Con la muerte de Habermas se cierra el ciclo de la figura más influyente de la Escuela de Frankfurt. Un balance honesto exige una pregunta incómoda: ¿qué le hizo al legado de la tradición que heredó?
Con la muerte de Jürgen Habermas se cierra el ciclo vital de la figura intelectual más influyente que produjo la Escuela de Frankfurt en su segunda generación. Los obituarios han destacado, con razón, la magnitud de su obra: la teoría de la acción comunicativa, el concepto de esfera pública, el universalismo normativo como fundamento de la democracia deliberativa. Pero un balance honesto exige también una pregunta incómoda: ¿qué le hizo Habermas al legado de la Escuela en sus últimos años?
La respuesta no es sencilla ni cómoda. Habermas no traicionó ese legado de manera repentina ni caprichosa. Lo que ocurrió fue algo más lento y, en cierto modo, más inquietante: una tensión que siempre había existido dentro de la tradición —entre crítica y pertenencia, entre universalismo normativo y condicionamientos históricos concretos— fue clausurada desde dentro. Y al clausurarla, Habermas proyectó una sombra retrospectiva sobre una escuela que nunca fue el bloque homogéneo que él terminó representando.
I. Las dos acusaciones previsibles
Cada vez que vuelve la discusión sobre la Escuela de Frankfurt reaparecen dos acusaciones previsibles. La primera: que aquellos pensadores eran, en el fondo, una izquierda domesticada por la CIA. La segunda: que su relación con Israel demuestra hasta qué punto abandonaron cualquier aspiración emancipadora universal.
Las dos críticas tienen algo de base. Pero formuladas en bruto son pobres instrumentos de análisis. No porque la historia absuelva a Adorno, Horkheimer o Habermas, sino porque la realidad fue más contradictoria, más situada y bastante menos cómoda que la caricatura. Antes de llegar a Habermas —que es el núcleo de este artículo— conviene entender qué hay de cierto y qué hay de distorsión en cada una de ellas.
II. La alineación institucional: incómoda pero real
La tesis fuerte —«la CIA financiaba a la Escuela de Frankfurt»— no es la posición dominante en la historiografía. Lo que sí está sólidamente documentado es algo más matizado y, en último término, más revelador.
El retorno del Instituto de Investigación Social (ISR) a Frankfurt en 1950 no fue un simple regreso nostálgico. Fue un evento geopolítico calculado. La reapertura fue facilitada de manera determinante por el Alto Comisionado de los Estados Unidos para Alemania (HICOG), encabezado por John J. McCloy, quien identificó en la restauración del ISR un componente útil para los programas de reeducación democrática de la población alemana. El apoyo fue cuantificable: aproximadamente 435.000 dólares —1,8 millones de marcos— para el restablecimiento inicial y el edificio.
La financiación no se detuvo ahí. La Fundación Ford destinó millones de dólares a programas internacionales en los que el ISR participó activamente. Y el Congreso por la Libertad de la Cultura (CCF), que en 1966 se reveló como una fachada de la CIA con una asignación inicial de 200.000 dólares, constituyó el ecosistema mediático en el que circularon regularmente las ideas de la Escuela.
Adorno publicó en Der Monat, Encounter y Tempo Presente, todas revistas financiadas por la CIA a través del CCF. Max Horkheimer participó en eventos organizados por el CCF en Hamburgo. Hasta aquí, podría argumentarse que los intelectuales no siempre conocen de dónde viene el dinero que financia las publicaciones donde escriben. Pero hay un dato que complica esa defensa: la relación entre Adorno y Melvin Lasky, el operativo de la CIA que fundó Der Monat, fue notablemente estrecha. Adorno lo recibió en su hogar y colaboró activamente en la publicación de manuscritos del Instituto. Y lo más significativo: incluso después de que se hiciera pública la conexión de la CIA con el CCF en 1966, Adorno continuó figurando en los planes de expansión de la organización en París.
El Gruppenexperiment como herramienta de gobernanza
Un ejemplo concreto ilustra esta lógica. El Gruppenexperiment, el gran estudio empírico del ISR sobre la opinión pública alemana entre 1950 y 1951, no fue solo una indagación científica neutral. Al identificar la persistente «pasividad» y «quietud» del ánimo de la posguerra alemana, el ISR ayudó a las autoridades estadounidenses a comprender las barreras psicológicas para la integración de Alemania en el modelo liberal-occidental. La metodología tendió a reformular el radicalismo político como una desviación psicológica: un movimiento teórico que se alineaba perfectamente con el objetivo de Washington de prevenir tanto un resurgimiento de la extrema derecha como el surgimiento de una izquierda revolucionaria.
Esa es la tensión estructural que la Escuela nunca resolvió del todo: integración institucional y capacidad crítica coexistiendo en un mismo marco, con las instituciones saliendo frecuentemente ganando.
III. La cuestión judía: trauma legítimo, aplicación problemática
La segunda acusación —el supuesto apoyo estructural de la Escuela a Israel— sufre un problema similar de simplificación. El Israel de 1948 no era el Israel actual. El nuevo Estado estaba dominado por el sionismo laborista, con una fuerte impronta socialista y estructuras colectivizadas como los kibutz. Y hay un dato que suele olvidarse: fue la Unión Soviética, y no Estados Unidos, quien proporcionó el apoyo diplomático y militar más crítico en el momento de la fundación. Stalin veía en el sionismo un medio para acelerar el declive de la influencia británica en Oriente Medio. Mientras tanto, el Departamento de Estado norteamericano mantenía un embargo de armas que muchos contemporáneos percibieron como perjudicial para los judíos.
Dicho esto, la relación de la Escuela con Israel no puede entenderse sin considerar la experiencia histórica de sus miembros. Muchos eran judíos alemanes exiliados, marcados por el antisemitismo europeo y por el colapso de la civilización liberal bajo el nazismo. Esa experiencia influyó de manera decisiva en sus posiciones intelectuales, y sería una torpeza ignorarla.
Tras la guerra de 1967, Adorno y Horkheimer expresaron un apoyo urgente e inequívoco a Israel. En una carta escrita el primer día de la Guerra de los Seis Días, Adorno manifestó estar «terriblemente preocupado» y esperaba que los israelíes demostraran ser militarmente más fuertes. Horkheimer fue aún más categórico: formuló lo que algunos han llamado una «Teoría Crítica del Sionismo», donde Israel era un David frente a un Goliat árabe.
La disidencia de Marcuse: la alternativa que existió
Pero esa no fue la única posición dentro de la tradición. Herbert Marcuse introdujo una ruptura significativa. Aunque defendía el derecho de Israel a existir, fue mucho más crítico con sus políticas hacia los palestinos. Llegó a afirmar que, aunque sentía simpatía por los judíos perseguidos, no podía sentirla por quienes perseguían a otros.
Esta postura generó una ruptura con Adorno durante las protestas estudiantiles de finales de los años 60. Adorno, que veía en el antiimperialismo estudiantil —incluido su apoyo a Palestina— un brote de «fascismo de izquierda», priorizó la seguridad de Israel y la estabilidad del orden occidental. Marcuse, en cambio, veía en el movimiento estudiantil un catalizador para la transformación.
IV. El giro habermasiano: cuando la tensión se convierte en bloqueo
Las generaciones posteriores de la Escuela, lideradas por Jürgen Habermas, institucionalizaron la defensa de Israel como un componente central de la identidad democrática alemana. Lo que en Adorno y Horkheimer era una respuesta personal y traumática a la historia fue convirtiéndose, en Habermas, en una posición estructural, casi constitucional. Y en noviembre de 2023, esa posición mostró sus límites con una claridad difícil de ignorar.
La declaración de 2023: síntoma, no accidente
Habermas cofirmó una declaración titulada «Principios de Solidaridad», en la que afirmaba un apoyo inequívoco a Israel y argumentaba que sus acciones militares estaban «justificadas en principio». La declaración advertía contra la atribución de intenciones genocidas a las acciones de Israel y enfatizaba que el apoyo al Estado es una parte fundamental de la cultura política alemana.
La respuesta intelectual fue severa. Pero lo que resulta más significativo no es la polémica en sí, sino lo que revela sobre la trayectoria de Habermas. Esta declaración no fue un tropiezo de vejez ni una distracción circunstancial. Fue la culminación lógica de décadas en las que la Erinnerungskultur —la cultura alemana del recuerdo del Holocausto— había pasado de ser un mecanismo de memoria necesario a convertirse en una posición geopolítica fija, casi en un catecismo.
La contradicción teórica: el universalismo que no se aplica a sí mismo
Lo que hace especialmente grave la postura de Habermas en 2023 no es su conclusión política sino su contradicción teórica. Habermas construyó toda su filosofía sobre tres pilares: la acción comunicativa —la idea de que la verdad se alcanza mediante el debate libre y no coercionado—, la esfera pública como espacio para la deliberación racional abierta a todos, y el universalismo normativo como conjunto de principios éticos aplicables a toda persona con independencia de su origen o historia.
Aplicados al caso palestino, esos tres pilares conducen a preguntas incómodas. Si la verdad se alcanza mediante el debate libre, ¿por qué el espacio público alemán se ha convertido en un ámbito donde la crítica a Israel es silenciada o equiparada al antisemitismo? Si la esfera pública debe estar abierta a todos, ¿dónde está la voz palestina en esa deliberación? Y si el universalismo implica que la dignidad humana es inviolable para toda persona, ¿se aplica también a las víctimas civiles en Gaza?
El excepcionalismo alemán como ideología de Estado
El argumento central de los críticos es que la Erinnerungskultur —aunque exitosa en confrontar el pasado nazi— se transformó en manos de Habermas en un «catecismo» que impone una alineación geopolítica específica. Al convertir el Holocausto en un evento único e incomparable, se creó una jerarquía de sufrimiento que justifica la violencia contemporánea en nombre de la expiación histórica.
Este mecanismo es, en sí mismo, una forma de ideología. Y que haya sido producido por el heredero más visible de una tradición nacida precisamente para criticar las ideologías es la contradicción más aguda que deja el legado de Habermas.
El efecto retrospectivo: la sombra sobre la Escuela
El problema no es solo lo que Habermas dijo en 2023. Es que su posición dominante dentro de la tradición hace que ese bloqueo se proyecte hacia atrás, oscureciendo las voces críticas internas —Marcuse, sobre todo— y presentando como «la postura de la Escuela de Frankfurt» lo que en realidad fue una de sus fracturas más profundas. La Escuela queda así fijada en una imagen que no le pertenece del todo, amputada de su propia pluralidad interna.
V. Qué queda y qué recuperar
La muerte de Habermas no es el momento para demoler la Escuela de Frankfurt. Es el momento para distinguir dentro de ella.
Las herramientas críticas de la primera generación conservan su valor analítico. La Dialéctica de la Ilustración sigue siendo una de las radiografías más lúcidas de cómo la racionalidad moderna puede transformarse en instrumento de dominación. El hombre unidimensional de Marcuse sigue siendo capaz de describir sociedades que absorben y neutralizan la disidencia mediante la integración consumista. La crítica de la industria cultural no ha perdido su filo.
El universalismo habermasiano, en cambio, ha mostrado sus límites históricos al aplicarse de forma asimétrica. No porque el universalismo sea una mala idea —todo lo contrario— sino porque un universalismo que hace excepciones según la memoria histórica de quien lo formula deja de ser universalismo para convertirse en particularismo con pretensiones universales.
La muerte de Habermas es la oportunidad para recuperar la tensión productiva que él fue clausurando. Volver a Marcuse. Volver a la fractura interna de 1967 y 1969. Reconocer que dentro de la propia tradición existieron voces que aplicaron los principios de manera más consistente. Y reconocer también que la alineación institucional con el orden occidental —real, documentada, no conspirativa pero sí estructural— puso límites que la Escuela no siempre fue capaz o quiso trascender.
Fuentes principales: Rockhill, Gabriel. «The CIA & the Frankfurt School's Anti-Communism». The Philosophical Salon / MLToday. · Saunders, Frances Stonor. The Cultural Cold War. New Press, 1999. · Wheatland, Thomas. The Frankfurt School in Exile. Minnesota UP, 2009. · Jacobs, Jack. The Frankfurt School, Jewish Lives, and Antisemitism. Cambridge UP, 2015. · Bayat, Asef. «Jürgen Habermas Contradicts His Own Ideas When It Comes to Gaza». New Lines Magazine, 2023. · Ahmad, Irfan. «Habermas As an Ethnic Thinker Par Excellence». ResearchGate, 2024. · «Palestine and the Colonial Unconscious of German Critical Theory». ResearchGate, 2024. · Foreign Relations of the United States, 1948. Office of the Historian, U.S. Department of State. · «Soviet-Israeli Relations 1947–1955». AUB ScholarWorks.




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