La huida como síntoma… y la desaparición del "afuera" como destino

La huida como síntoma… y la desaparición del "afuera" como destino

Bajo el capitalismo, el sueño masivo no es participar, sino ganar lo suficiente para dejar de hacerlo. Pero la globalización ha ido cerrando las posibilidades reales de escape: lo que antes podía ser una salida material, hoy se ha convertido —en el mejor de los casos— en margen, en simulacro o en huida mental.

Hay una paradoja que se ha vuelto demasiado visible como para ignorarla: bajo el capitalismo, el sueño masivo no es participar, sino ganar lo suficiente para dejar de hacerlo. Jubilación anticipada, ingresos "pasivos", libertad financiera, salir de la rat race. Kasper Benjamin Reimer Bjørkskov lo formuló en un post de LinkedIn con una frase eficaz: "The Capitalism Paradox."

Ese post tiene un valor real, pero conviene tratarlo con precisión: Bjørkskov no escribe como académico ni como periodista en sentido clásico; escribe como autor de LinkedIn. Su aporte aquí no es "prueba", sino síntoma cultural bien dicho: el éxito entendido como salida.

Una aclaración necesaria: Este artículo no habla de los verdaderamente expulsados —los desheredados que el capitalismo descarta y empuja a la marginalidad extrema sin opción—. Habla de otro grupo: el estrato intermedio, los que tienen margen suficiente para soñar con escapar, los que aspiran a "libertad financiera" o pueden plantearse retiros y alternativas. Es decir: habla de quienes aún están integrados pero quieren salir, no de quienes ya han sido descartados.

Ahora bien: ese síntoma se entiende mejor si se pone en contexto histórico.

En mi blog Áspero Mundo publiqué hace poco este texto (es el punto de partida de este artículo): "La gran deserción: por qué muchos…"

Ahí sostengo una idea simple: el mejor criterio para comparar modos de vida no es la teoría, sino la elección. Y cuando hubo elección real, se repitió un patrón incómodo: personas que conocieron "dentro" y "fuera" no siempre eligieron volver "dentro"; a veces prefirieron quedarse fuera, o intentaron regresar al afuera tras ser "rescatadas".

Este artículo es la continuación lógica: la globalización del capitalismo ha ido cerrando esas posibilidades de escape reales. Lo que antes podía ser una salida material, hoy se ha convertido —en el mejor de los casos— en margen, en simulacro o en huida mental.

En un vistazo: Este artículo no habla de los verdaderamente expulsados —los desheredados que el capitalismo descarta sin opción—. Habla del estrato intermedio: quienes aún están integrados pero sueñan con escapar. La tesis: la globalización del capitalismo está cerrando la competencia entre modos de vida y convirtiendo el escape en un privilegio de pago, en un nicho de consumo o en una caída a los márgenes. Antes existía un "afuera" real —geografías y formas de vida que permitían mantener distancia del Estado y el mercado—. Hoy ese afuera se ha reducido hasta casi desaparecer. El sistema no solo monetiza la crítica (mindfulness, consumo ético, retiros) sino que recicla el escape creando un circuito de marginalidad explotada: economía gig, freelancers precarizados, microemprendedores atados a plataformas. Incluso cuando sales, sigues dentro. No hay afuera, solo diferentes grados de integración explotable. La pregunta ya no es "cómo escapar", sino qué condiciones materiales habría que reconstruir para que la vida no sea una carrera de desgaste donde la única esperanza sea desertar.


1) Primero, aclaremos qué significa "escapar"

La frase "escapar del capitalismo" es confusa si se toma literalmente. Los que "mandan" no quieren escapar: no viven "dentro" como los demás. Para ellos, el sistema no es una carrera; es una estructura de activos, rentas y control.

Quien sueña con escapar es otro: el reemplazable, el que vive bajo la disciplina del tiempo vendido y la amenaza de ser sustituido. El sueño de salida no es del dueño del juego; es del jugador desechable.

Y aquí conviene añadir algo más duro: el capitalismo no solo integra; también expulsa. Pero lo decisivo hoy es que ya no expulsa hacia un "afuera". Ese afuera, como forma de vida viable y comparable, se ha reducido hasta casi desaparecer. De modo que el destino de los expulsados no es otro sistema: es un borde interior, márgenes difíciles y extremos.

En la práctica, "salir" del circuito principal suele significar caer a zonas de supervivencia: precariedad crónica, informalidad, vivienda degradada o inestable, endeudamiento permanente, dependencia de redes frágiles, o directamente exclusión social. Es decir: la expulsión ya no abre espacio; aprieta contra el límite.

Esto cambia la lectura de la paradoja: no es "todo el mundo quiere salir del capitalismo". Es más crudo: mucha gente quiere salir de la parte del sistema donde tú eres el consumible, pero el sistema ha hecho que esa salida sea, casi siempre, una caída a los márgenes.


2) La "competencia" que se ha destruido no es la del mercado: es la de los modos de vida

Cuando en "La gran deserción: por qué muchos…" hablo de "dentro" y "fuera", no estoy idealizando nada. Estoy señalando algo histórico: existieron alternativas sociales reales y comparables; existía un "afuera" con densidad social, con economías propias y con posibilidad de sostener la vida.

Ahí encaja James C. Scott: su trabajo sobre Zomia y la "evasión del Estado" describe cómo, durante siglos, ciertas geografías y formas de vida permitieron mantener al Estado a distancia: la "fricción del terreno" y la dispersión social hacían posible el refugio.

Lo que la globalización va clausurando no es la competencia empresarial (esa sigue y puede ser feroz), sino la competencia entre formas de vida: la posibilidad de que haya un afuera practicable que te permita decir "no".

Cuando el "afuera" existe, el sistema tiene una válvula de escape y un límite. Cuando el "afuera" desaparece, la integración se convierte en captura.


3) Cómo se cierra el "afuera" en el capitalismo global

No hace falta conspiración: basta con infraestructura y dependencia.

Territorio administrado: propiedad, registro, normativas, fiscalidad. La tierra deja de ser "frontera" y se convierte en expediente.

Dependencia material: incluso la vida "rural" o "alternativa" depende de cadenas globales (energía, repuestos, salud, telecomunicaciones, herramientas).

Captura financiera de lo básico: vivienda, suelo y servicios se vuelven activos. "Escapar" se vuelve más caro que quedarse.

Legibilidad: vivir fuera del radar —en el sentido fuerte— es cada vez más difícil, porque la vida está mediada por identidad, pagos, plataformas y regulación.

Aquí importa un ejemplo concreto: World Bank, a través de su programa ID4D (Identification for Development; Identificación para el Desarrollo), trabaja precisamente sobre la "brecha de identidad". En un análisis de 2025, el Banco Mundial estima 800 millones de personas sin prueba oficial de identidad y 2,9 mil millones sin acceso a una identidad digital utilizable para transacciones online.

No hace falta leer esto como distopía: basta entenderlo como tendencia estructural a hacer el mundo más "legible" y transaccionable (un componente de lo que hoy se llama infraestructura pública digital, DPI —Digital Public Infrastructure; Infraestructura Pública Digital).

Por eso, cuando hoy alguien habla de "irse", casi nunca está hablando de salir. Está hablando de desplazarse dentro del mismo marco.


4) El capitalismo se vuelve indestructible cuando convierte la crítica en mercancía

Aquí es donde el tema da para mucho más. Una de las razones por las que el capitalismo resulta tan resistente no es solo su capacidad de imponer: es su capacidad de absorber. Tiene una cualidad que lo hace particularmente resiliente: monetiza la crítica, fagocita la alternativa y la devuelve al mercado como "opción".

Esto es clave, porque convierte la disidencia en combustible.

La crítica se convierte en identidad de consumo. No cambias la estructura: cambias de marca, de estilo, de narrativa. La rebeldía se vuelve estética.

La alternativa se convierte en nicho. No hay "afuera"; hay "segmentos": productos, comunidades, experiencias, cursos, retiros, metodologías.

El malestar se convierte en industria. Si el sistema te quema, no se cuestiona el horno: se te vende terapia, mindfulness, productividad, "gestión del estrés", "resiliencia personal".

La conciencia se vuelve suscripción. Consumo "ético", "sostenible", "responsable", "minimalista". Funciona como alivio moral y como señal social, pero casi siempre sin tocar el núcleo: propiedad, renta, poder de negociación, distribución del excedente.

Aquí el dato es importante. Según Global Wellness Institute, la "economía del bienestar" alcanzó 6,8 billones de dólares (trillion US) en 2024, creció 7,9% de 2023 a 2024 y proyecta llegar a 9,8 billones en 2029.

Esto no es un detalle: significa que una parte del sistema se dedica a vender alivio privatizado para poder soportar el mundo que produce el malestar.

Pero el mecanismo va más allá de vender productos: cuando el "escape" se recicla, se genera un circuito de marginalidad funcional y explotada. La gente que "sale" del empleo estable no desaparece del sistema; cae en formas de trabajo precarizado que el propio sistema necesita y del que extrae valor: economía gig (la "libertad" de freelancers sin protección, horarios ni derechos), nómadas digitales vendiendo trabajo barato en plataformas globales, microemprendedores "independientes" pero atados a infraestructuras de terceros (Uber, Airbnb, Deliveroo), trabajo informal que subsidia costes del sistema formal, "emprendedores" que asumen todo el riesgo sin garantías.

No es solo que te vendan la estética de la huida: es que tu huida se convierte en reserva de trabajo flexible, barato y desprotegido. La marginalidad elegida o forzada no es un afuera; es una forma de integración explotable. El sistema no pierde al que escapa: lo reclasifica.

La misma lógica se ve en la comodificación de la "huida": lo que nació como marginal puede convertirse en producto aspiracional. La narrativa VanLife lo ilustra bien: incluso cuando la vida en furgoneta se presenta como ruptura, está sometida a ciclo económico, crédito, presión laboral y precios; Financial Times lo ha tratado precisamente en esa clave, como auge y "enfriamiento" de un sueño que choca con la realidad.

Este mecanismo es brutalmente eficaz porque ofrece una salida sin salida: te permite sentir que te estás moviendo, pero te mantiene dentro. Es una huida estacionaria: cambias de superficie para no tocar la estructura.

Y aquí encaja de lleno la paradoja de "The Capitalism Paradox.": el sistema no solo tolera el deseo de huida; lo convierte en mercado. La huida deja de ser amenaza y pasa a ser modelo de negocio.

En otras palabras: el capitalismo no se defiende solo negando la crítica. Se defiende mejor vendiéndotela.


5) El pegamento: la promesa de la oportunidad

La máquina puede usar y tirar personas sin estallar porque ofrece una promesa: aguanta, quizá te toque. Es una lotería moral. Mantiene a la gente dentro esperando el momento en que dejará de ser reemplazable.

Y esa promesa opera como disciplina: si no llegas, el fracaso se privatiza ("es culpa tuya"), y la estructura queda intacta.

Aquí es útil Mark Fisher: su idea de "realismo capitalista" describe ese clima mental en el que no solo se acepta el sistema como único horizonte, sino que incluso la crítica queda atrapada en impotencia ("sabemos lo que pasa, pero seguimos dentro").


6) De mercado a renta: cuando la no-participación se vuelve incentivo

En este punto conviene nombrar un debate contemporáneo, sin convertirlo en dogma: el de la deriva hacia lógicas de renta/peaje en torno a plataformas.

Yanis Varoufakis populariza la tesis de un paso a "tecnofeudalismo" (technofeudalism) entendido como sustitución de mercados/beneficios por plataformas/rentas. Pero el propio debate tiene réplica: hay quien sostiene que esas dinámicas no reemplazan al capitalismo sino que lo intensifican (por ejemplo, críticas periodísticas recientes a esa tesis).

El punto útil —y verificable— para este artículo no es elegir bando terminológico, sino describir el mecanismo: si el motor se desplaza hacia rentas y peajes en infraestructuras privadas, la participación productiva pierde atractivo relativo, y se vuelve "racional" aspirar a la posición de rentista. Eso empuja de nuevo a la paradoja: el ideal pasa a ser no participar (o participar lo mínimo), porque participar no garantiza estabilidad.


7) IA y robótica: no son la solución automática

En el texto de Bjørkskov aparece la idea de que la IA (inteligencia artificial) y la robótica "desdibujan" la necesidad de la pirámide. Ojo: la tecnología solo cambia una cosa: cuánto trabajo humano es necesario para producir riqueza.

Lo decisivo sigue siendo político: quién controla la propiedad del excedente automatizado (datos, plataformas, infraestructuras, patentes). Sin cambios en propiedad y distribución, la automatización puede significar más sustitución, más precariedad y más disciplina, no menos.

Además, incluso la vida "off-grid" (fuera de red) refuerza la integración sistémica por dependencia material. La transición energética y la autonomía (placas solares, baterías, almacenamiento) dependen de cadenas globales de minerales críticos. Según la International Energy Agency (IEA; Agencia Internacional de la Energía), la demanda de minerales clave (litio, grafito, tierras raras, etc.) siguió creciendo con fuerza en 2024, y el informe subraya riesgos de concentración y vulnerabilidades de suministro.

Traducido: incluso "salirse" tecnológicamente te ata a mercados globales, cuellos de botella y tensiones geopolíticas.


8) Conclusión

"The Capitalism Paradox." pone nombre a un síntoma contemporáneo: el éxito entendido como salida.

"La gran deserción: por qué muchos…" sostiene que, históricamente, cuando existió un afuera real, hubo gente que lo eligió.

La tesis de este artículo es la unión de ambas cosas:

La globalización del capitalismo está cerrando la competencia entre modos de vida y convirtiendo el escape en un privilegio de pago, en un nicho de consumo o en una caída a los márgenes.

Antes existía borde. Hoy el borde es decorado. Y cuando no hay afuera practicable, la pregunta ya no es "cómo escapar", sino qué condiciones materiales habría que reconstruir para que la vida no sea una carrera de desgaste donde la única esperanza sea desertar.

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