De Hayek a TikTok: Breve historia de la equiparación del fascismo con el comunismo

De Hayek a TikTok: por qué siguen diciendo que el fascismo era de izquierdas
Análisis · Propaganda política · Memoria histórica · 26 de abril de 2026

Por qué siguen diciendo que el fascismo era de izquierdas: genealogía de una tesis insostenible, sus difusores documentados y las funciones políticas que cumple en 2026.

En los dos artículos anteriores —No, el fascismo y el nazismo no eran de izquierdas — Guía rápida contra la desinformación y El fascismo por dentro no era de izquierdas— mostramos por qué la tesis es históricamente insostenible. Ni el núcleo doctrinal ni la práctica del poder permiten clasificar al fascismo y al nazismo como movimientos de izquierdas.

Si la tesis es falsa, la pregunta interesante deja de ser «¿es verdad?». Pasa a ser otra: «¿por qué sigue circulando, quién la difunde y para qué sirve?».

Este artículo rastrea el origen de la tesis, identifica a sus difusores contemporáneos y describe las funciones políticas concretas que cumple. No es un debate académico: es una operación documentable, con autores con nombres y apellidos, con un ecosistema de circulación específico y con efectos políticos medibles. Conviene mirarla como tal.

En un vistazo: el argumento
La tesis tiene una genealogía intelectual rastreable: nace en la guerra fría como categoría de equivalencia (Hayek, Arendt), se radicaliza en el conservadurismo americano post-2008 (Goldberg, D'Souza) y muta en los 2020 al ecosistema de redes sociales y partidos de derecha radical europea.
Sus difusores actuales están identificados y documentados: en Alemania, la líder de la AfD Alice Weidel; en España, parlamentarios de Vox; en EE. UU., comentaristas conservadores y figuras como Elon Musk; en el ámbito popular hispanohablante, podcasters e influencers que multiplican el mensaje.
La narrativa cumple cuatro funciones políticas concretas: blanqueo retrospectivo de la derecha radical, inmunización presente, vaciamiento del concepto «fascismo» y reducción del debate político al binomio «más Estado / menos Estado».
No se sostiene porque sea verdadera. Se sostiene porque es útil. Y conviene saber para qué.

I. Los orígenes intelectuales: la guerra fría como contexto

La idea de que el fascismo y el nazismo guardaban un parentesco oculto con el socialismo no nació en redes sociales ni con los autores conservadores americanos del siglo XXI. Tiene una genealogía intelectual más antigua, anclada en el contexto específico de la posguerra y la guerra fría temprana.

Hayek y la tesis del «camino común»

El primer hito es Friedrich von Hayek y su Camino de servidumbre (1944). Hayek no afirmó literalmente que el nazismo fuera socialismo. Lo que sostuvo, en un libro escrito durante la guerra y dirigido al público británico, fue una tesis distinta: que cualquier forma de planificación económica conducía, por su propia lógica interna, a la destrucción de las libertades individuales y a un Estado autoritario. El nazismo, según esa lógica, no era el opuesto del socialismo sino el destino al que la planificación socialista llevaba inevitablemente.

Es importante distinguir lo que Hayek dijo de lo que sus epígonos posteriores le harían decir. Hayek argumentaba sobre los medios: criticaba la planificación como mecanismo común. No clasificaba al nazismo en la izquierda doctrinal. Pero el argumento, una vez disponible, se prestaba fácilmente a una lectura simplificada: «si la planificación lleva al totalitarismo, y los nazis planificaban, los nazis eran como los socialistas». Esa es la reducción que sus lectores políticos —no Hayek mismo— harían en las décadas siguientes.

Conviene además un matiz que la propia historiografía ha subrayado: la «planificación» nazi era en realidad una movilización militar que permitía la existencia de carteles privados y beneficios empresariales masivos, a diferencia de la planificación soviética que buscaba la erradicación del mercado. Equiparar ambas como «colectivismo» borra precisamente lo que las distingue.

Arendt y la categoría del «totalitarismo»

El segundo hito es Hannah Arendt con Los orígenes del totalitarismo (1951). Arendt construyó una categoría —el totalitarismo— que englobaba al nazismo y al estalinismo como dos manifestaciones de un mismo fenómeno político moderno: regímenes que aspiraban no solo a controlar la vida pública sino a transformar la naturaleza humana mediante el terror y la ideología.

La tesis arendtiana es sofisticada y se basa en métodos comunes (terror sistemático, partido único, propaganda total, atomización social), no en fines ideológicos compartidos. Arendt fue muy clara en que las metas del nazismo y del estalinismo eran opuestas: una nación racial frente a una sociedad sin clases. Pero la categoría «totalitarismo», una vez popularizada, abrió una puerta argumentativa: si nazismo y comunismo eran «lo mismo» en algún sentido relevante, la frontera entre extrema izquierda y extrema derecha se difuminaba.

El uso geopolítico durante la guerra fría

Esa puerta fue utilizada inmediatamente. Durante las décadas siguientes, equiparar nazismo y comunismo cumplió una función geopolítica clara para el bloque occidental: deslegitimar al enemigo soviético asociándolo con el horror del Tercer Reich. La equivalencia no era académicamente sólida, pero era retóricamente eficaz. Y se asentó en el imaginario público.

Conviene precisar: ni Hayek ni Arendt sostuvieron que el fascismo fuera de izquierdas. Pero ambos abrieron vías argumentativas —los medios comunes en uno, la categoría del totalitarismo en la otra— que serían explotadas décadas después por quienes sí querían sostener esa tesis.

El paso de «fascismo y comunismo comparten métodos» a «fascismo y comunismo son lo mismo» a «el fascismo era de izquierdas» es un deslizamiento argumentativo que tarda décadas en consumarse. Y el lugar donde se consuma es el conservadurismo americano post-2008.

II. La operación contemporánea: Goldberg, D'Souza y el ecosistema neoconservador

La tesis del «fascismo de izquierdas» tal como circula hoy en redes sociales tiene dos referentes intelectuales identificables, ambos estadounidenses, ambos conservadores y ambos publicados en el contexto político de la polarización que sigue a la elección de Barack Obama en 2008.

Jonah Goldberg, «Liberal Fascism» (2008)

Jonah Goldberg, columnista de National Review, publicó en enero de 2008 Liberal Fascism: The Secret History of the American Left, From Mussolini to the Politics of Meaning. El subtítulo lo dice todo: el fascismo es presentado como una «historia secreta» de la izquierda americana, con un linaje que iría de Mussolini al progresismo contemporáneo.

La estrategia argumentativa de Goldberg consiste en identificar similitudes superficiales entre las políticas nazis y el progresismo moderno, y usarlas para sugerir un parentesco. El interés nazi por la salud pública, por la conservación de la naturaleza, por las políticas familiares: todo se presenta como prueba de un «espíritu común». El problema es que esa lectura ignora el contexto que da significado a esas políticas. La «salud pública» nazi estaba intrínsecamente ligada a la eugenesia, a la esterilización forzosa de discapacitados y al exterminio sistemático de los considerados «indeseables». Llamar a eso progresismo es descontextualizar hasta la deshonestidad.

Dinesh D'Souza, «The Big Lie» (2017)

Dinesh D'Souza retomó y radicalizó la operación en 2017 con The Big Lie: Exposing the Nazi Roots of the American Left. Su tesis va más lejos que la de Goldberg: ya no se trata de afinidades, sino de filiación directa. El Partido Demócrata estadounidense, según D'Souza, sería el verdadero heredero del nazismo a través de las leyes de Jim Crow y la segregación racial del sur.

El argumento es técnicamente complejo de desmontar en redes pero conceptualmente débil. Es cierto que los abogados nazis estudiaron la legislación racial estadounidense para redactar las Leyes de Núremberg. Pero lo hicieron porque veían en la derecha supremacista blanca del sur un modelo de jerarquía racial que deseaban emular, no porque la consideraran progresista. La extrema derecha europea reconoció a la extrema derecha estadounidense como aliada ideológica, no a la izquierda.

Por qué se les sigue citando pese a haber sido refutados

Ambos trabajos han sido ampliamente desacreditados por la academia profesional. Reseñas en publicaciones de historia y crítica política los han calificado de errores históricos flagrantes, distorsiones filosóficas y operaciones propagandísticas más que análisis. Y, sin embargo, ambos siguen siendo lecturas de referencia en sectores del conservadurismo estadounidense, citados como autoridades por comentaristas, presentadores y políticos.

La razón es simple: no son obras históricas, son munición. Su utilidad no depende de su rigor sino de su disponibilidad. Quien quiera defender la tesis del «fascismo de izquierdas» en una discusión pública necesita poder citar a alguien con un libro publicado en una editorial seria. Goldberg y D'Souza proporcionan exactamente eso. Y el ecosistema que les amplifica —Fox News, talk radio conservadora, podcasts de derecha, fundaciones como Heritage o PragerU, y el espacio digital de comentaristas en YouTube y X— se encarga de que esa cita esté siempre a mano.

Goldberg y D'Souza no son los autores intelectuales de la tesis. Son los proveedores de munición bibliográfica. La operación es política, no académica, y por eso no le afecta que los académicos la hayan refutado.

III. La mutación europea: AfD, Vox y el espacio hispanohablante

La operación que arranca en el conservadurismo americano de 2008 no se queda allí. Salta el Atlántico —tanto el norte como el sur— y se incorpora al repertorio retórico de la derecha radical europea y latinoamericana. Pero no llega como un préstamo intelectual: llega como un meme adaptable, simplificado a sus elementos mínimos y amplificado por figuras políticas con altavoces masivos.

Alemania: Alice Weidel ante Elon Musk

El 9 de enero de 2025, Elon Musk celebró una conversación pública en X con Alice Weidel, líder de la Alternative für Deutschland (AfD), partido clasificado como sospechoso de extremismo de derecha por los servicios de inteligencia alemanes. La conversación se difundió en directo a aproximadamente 200.000 oyentes simultáneos. En ella, Weidel sostuvo, sobre Hitler, una tesis que conviene leer textualmente:

«El mayor éxito después de esta terrible época de nuestra historia fue etiquetar a Adolf Hitler como derechista y conservador. Era exactamente lo contrario. No era conservador. Era este tipo socialista-comunista.»

Alice Weidel, en directo en X con Elon Musk, 9 de enero de 2025. Fuente: NPR, Euronews, Welt TV.

Es la formulación más explícita y de mayor alcance reciente de la tesis. Por boca de la candidata a canciller del partido más a la derecha del Bundestag, en una conversación con el dueño de la plataforma. El director del Instituto Munich de Historia Contemporánea, Andreas Wirsching, calificó la afirmación a Welt TV como «históricamente, fundamentalmente falsa», recordando que bajo la responsabilidad de Hitler «no solo decenas de miles de comunistas fueron perseguidos, encarcelados en campos de concentración y asesinados, sino también incontables socialdemócratas y sindicalistas». La refutación académica fue inmediata. La declaración, sin embargo, sigue circulando.

España: Vox en sede parlamentaria

El caso español tiene una característica peculiar: la tesis no se enuncia solo en redes o entrevistas, sino en sede institucional. En octubre de 2020, durante un debate en las Cortes Valencianas, el diputado de Vox José María Llanos formuló la tesis con una claridad poco habitual:

«¿Saben qué tienen en común el nazismo de Hitler, el fascismo de Mussolini y el comunismo de Lenin? Que todos bebieron del socialismo y se alimentaron del sufrimiento y la desesperación de las clases obreras. Son hermanos ideológicos.»

Diputado de Vox en las Cortes Valencianas, 28 de octubre de 2020. Fuente: nota oficial publicada en voxespana.es.

La declaración no fue una salida de tono ni un comentario aislado: figura recogida y publicada como nota oficial en la web del partido. Esa elección importa. Vox no presenta la tesis como provocación; la presenta como posicionamiento doctrinal. Y la liga directamente a la equivalencia totalitaria («VOX condena el fascismo, el comunismo, el nazismo y todos los totalitarismos») y a una resolución del Parlamento Europeo sobre memoria histórica que el partido reinterpreta en clave propia.

Cultura popular: el caso de El Jincho

La tercera capa es la más viral. La tesis se traslada al espacio cultural popular —podcasts, YouTube, TikTok, Twitch— a través de figuras que no son políticos ni intelectuales, pero que tienen audiencias amplias y especialmente jóvenes. Un ejemplo documentado es el del rapero madrileño El Jincho, que en un podcast en 2025 sostuvo:

«El facha viene de fascista. El fascismo lo inventó Mussolini, un italiano que inventó precisamente el fascismo para combatir el capitalismo, que es una cosa de derechas. O sea que un fascista nunca puede ser de derechas… Él mismo era de izquierdas. Igual que Hitler era nacionalsocialista.»

El Jincho, en podcast, 2025. Fuente: Voz Pópuli, agosto de 2025.

El interés del caso no está en El Jincho personalmente, sino en lo que ilustra: la tesis ha bajado del libro académico al podcast, del podcast al clip de TikTok, y del clip al meme. En cada salto pierde matices y gana alcance. La cita reproduce, con vocabulario coloquial, exactamente la estructura argumentativa de Goldberg: el truco del nombre, la biografía socialista de Mussolini, la equivalencia mecánica entre «anticapitalismo» e «izquierda». El rapero, declarado simpatizante de Vox, no inventa el argumento: lo recibe ya cocinado y lo distribuye a su audiencia.

Tres niveles de la misma operación: institucional (Vox en el parlamento), líderes europeos con altavoz internacional (Weidel con Musk) y cultura popular (rapero con seguidores adolescentes). El argumento es el mismo en los tres. Cambia solo el formato y el alcance.

IV. Las cuatro funciones políticas de la tesis

Si la tesis es históricamente insostenible y, sin embargo, se difunde con vigor desde plataformas mediáticas, parlamentos y altavoces populares, hay que preguntarse qué hace por quienes la usan. La respuesta tiene cuatro componentes identificables, cada uno con un efecto político concreto.

1. Blanqueo retrospectivo de la derecha radical

El primer efecto, y el más obvio, es genealógico. Si el fascismo era de izquierdas, la derecha contemporánea queda exonerada de cualquier vínculo histórico con él. Los movimientos ultranacionalistas actuales pueden presentarse como reacción legítima frente a un peligro que sería, paradójicamente, el verdadero continuador del fascismo histórico. Es una operación de blanqueo familiar: se rompe la línea genealógica que une el siglo XX con la extrema derecha del siglo XXI.

2. Inmunización frente a la crítica presente

El segundo efecto opera en sentido inverso. Si los demócratas, los socialdemócratas, los progresistas son los «verdaderos fascistas», entonces toda crítica que reciba la derecha radical por sus afinidades con el fascismo histórico se convierte automáticamente en proyección o en mentira. La acusación deja de poder formularse con coste retórico. Cualquiera que llame fascista a Vox, a la AfD o a movimientos similares puede ser respondido con: «no, fascistas sois vosotros».

3. Vaciamiento del concepto «fascismo»

El tercer efecto es más sutil, y a largo plazo el más dañino. Si todo Estado intervencionista es «fascista» —el New Deal, la sanidad pública europea, la regulación ambiental, los programas sociales—, entonces el concepto deja de servir para identificar lo que realmente lo distingue: el ultranacionalismo, la exclusión racial o étnica, el liderazgo carismático autoritario, la violencia política como herramienta de regeneración nacional. Vaciado el concepto, los movimientos contemporáneos que sí presentan esos rasgos pueden circular sin la etiqueta que históricamente sirvió para identificarlos como peligrosos.

4. Reducción del eje político a «más Estado / menos Estado»

El cuarto efecto es estructural. La operación reduce todo el debate político a un eje único —cantidad de Estado— que beneficia sistemáticamente a una posición concreta: aquella que considera que cualquier intervención pública es sospechosa de totalitarismo. Una vez aceptado ese marco, el debate ya no se libra en los ejes que de verdad importan (dignidad, igualdad, jerarquía, exclusión, derechos), sino en el único en el que la derecha libertaria se siente cómoda. Es una operación retórica útil para deslegitimar políticas redistributivas presentándolas como antesala de la dictadura, aunque históricamente las dictaduras del siglo XX hayan tenido relaciones muy distintas con el Estado.

Esquema que conecta la tesis del «fascismo de izquierdas» con los cuatro efectos políticos que produce: blanqueo genealógico, inmunización presente, vaciamiento conceptual y reducción del eje político. La tesis no es independiente: cada uno de los cuatro efectos refuerza a los demás.

Los cuatro efectos no son independientes. Se refuerzan mutuamente. El blanqueo genealógico facilita la inmunización presente. La inmunización ayuda al vaciamiento conceptual. El vaciamiento facilita la reducción del eje. Y la reducción del eje vuelve a justificar el blanqueo, porque si todo es «cantidad de Estado», entonces el fascismo histórico —que era mucho Estado— se acerca naturalmente al socialismo —que también es mucho Estado—. El círculo se cierra.

V. Por qué importa este debate

Una sociedad que pierde la capacidad de identificar al fascismo no se vuelve más libre: se vuelve más vulnerable. La precisión conceptual no es un capricho académico. Es una herramienta de defensa.

Cuando «fascismo» significa «cualquier cosa que no me gusta del Estado», deja de ser un instrumento útil para identificar movimientos políticos que comparten los rasgos doctrinales reales del fascismo histórico: ultranacionalismo, exclusión étnica o racial, jerarquía como principio organizador, antimarxismo militante, violencia política como herramienta de regeneración nacional. Esos rasgos están presentes en movimientos contemporáneos identificables, en Europa y fuera de ella. Tener la capacidad de nombrarlos importa.

El debate sobre si el fascismo «era de izquierdas» no es un debate sobre el pasado. Es un debate sobre qué herramientas conceptuales tiene una sociedad democrática para identificar a sus adversarios. Y por eso quienes promueven la confusión no son neutrales: están desarmando, deliberadamente o no, los mecanismos de defensa simbólica del orden democrático.

No se trata solo de que tengan mal la historia. Se trata de que, al confundirla, hacen más difícil reconocer en el presente fenómenos que la historia ya sabe nombrar.

El esfuerzo por aclararlo —en artículos, en libros, en redes, en conversaciones— no es una defensa académica de purismo conceptual. Es la defensa práctica de la capacidad de nombrar lo que ocurre. Y nombrar es la primera condición de poder responder.

Cierre: una operación que conviene mirar de frente

La tesis del «fascismo de izquierdas» no es un error inocente, ni un debate académico abierto, ni una cuestión de matiz historiográfico. Es una operación política con genealogía rastreable, autores con nombre y apellido, ecosistema de difusión documentado y funciones concretas en la conversación pública contemporánea.

Reconocerla como tal no exige asumir que todos sus difusores actúan de mala fe. Algunos repiten la tesis porque la han escuchado mil veces y suena plausible. Otros la difunden conociendo perfectamente su falsedad. Lo que importa, en cualquier caso, no es la intención individual: es el efecto colectivo. Y el efecto colectivo es deliberado, identificable y tiene beneficiarios concretos.

La tesis tiene una genealogía rastreable: de Hayek y Arendt a Goldberg y D'Souza, y de allí a Weidel, Vox y el ecosistema viral.
Sus difusores actuales están identificados y operan en niveles complementarios: instituciones, líderes con altavoces internacionales, cultura popular.
Cumple cuatro funciones políticas concretas que se refuerzan entre sí: blanqueo, inmunización, vaciamiento y reducción.
Ninguna sociedad democrática se beneficia de perder la capacidad de identificar al fascismo. La precisión conceptual no es un lujo. Es una defensa.
Fuentes principales: Friedrich A. Hayek, Camino de servidumbre (1944); Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo (1951); Jonah Goldberg, Liberal Fascism (Doubleday, 2008); Dinesh D'Souza, The Big Lie (Regnery, 2017). Sobre la refutación académica: reseñas en The Journal of Modern History y Contemporary European History; David Neiwert en LitHub, «Why We Should Pay Attention to Dinesh D'Souza's Terrible Book About Fascism». Sobre las declaraciones contemporáneas: NPR, «Elon Musk's chat with German far-right AfD candidate draws alarm» (10 enero 2025); Euronews, «Germany's far-right AfD chief pushes back on Nazi claims in chat with Elon Musk on X» (10 enero 2025); Welt TV, declaración de Andreas Wirsching, director del Munich Institute for Contemporary History; nota oficial de voxespana.es, «VOX pide al Consell condenar el comunismo y acusa a Podemos de ser “los nuevos fascistas”» (28 octubre 2020); Voz Pópuli, «"El fascismo es de izquierdas y el nacionalsocialismo era socialista", el eterno bulo, de Weidel y Musk a El Jincho» (15 agosto 2025).

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