La resistencia anglosajona a la multipolaridad no es solo un cálculo de poder. Es la consecuencia lógica de una gramática política que identifica la libertad con la independencia absoluta frente a cualquier voluntad ajena.
Se repite con frecuencia que el rechazo anglosajón a la multipolaridad se explica simplemente por la pérdida de poder relativo. La explicación no es falsa, pero es superficial. Describe el interés inmediato, no la estructura intelectual que lo sostiene. Para comprender por qué Estados Unidos y el Reino Unido reaccionan con tanta incomodidad ante la emergencia de un mundo multipolar hay que descender a un nivel más profundo: la concepción de la libertad que estructura buena parte de su tradición política.
I. La libertad como no-dominación
En esa tradición, la libertad no se define únicamente como ausencia de interferencias. Una línea central del pensamiento republicano anglosajón, reconstruida por Quentin Skinner y sistematizada por Philip Pettit, sostiene que ser libre significa no depender de la voluntad arbitraria de otro. La libertad política debe entenderse como no-dominación: la ausencia de un poder externo capaz de interferir arbitrariamente en las decisiones propias, incluso si en un momento dado decide no hacerlo.
Un esclavo cuyo amo decide no interferir en su vida cotidiana sigue siendo esclavo, porque su margen de acción depende de una voluntad ajena siempre revocable. La ausencia de interferencia no elimina la dominación potencial.
Esta distinción, que en el ámbito de la teoría política interna puede parecer puramente conceptual, adquiere consecuencias decisivas cuando se proyecta sobre el sistema internacional. Si la libertad consiste en no depender de la voluntad arbitraria de otros, un Estado no puede considerarse plenamente libre si su seguridad, su acceso a recursos estratégicos o su capacidad tecnológica dependen de centros de poder externos.
Desde esta perspectiva, la multipolaridad deja de aparecer como una distribución legítima del poder y pasa a percibirse como una estructura de vulnerabilidades cruzadas. En un sistema con varios polos fuertes, múltiples actores adquieren la capacidad potencial de sancionar, bloquear, excluir o condicionar el comportamiento de los demás. Lo que para otras tradiciones estratégicas puede interpretarse como equilibrio, para esta gramática política se convierte en un campo de posibles dominaciones.
II. La seguridad republicana y la expansión de la esfera de libertad
Daniel Deudney ha desarrollado esta intuición en su teoría de la seguridad republicana. La tradición republicana busca evitar simultáneamente dos extremos:
En la modernidad, la creciente interdependencia de la violencia —la capacidad tecnológica de los estados para dañarse a grandes distancias— ha obligado a las repúblicas a construir marcos políticos cada vez más amplios para preservar su libertad. El experimento constitucional estadounidense fue, en este sentido, una solución institucional al problema republicano clásico: cómo combinar seguridad frente a poderes externos con la preservación de la libertad interna.
En el contexto contemporáneo, esta lógica se proyecta hacia el plano global. El llamado Orden Internacional Basado en Reglas no aparece únicamente como una preferencia diplomática, sino como una extensión de esta arquitectura de seguridad republicana a escala mundial. El objetivo no es solo estabilizar el sistema internacional, sino reducir la posibilidad de que actores externos ejerzan poder arbitrario sobre los estados que participan en ese orden.
El problema surge cuando otros polos de poder no aceptan integrarse plenamente en esa arquitectura o intentan construir reglas alternativas. En ese momento, la multipolaridad deja de interpretarse como pluralidad legítima y comienza a percibirse como una amenaza sistémica: el sistema ya no está organizado por un marco institucional relativamente coherente, sino por la interacción entre centros de poder con proyectos normativos distintos.
III. El consenso liberal y la incapacidad de ver al otro
La dimensión cultural de esta reacción fue señalada hace décadas por Louis Hartz en su estudio sobre la tradición liberal estadounidense. Hartz argumentó que Estados Unidos se desarrolló como un "fragmento liberal" de Europa, sin un pasado feudal ni aristocrático que generara tradiciones políticas alternativas. Como resultado, el liberalismo no apareció como una ideología entre otras, sino como el horizonte casi exclusivo de la cultura política estadounidense.
Esta homogeneidad ideológica favoreció la tendencia a universalizar las categorías propias y a interpretar el orden liberal como la forma natural de organización política. Cuando Estados Unidos se enfrenta a un mundo multipolar, no ve una diversidad de intereses legítimos: ve una serie de anomalías que amenazan la estabilidad del sistema universal. La tendencia contemporánea a leer el mundo como una lucha entre "democracias y autocracias" es la manifestación más directa de esta ceguera estructural.
Un mundo multipolar no implica únicamente una redistribución del poder, sino la coexistencia de múltiples modelos de legitimidad política. Para una tradición que identifica la libertad con la ausencia de dependencia frente a poderes arbitrarios, la existencia de polos estratégicos gobernados por regímenes no liberales introduce un elemento permanente de incertidumbre. La multipolaridad rompe la ilusión de que las categorías atlánticas son las categorías del mundo, y eso se vive como una pérdida no solo de poder, sino de sentido.
IV. La paz liberal y la desconfianza estructural
La teoría de la paz liberal desarrollada por Michael Doyle refuerza esta percepción. Doyle sostiene que las democracias liberales tienden a mantener relaciones pacíficas entre sí debido a sus instituciones representativas, su compromiso con el estado de derecho y su interdependencia económica. Sin embargo, esta misma lógica genera desconfianza estructural hacia los estados no liberales, a los que se percibe como menos predecibles y potencialmente agresivos.
V. La paradoja del orden liberal: hegemonía como cura contra la dominación
Según G. John Ikenberry, el sistema construido tras 1945 puede describirse como una forma de hegemonía institucionalizada. Estados Unidos no organizó el sistema internacional mediante un imperio territorial clásico, sino a través de instituciones multilaterales, alianzas de seguridad y mercados abiertos. Este orden se presentaba como un sistema basado en reglas, pero dependía estructuralmente de la primacía estadounidense para funcionar.
La paradoja es que la hegemonía se presenta como la cura contra la dominación, mientras que la pluralidad de polos se percibe como el síntoma de un retorno a la servidumbre estratégica.
Desde dentro, esa primacía se interpretaba como un mecanismo para garantizar la estabilidad y limitar la arbitrariedad del poder. Desde fuera, seguía siendo una forma de hegemonía. La coincidencia entre orden internacional y liderazgo estadounidense permitió durante décadas que esa tensión permaneciera relativamente invisible.
La emergencia de nuevos polos de poder rompe precisamente esa coincidencia. Cuando el poder global se difunde hacia otros centros —China, India u otras potencias emergentes— las reglas pasan a ser objeto de negociación entre actores con concepciones diferentes de soberanía, legitimidad y seguridad. Lo que antes se percibía como un sistema institucional relativamente estable se transforma en un espacio de competencia normativa donde la "voluntad arbitraria" que la tradición republicana tanto teme vuelve a quedar al descubierto.
VI. La respuesta: disciplinar la multipolaridad
Esta transformación se refleja en las políticas económicas y tecnológicas recientes de Estados Unidos. El giro hacia la seguridad económica nacional y la política de reducción de riesgos estratégicos representa una respuesta directa a la percepción de vulnerabilidad generada por la interdependencia global. Las medidas adoptadas responden a una misma lógica: reducir dependencias críticas que puedan convertirse en instrumentos de presión estratégica.
La interdependencia económica, que durante décadas fue presentada como fundamento de la estabilidad internacional, comienza a reinterpretarse como un espacio de vulnerabilidad potencial. Esto no es una adaptación a la multipolaridad. Es un intento de disciplinarla.
Esta evolución contrasta con la tradición pluralista de la Escuela Inglesa de relaciones internacionales, representada por Hedley Bull. Bull argumentaba que el orden internacional podía mantenerse incluso en ausencia de una autoridad central, gracias a instituciones como la diplomacia, el derecho internacional y el equilibrio de poder entre grandes potencias. Desde esta perspectiva, la multipolaridad no implica necesariamente desorden, sino una forma diferente de organización. Sin embargo, esa visión pluralista resulta difícil de conciliar con una tradición política que identifica la seguridad con la ausencia de dependencia frente a poderes externos: donde el equilibrio clásico veía un mecanismo de contención mutua, la gramática republicana contemporánea ve un sistema de vulnerabilidades potenciales.
La gramática que no cambia
La incomodidad anglosajona ante la multipolaridad no es, por tanto, únicamente una reacción a la pérdida de poder material. Responde a una estructura intelectual más profunda. Cuando la libertad se define como ausencia de dependencia frente a poderes arbitrarios, un sistema internacional con múltiples centros de decisión fuertes aparece inevitablemente como un entorno de vulnerabilidad estructural.
La multipolaridad multiplica precisamente aquello que esta tradición política teme: la posibilidad de que la voluntad de otros condicione la propia libertad estratégica. Por esa razón, el mundo anglosajón puede adaptarse a la multipolaridad como hecho histórico, pero difícilmente podrá considerarla un orden internacional plenamente legítimo.
Mientras la libertad siga asociándose a la independencia frente a la voluntad ajena, la pluralidad de polos se percibirá menos como equilibrio que como amenaza latente. Esa gramática no la cambia la historia. La confirma.



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