artículo —Barcelona-Rayo, Betis-Betis— no es un problema de motivación ni de actitud. Es un problema de caja: el cuerpo no tiene crédito suficiente para pagar dos picos en tres días. Y como el modelo no funciona sin el pico, el segundo partido se desmorona.
El modelo de Simeone fue diseñado para ganar partidos. No fue diseñado para ganar temporadas de 70 partidos. Y esa es la diferencia entre un plan competitivo y un plan sostenible.
El sprint de Llorente y la trampa del héroe
Un dato lo resume todo. En abril de 2021, Marcos Llorente registró un sprint a 35,4 km/h en el minuto 91 contra el Athletic, rompiendo el récord de velocidad de La Liga esa temporada, según recogió GiveMeSport. Esprintó la longitud del campo para defender un contragolpe con su equipo perdiendo.
Se ha contado siempre como épica. Y lo es. Pero también es la radiografía perfecta del coste del modelo: un jugador accediendo a su máximo rendimiento neuromuscular, en el minuto 91, bajo fatiga extrema, para cubrir un espacio que la estructura del equipo no cubrió por sí sola. Eso no es un plan. Es un rescate. Y los rescates, por definición, no se pueden repetir cada tres días durante nueve meses.
El análisis táctico de Total Football Analysis sobre la temporada 2025/26 documenta lo que pasa cuando los rescates dejan de llegar: pressing fragmentado, primera línea que sube sin que el resto acompañe, espacios en el mediocampo que antes se cerraban con un sprint y ahora se quedan abiertos. No es que los jugadores quieran menos. Es que el cuerpo ya no da. La factura ha llegado.
La cuenta que no sale
Pongámoslo junto.
Aceleraciones constantes + compactaciones + duelos + transiciones defensivas
= coste metabólico altísimo por partido
→ caída de rendimiento físico y cognitivo en la segunda parte
→ cambios en el 60' para recargar piernas sin cambiar el plan
→ arreón final para resolver lo que el modelo no resolvió antes
→ deuda metabólica arrastrada al siguiente partido
→ × 70 partidos al año
= colapso.
No es una crisis de nombres. No es un problema de fichajes. No es falta de «energía». Es un modelo que cuesta más de lo que el cuerpo humano puede pagar al ritmo que exige el fútbol actual.
Simeone puede pedir más guerreros. Su preparador físico puede diseñar pretemporadas más duras. Pero mientras el modelo siga siendo gasto + repliegue como refugio, el precio seguirá siendo el mismo. Y el calendario no va a encogerse. Va a crecer.
La biología tiene un límite. El calendario no. Y entre esos dos hechos está escrita la obsolescencia del fútbol de energía.



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