No existen pruebas de que Trump esté enriqueciéndose con el conflicto. Pero cuando una presidencia destruye la presunción moral que acompaña al poder, la sospecha deja de ser paranoia. Se vuelve razonable.
Donald Trump no ha construido su figura política sobre la prudencia, la coherencia o la ejemplaridad moral. La ha construido sobre lo contrario: la transgresión deliberada de esas normas. Su personaje público se basa en demostrar que puede decir hoy una cosa y mañana la contraria, bromear sobre la guerra o tratar la política internacional como una negociación empresarial sin sentirse obligado por las convenciones éticas que durante décadas rodearon la presidencia estadounidense.
En su universo político no hay contradicción en cambiar de posición sin explicaciones, ni en hablar del poder en términos de oportunidad económica o ventaja estratégica inmediata. Su estilo consiste precisamente en eso: en mostrar que no se siente obligado por los límites morales que tradicionalmente se asociaban al cargo.
Esa es su marca política.
Pero esa forma de presentarse tiene una consecuencia inevitable. Cuando un dirigente exhibe públicamente ese tipo de cinismo político y desprecio por las convenciones éticas del cargo, no demuestra por sí mismo que esté cometiendo actos de corrupción. Sin embargo, sí destruye algo fundamental en cualquier democracia: la presunción moral que suele acompañar al ejercicio del poder.
Cuando esa presunción desaparece, la sospecha deja de ser paranoia. Se vuelve razonable.
Eso es lo que está ocurriendo con la guerra de Irán.
No existen pruebas públicas de que Trump esté utilizando el conflicto para enriquecerse personalmente. Pero sí existe un conjunto de hechos verificables que, combinados, hacen legítimo plantear la pregunta.
El lenguaje del presidente y la narrativa de la guerra rentable
Durante la escalada militar con Irán en marzo de 2026, Trump llegó a afirmar públicamente que el aumento del precio del petróleo podía ser positivo para Estados Unidos porque el país es uno de los mayores productores del mundo. El crudo Brent había pasado de aproximadamente 78 dólares por barril antes del conflicto a niveles cercanos a los 120 dólares, mientras el precio medio de la gasolina en Estados Unidos subía más de un 20% en pocas semanas, según estimaciones de American Progress y el análisis energético de Chatham House.
Ese tipo de declaraciones no prueban nada por sí solas. Pero introducen una lógica inquietante: la guerra deja de ser únicamente una cuestión estratégica y empieza a aparecer también como un fenómeno con potencial de rentabilidad económica.
A esa lógica se ha añadido una justificación intelectual desde dentro de la propia administración. El asesor Peter Navarro ha argumentado que destruir la infraestructura iraní eliminaría una "prima de terror" de entre 5 y 15 dólares por barril que habría inflado artificialmente los precios del petróleo durante décadas. La guerra, según este razonamiento, no sería una anomalía costosa sino una inversión estratégica con retorno económico a largo plazo.
Esa narrativa —la guerra como saneamiento del mercado energético— convierte el conflicto armado en un instrumento de política económica y ofrece cobertura intelectual a quienes, dentro o fuera de la administración, se benefician del resultado.
El fideicomiso que no aísla y el árbitro que no es independiente
A diferencia de la práctica habitual desde los años setenta, Trump no liquidó sus activos ni los colocó en un fideicomiso ciego al asumir el cargo. Sus activos permanecen en un fideicomiso revocable administrado por sus hijos Donald Trump Jr. y Eric Trump y por ejecutivos de la Organización Trump. Análisis jurídicos del Brennan Center for Justice y del Seven Pillars Institute señalan que esta estructura mantiene al presidente como beneficiario último del patrimonio y permite que decisiones políticas tengan efectos directos sobre intereses económicos familiares.
La familia presidencial en el negocio de la guerra
Mientras la administración intensificaba el uso de drones y sistemas autónomos en la guerra contra Irán —un componente central de la llamada Operación Epic Fury—, Donald Trump Jr. y Eric Trump ampliaban sus inversiones en el sector.
La coincidencia temporal entre la expansión empresarial de ese sector y su creciente importancia estratégica en la guerra no demuestra irregularidad alguna. Pero plantea una pregunta inevitable sobre la compatibilidad entre el ejercicio del poder ejecutivo y los intereses empresariales de la familia presidencial en sectores directamente vinculados con decisiones de seguridad nacional.
Jared Kushner y los 2.000 millones saudíes
La sospecha sobre la política exterior se extiende a la figura de Jared Kushner. Tras abandonar la Casa Blanca en 2021, Kushner fundó Affinity Partners y obtuvo una inversión de 2.000 millones de dólares del Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudí. Ese capital se ha desplegado en operaciones de gran envergadura, entre ellas la adquisición de Electronic Arts por 55.000 millones de dólares, en la que Kushner actuó como intermediario principal.
El Senado ha abierto una investigación sobre Affinity Partners ante indicios de que la firma cobra aproximadamente 157 millones de dólares en comisiones de gestión sin haber devuelto beneficios sustanciales a sus inversores. La sospecha es que el fondo funciona menos como un vehículo de inversión que como un mecanismo para la compra de influencia política.
La operación de Electronic Arts tiene una dimensión adicional: una adquisición de esa magnitud que involucra capital soberano extranjero requiere revisión del Comité de Inversión Extranjera en Estados Unidos (CFIUS), un proceso en el que el poder ejecutivo tiene un papel determinante. La coincidencia entre los intereses financieros de Kushner con Arabia Saudí, la postura de la administración hacia Riad y la confrontación total con Teherán no prueba que la política exterior esté subordinada a intereses privados. Pero introduce una pregunta que en una presidencia con cortafuegos éticos sólidos ni siquiera debería poder formularse.
El presidente que mueve mercados con un tuit
Trump ha desarrollado durante años un estilo político basado en el uso intensivo de redes sociales para anunciar decisiones económicas o comerciales. Un ejemplo ampliamente citado se produjo en abril de 2025, cuando una publicación del presidente animando a "comprar" coincidió con una subida brusca del valor de Trump Media & Technology Group tras el anuncio de una pausa en determinadas medidas comerciales.
El vacío legal: lo que sería ilegal para cualquiera
La legislación estadounidense que regula los conflictos de interés en el poder ejecutivo —la sección 208 del título 18 del Código de los Estados Unidos— prohíbe a los funcionarios federales participar en decisiones que afecten a sus intereses financieros personales. No se aplica al presidente ni al vicepresidente.
Como explican el Campaign Legal Center y el Brennan Center for Justice, esta exención se introdujo históricamente porque se asumía que los presidentes actuarían voluntariamente conforme a estándares éticos equivalentes. Durante décadas esa convención informal funcionó como un cortafuegos institucional. La presidencia de Trump la ha desmantelado de manera explícita.
La consecuencia es un vacío ético singular: algo que sería ilegal para cualquier alto funcionario federal puede ser perfectamente legal para un presidente.
La arquitectura de la sospecha razonable
El problema no es demostrar que Trump se esté enriqueciendo con la guerra de Irán. El problema es que la arquitectura institucional de su presidencia —un patrimonio activo, una estructura empresarial familiar, un asesor de ética que no es independiente, un yerno con 2.000 millones de dólares del capital soberano saudí y un marco legal que no exige separación real entre poder y negocios— hace que esa sospecha resulte perfectamente razonable.
En una democracia sólida, las instituciones deberían hacer absurda la idea de que un presidente pueda beneficiarse económicamente de un conflicto armado. La separación entre poder político y patrimonio privado debería ser lo suficientemente clara como para que la sospecha ni siquiera surgiera.
En la presidencia de Trump ocurre algo distinto.



Comentarios
Publicar un comentario